Mar 04

LA DISCIPLINA DEL MATRIMONIO, Por: Diego Teh.

LA DISCIPLINA DEL MATRIMONIO

Efesios 5:25-33.

Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 4 de marzo 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

Este bosquejo corresponde al sermón # 03 de la serie: LAS DISCIPLINAS DEL HOMBRE PIADOSO. Puede dividirse para dos o tres predicaciones.

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   INTRODUCCIÓN: El autor del libro: Las disciplinas del hombre piadoso, dice: “¡Hay una unidad asombrosa en el matrimonio! La afirmación de que el hombre y la mujer son “una sola carne”, indica algo de la profundidad psicológica y espiritual del matrimonio: un intercambio de almas”. Universidades de todo el mundo han hecho estudios para descubrir porque incluso la pareja del matrimonio con el paso de los años llegan a parecerse muchísimo en muchos aspectos, incluyendo la apariencia física[1]. Me gusta mucho un comentario que hace el cantante Jesús Adrián Romero, en su tercera intervención hablada durante el concierto en vivo en el que grabó su álbum: Ayer te vi, fue más claro que la luna. Comenta que observa mucha semejanza entre él y su esposa. Textualmente dice: A mí me dicen que me parezco a mi esposa, ella es mucha más bonita, no se asusten, y luego dicen que ella se parece a mí. ¿Y sabes qué? De repente yo me encuentro platicando y me doy cuenta que estoy platicando como ella. Me doy cuenta que a veces bromeo y estoy bromeando como ella. De repente la escucho hablar a ella, y la escucho que está hablando como yo. ¿Y sabes? Con el paso de los años me he dado cuenta de que realmente nos parecemos. Es más, yo he llegado al extremo de robarle las historias, y de repente ella me cuenta una historia muy interesante de algo que pasó y algo que Dios hizo con ella, y de repente la cuento yo como si fuera mía. Y me dice: Oye, esa es mi historia y te la atribuiste. Y le digo yo: ¿Te acuerdas que tú y yo somos una sola carne, y lo que tú experimentas yo también lo experimento?  El apóstol Pablo habla de esta unidad asombrosa en el matrimonio, incluso llamándole “misterio” cuando dice: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. / Grande es este misterio;…” (Efesios 5:31,32).

   En todo el bloque de versículos de Efesios 5:25-33 en el que el apóstol Pablo explica la misteriosa unidad que hay o que debe haber entre una pareja de casados, explica mucho más específicamente cuál es la responsabilidad de un marido en este misterio de unidad.  Como este mensaje va dirigido principalmente a hombres piadosos casados, el enfoque que presentaré es que: La responsabilidad de un marido en la unidad del matrimonio tiene que ver con tres disciplinas de su amor para con su esposa.  Sin embargo, las esposas y mujeres presentes pueden aprender también cómo ser disciplinadas en amar, aunque ruego más a los hombres que presten atención acerca de esas tres disciplinas del amor de marido.  / ¿Cuáles son las tres disciplinas del amor de un marido para con su esposa? / En el desarrollo de este mensaje, les compartiré acerca de esas tres disciplinas del amor de un marido para con su esposa.

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   La primera disciplina del amor de un marido para con su esposa, debe ser:

I.- UN AMOR ABNEGADO.

   Lo primero que observamos en la explicación del apóstol Pablo, es que dice a los hombres piadosos casados: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).  El énfasis principal está en que Cristo es el ejemplo fundamental para el hombre casado. El apóstol recalca la manera “como Cristo amó a la iglesia” indicando que de manera similar así debe ser el amor de un marido para con su esposa.  E inmediatamente presenta su primera descripción del amor de Cristo que debe ser el estilo del amor de un marido.

   En cuanto a Cristo por su iglesia, dice el apóstol que: “se entregó a sí mismo por ella”.  Así debe ser el amor de un hombre casado para con su esposa.  En palabras comunes a nuestro lenguaje, se trata de un amor abnegado que consiste en estar siempre dispuesto a cualquier costo y ante cualquier obstáculo a dar y hacer todo lo necesario a favor de la esposa.  Este amor abnegado, implica muchas veces hasta la necesidad de renunciar a cualquier compromiso que no sea con Dios que desvíe la atención hacia la esposa.  Este amor abnegado, implica estar dispuesto a experimentar los malos ratos, la inseguridad, y hasta las desesperaciones que la esposa tiene. Este amor abnegado, implica la necesidad de orar a Dios por ella, pidiendo siempre bendiciones para que alcance sus buenos propósitos de vida, y para que Dios satisfaga sus necesidades personales ya sean espirituales o materiales.  Es así como Dios espera que un marido trate a su esposa: “como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”.

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   La segunda disciplina del amor de un marido para con su esposa, debe ser:

II.- UN AMOR SANTIFICADOR.

   Los versículos 26 y 27 de nuestra lectura sigue describiendo un segundo aspecto del amor de Cristo por la iglesia.  No solamente “se entregó a sí mismo por ella” (v. 25), sino que tuvo un propósito muy especial para “ella”.  Pablo dice que el propósito de Cristo fue: “para santificarla” (de aquí surge la disciplina del amor santificador), “habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, / a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:26,27).  En el matrimonio, la esposa es como la iglesia que está siendo sacada del pecado hacia la gloriosa santidad.  La esposa cristiana necesita ser guiada hacia la santidad, nada menos que por el esposo.  En cuando a una mujer no casada que vive bajo el techo del hogar, esta responsabilidad de guianza hacia la santificación es sin duda que de los padres de familia.  Pero, en cuando a la responsabilidad del hombre casado, dice el texto bíblico imperativamente: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, […], / para santificarla” (Efesios 5:25, 26a).

   Este proceso santificador se da en los creyentes y en la iglesia “por la palabra”, pero esa misma “palabra” divina del evangelio de Cristo, es igual de efectiva también en la esposa.  El esposo es el primer responsable de proveer la lectura, así como la enseñanza de la palabra de Dios, para comenzar a su esposa, pero esto también debe ser extensible hasta a los hijos si los hay.  No hay mejor santificador que la palabra de Dios, desde luego aplicada por el Espíritu Santo de Dios.  Así santificaba Jesús a sus discípulos, a quienes dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). Pero, esta labor por la santificación de la esposa, es deber del esposo, no de los maestros de la iglesia, ni de los ancianos, o pastores.  Los ancianos y pastores tienen el deber de exponer la palabra a la iglesia, pero en la vida interna de cada hogar, ya no es responsabilidad principal de estos oficiales de la iglesia, sino del esposo quien con toda responsabilidad debe enseñarle a su esposa la palabra de Dios.

   Todo esto nos deja muy claro que el esposo es el responsable de procurar que su esposa sea gloriosa y santa para Dios. El esposo piadoso debe amar la palabra de Dios, leerla, estudiarla, y compartirla con su esposa todos los días.  Por supuesto que la esposa puede hacer esto por su propia cuenta, sin embargo, la responsabilidad principal es encomendada por Dios directamente al esposo.

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   La tercera disciplina del amor de un marido para con su esposa, debe ser:

III.- UN AMOR HACIA UNO MISMO.

   Siguiendo el principio de la comparación del amor de Cristo por la iglesia, con el amor de un esposo por su esposa, dice el apóstol Pablo: “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. / Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (Efesios 5:28-29). Solamente que ahora, siguiendo también el énfasis de la importancia y necesidad de amar nuestra esposa, el apóstol Pablo recalca un detalle muy llamativo, pues dice que el modo de amar de los esposos debe ser: “como a sus mismos cuerpos”, e inmediatamente aclara que: “El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”, y luego observa que “nadie aborreció jamás a su propia carne”, es decir, nadie está interesado en causarse daño a sí mismo en su propio cuerpo.

   Y en el matrimonio, cuando los dos son “una sola carne” (Efesios 5:31), la esposa y el esposo se convierten en el “misterio” (cf. Efesios 5:32) de no ser dos sino solo uno, así que cuando uno ama al otro, lo que realmente está ocurriendo es que uno mismo se está amando a sí mismo, pues ¡ay! de quien no ame a su esposa, o ¡ay! de la esposa que no ame a su esposo.  El efecto de lo que uno hace por el otro, se reflejará hacia uno mismo.  Si uno hace mal a su esposa, automáticamente uno se hace mal a sí mismo, y si uno hace bien a su esposa, automáticamente uno se hace bien a sí mismo, pues, como ya no son dos, sino “una sola carne”, lo que cada quien hace por el otro, uno siente el efecto como si uno lo hubiese hecho por uno mismo.  Este amor a sí mismo como reflejo de nuestro amor por nuestra esposa, se experimente cuando sin importarnos algún defecto de la esposa la amamos tal como ella es, entonces como nosotros también tenemos nuestros propios defectos, habiéndola amado como ella es, ella también nos amará tal como somos. ¿No es esto amarse a sí mismo?

  Y como ejemplo de amor para los hombres casados, el apóstol Pablo presenta la explicación del amor de Cristo por su iglesia, quien teniendo como esposa y al mismo tiempo como cuerpo a la iglesia, no la aborrece, aflige, daña, descuida, ni destruye, “sino que la sustenta y la cuida”.  En respuesta, la iglesia ama a Cristo, quien le amó primero (cf. 1 Juan 4:19).  Así ocurre al esposo cuando primeramente ama a su esposa.  La esposa le amará también.

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   CONCLUSIÓN: Y para concluir, estimados varones, como hombres casados, el ser “una sola carne” con la esposa, la verdad que es un “misterio” pero no de terror sino un “misterio” de amor del uno para el otro.  Cuando hay amor del esposo, generalmente la esposa también responderá con amor.  Las experiencias que mutuamente se comparten durante todos los años de casados hacen que esposo y esposa seamos semejantes en carácter, en conducta, en gustos, en fe, en amor, en visión, y a veces hasta en los rasgos físicos. Mientras más amor haya entre uno y el otro, mucha más semejanza se reflejará en ambos. Y así ambos se pueden dar la oportunidad de asemejarse más a Cristo.

   Quizá usted conoce el efecto de la edad en los cónyuges.  Se observa y comenta que si alguien es mucho mayor que su cónyuge, el mayor le roba la juventud al menor, y algún día tendrá una apariencia joven como es la apariencia de su cónyuge; y viceversa, que si alguien es mucho menor que su cónyuge, pronto esta persona aparentará tener una edad mucho mayor.  Como que algo ocurre, y se promedia la apariencia.  En el matrimonio tiende a existir una semejanza en la apariencia, pero también en otros muchos aspectos.  Eso es parte del fenómeno de ser “una sola carne”.  Pero, en la vida cristiana, esta experiencia de ser una “una sola carne”, partiendo de la responsabilidad del esposo que lleva una vida disciplinada de amor abnegado, santificador, y hacia sí mismo, ambos reflejarán mucha semejanza, no necesariamente física, pero sí espiritual.  Serán un matrimonio mucho más feliz. El esposo será un hombre más feliz, porque todo aquel que ama será siempre feliz; por eso, lo hombres casados amen a su esposa. Sean disciplinados en amarla.

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[1] https://omicrono.elespanol.com/2012/11/por-que-se-parecen-fisicamente-los-miembros-de-una-pareja/ y https://www.tendencias21.net/Las-parejas-realmente-terminan-pareciendose-entre-si_a880.html