Mar 30

PARA QUÉ MURIÓ JESÚS, Por: Diego Teh.

PARA QUÉ MURIÓ JESÚS

Hebreos 2:14-18.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del VIERNES DE EXPIACIÓN, 30 de marzo 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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   INTRODUCCIÓN: Mientras Jesús estaba crucificado, ese día durante un lapso de tres horas, del medio día hasta las tres de la tarde, Jesús estuvo pronunciando siete palabras o frases, con significados bastante relevantes para entender la necesidad, el valor, y los alcances de su muerte para que desde entonces, como hasta ahora, podamos tener la seguridad de que en él podemos recibir perdón de nuestros pecados, que en él podemos ser librados de la condenación eterna, que en él podemos recibir vida eterna, y que en él podemos recibir no unos cuantos sino muchísimos beneficios.  Él dijo con respecto a quienes le condenaron y a quienes personalmente le crucificaron: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34); a un compañero crucificado, un ladrón arrepentido, que deseó el reino de Jesús, le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43); a su madre y a uno de sus discípulos le dijo: Mujer, he ahí tu hijo. / Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:26,27).  A su Padre celestial, cuando Jesús no soportaba el sufrimiento de su crucifixión gritó: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46); cuando el efecto del sol, cansancio, y desangramiento, le habían debilitado, dijo: Tengo sed” (Juan 19:28), y para aguantar el dolor, le dieron vinagre para beber.  Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).  Y sus últimas palabras fueron: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y habiendo dicho esto, expiró (Lucas 23:46).

   Esas fueron sus siete palabras antes de morir, aunque sin menospreciar tan benditas palabras de Jesús, no serán el tema esencial de mi predicación de este momento.  Hoy me enfocaré al asunto más específico de su muerte y no de sus benditas palabras.  Me enfocaré en el detalle que San Lucas describe de que después que Jesús hubo dicho sus últimas palabras en la cruz, “habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46), o sea, que murió.  Pero lo que quiero exponerles es: ¿Para qué murió Jesús?  El solo hecho de que Jesús haya sido crucificado, aunque era una dolorosa condición, todavía no era suficiente para dar por pagadas las culpas de nosotros los seres humanos pecadores. Tenía que exhalar su último aliento, tenía que expirar, tenía que morir.  Después de tres horas de estar colgado en la cruz, por fin llegó aquel momento más tenebroso de la historia. Jesús murió. No se desmayó, no solo quedó inconsciente, sino que Jesús murió.  Pero, siguiendo las palabras del texto bíblico de Hebreos 2:14-18, que ya hemos leído, les explicaré para qué murió Jesús.

   De manera específica les voy a predicar que: La muerte de Jesús ocurrió por diversos motivos especiales y necesarios para nosotros los seres humanos. / ¿Cuáles son los motivos especiales y necesarios para nosotros los seres humanos, motivos por los que ocurrió la muerte de Jesús? / Los versículos que hoy hemos leído en la epístola a los Hebreos 2:14-18, al comienzo de esta predicación, nos presenta algunos de los diversos motivos especiales y necesarios por los cuales ocurrió la muerte de Jesús.

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   El primer motivo especial y necesario por el que ocurrió la muerte de Jesús, es:

I.- PARA DESTRUIR AL DIABLO.

   Una pregunta que nos guiará al desarrollo de lo que ahora les voy a explicar, es ¿Quién estuvo primero aquí en la tierra? ¿El diablo o el ser humano? La respuesta es que primero llegó el diablo aquí en la tierra. ¿Cómo es que llegó aquí?  Lo que tenemos que recordar es que era el más hermoso de los ángeles, cuyo corazón se llenó de orgullo, y quiso quitar a Dios de su trono celestial para que él fuese Dios.  Pero, Dios quien no puede ser superado por ninguna de sus criaturas, no lo permitió, y desde aquel momento Dios lo pudo haber exterminado, pero no lo hizo sino lo expulsó de su cielo, enviándolo nada menos que aquí en el planeta tierra, justo aquí, y no en otro lugar del universo.  Y mientras ha estado aquí, siempre ha querido destruir todo lo que Dios hace o ha hecho.  Por culpa del diablo, dice la Biblia acerca de nuestro planeta tierra que Dios la hizo y la compuso” (Isaías 45:18).  Tiempo después cuando Dios creó al ser humano, y le puso en el huerto del Edén, un lugar aquí en esta tierra, el diablo, corporizado en forma de una serpiente, usando toda su astucia consiguió que Eva y Adán desobedecieran a Dios, pues así es como el diablo está queriendo destruir todo lo que Dios hace.

   Pero, Dios no dejará que el diablo se salga para siempre con la suya.  Aunque Eva y Adán ya habían desobedecido a Dios, y ya se habían convertido en auténticos pecadores, con potencia para depravarse más, Dios le advirtió a aquella serpiente, al diablo mismo: Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). La simiente o hijo de mujer al que Dios se refirió en ese entonces es Jesús su hijo celestial que nacería como ser humano.  La serpiente o diablo, solamente podría herir a Jesús en el calcañar, es decir, no de gravedad; pero Jesús herirá mortalmente en la cabeza a aquella serpiente, al diablo.  Es por eso que el escritor del texto bíblico que hoy hemos leído, hablando de la naturaleza humana, dice de Jesús: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2:14).  Dios puso en este mundo al ser humano, para demostrarle al diablo una vez más que él no es una gran cosa, ni nunca lo ha sido, sino simplemente es un ser creado que puede ser vencido, y Jesús lo ha hecho.  Aunque él murió, el diablo “que tenía el imperio de la muerte” no pudo retenerle muerto, pues al tercer día resucitó, y entonces, el poder del diablo sobre el ser humano quedó destruido. Jesús murió, para “para destruir […] al diablo”.

   Amados oyentes, el diablo no tiene por qué vencernos absolutamente en nada.  Ya ha sido vencido por Jesús. Usted solamente tiene que ser un verdadero creyente que permanezca creyendo en él. Haga lo que el diablo haga contra usted, él ya está vencido. Sus estragos, todos juntos, no le afectarán a usted para la eternidad.

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   El segundo motivo especial y necesario por el que ocurrió la muerte de Jesús, es:

II.- PARA LIBRAR A TODOS LOS SUJETOS A SERVIDUMBRE.

   Después de explicar el autor de nuestro texto bíblico que Jesús murió para “destruir […] al diablo”, en el siguiente versículo, el versículo 15, añade: “y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:15). ¿Qué quiere decir este apóstol de Jesús, cuando habla de personas que han estado “durante toda la vida sujetos a servidumbre”?  No se está refiriendo a personas que fueron sometidas trabajos forzados, sino que se está refiriendo al poder que el pecado llega a tener sobre las personas cuando se dejan que Dios tenga el control de la espiritualidad de la conducta.  El pecado pone al ser humano en una casi imperceptible servidumbre espiritual.  Así lo dijo Jesús en una ocasión a un grupo de personas que le escuchaban.  A ellos les dijo: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).  El pecado es terrible.  Siempre hace que cada vez hagamos más cosas malas.  Aun cuando nos proponemos a hacer cosas buenas, pronto descubrimos, pero no antes sino después, que lo que hemos hecho no fue lo bueno que nos propusimos sino lo malo que ni siquiera habíamos premeditado hacer.  ¿No les ha pasado eso, muchas veces?  Es el poder del pecado que sujeta a servidumbre a cualquier ser humano sin excepción.  Es el poder del pecado que hace esclavo del pecado a quien no deja que Dios sea quien tenga el control de su vida.

   Bueno, pero la buena noticia es que Jesús murió para “librar a todos […] los que estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”.  Jesús mismo, a aquella misma gente que se estaba dejando esclavizar por el pecado, hablándoles de él mismo, les dijo: “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Eso lo dijo aun cuando no había muerto, pero luego, que específicamente murió para “librar” de “servidumbre” de pecado, con más razón está garantizado que usted y yo ahora podemos superar en él esos problemas, adicciones, y pecados.  Quienes por sus propios medios luchan con todo esto sin acudir a Jesús, no logran superar todas esas cosas.  Eso solo indica cuánta falta hace Jesús en la vida del ser humano.

   Amados oyentes, todas esas complicaciones de nuestra vida personal que nos persiguen, que puede llevar a personas a la infelicidad, y que puede destruir la vida hasta del que es aparentemente fuerte, tiene solución en Jesús el Hijo de Dios. Usted tiene que decirle a Jesús, hoy y todos los días: Jesús toma el control de mi vida, aplica en mí tu poder liberador de este pecado, de este problema, o de esta adicción que me está dañando.  Él te va a librar.

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   El tercer motivo especial y necesario por el que ocurrió la muerte de Jesús, es:

III.- PARA EXPIAR LOS PECADOS.

   El versículo 17 de nuestro texto, dice de Jesús: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Hebreos 2:17).  No voy a explicar todos los detalles de este versículo, que son muchos.  Solamente voy a enfatizar la frase que al final de este versículo, refiriéndose al ministerio sacerdotal de Jesús, ministerio que ejerció no en el templo de Jerusalén, sino en la cruz del Calvario, dice que fue: “para expiar los pecados del pueblo”.  Expiar, significa: pagar para quedar libre de culpa; como cuando usted paga una multa, o un aviso de pago de servicios, y usted queda libre de adeudo.  Lo que Jesús hizo para “expiar los pecados”, fue, pagar los pecados de las personas, para que tales pecados sean eliminados de nuestra cuenta espiritual.  ¡Qué gran beneficio para nosotros, la muerte de Jesús!

   En los tiempos de Jesús, y desde unos 15 siglos atrás, Dios había establecido para los israelitas y judíos, que para que los pecados de una persona fuesen expiados (o sea, pagados y quitados de uno), un sacerdote tenía que sacrificar una oveja, derramar su sangre junto al altar del tabernáculo o templo de Jerusalén; y luego a la persona arrepentida tenía que rociarla con parte de aquella sangre.  Pero, Dios mismo acabó con aquel complicado y sangriento ritual de animales que simbolizaban la vida del pecador que con la muerte de un ser sin culpa, pagaba la culpa del pecador.  Ahora, Jesús, como el mejor sacerdote, se ofreció a sí mismo, al mismo tiempo como el sacrificio sangriento, que fue válido “para expiar los pecados del pueblo”.  El murió para que usted no se quede cargando con todos los pecados que ha cometido durante toda su vida.  El murió para pagar la culpa de nuestros pecados, y para que en consecuencia favorable sean eliminados de nuestra carga espiritual.

   Amados oyentes, no tenemos por qué cargar con pecados que Jesús ya pagó su cancelación y eliminación.  Lo que usted debe hacer ahora y cada día, es decirle a Jesús: Señor Jesús, soy un pecador que hoy necesito tu perdón. Límpia mi vida de cada uno de mis pecados cometidos. Gobierna mi vida para que con tu poder en mí, ahora pueda huir de pecar.

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   El cuarto motivo especial y necesario por el que ocurrió la muerte de Jesús, es:

IV.- PARA SOCORRER A LOS QUE SON TENTADOS.

   El escritor de nuestro texto bíblico, hablando de Jesús estando en la condición de ser humano, dice que: “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:18).  Desde antes de su muerte fue tentado por el mismo diablo, no tres veces, sino muchas veces más, y no fue para él nada fácil ni agradable, pues el apóstol que escribe sobre este asunto, y dice que Jesús: “padeció siendo tentado”.  Pero, precisamente por eso, él entiende la angustia, el problema en el que nosotros los seres humanos nos encontramos cuando las tentaciones llegan a nuestra vida.  Todos los días la tentación nos acecha para hacernos caer, para hacernos ofender a otros, para hacernos fallar a nuestra integridad, para hacernos quedar mal hasta con nuestra misma familia.  La tentación puede llegar con toda su fuerza desastrosa.  Pero, la buena noticia es que Jesús: “es poderoso para socorrer a los que son tentados”.

   Amado oyente, ¿cuál es la tentación que ahora te está atormentando y que quizá talvez le has cedido espacio en tu vida? ¿Cuál es la tentación que incluso si no le has cedido espacio en tu vida, te está afligiendo grandemente?  Ahora, ya sabes, Jesús murió para que las tentaciones no hagan estragos en nuestra vida, Jesús murió para que usted tengamos a él como nuestro rescatista espiritual cuando la tentación llegue.   Hoy, pongamos toda nuestra confianza en él para que, en vez de hundirnos en las tentaciones, le digamos a él: Señor Jesús, socórreme, auxíliame, rescátame de la tentación que me está acechando.

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   CONCLUSIÓN: Amados oyentes, la muerte de Jesús, no fue una muerte ordinaria como la que nos ocurre a los que somos solamente humanos, sino que su muerte fue una muerte extraordinaria por estar en su naturaleza humana toda la plenitud divina.  Su muerte, fue para destruir el poder del diablo sobre aquellos que creen en él; fue para librar a todos los que estamos sujetos a esclavitud de pecado; fue para expiar nuestros pecados; y fue para que seamos socorridos de las tentaciones que nos conducen a tomar malas decisiones.  Todo esto ocurrió como una bendita consecuencia de la muerte de Jesús el Hijo de Dios.

   Pero, otra buena y mejor noticia, es que Jesús no quedó muerto, sino que resucitó.  Esto asegura que los beneficios de haber muerto en nuestro lugar, se vuelva una realidad en nosotros siempre y cuando creamos permanentemente que él es el Hijo de Dios que murió por nosotros.

Mar 28

SOLO JESÚS NOS HACE “MÁS QUE VENCEDORES”, Por: Diego Teh.

SOLO JESÚS NOS HACE “MÁS QUE VENCEDORES”

Romanos 8:35-39.

.Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del MIÉRCOLES DE RETIRO, 28 de marzo 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 04 de la serie: SOLO JESÚS, de semana santa 2018.

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   INTRODUCCIÓN:  Si hay alguien que nos quiere acusar a los escogidos de Dios, es el enemigo de nuestras almas. Si hay alguien que quiere que usted y yo seamos condenados al castigo eterno, es el enemigo de nuestras almas.  Pero, desde hace casi 2000 años cuando Jesús el Hijo de Dios, murió, ganando el perdón eterno para todos los que crean en él.  Cuando el diablo quiera acusarnos, le dirán: Aunque los acuses, sus pecados ya están perdonados, gracias por tomarte la molestia.  Cuando el diablo quiera gestionar nuestra condenación, le dirán: Ya Jesús pagó la culpa de ellos. Ninguna condenación hay para los que creen en él.

   Nuestro enemigo el diablo, especialmente para nosotros los creyentes en Jesucristo, no tiene ni tendrá ninguna victoria sobre nosotros.  De manera muy enfática, en nuestro texto bíblico, el apóstol Pablo, con el conocimiento de que nada puede dejarnos mal delante de Dios, nos dice que nosotros: “somos más que vencedores”, pero añade que lo “somos”, “por medio de aquel que nos amó” (Romano 8:37). ¿Quién es ese “aquél que nos amó”? Es Jesús.  Lo que entonces está diciendo es que por medio de Jesús es que “somos más que vencedores”. ¿Cómo está eso de que “por medio de él”? ¿Cuál es su participación para que “por medio” de él seamos “más que vencedores”?

   En el mensaje de hoy les voy a predicar lo siguiente: Las obras redentoras de Jesús hacen que sus discípulos seamos “más que vencedores”. / ¿Cuáles son las obras redentoras de Jesús que hacen que sus discípulos seamos “más que vencedores”? / Basado en nuestro texto bíblico de Romanos 8:28-39 voy a exponerles cuáles son las obras de Jesús que nos hacen más que vencedores.

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   La primera obra de Jesús que hace que sus discípulos seamos “más que vencedores”, es:

I.- SU MUERTE.

   En los versículos 33 y 34, argumentando que los escogidos de Dios, aunque sean acusados por el diablo mismo, no serán procesados por la justicia de Dios, y por lo tanto tampoco serán condenados, el apóstol Pablo, inmediatamente explica la razón que dice que es porque: “…Cristo es el que murió” (Romanos 8:34).  La muerte de Jesús, tiene una excelente eficacia para los que somos escogidos de Dios. Aquellos que somos escogidos de Dios, son los que cuando fuimos o somos llamados por el evangelio de Jesucristo, aunque quizá por un tiempo no simpatizamos con el evangelio, finalmente respondemos llenos de fe en la persona y obra de Jesús.

   Luego, como dicen los versículos 29 y 30, se va cumpliendo en nosotros, el plan de Dios para hacernos totalmente salvos de toda condenación, pues después que Dios llama, también justifica, y finalmente glorifica.  En ningún momento Dios interrumpe el proceso de salvación que Él mismo diseñó para los que aceptan el santo evangelio de Jesucristo.  Este plan de salvación de Dios que resulta ser la mejor victoria para los que ahora somos discípulos de Jesús es totalmente eficaz, por la intervención de Jesús mediante su obra redentora de haber muerto para que no haya cosa alguna que impida nuestra salvación.  Así, que la muerte de Jesús es la obra redentora que nos hace más que vencedores.

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   La segunda obra de Jesús que hace que sus discípulos seamos “más que vencedores”, es:

II.- SU RESURRECCIÓN.

   Después de afirmar que “…Cristo es el que murió”, inmediatamente el apóstol Pablo hablando de Jesucristo, añade: “más aun, el que también resucitó”. (Romanos 8:34).  La resurrección de Jesús también tiene una excelente eficacia para hacernos “más que vencedores”. ¿Quién por sí solo ha vencido al poder de la muerte?  Aunque eventualmente, hemos escuchado testimonios de personas que tras haber sido declarado clínicamente muertos, han vuelto a la vida, este volver nuevamente a la vida no es una vida procedente de sí mismos, sino que de todas maneras es la vida que siempre procede del único creador y dueño de la vida que es Dios.  Ningún ser humano podemos darnos vida a nosotros mismos.

   En el caso de Jesús, siendo no solamente hombre sino también Dios al mismo tiempo, estaba en sí mismo el poder divino de volver nuevamente a la vida por sí mismo. Es por eso que su resurrección, es la evidencia de que el poder divino, así como sobre la vida como también sobre la muerte misma, está totalmente en Jesús.  Por lo tanto, otro de los beneficios destinados para nosotros los creyentes en Jesucristo, es que, aunque nos llegue el cumplimiento de la sentencia de nuestra muerte por causa del pecado, y aunque nuestro cuerpo mortal llegase a corromperse en la tumba, en el crematorio, en el mar, o en el mismo polvo de la tierra, eso no será nuestro fin, sino que por la resurrección de Jesús, dice el mismo apóstol en el versículo 11 de este mismo capítulo 8, que: “el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11).  Es así como podemos entender que por la obra redentora de Jesús de haber resucitado, nosotros sus discípulos “somos más que vencedores” aun sobre la muerte.  Su resurrección es nuestra garantía.

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   La tercera obra de Jesús que hace que sus discípulos seamos “más que vencedores”, es:

III.- SU SOBERANÍA.

   Después de explicar que, aunque seamos acusados aun por el diablo mismo, seremos justificados y por lo tanto no seremos condenados, y todo esto porque “…Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó”, añade otra explicación que tiene que ver con parte del proceso redentor que Jesús hace a nuestro favor.  El apóstol dice de Jesús que él es “el que además está a la diestra de Dios, …” (Romanos 8:34b).  Después de que Jesús hubo cumplido total y eficazmente su muerte expiatoria o redentora, Dios quien plenamente estaba unido a su naturaleza humana, le hizo volver a la vida, resucitándole como recompensa de lo que ningún otro ser humano estaba en condición de hacer por nosotros los pecadores.  Pero, Jesús no podía quedarse en la condición de resucitado, así que Dios le hizo regresar como Dios y hombre en una sola persona al lugar de donde originalmente procedió antes de hacerse hombre.  Regresó al cielo.  Regresó al cielo, pero no para enajenarse de nuestro destino, sino que, al llegar al cielo fue exaltado para ocupar el lugar que de por sí le corresponde, lo cual fue sentarse a la diestra de Dios.  Allí se encuentra hasta el día de hoy como el Soberano divino y eterno.

   La Biblia describe a Jesús sentado no en una silla, una banca, un block, ni en el parque, ni en la calle, ni en algún otro lugar común, sino que está sentado en un trono (cf. p. ej. Apocalipsis 4:2,3,9,10; 5:7,13: 6:16: 7:10,15).  Y él mismo, en el mensaje que envió a la iglesia de Laodicea, por medio de la revelación que le dio al apóstol Juan, dice: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21).  Su reinado desde el trono celestial, es también parte de la obra redentora de Jesús a nuestro favor, porque si él ha muerto por nosotros, ahora, desde su trono gobierna, rige, e impide que nada en el mundo, o del cielo mismo, ni del infierno, ni de cualquier otro lugar del universo, atente contra la seguridad de nuestra eterna salvación.  “Somos más que vencedores”, porque él reina desde su trono celestial, totalmente a nuestro favor, y en contra de sus enemigos y los nuestros.

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   La cuarta obra de Jesús que hace que sus discípulos seamos “más que vencedores”, es:

IV.- SU INTERCESIÓN.

   Después de decir que Jesús ahora está a la diestra de Dios”, el apóstol Pablo hace una indicación bastante relevante, diciendo de Jesús que él es “el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34b).  La muerte de Jesús fue tan eficaz para la cancelación de nuestra antes segura condenación eterna, e igualmente fue tan eficaz y suficiente para el perdón una vez para siempre de todos nuestros pecados cometidos antes de creer en él; y también es totalmente eficaz para el perdón de los pecados que cometemos ahora que hemos creído en él.  Pero, además de toda la eficacia de su muerte, ahora estando a la diestra de Dios, mientras él reina desde su trono celestial, el realiza una obra especial por los pecados que ahora cometemos siendo cristianos.  Su obra actual se llama intercesión.

   Un solo pecado, como les ocurrió a Eva y a Adán, es suficiente para meternos en condenación.  Un pecado nuestro es igual de grave como fue el de nuestros primeros padres, e igualmente, hace que merezcamos condenación.  Pero, ahora, no es necesario que Jesús muera una y otra vez por nuestros pecados. Lo que ahora Jesús hace, para que cada pecado que cometemos sea también perdonado, sin que haya necesidad de que nosotros paguemos por ello, y sin que él tenga que volver a pagar por ello, y para que no seamos por ello condenados nuevamente, es interceder al Padre.  Por la misma eficacia, validez, vigencia, suficiencia, y mérito de su muerte, Dios el Padre, acepta que siempre seamos perdonados de todos los pecados que acumulamos a cada instante de nuestra vida, tan solo porque él es quien lo pide por nosotros al Padre. ¿No es esto ser “más que vencedores” por la obra continua de intercesión?

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   CONCLUSIÓN: Para concluir voy a repasarles todo lo que hoy les he predicado.  1).- Que solo Jesús nos hace “más que vencedores” tan solo por su muerte.  Ninguna muerte de ninguna criatura ya sea celestial o terrenal puede darnos ni la más mínima victoria de la que Jesús nos da.  2).- Que solo Jesús nos hace “más que vencedores” por haber resucitado, pues él es la vida, y la fuente de toda vida, por lo que aun si un día moriremos, por él seremos divina y poderosamente resucitados.  3).- Solo Jesús nos hace “más que vencedores”, porque igual que antes, ahora desde el trono eterno y celestial, reina con toda su autoridad para librarnos de toda influencia maligna.  Él se encarga de que nada nos destruya.  4).- Solo Jesús nos hace “más que vencedores” por su ministerio actual permanente, intercediendo al Padre celestial para que todo pecado cometido por cada quien sea perdonado porque para eso murió eficazmente.

   Estimado oyente, ¿le gustaría a usted ser este tipo de personas que por medio de Jesús, se vuelven personas vencedoras y más que vencedoras tanto en la vida presente como en la vida de la tan cercana eternidad que nos espera?  ¿Le gustaría a usted que no haya culpa, que no haya diablo, que no haya pecado, ni nada que le impida acercarse al Padre celestial?  Eso es posible, solamente si usted decide creer en Jesucristo como el único Señor y suficiente Salvador de su vida.  Hoy es el día para que usted le diga a Jesús: Señor Jesús, quiero ser “más que vencedor” sobre el pecado, sobre mi adicción, sobre mis problemas.  Acepto que tú seas mi Señor y Salvador.  Entra en mi corazón, y toma el control de mi vida desde ahora y para siempre. Amén.

Mar 25

SOLO JESÚS SE DESPOJÓ A SÍ MISMO POR NOSOTROS, Por: Diego Teh.

SOLO JESÚS SE DESPOJÓ A SÍ MISMO POR NOSOTROS

Filipenses 2:7.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del DOMINGO DE RAMOS, 25 de marzo 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 01 de la serie: SOLO JESÚS, de semana santa 2018.

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   INTRODUCCIÓN: En el mensaje de este momento usaré esencialmente la frase del versículo 7 de nuestra lectura, en el que San Pablo, hablando de Jesús, dice que: “se despojó a sí mismo” (Filipenses 2:7).  Esta sola frase tiene mucho significado relevante para entender la gracia y el amor de Dios por los pecadores. En el idioma griego el apóstol Pablo utilizó las palabras: ?????? ???????? (evtón ekénosen), del cual se ha derivado la palabra Kenosis que se usa en la teología cristiana para hablar de este fenómeno divino. ¿Qué es esta Kenosis? Sin duda que es un misterio divino, sin embargo, hay detalles que son suficientemente sencillas de entender e interpretar a la luz del contexto de todo el conjunto de la misma palabra de Dios.  Pero, primeramente, voy a aclarar que esta decisión en el que Jesús “se despojó a sí mismo”, no significa que él haya determinado dejar de ser Dios para ser solamente un hombre, pues si fuese solamente un hombre nacido de mujer no cubriría los requisitos para pagar por nuestro pecado porque sería igual de pecador que nosotros.  Tenía que ser igual a nosotros en naturaleza, pero al mismo tiempo diferente de nosotros, no teniendo pecado como nosotros; y esto solamente podría ser así, si como hombre era Dios al mismo tiempo. No era necesario que sea un hombre que no sea descendiente de nuestra raza, pues Dios pudo haber creado a otro hombre ajeno a la naturaleza de pecado que ya tenía nuestra raza, pero no fue así porque entonces ese hombre de otra naturaleza no podría representarnos para morir por nosotros, porque se requería que quien pague nuestras culpas tenía que ser de nuestra misma naturaleza, no de otra.  Por eso Jesús, era y es Dios hecho humano de nuestra misma naturaleza, que en el proceso de hacerse de nuestra misma naturaleza, “se despojó a sí mismo”.  ¿Qué es lo que ocurrió en este auto despojamiento, o sea en esta Kenosis divina?

   En esta predicación les voy a exponer que Jesús, para ser verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios, se despojó a sí mismo, o sea que renunció a derechos divinos que uniéndose a nuestra naturaleza humana se limitó a no usar durante su vida y ministerio terrenal, para así cumplir su función como Salvador. / ¿Cuáles son los derechos divinos, de los cuáles Jesús al despojarse a sí mismo, renunció, para ser verdadero hombre sin dejar de ser Dios, limitándose a no usarlos durante su vida y ministerio terrenal, para así cumplir su función como Salvador? / Hoy les voy a compartir algunos de los derechos divinos que, para ser verdadero hombre de nuestra misma naturaleza, sin dejar de ser Dios, Jesús los renunció, limitándose a no usarlos durante su vida y ministerio terrenal, para así cumplir su misión como Salvador.

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   El primer derecho divino del cual Jesús “se despojó a sí mismo”, limitándose a no usarlo durante su vida y ministerio terrenal, es:

I.- SU GLORIA CELESTIAL.

   Tiene razón el apóstol Juan cuando escribió que: A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18).  Desde la antigüedad, cuando Dios manifestaba que estaba presente, a Él no se lo podía ver sino solamente se podía ver algo que manifestaba su presencia.  Por ejemplo, cuando se le apareció a Moisés, lo que él vio fue solamente un fuego que suave e inofensivamente envolvía una zarza que no se consumía, pues Dios permanecía invisible. Cuando Dios se le aparecía a los israelitas en el tabernáculo o en el templo, lo que realmente veían era una nube espesa del cual salía una poderosa luz que no podía soportarse por el ojo humano y tenían que alejarse del lugar.  Aquella luz junto con su nube, fue conocida como Shekiná, nube de la gloria de Dios, la cual ocultaba a Dios.

   Jesús, aun siendo Dios, no vino con aquella poderosa gloria que potente y impactantemente hacía evidente que Dios estaba presente. Solamente en una ocasión casi cerca del final de su ministerio, cuando ocurrió en él el divino fenómeno de la transfiguración de Jesús que San Mateo lo describió escribiendo: “resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz; […] una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:2b, 5).  San Marcos, lo describe diciendo: “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. […] Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Marcos 9:3, 7).  San Lucas lo describe también diciendo: entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente. / Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías; / quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. / […] / …vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube.  / Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Lucas 9:29-31, 34, 35).  San Juan no relata este episodio, pero es a ello que se refiere cuando dice de Jesús: “vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:14b, lo que está entre paréntesis).  Solamente en aquella transfiguración Jesús usó la gloria divina en un encuentro especial con su Padre celestial.  Pero, durante toda su vida se despojó a sí mismo de toda aquella gloria divina que era su derecho, pero para ser como uno de nosotros, para dar su vida por nosotros, se tuvo que despojar de ello.

   Es hasta su oración en el huerto Getsemaní, cuando ya lo iban a arrestar para juzgar y condenar a la muerte, cuando él mientras oraba le dijo a su Padre celestial: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Y sí lo recuperó porque es su derecho divino, pues en el apocalipsis San Juan nos relata: “su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. /  Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; / y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén” (Apocalipsis 1:16-18).  Y en la actualidad, nosotros nos encontramos esperando que él vuelva con poder y gloria (cf. Mateo 24:30; Marcos 13:26; Lucas 21:27). Pero mientras estuvo aquí en la tierra se privó de este derecho con tal de identificarse plenamente con nuestra condición humana, y tomar nuestro lugar para pagar nuestras culpas.

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   El segundo derecho divino del cual Jesús “se despojó a sí mismo”, limitándose a no usarlo durante su vida y ministerio terrenal, es:

II.- SU AUTORIDAD ABSOLUTA.

   Alguien que tiene autoridad absoluta, libremente hace todo lo que quiere, mas no tiene ninguna obligación de hacer lo que otro quiere.  Por eso, cuando Jesús llevaba a cabo su ministerio, casi al principio, cuando compartió su evangelio como agua de vida, habiendo tardado en hablar con aquella mujer samaritana, sus discípulos que habían comprado comida y querían comer junto con su Maestro, le rogaban que él comiera junto con ellos, pero él les respondió: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34).  Jesús siendo Dios, tenía el derecho de no ocuparse en hablar de cosas divinas a aquella mujer, sin embargo, como se limitó a no usar su derecho de autoridad absoluta, antes se sometió a todo lo que su Padre celestial decidiera para él, estando bajo obediencia cuando no tenía por qué someterse a obediencia pues él mismo era Dios.

   Quizá su siguiente milagro de Jesús después de su conversación con aquella mujer samaritana, fue la sanidad de un paralítico en el estanque de Betesda cerca de Jerusalén, en un día de reposo.  Desde aquella ocasión los judíos encabezados por sus líderes religiosos comenzaron a querer matarle.  Defendiendo ante ellos su responsabilidad de hacer la voluntad de su Padre celestial, una de las cosas que les explicó fue: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30).  ¿No es esto, que el Dios de toda autoridad, ahora en su condición de Dios encarnado, no hacía y quería lo que como Dios tenía el derecho de decidir hacer o no hacer, sino que estaba sujeto a obedecer la voluntad del Padre?  Aquí también es evidente que él se había despojado de su autoridad absoluta.

   En la ocasión que Jesús alimentó a más de cinco mil personas, algunas pensaron que le sacarían más provecho a Jesús, siguiéndole a donde sea que él vaya, por lo que al día siguiente muchos le buscaron, siguieron, y persiguieron, obviamente no para escuchar su evangelio, sino para que les dieran más comida.  Jesús, entonces, les dijo que no busquen solo el pan que perece sino el pan que permanece para vida, identificándose él como el Pan de vida que descendió del cielo.  Y luego dijo de él mismo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).  Este era Jesús, quien, aun siendo Dios, no estaba usando su propio derecho divino de autoridad absoluta, pues nuevamente indica que estaba sometido a voluntad del Padre celestial.

   Y quiero agregar un detalle más.  La noche que Jesús fue arrestado, tres veces hizo la misma oración donde le expresaba a su Padre celestial, que Jesús se sentía angustiado por su muerte necesaria que conscientemente sabía que estaba por ocurrir en menos de las siguientes 24 horas.  Especialmente en la segunda de estas tres oraciones similares, él dice: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42b).  Hacer la voluntad de su Padre, es evidencia de que él siendo Dios no estaba usando de su derecho divino de autoridad absoluta de la cual “se despojó a sí mismo”, poniéndose voluntariamente bajo total autoridad de la voluntad del Padre.

   Amados hermanos, todo esto fue necesario para que él además de su naturaleza divina, estando en condición de hombre, pueda cumplir de manera perfecta la obediencia que ningún ser humano puede cumplir, y así entonces ser la única persona calificada para tomar nuestro lugar para el pago de nuestras culpas.

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   El tercer derecho divino del cual Jesús “se despojó a sí mismo”, limitándose a no usarlo durante su vida y ministerio terrenal, es:

III.- SU RIQUEZA UNIVERSAL.

   San Mateo en la ocasión que nos narra acerca de tres personas que, tras conocer los requisitos y condiciones para ser un discípulo de Jesús, uno de los tres casos ocurre de la siguiente manera.  Un escriba, muy aventurado pero sin pensar las responsabilidades y dificultades de su discipulado que él pensó hacer con Jesús, se acerca a Jesús y le dice: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas” (Mateo 8:19b).  Pero, la respuesta que recibió de Jesús, y que era muy cierta para Jesús y que aplicaba también para todo aquel que quería ser su discípulo, es que: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mateo 8:20).  Jesús, el co-Creador junto con el Padre, el Dios por quien todas las cosas fueron hechas, ahora, aquí en la tierra no tenía absolutamente ningún bien terrenal.  Todo esto, como consecuencia de haberse “despojado a sí mismo” de su derecho divino de hacer uso de toda riqueza universal.  Ni siquiera, por derecho de herencia de sus propios padres terrenales, había recibido un tanto de bienes como una casa, o por lo menos una tumba para el final de su vida. Todos sus haberes, fueron en la mayoría aportaciones de otros que apreciaron su ministerio.

   Cuando el apóstol Pablo hablaba de la importancia de ser generosos ante las necesidades de nuestros semejantes, explicó a los Corintios acerca del despojamiento voluntario de Jesús, quien siendo dueño de todo caudal de riqueza, dice de él San Pablo: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).  Nadie le obligó, sino que “se despojó a sí mismo”, o lo que es lo mismo: “se hizo pobre, siendo rico”.  Si él no hubiese hecho esto, los seres humanos estaríamos sumidos en la pobreza de las miserables consecuencias del pecado; pero ahora por su decisión de experimentar “su pobreza”, nosotros somos “enriquecidos” con muchos beneficios de la gracia salvadora.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, para ser beneficiados con la gracia divina de la salvación eterna, y ser librados de nuestra antes segura condenación, fue necesario que Jesús se despojara de sus derechos divinos, los cuales él no estimó como cosas a qué aferrarse.  En ese mismo contexto, de lo que Jesús hizo de despojarse así mismo, los creyentes somos invitados a ser como Jesús, cuando San Pablo dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Nosotros también debemos interesarnos en procurar el bien de otros que en este momento no tienen solución para los problemas de sus vidas, llevándoles el bendito evangelio de Jesús.  Estoy seguro que una de las razones por el que muchos tienen dificultad de llevar y compartir a otros el evangelio de salvación y solución, es porque hay algún legítimo derecho del cual no hay disposición de despojarse de ello.  Y mientras no nos despojemos de ello, no podremos hacer ningún bien espiritual o material a nadie.  Gracias a personas que hace unos 35 años se despojaron de algo para traernos la palabra de Dios en esta colonia, hoy tenemos una iglesia aquí.   Los apóstoles se despojaron de sus barcas, de sus familias, de sus propiedades, para ser discípulos y mensajeros del evangelio de Jesús; y solo así lograron evangelizar al mundo de su tiempo.  Hoy, también nosotros debemos hacer lo mismo, pues nuestro Salvador Jesús, así lo hizo. De despojó de su gloria celestial, se despojó de su autoridad absoluta, y se despojó de su riqueza universal.