May 08

DIOS NOS ESPERA EN UNA CIUDAD CELESTIAL, Por: Diego Teh.

DIOS NOS ESPERA EN UNA CIUDAD CELESTIAL

Apocalipsis 21:1-7.

Bosquejo elaborado y predicado por el Pbro. Diego Teh, durante el velorio de su tía política doña María Mónica Tun Un, el día martes 08 de mayo 2018, en su domicilio conocido, de la pequeña comisaría de San Felipe Nuevo, de Tinum, Yucatán; estando presentes muchos vecinos, sus herman@s: Felipe de Xkopteil, y esposa; Paulina y esposo; Concepción; Victoria y esposo; y Artemio y esposa; todos estos de Mérida; su viudo don Javier Cen; sus hijos Víctor y Marcos, y sus respectivas esposas; su hija Guadalupe y esposo; sus consuegros; y hermanos de las iglesias presbiterianas de Pisté y de Kaua.

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   INTRODUCCIÓN: ¿A alguno de los presentes les gustaría ir a vivir a alguna ciudad, como Mérida, Valladolid, Tizimín, o hasta en la ciudad de México, etc…? Quizá a alguno, sí, ¿verdad?  Pero, hay a quienes también por nada del mundo irían a vivir en alguna ciudad.  En la actualidad mucha gente está abandonando los pueblos para ir a vivir a las ciudades, aunque algunas de ellas no se acostumbran y regresan a sus comunidades de origen, o por lo menos después de muchos años de estar en la ciudad deciden regresar a donde antes vivían.  Las ciudades siempre tienen oportunidades de superación en el estudio, en el trabajo, en la vivienda, en la inversión, y en otras muchas cosas, pero las costumbres diversas de las ciudades, influyen en la manera de pensar, en la conducta social, y hasta en la vida espiritual de las personas.  En la ciudad mucha gente no conoce más que de vista a sus vecinos, pues en muchos casos la gente ni siquiera conoce por nombre a su vecino de a lado. La gente la mayor de las veces ni se habla ni se saludan al verse en la calle, y hasta de repente uno deja de ver a sus vecinos para luego enterarse que hace tiempo que habían fallecido, y ni siquiera lo supimos. Por esto, y por más, a mucha gente sé que no le gustaría vivir en una ciudad. Es necesario tener un profundo interés por conservar las buenas costumbres y buenos hábitos, para que la ciudad no cambie nuestros buenos valores cristianos y sociales.  En la ciudad, los predios son lotes de pequeños metros cuadrados y son muy costosos, que no son nada comparables con los grandes solares que ustedes tienen por mecates y hasta por hectáreas como viviendas donde al mismo tiempo pueden sembrar y cosechar maíz, frijol, ive, sandía, melón, calabaza, árboles frutales, etc… lo que hace muy deseable vivir aquí y no en la ciudad.

   Sin embargo, la Biblia nos habla de un proyecto de Dios de llevar a todos los creyentes en Jesucristo a vivir a una ciudad celestial que en el libro del Apocalipsis capítulo 21 se describe por el apóstol Juan como “la nueva Jerusalén” (Apocalipsis 21:2), ciudad que debe ser deseada por todos por ser una ciudad totalmente distinta a toda ciudad conocida aquí en la tierra hasta el día de hoy, porque es una ciudad eterna, donde ocurren solamente cosas buenas que no ocurren en ninguna ciudad actual, ni en ninguna pequeña comunidad campesina como aquí donde hoy nos encontramos.  Pero, lo que voy a predicarles en este momento es que en la ciudad celestial de la nueva Jerusalén donde Dios espera a todos los creyentes ocurren realidades sublimes que nos convienen a todos. / ¿Cuáles son las realidades sublimes que ocurren en la ciudad celestial de la nueva Jerusalén donde Dios espera a todos los creyentes, y que son realidades que nos convienen a todos? / En el mensaje de este momento, les voy a compartir solamente tres de estas realidades sublimes.

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   La primera realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

I.- QUE ALLÍ DIOS SERÁ EL DIOS Y UNICO DIOS DE LOS HUMANOS SALVADOS POR SU HIJO JESUCRISTO.

   Cuando Juan apóstol, en su visión miró la ciudad de “la nueva Jerusalén”, al mismo tiempo escuchó “…una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).  Con estas palabras tanto al apóstol como a nosotros que leemos las palabras que él escuchó, nos queda claro que en aquella ciudad celestial donde Dios espera a los creyentes, Dios y solamente Él será el único Dios que estará presente.  Su presencia es mucho más plena que la que actualmente percibimos aquí en la tierra. ¿No es esto algo verdaderamente sublime?  Allí, el único que estará presente para todos los sentidos humanos es Él. Los hijos de Dios no podremos ni siquiera pensar en ninguno de los falsos dioses que equivocadamente en nuestra ignorancia, o rebeldía y pecado, alguna vez habremos honrado aquí en la tierra.

   Algo interesante de esta explicación que el apóstol Juan escuchó, fue: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos”. ¿Qué significa esta descripción que Juan escuchó? Permítanme explicarles que alrededor de 15 siglos antes de Jesús cuando Dios liberó de Egipto a los israelitas para llevarlos a la tierra prometida, desde que hubieron salido, inmediatamente Dios les ordenó que construyeran un tabernáculo, un espacio rectangular muy similar al templo que después de construyó en la ciudad de Jerusalén, y muy similar a nuestros templos actuales, los que tienen una forma rectangular.  Una característica de aquel tabernáculo es que era portátil. Cuando Dios les indicaba que tienen que acampar y establecerse en algún lugar del camino hacia la tierra prometida, lo tenían que armar.  Cuando partían hacia otro lugar, lo tenían que desarmar, y muy reverentemente tenían que transportar cada pieza y mobiliario del tabernáculo.

   Pero, algo que ocurría en aquel tabernáculo, es que Dios como señal de que estaba presente con su pueblo, Él manifestaba estar presente mediante una pequeña nube espesa que fue conocida por los israelitas como La Shekiná, o nube de la gloria de Dios, nube en la que eventualmente salía una luz potente que comunicaba la santidad del Dios que estaba presente con ellos. Esta presencia siempre estuvo sobre aquel tabernáculo durante todo el tiempo que existió el tabernáculo, casi 4 siglos.  Luego se construyó un templo ya no portátil, sino cimentado en la ciudad de Jerusalén, donde aquella presencia de Dios siguió manifestándose durante mucho tiempo, hasta que un día la nube se fue, o sea que Dios se fue por causa de que su pueblo se hizo cada vez más rebelde.  Por causa del pecado, el ser humano no es digno de estar donde Dios está.  Así ocurrió también al principio cuando Adán y Eva pecaron.  En aquellos tiempos la presencia de Dios se manifestaba y localizaba en el huerto del Edén, pero por la desobediencia de ellos, Dios los sacó de su presencia del Edén, y para que no se acerquen a Él nuevamente, Dios puso quién sabe cuántos “querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados” (Génesis 3:24).

  Así fue también cuando su pueblo especial se hizo extremadamente rebelde. Literalmente la manifestación de aquella presencia de Dios se fue. Fue hasta varios siglos después cuando en vez de aquella nube, Jesucristo vino a nacer en este mundo. Jesús era nada menos que “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15).  Dios volvió. Es una buena noticia.  Por eso uno de los nombres proféticos que Isaías y el ángel Gabriel anunciaron fue “Emanuel” (Isaías 7:14), “Dios con nosotros” (Mateo 1:23).  Dios volvió no solo para los judíos e israelitas, sino para los elegidos de entre toda la humanidad.  33 años después, Jesús se fue, 50 días después vino el Espíritu Santo cuya presencia y poder sigue vigente hasta el día de hoy, regenerando personas para entregar sus vidas a Jesucristo.  Todos los que por la obra del Espíritu Santo crean en Jesucristo, serán esperado en “la nueva Jerusalén”, donde se nos dice que Dios está allí, no de paso sino establecido allí por toda la eternidad, pues la voz que Juan escuchó dijo de Dios que: “él morará con ellos”, y “Dios mismo estará con ellos”. ¿No es esto verdaderamente sublime?

   Nuestra hermana y ser querido María Mónica, ya conoce al Dios no conocido, de quien los cristianos tanto hablamos aquí en la tierra.  Ella ya conoce en estos momentos eternos para ella, al Dios que la amó mucho para la eternidad y la eligió para capacitarla con la fe con la que ella creyó en Dios y su Hijo Jesucristo.  Además ya conoció en este momento a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de quien también tanto hablamos.  Ahora, ya no son solamente palabras, sino una realidad divina, eterna, y sublime para ella.  Ahora, nos toca a nosotros perseverar en la fe cristiana en Jesucristo para también ir a “la nueva Jerusalén” donde Dios nos está esperando, para ser eternamente nuestro Dios.

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   La segunda realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

II.- QUE ALLÍ HAY UNA VIDA DE CALIDAD CELESTIAL NUNCA ANTES CONOCIDA POR NUESTRA EXPERIENCIA ACTUAL.

   El día de ayer muchos yucatecos que usamos celular, y que estamos suscritos a cierto portal de noticias, habremos recibido como mensaje, una noticia que se titula: Mérida es la ciudad mejor administrada del país[1].  Esto lo dijo el actual presidente municipal de Mérida Mauricio Vila Dosal, obviamente ya que ahora también es candidato a la gubernatura de nuestro estado de Yucatán, pues tiene que decirlo así como un recurso para que se genere confianza y voto a su favor en las próximas elecciones del 1 de Julio.  Parte de lo que él dijo, fue: “No es casualidad que Mérida, durante mi gestión, haya sido la mejor ciudad para vivir de México; la más segura y la más transparente. La mejor carta de presentación que tengo es mi trabajo como Presidente Municipal”.  Obviamente, repito, es su recurso político para intentar obtener votos.

   Pero, aunque Vila Dosal tenga razón en decir que Mérida, durante su gestión, “haya sido la mejor ciudad para vivir de México”, y aunque deja abierta la opción de que en cada país siempre ha de haber una mejor ciudad dónde vivir, todo esto queda corto en comparación con la nueva Jerusalén como el mejor lugar para vivir no por unos cuántos años sino por toda la eternidad. Al respecto de la nueva Jerusalén, el apóstol Juan escuchó una gran voz del mismo cielo que decía no solamente que Dios estaría allí, sino que allí: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4). Cuando uno llega allí, recién salido de este mundo donde nunca nada fue fácil, uno lleva en el alma un cúmulo de dolores y sufrimientos, pero llegando allí, dice la voz que habló en nombre de Dios (cf. v. 3a), que: “enjugará Dios toda lágrima”.  Esto es una realidad sublime de la ciudad celestial de la nueva Jerusalén, que sin duda que todos necesitaremos por ser un gran gesto de Dios que sin duda nos colmará de paz para siempre.

   Pero, igualmente, hay más realidades sublimes que allí ocurren.  Por ejemplo, allí “ya no habrá muerte, ni habrá llanto, ni clamor, ni dolor”.  Todo esto son cosas que aquí en la tierra desde recién nacidos nos acompañan durante toda nuestra vida; realidades que no ocurren en ninguna de las mejores ciudades del mundo, ni en las mejores para vivir, ni en las mejores en tecnología, en servicios médicos, etc…; pero que sí ocurren en esa ciudad donde Dios nos espera.  Nuestra hermana, y ser querido María Mónica, ya está disfrutando ahora mismo desde anoche a las 7:00pm, estas sublimes realidades que también nos llenan de consuelo en medio de la tristeza que nos causa el ya no tenerla ahora entre nosotros.  Ahora nos corresponde desear y buscar en Jesucristo el único Hijo de Dios, estas sublimes realidades que sólo él puede hacerlas realidad también para nosotros.

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   La tercera realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

II.- QUE ALLÍ JESUCRISTO ES QUIEN TIENE EL HONOR DE REINAR A FAVOR DE SUS REDIMIDOS.

   El apóstol Juan estuvo intensamente atento con sus oídos y con su mirada.  De repente dirige su mirada en un punto especial de “la nueva Jerusalén”, y nos dice: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. / Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21:5, 6a).  Lo primero que notamos es que había alguien “que estaba sentado en el trono”, y es nada menos que Jesucristo.  Lo reconocemos así, porque él es el único que en todo el Apocalipsis se identifica como “el Alfa y la Omega, el principio y el fin”.  Pero, ¿qué hace en el trono? La respuesta es obvia y sencilla, pero muy importante en este contexto.  Está reinando, y valga la redundancia, en su reino, en la ciudad de sus santos, aquellos pecadores por quienes murió, y a quienes redimió del poder del pecado para trasladarlos a su reino.  Es el único que tiene ese honor en los cielos.  Es a esto que se refiere el apóstol Pablo cuando también dice de Jesús que después de haber resucitado de su muerte, “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, / para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; / y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). En “la nueva Jerusalén” celestial, estaremos para rendirle honor, gratitud, adoración al que nos salvó de la condenación eterna, a Jesús que esta “sentado en el trono” celestial.  ¿No es esto, algo que será sublime para nuestra experiencia humana redimida?

   La afirmación de este Rey eterno, Jesús, cuando dice: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”, tiene un sentido real e intenso para quienes lleguen a dicha ciudad.  Sabrán por experiencia plena, hasta ese momento que su vida habrá dado un giro de total transformación.  El pecador ya será un santo eterno, el mortal será uno que no morirá nuevamente, el antes idólatra ahora será en el cielo el mejor adorador de su salvador, el enfermo ya no padecerá ninguna enfermedad ni en lo más mínimo, el que siempre sintió dolores leves o intensos ya no sabrá nunca más que es eso.  El responsable de estas nuevas experiencias para los hijos de Dios, es nada menos que Jesucristo.  Hoy nuestra hermana María Mónica, ya comenzó a disfrutar estas novedades celestiales, y estoy seguro que no está arrepentida de estar allá, y estoy seguro que uno de sus deseos en este momento es que toda su familia se esté preparando para conocer ese precioso lugar, y a su Rey y Salvador Jesucristo en persona, en vivo y a todo color.

   Por último, quiero que noten las palabras de afirmación que Jesucristo mismo le dijo a Juan que escribiera porque tales palabras “son fieles y verdaderas”.  Están al principio del versículo seis.  Se trata de sus palabras: “Hecho está” (Apocalipsis 21:6a).  Estas palabras tienen el mismo sentido de las palabras que Jesús dijo en su sexta oración que expresó mientras estaba colgado en la cruz en las afueras de Jerusalén, cuando dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).  Ya todo lo que el Padre le encomendó aquí en la tierra, al morir ya todo estaba listo, terminado, pagado, logrado, etc…  El “Hecho está” es una afirmación de que el propósito eterno de Dios de tener un pueblo humano que eternamente viva para Él, ya está logrado por la obra de Jesucristo mismo.  De cierta manera, Jesús le comunica a Juan y a toda la iglesia lectora de esta revelación de que Jesús está satisfecho de haberle cumplido a su Padre celestial su principal proyecto al haber creado al ser humano.  “Hecho está”, es la revelación de que Jesús no solamente había cumplido aquí en la tierra, sino también allá en los cielos.  Toda la obra necesaria para que un pecador llegue a la ciudad celestial, ya “hecho está”. Nadie tiene que hacer algo que le haga merecer el estar y vivir para siempre en dicha ciudad celestial, pues Jesús ha hecho todo lo necesario.  Solamente tenemos que hacer uso de la fe en Jesús, y vivir con gratitud y servicio a él en congruencia con esa fe.

   Nuestra hermana María Mónica, no tuvo que pagar por sus pecados, Jesús lo pagó todo, no quedó debiendo ni el más mínimo pecado de ella, al igual que el de todos los que creen en él.  Ella se ha de sentir dichosa y agradecida en este momento, al darse cuenta de que su nueva ciudad que ya le gusta más que este San Felipe Nuevo, ha sido lo mejor que ha tenido en su existencia, gracias a Jesucristo.  Ella está ahora ante Jesús, quien es el Rey eterno que gobierna desde “la nueva Jerusalén” a favor de sus discípulos que de todas partes del mundo han llegado allí para vivir durante toda la eternidad.  Nosotros sigamos firmes en la fe en Jesucristo, esperando el momento de nuestro viaje para encontrarnos con él.

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   CONCLUSIÓN: Amados creyentes, familiares, vecino, y amistades de María Mónica, si usted muriera hoy, ¿está usted seguro(a) de que irá a la ciudad celestial, “la nueva Jerusalén” a vivir con Dios y su Hijo Jesucristo para siempre?  Si no está seguro, crea usted verdaderamente en Jesucristo como su único y suficiente salvador.  Este el requisito fundamental para estar con Dios, con Jesucristo su Hijo en la eternidad.

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[1] https://www.unotv.com/noticias/estados/yucatan/detalle/merida-es-la-ciudad-mejor-administrada-del-pais-vila-dosal-184211/

Abr 01

SI JESÚS NO HUBIESE RESUCITADO, Por: Diego Teh.

SI JESÚS NO HUBIESE RESUCITADO

1 Corintios 15

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del DOMINGO DE RESURRECCIÓN, 1 de abril 2018, a las 18:00 horas, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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   INTRODUCCIÓN: La resurrección de Jesús fue el sello de garantía de que él triunfó sobre la muerte y su poder de retener para siempre a todo ser humano mortal; pues a Jesús no pudo retenerle.  También su resurrección garantiza que él triunfó sobre el mismo diablo quien siempre quiso ser como Dios y ocupar su trono en el cielo, pero que no le correspondía. Sobre esto, dice el apóstol Juan en su primera epístola: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:7).  Y así podemos hacer una larga lista de garantías que, por haber Jesús resucitado, aseguran beneficios para nosotros los seres humanos.

   Pero, ¿qué hubiese pasado si Jesús no hubiese resucitado?  En el mensaje de este momento me propongo responder esta pregunta imaginaria, porque en realidad según los evangelios de la Biblia, Jesús sí resucitó.  Pero, para responder a la pregunta que he formulado, lo haré usando los versículos del texto bíblico que hoy hemos leído en la primera epístola del apóstol San Pablo a los Corintios, capítulo 15.

   Específicamente, me propongo predicarles que: si Jesús no hubiese resucitado, habría realidades de la fe cristiana que nunca serían un beneficio. / ¿Cuáles serían las realidades de la fe cristiana que nunca serían un beneficio, si Jesús no hubiese resucitado? / Según nuestro texto bíblico, algunas de las realidades de la fe cristiana que nunca serían un beneficio, son las siguientes:

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   La primera realidad de la fe cristiana que nunca sería un beneficio, si Jesús no hubiese resucitado, es:

I.- LA RESURRECCIÓN QUE AHORA ESPERAMOS.

   El apóstol Pablo, argumentando que todo discípulo de Jesús debe creer que también será resucitado algún día determinado por Dios, por la virtud de que Jesús no quedó muerto en la sepultura, sino que resucitó.  Por eso, exhorta a los discípulos o cristianos de Corinto, diciéndoles: “Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? / Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó” (1 Corintios 15:12,13).  Pero el énfasis del apóstol es asegurar que Cristo sí resucitó, entonces por ello sí habrá resurrección de seres humanos.

   Amados hermanos, es gracias a la resurrección de Jesucristo que tanto en los evangelios, como en las epístolas apostólicas se nos dice que los creyentes un día seremos resucitados. Si Jesús no hubiese resucitado, la realidad de la resurrección que ahora esperamos, no sería un beneficio.  El ser humano que Dios salva, no es solamente salvado a medias, solamente su alma, sino también su cuerpo que temporalmente va a desintegrase para que el polvo vuelva al polvo, pero luego el cuerpo será vivificado por medio de la resurrección gloriosa.

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   La segunda realidad de la fe cristiana que nunca sería un beneficio, si Jesús no hubiese resucitado, es:

II.- LA PREDICACIÓN QUE AHORA REALIZAMOS.

   El segundo argumento del apóstol Pablo en la primera parte del versículo 14, suponiendo que Cristo no haya o hubiese resucitado, es: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, …” (1 Corintios 15:14).  La predicación que los apóstoles, evangelistas, y misioneros, ya habían hecho durante los siguientes 30 años desde la resurrección de Jesús, no tendría sentido.  Pero, sí había tenido sentido porque miles de personas en decenas de ciudades habían aceptado la predicación de que Jesús es el Señor y Salvador de los pecadores, habiendo él muerto por los pecados de cada ser humano elegido por la sola gracia de Dios.  Los resultados son los que dan la razón de que la predicación del evangelio no es vana.  Ninguna literatura de aquellos tiempos, ni de la actualidad, puede dar resultados de tener una vida transformada del pecado a la vida de santidad, o de cualquier otro vicio, pecado, o adicción. Solamente cuando el evangelio es leído o predicado, las vidas son divinamente cambiadas desde el corazón hasta toda la conducta externa.

  Amados hermanos, si Jesús no hubiese resucitado, las palabras que él mismo predicó en su tiempo, las palabras evangélicas que predicaban los apóstoles, y las mismas palabras de inspiración divina que predicamos en la actualidad, no tendría ningún poder transformador.  Pero, la realidad es totalmente lo contrario, la palabra como dice otro apóstol, es “viva y eficaz” (Hebreos 4:12), y se observa en el resultado redentor y santificador que ocurre en la vida de los que somos sus discípulos.

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   La tercera realidad de la fe cristiana que nunca sería un beneficio, si Jesús no hubiese resucitado, es:

III.- LA FE EN DIOS QUE AHORA PROFESAMOS.

   En el mismo versículo 14, pero en su segunda parte, el apóstol Pablo, suponiendo solamente que, si Cristo no hubiese resucitado, dice: “Y si Cristo no resucitó, […], vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14).  En la primera parte del versículo 17 también repite lo mismo, diciendo: y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; …” (1 Corintios 15:17).  Una fe vana, sería aquella que después de tanto creer en algo, ese algo jamás se cumplirá; pero lo que San Pablo estaba diciendo, es que la fe que se pone o ejerce en la persona y obra de Jesucristo, es totalmente no vana sino favorable, porque como él mismo escribió en otras epístolas: “Porque por gracias sois salvos, por medio de la fe, …” (Efesios 2:8).

   La fe es el medio por el cual llegamos a la gracia de la salvación.  Entonces, no es vana porque su resultado es salvación.  Vano es negarse a tener fe en la persona santa, redentora, y resucitada de Jesús, porque como San Juan apóstol dijera acerca de Jesús: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).  El que no cree que Jesús murió por los pecadores, y que resucitó para asegurar la salvación que él ganó solo con su propia muerte, queda en condenación; pero el que cree que murió tomando nuestro lugar, y resucitó como evidencia de que su muerte redentora fue aprobada por su Padre celestial, tal persona “no es condenado”. ¿Es así entonces, vano tener fe en él y en su resurrección?

   Amados hermanos, si Jesús no hubiese resucitado, entonces, creer en él y en su evangelio de nada serviría, y es correcto, porque creer en solamente un muerto, no tiene valor redentor.  En cambio, como Jesús no solamente murió, sino que venció la muerte, entonces eso nos asegura que nuestra fe en él no es vana, pues si creemos en él, también recibimos por él la salvación eterna que nos libra de la condenación eterna.  Entonces la fe en Jesús no es vana.  Creer en Jesús vale la pena porque por gracia de Dios, sí nos beneficia.

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   La cuarta realidad de la fe cristiana que nunca sería un beneficio, si Jesús no hubiese resucitado, es:

IV.- EL PERDÓN QUE AHORA YA GOZAMOS.

    En la segunda parte del versículo 17, el apóstol siguiendo con la suposición de que, si Cristo no resucitó, dice: y si Cristo no resucitó, […]; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17).   Aunque es la muerte de Jesús la que realmente obtuvo el perdón de los pecados para quienes crean en él, es el haber resucitado Jesús lo que garantiza que ese perdón obtenido por él pueda ser una realidad en la vida de una persona que expresa arrepentimiento para con Dios; y es el Espíritu Santo que hace efectivo dicho perdón en tal persona. Y sabernos perdonados por Dios nos llena de gozo y satisfacción porque no es poca cosa que quien nos extiende su perdón no es un igual a nosotros, sino que es nada menos que Dios, además es nuestro Creador, y además voluntariamente quiso ser también nuestro Salvador.

   Pero si Jesús no hubiese resucitado, tiene razón el apóstol Pablo cuando dice: y si Cristo no resucitó, […]; aún estáis en vuestros pecados”, pues estaríamos absorbidos por la atracción del pecado.  Estaríamos atrapados, enredados, y muertos en nuestros delitos y pecados, sin vida espiritual.  Pero ahora, gracias a que Jesús resucitó, no estamos atrapados por el pecado y en el pecado, sino que Dios nos ha rescatado de la vileza del pecado, perdonando nuestros pecados, y nos ha dado vida espiritual para no ser atrapados y permanecer en ningún pecado.

   Amados hermanos, ahora no estamos en nuestros pecados. Ahora estamos en Cristo.  Por eso, San Pablo, hablando de Jesucristo a los Efesios, les explica: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).  Gracias a Jesús ya hemos sido perdonados, lo cual no sería cierto si él no hubiese resucitado.

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   La quinta realidad de la fe cristiana que nunca sería un beneficio, si Jesús no hubiese resucitado, es:

V.- LA SALVACIÓN QUE AHORA DISFRUTAMOS.

   Pasando al versículo 18, nos damos cuenta que su tenor no es independiente del versículo 17 sino que a pesar del punto y seguido que hay entre ambos versículos, se trata de la continuación de la misma idea planteada en el versículo 17.  Así que tomando en cuenta que hay una conexión entre ambos versículos, tenemos que leerlos así: “y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. / Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron” (1 Corintios 15:17,18).  Así, descubrimos que lo que San Pablo está explicando es que si Jesucristo no hubiese resucitado entonces los que entendemos y creemos que murieron creyendo en Jesucristo, realmente no se salvaron absolutamente de nada, sino que en ese caso “perecieron”.  Siguieron en su inevitable condenación eterna.  Y en consecuencia nadie, ni nosotros tendríamos salvación.  Pero, como Jesucristo resucitó, y fue una realidad comprobada por muchísimos testigos de aquel tiempo, entonces, todo creyente tanto los que precedieron al apóstol Pablo, como nosotros en la actualidad, somos salvos, gracias a que Jesús no quedó muerto, sino que resucitó.

   Amados hermanos, el pecado hace que una persona cuerpo y alma perezca en condenación eterna, pero ahora que Cristo resucitó, ninguno que cree en él perecerá en condenación.  Con toda seguridad el apóstol Pablo también escribió en su epístola a los romanos, que: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo” (Romanos 8:1).  Sí, lo que hay a cambio, es salvación de la condenación eterna. Y para quien no la tiene, dice el apóstol Pedro que: El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Así que si alguien perece no será porque Cristo no resucitó, sino porque tal persona no procedió al arrepentimiento, y porque no creyó que Jesús después de haber muerto, resucitó y vive para siempre.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, concluyo este mensaje enfatizando que los cristianos tenemos un Cristo vivo, que no quedó en el sepulcro de Jerusalén. Su vida es nuestra vida. Sigamos firmes en la esperanza de que si morimos de esta vida actual, eso no es problema porque seremos por él resucitados. No es vano tener esta esperanza porque es una promesa de él mismo que entre sus enseñanzas dijo: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Vale la pena.

   Sigamos predicando su muerte y resurrección.  Sigamos creyendo en su persona y obra redentora.  Sigamos disfrutando el perdón de nuestros pecados que él ganó para que Dios no nos castigue como realmente lo merecemos.  Vivamos en constante arrepentimiento de las cosas malas que involuntaria o hasta las que voluntaria y deliberadamente hacemos, porque Jesús ha hecho todo lo necesario para que por nada perezcamos en la eternidad.  Hay que vivir congruentemente con nuestra fe y con nuestra ética cristiana.

   Dios bendiga su palabra, y “… gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57). Nada que creamos, y hagamos por él, es vano. Todo vale la pena.

Abr 01

LO QUE JESÚS RESUCITADO ESPERA DE SUS DISCÍPULOS, Por: Diego Teh.

LO QUE JESÚS RESUCITADO ESPERA DE SUS DISCÍPULOS

Juan 20:11-29; y

21:1-10.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del DOMINGO DE RESURRECCIÓN, 1 de abril 2018, para las 5:00 horas, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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   INTRODUCCIÓN: Los padres de familia que tenemos hijos en edad escolar, siempre estamos pendientes de que nuestros hijos hagan las tareas que su maestro o maestros les marcó para el día siguiente.  Es extraño cuando los maestros no marcan tareas a sus alumnos, y hasta nos preocupamos pensando que nuestro hijo solamente no quiere hacer su tarea.  Los maestros siempre marcan tareas, aunque obviamente hay algunos días u ocasiones que consideran que por hoy no es necesario.  En el caso de Jesús, el Maestro Divino, durante el tiempo de su ministerio docente, también marcaba tareas encomendando responsabilidades no solo a sus discípulos sino a cada persona o grupo de personas a las que él enseñaba alguna verdad de Dios.  Después de haber sido crucificado injustamente solamente por decir verdades procedentes de Dios, al tercer día resucitó, validando con su resurrección que él estaba en todo lo correcto.  Pero, ahora que había resucitado, él sabía que pronto estaría de regreso a su gloria y Padre celestial, por lo que cada vez que tenía encuentros con personas y especialmente con sus discípulos, él tenía qué hacerles alguna encomienda algunas veces urgentes.  Por eso, en este momento me voy a enfocar en predicarles acerca de las encomiendas que, según San Juan, Jesús hizo después de haber resucitado.  Sin duda que hay más encomiendas mencionadas por Mateo, Marcos, y Lucas, pero hoy me enfocaré solamente en las relatadas por Juan.

   Específicamente, les voy a predicar que: Jesús, después de haber resucitado, al encontrarse con sus discípulos les hizo saber diversas responsabilidades que él espera de ellos. / ¿Cuáles son las diversas responsabilidades que Jesús después de haber resucitado hizo saber a sus discípulos que él espera de ellos? / En la predicación de este momento, les compartiré acerca de estas responsabilidades que Jesús espera de los que son sus discípulos.

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   La primera responsabilidad que Jesús después de haber resucitado, hizo saber a sus discípulos, que él espera de ellos, es:

I.- EVANGELIZAR.

   En la historia de los eventos posteriores a la resurrección de Jesús, específicamente los que tienen que ver con sus encuentros con algunas personas y grupos de personas, según el apóstol Juan, la primera persona con la que Jesús se encontró fue con una mujer.  Ella era María Magdalena. Cuando Jesús la encontró, en la entrada del sepulcro donde él había sido puesto, ella estaba llorando, sin duda que fue por un gran amor que le tenía a Jesús, el Dios-hombre que le había liberado de muchos demonios, y que le había declarado el perdón de todos sus pecados de una vida nada honorable que ella había tenido.  Después de una breve plática, en la que ella reconoció que era Jesús mismo el que hablaba con ella, Jesús le dijo: “… ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17b).  Había urgencia de ir y decir este mensaje.

   Según los relatos de los evangelios, Jesús, subió al Padre, o sea, regresó al cielo, hasta 40 días después de haber resucitado.  Aun, cuando hubo resucitado, no dejaba de ser el Dios que, estando encarnado, seguía sujeto a la condición de hombre, y es evidente que no tenía revelación de su Padre celestial, de cuándo sería su regreso a casa con el Padre celestial.  Así que, si su regreso ocurriera el mismo día, era entonces por ello urgente, que ella fuese a llevar el mensaje que le estaban encomendando.  Esto es ir y hacer evangelización, es ir y llevar la buena noticia.  Un detalle relevante en esta historia es que Jesús no esperó ir a menos de tres kilómetros a ver a sus discípulos y mostrarse a ellos, sino que en cuanto vio a María Magdalena, que ni siquiera era, técnicamente su discípula como lo eran los discípulos de tiempo completo, inmediatamente le dio el encargo de ir y darles el gran aviso de su resurrección y su pronta ascensión celestial.

   Amados hermanos, con más razón, nosotros que somos discípulos actuales de Jesús, somos los ahora responsables de ir a decir no solo a otros discípulos sino también a incrédulos, que Jesús ahora vive, y que es el Señor y Salvador, que libra de la condenación eterna a los que creen que él pagó con su vida para obtener el perdón de nuestros pecados. Ahora, somos nosotros los que tenemos la encomienda de hacer este anuncio.

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   La segunda responsabilidad que Jesús después de haber resucitado, hizo saber a sus discípulos, que él espera de ellos, es:

II.- REMITIR PECADOS.

   El siguiente encuentro que Jesús tuvo con personas después de haber resucitado, fue con 10 de sus discípulos.  No fueron 12 porque Judas ya no vivía, y porque Tomás, uno de ellos no estaba presente.  Después de saludarles, hablar con ellos, bendecirles, y soplarles extraordinariamente para comunicarles dones de Dios, Jesús les dijo lo siguiente: “Recibid el Espíritu Santo. / A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos” (Juan 20:22b,23).  Esta encomienda tiene doble significado, que en ningún caso significa que un discípulo de Jesús ha recibido para declarar perdón en nombre de Dios a alguien, o que un discípulo pueda tomar la decisión según su propio criterio de perdonar o no perdonar a alguien en nombre de Dios.

   El primer significado de esta encomienda es que los discípulos deben ir a la gente a decirles de que ahora ya no necesitaban hacer sacrificios de ovejas para recibir la declaratoria de un sacerdote israelita, sino que el Jesús que fue crucificado, muerto, sepultado, y ahora resucitado, él es quien remite y perdona los pecados. Cuando los que oyen este evangelio, creen en Jesús, entonces sus pecados quedan remitidos y perdonados.  / El segundo significado de esta encomienda de remitir pecados, implica de cada discípulo, la responsabilidad de poner en práctica el perdonar de todo corazón a las personas que ya sea involuntaria o intencionalmente nos hayan causado alguna ofensa.

   Amados hermanos, tenemos que proclamar que Jesús el Hijo de Dios quien murió por nuestros pecados, ahora vive, y porque vive, él es quien da perdón a todo ser humano si acude a él en busca de su perdón divino.  Pero, si no vamos a las personas a decirles esta virtud de Jesús, estaremos impidiendo que los pecadores encuentren perdón en Jesús. De esto depende si remitimos o retenemos los pecados de otras personas.  Por eso debemos hablar del evangelio de perdón de Jesús, demostrando que nosotros también perdonamos a los que nos ofenden, porque antes también hemos sido perdonados por él.  Así, facilitamos que otros hallen en Jesús el perdón de los pecados que les impide caminar hacia la celestial eternidad.

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   La tercera responsabilidad que Jesús después de haber resucitado, hizo saber a sus discípulos, que él espera de ellos, es:

III.- CREER.

   El siguiente encuentro de Jesús, según San Juan, ocurrió con este mismo grupo de discípulos, solo que ahora, ya estaba Tomás, y así ya eran once. Esta visita de Jesús, al parecer no era para arreglar algún asunto con los otros diez discípulos, sino que fue exclusivamente para dialogar con Tomás.  Desde luego que pudo haber encontrado a Tomás en cualquier otro lugar, pero juntos los once, tenían algo importante que aprender de Jesús que Tomás no había cultivado bien en su experiencia.  Los 10 discípulos que estuvieron hace una semana cuando Jesús se apareció a ellos, le habían contado a Tomás esta experiencia de haberle visto, pero él dijo que: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).

   Su determinación crucial fue: “no creeré”.  Y eso es lo que Jesús no espera de algún discípulo ahora que él hubo resucitado.  Por eso Jesús, en aquella ocasión amonestando a Tomás, le dijo: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).  El énfasis de Jesús para Tomás, escuchándolo también los otros 10, fue: “no seas incrédulo, sino creyente”.  Aquel que había sido discípulo por más de tres años, resulta que ahora era un incrédulo.  Este caso de Tomás, suele ocurrir a todos los que piensan que, por antigüedad en la membresía de una iglesia, ya están perfectamente firmes y llenos de fe.  Al más comprometido discípulo y miembro de la iglesia, le puede llegar la incredulidad, por lo que Jesús exhorta a salir de esa condición de incredulidad diciendo: “no seas incrédulo, sino creyente”.

   Amados hermanos, si Jesús no hubiera resucitado toda persona tendría el derecho de no creer en nada que tenga que ver con el verdadero Dios que se predica, porque entonces no sería verdadero.  Habría derecho de dudar de que ese Jesús que se ostentó como Hijo de Dios, realmente no lo era, sino que solamente fue un farsante.  Pero, ahora que Jesús estaba comprobando su resurrección mostrándose a los discípulos, lo que él espera ver en sus discípulos es que sean creyentes, que llenos de fe, crean en Dios y su Hijo Jesús.

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   La cuarta responsabilidad que Jesús después de haber resucitado, hizo saber a sus discípulos, que él espera de ellos, es:

IV.- PERSEVERAR.

   San Juan nos relata un encuentro más de Jesús con sus discípulos.  En esta ocasión no fue con los 11 ni con 10 de ellos, sino solo con 7 de ellos (cf. Juan 21:1,2).  No nos dice con exactitud quiénes eran los cuatro discípulos ausentes, pues a dos de los que estaban presentes tampoco dice sus nombres, pero para propósito de lo que voy a predicarles no es necesario saber quiénes eran los ausentes.  Basta con saber que, en esta ocasión, lo que estaban ausentes de este grupo no eran los que estaban mal como en la ocasión cuando no estaba Tomás, sino que en esta ocasión los que estaban mal eran el grupo de los siete a quienes Jesús encontró juntos. El líder de este grupo era nada menos que Simón Pedro, aquel que tenía un carácter muy emotivo y cambiante.  Parece ser que todavía era la segunda semana después de la resurrección de Jesús, cuando de repente Pedro les hace una propuesta a los otros seis discípulos, a Tomás, a Natanael, a los hijos de Zebedeo (Juan y Jacobo), y a otros dos discípulos (cf. Juan 21:2).  Según Juan, “Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada” (Juan 21:3).

   Es fácil determinar por qué fueron a pescar por lo menos aquella noche. No tenían nada para comer, y hasta probablemente tenían hambre aquella noche, pero “no pescaron nada”. Esto no es porque ellos hayan olvidado los secretos del arte de la pesca, sino porque Jesús les quería enseñar que siendo ellos obedientes a su mandato, ellos no tenían por qué preocuparse por el sustento.  Pero, es muy probable que ellos iban a continuar de ahora en adelante a su oficio de pescadores, a pesar de que ya habían visto en dos ocasiones a su Maestro Jesús que había resucitado.  Estaban dejando de perseverar en su llamado.  Aquellos siete que se habían formado como discípulos de Jesús durante poco más de tres años, y que tenían un mejor conocimiento de toda verdad de Dios, mejor que el conocimiento de los más destacados líderes religiosos de Israel; aquellos siete que deberían dedicarse a ser pescadores de hombres, ahora, en tan solo dos semanas de la muerte y resurrección de Jesús, todos ellos estaban dejando de perseverar en el llamamiento y capacitación espiritual y teológica que habían recibido.  Ahora estaban pensando regresar a la pesca en el mar.

   Pero, allí mismo Jesús los puso a prueba y a reflexión.  Al saber que ellos no habían pescado algo toda la noche, Jesús les dijo que simplemente tiraran la red del lado derecho de la barca. Seguramente habían hecho ese intento una y otra vez, tirando la red algunas veces a la izquierda, y otras veces a la derecha, pero sin resultado.  Pero, ahora tenían que obedecer a Jesús.  Entonces, tiraron la red por el lado derecho de la barca, y de pronto la red se llenó no de diminutos charales y sardinas sino “… de grandes peces, ciento cincuenta y tres” (Juan 20:11).  Pero, para su sorpresa cuando sacan la red hasta la orilla, se dan cuenta que Jesús ya tenía fuego encendido y ya estaba asando un pez, y les invitó a traer de los recién pescados, para prepararse en ese momento, quizá el más sabroso desayuno, porque ya debió estar amaneciendo.  Con este acontecimiento, Jesús les estaba enseñando que ellos no deberían preocuparse por el sustento, porque él siempre estaría pendiente de ellos para proveérselos, no importando si él ya ha tenido que ir al cielo con su Padre celestial.  Ellos no deberían por eso, dejar su llamado por otro trabajo, por dinero, o ganancia, su llamado especial de ser pescadores de hombres para el reino de los cielos.  Ellos deberían perseverar en su llamado de hacer más discípulos.

   Amados hermanos, ahora que Jesucristo resucitó, él no quiere que usted abandone el llamado que él le ha hecho a usted para que sea su discípulo que debe ir y hacer más discípulos.  Usted no debe poner como excusa que, por su trabajo, o que por su falta de recursos económicos usted no puede hacer discípulos para el reino de los cielos de Jesucristo.  Usted debe perseverar en el llamado que Jesús le ha hecho a usted para ser un discípulo que haga más discípulos.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, la resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, nos delega esta serie de responsabilidades que no debemos descartar de nuestra experiencia como discípulos de él.  Su resurrección nos responsabiliza a evangelizar a los perdidos, a perdonar como él nos perdonó, a creer más en él, y a perseverar en su llamado de salvación y de discipulado.  Debemos hacer todo esto porque Jesús así lo espera de nosotros.  Jesús ya hizo por nosotros todo lo necesario para nuestra salvación, al grado de dar su propia vida.  Extraordinariamente por el poder de Dios que habitaba en él, no fue retenido por la muerte, sino que lo venció y resucitó.  Ahora, a sus discípulos de la actualidad nos encomienda el deber de evangelizar comunicando toda buena noticia de Dios para la humanidad, remitir pecados predicando a Jesús, creer en la naturaleza, persona y obra de Jesús, y perseverar en el llamado a hacer discípulos del reino de Jesucristo.