Sep 09

MIRA ADELANTE, A LA ETERNIDAD (I), Por: Diego Teh.

MIRA ADELANTE, A LA ETERNIDAD, (I)

 Hebreos 11:8-10, 23-27; 12:1-3.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 09 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 08 de la serie: UNA VIDA CENTRADA EN EL EVANGELIO.

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   INTRODUCCIÓN:  Hebreos capítulo 11 es un capítulo bastante hermoso que tiene que ver con la vida de personas que se mantuvieron fieles en el servicio a Dios que en su momento les correspondió.  Muchos de ellos perdieron la vida, incluso antes de ver el fruto de sus esfuerzos, pero según el apóstol, “Y todos estos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; / proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Hebreos 11:39,40).  Pero, algo es cierto, todos ellos tenían su esperanza en los valores de la eternidad.

   En el mensaje de este momento, utilizaré los resúmenes muy enfáticos que hace el apóstol que escribió la epístola a los hebreos, con respecto a la vida de dos personajes de la antigüedad: De Abraham como del 2000 a. C, de Moisés como del 1500 a. C, y de Jesús el Hijo de Dios; de quienes describe cómo ellos aunque nos precedieron hace como 4000, 3500, y 2000 años respectivamente, en sus respectivos tiempos, ellos, aunque realmente no fueron los únicos, miraron hacia la eternidad aun estando en la misma dimensión actual del tiempo en el cual nosotros también estamos.  El lenguaje retórico con el que se describe sus respectivas maneras de haber mirado hacia la eternidad, se expresan así: Con respecto de Abraham dice que: “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10); y con respecto de Moisés dice primero que: “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, / escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:24,25), y luego dice de él que su razón para rehusarse de sus privilegios terrenales fue: “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Hebreos 11:26a), y también dice que él: “tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26b), y finalmente dice de él que: “se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27).  Y con respecto a Jesús, dice de él que: “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2b).

   En la predicación de este momento, voy a compartirles la siguiente verdad: Una persona que verdaderamente teme a Dios se interesa grandemente por los valores sumamente preciosos de la eternidad. / ¿Cuáles son los valores sumamente preciosos de la eternidad por los cuales se interesa una persona que verdaderamente teme a Dios? / Basado en la narración del apóstol que escribe a los hebreos, con respecto a los intereses de Abraham, Moisés, y de Jesús nuestro Señor y Salvador, voy a describirles algunos de estos valores sumamente preciosos.

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   El primer valor sumamente precioso de la eternidad por el cual se interesa grandemente una persona que verdaderamente teme a Dios, es:

I.- DIOS MISMO.

   No hay mayor valor supremo ni en la tierra ni en el cielo que sea mayor que Dios.  Tanto Abraham, como Moisés, así como Jesús el mismo Hijo de Dios, su mayor interés o anhelo siempre fue Dios.  En cuanto a Abraham, aunque “esperaba la ciudad que tiene fundamentos”, no esperaba cualquier ciudad sino específicamente la que “cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). No la que fundó el español don Pedro Menéndez de Avilés, durante la segunda mitad del siglo XVI, hoy la ciudad más antigua de EEUU: San Agustín, Florida[1].  Ni la que fundó el español Felipe de Neve Padilla y que ahora es la segunda ciudad más importante de Estados Unidos: Los Ángeles, California[2].  Ni Guanajuato, que fundó Antonio de Mendoza; ni Zacatecas, que fue fundada por Juan de Tolosa, Baltasar Treviño de Bañuelos, Cristóbal de Oñate y Diego de Ibarra; ni San Cristóbal de las Casas, Chiapas, fundada por Diego de Mazariegos; ni Puebla de Zaragoza, que fue fundada por Fray Julían Garcés y el oidor Juan Salmerón; ni Veracruz, que fue fundada por Hernán Cortés; ni Santiago de Querétaro, que fue fundada por Conín o Fernando de Tapia, un indígena otomí; ni nuestra ciudad de Mérida, fundada por Francisco de Montejo el Mozo.  Abraham, esperaba la de “Dios”, pero sin duda que primeramente a Dios mismo.  Ese es el valor supremo más importante que debe interesar a toda persona que dice temer a Dios.

   Moisés por su parte, dice el apóstol que escribió a los hebreos, que: “se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27).  Es por eso que 1500 años antes de Cristo, tuvo “por mayores riquezas el vituperio de Cristo” (Hebreos 11:26a).  Pero, como para el tiempo de Moisés, Cristo no estaba aquí en la tierra, entonces tuvo que haberle mirado o esperado en él, mientras todavía estaba en la eternidad.  Así que podemos decir que Moisés estaba mirando hacia la eternidad, nada menos que a primeramente a Dios.   Nuestro Señor Jesús por su parte, estando aquí en la tierra tuvo oportunidades de ser entronado como rey en algún lugar de Palestina, pero para él aquella oportunidad era solamente terrenal, pues como a él le interesaba lo eternal y celestial, prefirió rechazar tal oportunidad o tentación para él, enfocándose a lo que finalmente obtuvo que según nuestro texto bíblico: “se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2). No le interesó sentarse junto a un César de Roma, ni junto a un Herodes en Palestina, ni junto a un gobernante prestigiado funcionario romano, sino que deseaba estar nada menos que con Dios. Eso es interesarse por Dios como valor supremo de la eternidad.

   Amados hermanos, se espera que nosotros también, temerosos del mismo Dios de Abraham, y Moisés, también tengamos como valor supremo al Dios de la eternidad, demostrando interés siempre de llegar a su presencia eterna y celestial.

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   El segundo valor sumamente precioso de la eternidad por el cual se interesa grandemente una persona que verdaderamente teme a Dios, es:

II.- CRISTO MISMO.

   Todos los que miran hacia adelante, hacia la eternidad, si en el fondo de sus corazones anhelan a Dios, entonces, no pueden omitir, descartar, o hacer a un lado a su Hijo Jesucristo.  Para comenzar, debe quedarnos claro que Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, aunque es una persona divina distinta en persona a la persona del Padre, no es distinto a Dios en naturaleza o esencia.  Es el mismo Dios de donde se origina su manifestación al haber venido a nacer, vivir, hacer su ministerio, morir, y hasta resucitar aquí en la tierra.  No podemos dividir la esencia o naturaleza de Dios el Padre, con la de Jesús, como si fuesen dos Dioses distintos.  Cuando Moisés 1500 años antes de Cristo, miraba desde ese entonces a Dios, tuvo al mismo tiempo: “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Hebreos 11:26).  Eso no quiere decir que Moisés solo esperaba que Cristo apareciera en la tierra para venir a sufrir o ser vituperado, sino que desde entonces, al esperar en el Dios de la eternidad, esperaba también a Cristo quien todavía se encontraba eternamente con el Padre y con el Espíritu Santo.

   Pero, a Cristo no hay que mirarlo solamente en la eternidad, sino también en la dimensión del tiempo.  Moisés también tuvo un entendimiento claro de la razón por la que Cristo vendría a esta tierra.  En el lenguaje del apóstol a los hebreos, Moisés entendió que Jesús vendría para ser vituperado.  Vituperio, significa: Censura o desaprobación que una persona hace con mucha dureza contra algo o alguien.  Eso fue lo que los religiosos, políticos, y autoridades del tiempo de su nacimiento y ministerio hicieron en contra de él.  No fue aprobada su naturaleza divina, no fue tan creído su evangelio del reino de los cielos, no fueron aceptados como divinos sino como del demonio sus sanidades, y hasta su muerte burlonamente fue exhibida como la muerte del rey de los judíos.  Solamente fue su Padre celestial, Dios, quien aprobó la vida de su Hijo Jesucristo, de quien nunca dudó en decir: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17; 17:5).  Por eso le resucitó como evidencia de su aprobación, para vergüenza de quienes durante su vida y ministerio le desaprobaron.

   Amados hermanos, el vituperio, sufrimiento, o pasión de Cristo, es el valor eterno todavía accesible aquí en el presente, valor que debemos como Moisés valorar.  La muerte de Cristo garantizó el pago de nuestros pecados que, si creemos en él se hace efectivo en nosotros el perdón de Dios.   Por eso, vale la pena interesarnos ahora en el valor del Cristo eterno que nos ofrece perdón y vida eterna.

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   El tercer valor sumamente precioso de la eternidad por el cual se interesa grandemente una persona que verdaderamente teme a Dios, es:

III.- EL GALARDÓN.

   Una de las afirmaciones que enfatiza el apóstol a los hebreos acerca de Moisés, pero que implícitamente también lo dice tanto de Abraham como de Jesús, es que: “tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26b). ¿Qué galardón? ¿A qué le llama galardón? Según un diccionario que no lo define de manera cristiana, pero que sí aporta la definición más popular, es que: Galardón es un premio, generalmente honorífico, que se concede a alguien por sus méritos o por haber prestado determinados servicios.  Si es honorífico, entonces no es que sea meritorio, entonces se trata de algo que por privilegio se le da a una persona a pesar de que no lo ha ganado por derecho.  Eso mismo, ocurre con una persona que recibe un galardón de las manos de Dios.  Es algo no merecido, pero que es legítimo desearlo, y perseverar en obtenerlo por gracia.

   La descripción que nos da el apóstol en su epístola acerca de Abraham, es que este: “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10).  Este hombre, siempre fue un peregrino que en sus viajes nunca conoció alguna ciudad que fuese eterna, inconmovible.  Aunque no fue testigo de terremotos, deslaves, y otros fenómenos naturales, es probable que conoció cambios y destrucción de ciudades que antes fueron de renombre, pero que en sus tiempos ya no eran más que historia.  De hecho el territorio de dónde es originario, había sido cuna de las primeras ciudades que ya ni existían para su época.  ¿Cómo no desaría Abraham, “la ciudad que tiene fundamentos”?  Esta expresión es solamente una manera de referirse al galardón de poder entrar a las moradas celestiales que Dios ofrece por medio de la fe en Cristo a quienes creen que él dio su vida para salvación eterna de los pecadores.  La mera cancelación de la condenación eterna de los que creen en Jesús, es un galardón.  La entrada al cielo, la ciudad celestial, es otro galardón, que ha sido anhelado desde más de 40 siglos no solo por Abraham, sino por todos los que temen a Dios.  ¿No desea usted también este galardón celestial?

   Amados hermanos, y como supremo ejemplo, tenemos también el de Jesucristo, de quien el mismo apóstol dice de él que: “se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).  ¿Cómo después de haber estado aquí en la tierra, se pudo haber sentado en semejante lugar que no se encuentra en la tierra sino el cielo que no está dentro de nuestra atmósfera temporal sino en la eternidad?   Solamente pudo, porque no perdió de vista el volver a la eternidad.  Su “gozo puesto delante de él” fue el encontrarse de nuevo en la eternidad con su Padre celestial.  Eso le hizo enfrentar sin queja alguna, la cruz y el oprobio.  Y el resultado, fue que también recibió el galardón de sentarse “a la diestra del trono de Dios”.   Siguiendo su ejemplo, no perdamos el ánimo de seguir adelante mirando el galardón que nos espera.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, ninguno de los que hoy escuchamos esta palabra de Dios, ninguno de los que hemos creído en el evangelio demos marcha atrás, porque como dijo Jesús: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62).  Que todos miremos y vayamos en poso de los valores eternos sumamente preciosos: Dios el supremo valor precioso, su Hijo Cristo no menos valioso y precioso, y el galardón destinado para todos los que temen a Dios de corazón.  Esto tampoco es poca cosa, es sumamente valioso, si alguien no lo entiende así, compárelo nada más con el entorno del infierno que antes merecíamos.  Todos estos valores son sumamente preciosos.   Que Dios, su Hijo Cristo, y su galardón, sean las metas presentes de nuestra vida en pos de la eternidad.

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[1] https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-04-01/el-fundador-de-la-ciudad-mas-antigua-de-estados-unidos_1358932/

[2] https://www.abc.es/archivo/20140908/abci-felipe-neve-fundador-angeles-201409041946.html