Sep 30

QUÉ TENGO QUE PERDER PARA GANAR UN ALMA, Por: Diego Teh.

QUÉ TENGO QUE PERDER PARA GANAR UN ALMA

Juan 4:1-10.

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Elaborado por el Pbro. Diego Teh, para ser predicado el domingo 30 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán.

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Este sermón es el # 10 de la serie: EVANGELIZACIÓN.

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   INTRODUCCIÓN: Acabamos de leer un pasaje bíblico muy distinguido acerca de los primeros resultados del ministerio de Jesús.  Se trata de su encuentro y su conversación con aquella célebre mujer samaritana de Sicar, en el que momentos después se desató la conversión masiva e inmediata de muchos samaritanos más, además de esta samaritana.  De manera magistral, lleno de sabiduría, Jesús usó la circunstancia en la que él mismo y aquella mujer samaritana providencialmente coincidieron en aquel lugar, donde ambos tenían necesidad de agua, Jesús para beber en aquel momento, y ella para llevarse a casa para su uso doméstico seguramente.  Lo que Jesús tenía para ofrecer en aquel momento, era su predicación acerca de la necesidad de arrepentimiento, y todo lo relacionado con el reino de Dios que en él estaba presente y disponible para el corazón humano. A ese mensaje, él le llamó “agua viva” (Juan 4:10), un agua muy especial, distinto al agua que procedía del pozo.  Por fin, la samaritana haciendo las preguntas necesarias, superando sus dudas, aceptó aquella “agua viva” de Jesús, e igualmente ella lo compartió inmediatamente a la gente de su pueblo que vino al encuentro de Jesús y luego creyeron en su “agua viva”.  Pero, en esta divina y fascinante historia que hemos leído, podemos descubrir que habían impedimentos que si Jesús se hubiese dejado influenciar por estos impedimentos, no hubiese alcanzado para el reino de Dios, ni siquiera a la mujer samaritana.

   En este mensaje no voy a presentar un análisis propiamente acerca de la mujer samaritana, ni acerca de la gran multitud de samaritanos que creyeron en el mensaje de las buenas noticias del reino de Dios que Jesús les predicó, sino que les voy a exponer en este momento acerca de lo que muchas veces se tiene que enfrentar para poder alcanzar para el reino de Dios por lo menos a una sola persona.  Por eso, ahora les voy a predicar que el evangelizador debe estar dispuesto a perder impedimentos con tal de ganar un alma para el reino de Dios.  / ¿Qué impedimentos debe un evangelizador estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios? / Basado en la experiencia de nuestro Señor Jesucristo, y otros textos apostólicos, voy a presentarles algunos de estos impedimentos que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios.

   El primer impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

I.- LAS COMODIDADES.

   Nada más observen al Gran y Supremo evangelista, Jesús, el Hijo de Dios.  Según el versículo 3, junto con sus discípulos “salió de Judea” (Juan 1:3).  Judea, era una provincia (o sea, como un estado con municipios).  Si salió de Jerusalén, o de algún lugar cercano de Jerusalén, salió del centro de la provincia de Judea, que estaba a unos 40 kilómetros de Sicar, el lugar donde se encontró con la samaritana.  Entonces suponiendo que caminaron un kilómetro cada 15 minutos, 4 kilómetros por hora, los 40 kilómetros lo debieron caminar en un promedio de 10 horas, entonces debieron salir de esa zona de Judea como desde las 2 de la mañana, porque dice el versículo 7 que llegaron a Sicar “como a la hora sexta” (Juan 14:7).  Pero, si salieron desde la parte norte de Judá, quizá solo caminaron ese día solo unos 20 kilómetros, que si llegó ”como a la hora sexta”, debió salir más o menos a las 6 de la mañana.  De todas maneras, si salió desde las 2 de la mañana, o s salió a las 6 de la mañana. ¿No estaría más cómodo descansando y durmiendo toda la madrugada hasta que amaneciese? ¿No estaría más cómodo desayunando a las 6 o 7 de la mañana en una casa o en la plaza pública de alguna comunidad, sin estar caminando a un destino de más de doce horas de destino (porque iba, no a Sicar, de la provincia de Samaria, sino más al norte hasta la provincia de Galilea)?  Pero, hubo necesidad de que Jesús pasase por la provincia de Samaria porque allí necesitaba ofrecer su “agua viva” (v. 10) a aquella mujer, y luego a muchísima gente de Sicar.   Lo que quiero que observen es que para hacer la labor que “le era necesario” hacer allí (cf. v. 4), y que igual tendría que hacer en Galilea en una zona como a 60 kilómetros más al norte de Sicar, Jesús estuvo dispuesto a perder sus comodidades de descanso, de hidratación corporal, de tonalidad de la piel, y hasta de comer en su tiempo.  Lean con atención los versículos 6 al 8, y notarán cómo Jesús por ganar un alma, primero el de la samaritana, estuvo él dispuesto a perder todas estas cosas.  Dice San Juan: “Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. / Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. / Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer” (Juan 4:6-8).  A cambio de comodidades, estaba experimentando cansancio, sed o deshidratación, calor a medio día, y hambre por falta de una cocina económica en el camino.

   Amados hermanos, en nuestra labor de ser evangelizadores en pos de ganar por lo menos un alma, en muchas ocasiones será necesario que perdamos nuestras propias comodidades cuando surgen circunstancias y oportunidades de ir expresamente a compartir el evangelio a alguien.  Las distancias consumirán el tiempo que uno pudiera aprovechar o quizá desperdiciar descansando o durmiendo o haciendo otra cosa de interés personal, pero vale la pena si perdemos esa comodidad para ganar a alguien para la causa de Cristo. ¿NO es así?  Una salida de casa para ir en busca o al encuentro de esa persona quizá conocida, o quizá desconocida, podría añadirnos cansancio, podría causar que nuestro cuerpo sienta sed, y tengamos que gastar dinero para comprar agua u otra sana bebida refrescante y rehidratante.  Quizá en ese esfuerzo y dedicación, el hambre le va a sorprender, y no regresaremos a la comodidad de la casa para comer, sino hasta horas después de la hora habitual de comer.  Es algo incómodo para nuestro sistema digestivo, pero como evangelizadores debemos estar dispuestos a perder esos momentos de incomodidad, todo por la importante misión de ganar un alma para el reino de Dios.

   El segundo impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

II.- LOS PREJUICIOS.

   Durante el diálogo que Jesús tuvo con la mujer samaritana, observe usted que después de que Jesús le pide a ella de beber del agua del pozo, ella inmediatamente se percata de que Jesús no era un samaritano, sino que algo le identificaba como un judío, aunque también había crecido desde su infancia y juventud como un Galileo.  Por eso que ella descubrió en él, la conversación al principio no fue nada simpatizante, sino con un prejuicio en la mente de ella.  La pregunta de ella lo dice todo.  San Juan en el versículo 9 lo describe así: “La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9).  El detalle es que no solamente ella sabía acerca de este problema histórico que había entre los habitantes de estas dos provincias, sino también Jesús lo sabía.

   Pero, el problema principal no era de los samaritanos, sino de los judíos, que veían a los samaritanos como personas que perdieron la pureza de su raza por haberse mesclado con habitantes de otras naciones por circunstancias que las conquistas imperiales del pasado les impusieron.  Por ello, los judíos que se consideraban más puros, y de esta manera más fieles a Dios, incluso preferían evitar pasar en las ciudades y aldeas de la provincia de Samaria, para ir al norte hacia Galilea.  Los judíos preferían rodear toda la provincia (o estado), pasando por otras provincias, aunque eso represente más tiempo y distancia, con tal de no estar en contacto con los samaritanos.  Pero, lo primero que observamos en la historia bíblica, y que sorprende a la misma mujer samaritana, es que Jesús no tuvo problema con acercarse a pedirle un poco de agua para beber.  Otro judío prejuicioso, solo por orgullo se hubiese aguantado su sed, y menos serviría como evangelista para aquella mujer, y para todos los habitantes de Sicar que ese mismo día escucharon el evangelio, y creyeron en Jesús.

   Amados hermanos, Jesús, es nuestro ejemplo acerca de la necesidad de estar dispuestos a perder los prejuicios que afectan nuestro desempeño especialmente en la responsabilidad de compartir el evangelio con el fin de ganar aunque sea a una sola persona para el reino de Dios.

   El tercer impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

III.- LA VERGÜENZA.

   Con respecto a esto, voy a citar primeramente al apóstol Pablo, quien para hacer labor evangelizadora, les dijo en su epístola a los romanos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; …” (Romanos 1:16a).  Un evangelizador si al principio de su fe en Cristo no se sentía seguro ni con la frente en alto por su nueva experiencia de salvación, no debe dejar de pasar tiempo para que en vez de sentir vergüenza por pertenecer a Cristo y su evangelio, sienta pasión, entrega, deuda, compromiso, y vocación por la proclamación de ese evangelio.

   En el caso de los samaritanos, ellos no tenían problema por ser lo que eran. Muchos de ellos, a pesar de ser menospreciados por los judíos, eran más piadosos con temor de Dios que los mismos judíos.  ¿Recuerdan que el leproso sanado que entre los diez sanados regresó a Jesús glorificando a Dios?  Era samaritano.  ¿Observaron que la samaritana sabía más del Mesías, que lo que muchos judíos sabían?  De hecho, eso fue lo que le motivó a compartir a sus conciudadanos acerca de la persona de Jesús con quien se había encontrado junto al histórico pozo de Jacob que no satisfacía la sed del alma.  En el relato de Jesús acerca del herido evadido por un sacerdote, y por un levita, el que le socorrió fue uno de esos menospreciados samaritanos.  Solo hacía falta que un evangelizador se acercara a ellos sin prejuicios para ofrecerles el evangelio ilustrado como el “agua viva” (v. 10).

   Amados hermanos, es probable que también exista en nosotros algún prejuicio en contra de personas por las que no decidimos acercarnos a ellas.  Si realmente las personas están mal, mucho más mal estamos nosotros si no vamos a ellos con el evangelio que también les puede transformar la vida que actualmente llevan sin esperanza en Dios.  Tenemos que perder nuestros prejuicios para ser ganadores de almas para el reino de Dios.

   El cuarto impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

IV.- LAS DISCUSIONES.

   Una de las actitudes de algunos cristianos en su celo, afán y pasión por el que otras personas entiendan bien el evangelio, tienen como mal hábito el discutir pleitistamente con las personas a quienes deberían con todo amor exponerles la verdad del evangelio.  Estas personas suelen no ser respetuosas con la fe errada que otros profesan.  El evangelio no discute, no ataca.  Es verdad que confronta, pero nunca con palabras amenazantes, burlescas, sino llenas de sabiduría y de gracia de Dios.   El apóstol Pablo, aconsejando al joven Timoteo a quien por un buen tiempo él personalmente discipuló para formarlo como pastor del rebaño de Cristo, le escribió en su primera epístola dirigida a él: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, / la cual profesando algunos, se desviaron de la fe” (1 Timoteo 6:20,21a).  Lo mismo le aconsejó a otro pastor y compañero del ministerio, llamado Tito, a quien le escribió: “Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho” (Tito 1:9).  Discutir con tonos profanos, aun usando la misma palabra de Dios para respaldar lo que decimos, causándoles sentirse mal o atacando y hasta ofendiendo a los que nos oyen, solo porque profesan una fe distinta a la nuestra, no es una buena actitud de parte de los que somos cristianos que evangelizamos, es una falta de respeto.

   En el caso de Jesús en su diálogo con la mujer samaritana, si él hubiese seguido los prejuicios de los judíos, ni siquiera hubiese caminado en los suelos, ciudades, y aldeas samaritanas.  Es más cuando los samaritanos de Sicar le pidieron que se quedara con ellos, “él se quedó allí dos días” (v. 40).  Pero, quiero que observen que Jesús, cuando escuchó la pregunta de ella: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9), él no centró su conversación en la cuestión de las diferencias que había entre ellos.  Él pudo haberse puesto inmediatamente de lado de los judíos, pero antes que discutir ese punto, San Juan nos dice que: Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).  Si hubo alguna otra diferencia también iniciada por la samaritana, que no era esta cuestión social, sino religiosa con respecto al verdadero lugar sagrado donde se debe adorar, Jesús tampoco discutió, sino tranquilamente explicó lo que es y sabe, y explicó que todas esas vanas diferencias se deben terminar para ambas culturas.  Jesús mismo estuvo dispuesto a perder discusiones con la finalidad de ganar un alma para el reino de los cielos.

   Amados hermanos, tengamos cuidado en no agredir a las personas con nuestras palabras bíblicas o teológicas.  Recuerden que nuestro Señor Jesucristo nos envió no a ganar discusiones, sino a ganar almas para hacerlos discípulos de Cristo.  Hagamos nuestro otro consejo del apóstol Pablo a Timoteo cuando le dijo: el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; / que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, / y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:24-26).

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, tenemos que ganar almas para el reino de Dios, o lo que es lo mismo tenemos que ir a hacer discípulos.  Tengan siempre presente que no se gana almas de manera automática ni de manera negativa.  Las almas se ganan cuando los evangelizadores estamos dispuestos a ser los primeros en perder nuestros propios problemas que pudiesen ser obstáculos para ganar personas para el evangelio de Cristo.  Tenemos que perder las comodidades a las que estamos acostumbrados, así como Jesús primero dejó su trono de gloria que bien se lo merece por lo que Él es, su lugar celestial que sin duda era grandemente confortable, pero decidió venir a vivir, caminar, y sufrir entre nosotros para traernos el plan de salvación de Dios.   Tenemos que perder los prejuicios que tanta obstaculización hacen para llevar a cabo nuestro deber de ganar almas.  Tenemos que perder la vergüenza de hablar del evangelio, porque no es cualquier cosa que deba avergonzarnos, sino que es el poder de Dios.   Y por último, si surge en una conversación, tenemos que perder cualquier discusión.  Jesús no nos envió a ganar discusiones sino a ganar almas para Él y su reino eterno y celestial.

   Seamos ganadores de almas al estilo de Jesús.

Sep 23

CÓMO SER UN EVANGELIZADOR, Por: Diego Teh.

CÓMO SER UN EVANGELIZADOR

Juan 1:40-46.

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Elaborado por el Pbro. Diego Teh, para ser predicado el domingo 23 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán.

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Este sermón es el # 9 de la serie: EVANGELIZACIÓN.

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   INTRODUCCIÓN: Nuestro texto bíblico de hoy, nos presenta a dos pares de personas que llegaron a ser discípulos de Jesús, y posteriormente sus apóstoles.  Se trata de Andrés y Simón, dos hermanos; y de Felipe y Natanael[1], dos amigos.  Ambos pares tienen similitudes como el que uno de ellos sirvió de medio para llevar al otro a conocer a Jesús, y a enrolarse a su grupo de discípulos. La historia del llamamiento del apóstol Simón también conocido como Pedro, está estrechamente relacionado con el llamamiento del apóstol Andrés.  El llamamiento del apóstol Natanael, está estrechamente relacionado con el llamamiento del apóstol Felipe.  El llamamiento de ambos pares está consignado por el apóstol Juan en Juan 1:40-51, texto que usaré parcial y selectivamente en este mensaje.  De manera específica, centraré la atención tanto en los versículos 41 y 42, que de Andrés con respecto a Simón, dicen: “Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). / Y le trajo a Jesús” (Juan 1:41,42a); así como en los versículos 45 y 46, que de Felipe con respecto a Natanael dicen: “Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret. / Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve” (Juan 1:45,46).  Esencialmente de estos versículos y de su contexto, les presentaré el mensaje de este momento que he titulado: CÓMO SER UN EVANGELIZADOR.  Todos debemos ser evangelizadores, pero cómo podemos serlo.  Esto es lo que me propongo compartirles en esta predicación.

   De manera específica el mensaje consistirá en explicarles que hay consideraciones esenciales que cada creyente debe tomar en cuenta para ser un evangelizador. / ¿Cuáles son las consideraciones esenciales que cada creyente debe tomar en cuenta para ser un evangelizador? / A continuación les presentaré tres de estas consideraciones esenciales.

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   La primera consideración esencial que cada creyente debe tomar en cuenta para ser un evangelizador, es:

I.- COMENZAR SOLO CON UNA PERSONA.

   Usted no tiene que comenzar en un parque proclamando el evangelio ante la gente que está de paso, o a los pocos que estén cerca sentados, o a los pocos que se detengan a escucharle.  Usted debe comenzar de preferencia en particular con una sola persona. Andrés, tan pronto tuvo el privilegio de conocer a Jesús, y el lugar donde él estaba hospedado, nos relata San Juan que inmediatamente “Este halló primero a su hermano Simón” (Juan 1:41).  Andrés no se fue a reunir a una multitud, sino que comenzó con una sola persona.  Además, es interesante que haya sido su propio “hermano Simón”, y no otra persona de las tantas que debió haber visto en el camino.  En el caso de nuestro texto bíblico, igual, dice que: “Felipe halló a Natanael” (Juan 1:45a). Felipe también no se preocupó por reunir a una multitud, e incluso, igual, ni siquiera a cuanta gente debió haber visto en el camino, sino que fue específicamente en busca de Natanael.  También, el caso, es igual de interesante, pues, aunque no era su hermano, como en el caso de Andrés con Simón, pero era su amigo, con el que seguramente crecieron juntos en la misma población.  El caso, es que también comenzó con una persona.

   Amados hermanos, quizá más de uno de los que estamos aquí presentes, piensa que no tiene el don de ser evangelista de aquellos a quienes Dios mismo les ha dado el don de hablar el evangelio ante multitudes de personas, pero a todos, Dios nos ha dado el don de poder evangelizar de manera personal a un familiar, a un amigo, a un compañero de trabajo, a un vecino, y a toda oportunidad en la que haya un oyente, o dos, o tres, que en realidad no son tantos.  Es así como uno puede ser un evangelizador, comenzando con una persona.   Usted en muchas ocasiones tiene la oportunidad en la calle, en la tienda, en el trabajo, en la escuela, etc… de encontrarse con personas con las que platican de uno a uno.  Haga el esfuerzo de comenzar así con una sola persona.

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   La segunda consideración esencial que cada creyente debe tomar en cuenta para ser un evangelizador, es:

II.- HABLAR CENTRALMENTE DE JESÚS.

   Ser un evangelizador como lo sugiere esta misma palabra “evangelizador”, tiene que ver con el evangelio.  Y hablar del evangelio es esencialmente hablar centralmente de Jesús.  Con respecto a esto de hablar centralmente de Jesús, lo que podemos observar de Andrés es que “le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo)” (Juan 1:41).  El interés de Andrés no fue de contarle a su hermano de qué preciosa era la casa que él había visto donde Jesús estaba hospedado, sino concretamente fue hablarle centralmente de Jesús diciéndole con toda seguridad que él y otras personas entre ellos Felipe y otros más: “Hemos hallado al Mesías”.  Lo que también podemos observar del apóstol Felipe con respecto a esto de hablar centralmente de Jesús, es que él por su parte, cuando le tocó ir a buscar a su amigo Natanael, cuando le hubo hallado dice San Juan que Felipe le dijo a Natanael: “Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.” (Juan 1:45b).  Es evidente que la centralidad de la conversación que Felipe inició con su amigo Natanael, fue el hablar de Jesús.  Cualquier otra conversación que no fuera hablarle de Jesús, no hubiese tenido sentido de haberle ido a buscar, ni cumpliría el propósito de compartirle a Natanael tan importante y divino descubrimiento.

   Amados hermanos, en nuestra necesidad de ser evangelizadores, tenemos que poner en práctica el hablar de Jesús en nuestras conversaciones, de lo contrario nunca seremos evangelizadores.  Ese el problema que muchos de nosotros hemos tenido, el no hablar de Jesús.  ¿Cómo es posible que si somos cristianos, que si creemos en Jesús, que si conocemos el evangelio de Jesús, no podemos entonces hablar de él?  ¿No será acaso que en realidad no conocemos ni hemos realmente experimentado el conocer a Jesús y su evangelio?  Para ser un evangelizador, es esencial que antes que hablar cualquier otro tema de conversación, hay que hablar de Jesús.  Es a esto que el apóstol Pablo se refirió cuando les escribió a los Corintios diciéndoles: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. / Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:1,2).

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   La tercera consideración esencial que cada creyente debe tomar en cuenta para ser un evangelizador, es:

III.- APRENDER A RESPONDER PREGUNTAS.

    No parece que Simón haya tenido alguna duda cuando su hermano Andrés le dijo que él y otros habían hallado al Mesías.  Lo único que san Juan nos relata es que Andrés: “… le trajo a Jesús” (Juan 1:42).  Por lo menos en aquel primer momento, Simón no hizo preguntas, no manifestó dudas, etc…, pero en el caso de Natanael, no fue así.  Cuando escuchó que su amigo Felipe le diga: “Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45), inmediatamente Natanael reaccionó con una pregunta que implicaba una duda, pues, “Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46).  Felipe, tenía que dar una respuesta.  San Juan nos dice que: Le dijo Felipe: Ven y ve” (Juan 1:46).  Esa fue la sabia respuesta de Felipe, sin embargo, en otros casos tenemos que dar una respuesta más amplia, más que solo “Ven y ve”.  Pero, lo que es claro aquí en este punto es que es necesario estar preparado para responder.  A veces serán preguntas fáciles que hasta el que tiene menos experiencia las podría responder, pero otras serán preguntas difíciles que hasta el más experto evangelista no podrá responderlas con rapidez y fluidez.

   Amados hermanos, la gente siempre va a hacer preguntas, y merecen recibir una respuesta que no sean clichés, que no sean superficiales, ni ilógicas, ni contradictorias, sino bíblicas, profundas, claras, y congruentes.  Esto hace necesario que nosotros los creyentes y evangelizadores, nos dediquemos con toda responsabilidad a aprender las enseñanzas del evangelio del reino de Dios, las doctrinas de la gracia que emanan de este evangelio, las cuáles tienen las respuestas para cualquier pregunta fácil o difícil que nos hagan las personas. Por eso, es importante que aprovechemos los estudios bíblicos en sábado o domingo, aunque sea una vez por semana que es cuando por lo general hay más tiempo para asistir a una clase.  Pero hasta donde sea posible, debemos cultivar otros momentos personales entre semana, ya sea estudiando personalmente o con alguien más, en nuestra casa o en algún otro lugar apropiado.  Debemos aprender bien las doctrinas de la gracia del evangelio, para saber responder hasta a los que contradicen el evangelio.  Esto también es algo esencial que debemos hacer para que cada uno de nosotros sea un evangelizador.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, todos somos llamados y enviados a proclamar el reino de Dios, el evangelio de Jesucristo; es decir, todos debemos ser evangelizadores, porque para eso también fuimos llamados.  En este mensaje solamente les he compartido tres de las consideraciones esenciales que, si usted nunca ha tenido la experiencia de ser un evangelizador, usted podrá comenzar a serlo, si las toma en cuenta.  1) Usted debe comenzar no con multitudes, y ni siquiera en un púlpito de iglesia, sino comenzando con una sola persona a la vez, que podría ser de su propia familia como lo hiciera Andrés, o a un amigo como lo hiciera Felipe.  2) A la persona a quien usted intencionalmente acudirá, el tema de conversación que deberá entablar con él o ella, deberá estar centrado en Jesús, pues cualquier otra conversación que no sea hablar de Jesús, no es lo que hace una persona que evangeliza.  3) Usted no siempre tiene o sabe todas las respuestas para las preguntas que la gente hace cuando se les presenta el evangelio, y hasta donde sea posible, usted no siempre estará esperando y acudiendo a otras personas para que respondan las preguntas de las personas a quien usted evangeliza.  Usted debe con toda responsabilidad dedicar tiempo para estudiar las enseñanzas de la gracia del evangelio.

   Amados hermanos, somos una iglesia de evangelizadores.

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[1]    Natanael, es la misma persona que en los evangelios es mencionado como Bartolomé, nombre procedente del arameo bar-Tôlmay, “hijo de Tôlmay”, que en griego sería ???????????? (Bartolomeos), cuyo significado es: “Hijo de Ptolomeo”. Como en los escritos de San Mateo (10:3), San Marcos (3:18), y San Lucas (6:14), después de mencionar a Felipe, se menciona junto a él, a Natanael, y siendo Juan el único que menciona el nombre Natanael junto al de Felipe, y no habiendo un discípulo número 13 llamado por Jesús, entonces, el Natanael mencionado por Juan se trata del mismo Bartolomé.

Ago 26

EL PRECIO DE SER DISCÍPULO, Por: Diego Teh.

EL PRECIO DE SER DISCÍPULO

Mateo 10:34-39.

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Predicado por el Pbro. Diego Teh, en la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán; el domingo 26 de agosto 2018, a las 18:00 horas.

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Corresponde al sermón # 8 de la serie: Llamados a hacer discípulos.

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   INTRODUCCIÓN: Ser discípulo de Jesús tiene su precio, aunque no se trata de dinero.  En una ocasión él dijo: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26).  Los que cuentan con la aprobación de su familia, y los que no tienen miedo a morir por ser discípulos de Jesús, no lo verán difícil, pero deberán estar dispuestos.  En la misma ocasión Jesús dijo también: ““Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27).  El ser discípulo de Jesús en aquellos momentos que él dijo estas palabras, corrían el riesgo de no ser entendidos por las autoridades religiosas y civiles, que corrían el riesgo de ser considerados como sediciosos, insurrectos, y por ello ser condenados a crucifixión como le hicieron a Jesús haciéndole por un momento cargar su cruz teniendo que ser ayudado por el benévolo Simón de Cirene.  Lo mismo podría pasarle al que quería ser su discípulo.  Momentos después con el mismo tenor, Jesús les dijo a los mismos oyentes: “… cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Los que no tengan intereses personales que choquen con los requisitos de Jesús no tendrán problemas para aborrecer su propia vida.  Los que no tengan muchas posesiones no tendrán problemas si tienen que renunciar a lo poco que poseen, pero quienes lo tengan y no sepan administrarlo bien según las reglas del reino de Dios, tendrán problemas para poder ser discípulos.   Ese era el precio circunstancial que cada quien según su caso tenía que considerar si estaba dispuesto a pagar en el proceso de ser discípulo.  Y aquel precio circunstancial sigue vigente hasta el día de hoy.  Ser discípulo no es una decisión emocional pasajera o temporal, sino una decisión espiritual madura que tiene que ser sostenida de por vida.

  En nuestro texto para este mensaje basado en Mateo 10:34-39, también tenemos otras circunstancias que Jesús enfatiza que podrían ser el precio de ser su discípulo.   Los discípulos por primera vez estaban siendo comisionados para ir a distintos destinos a predicar el evangelio del reino de los cielos, que les estaba siendo enseñado por Jesús su Maestro, y muy pronto estarían enfrentando situaciones o circunstancias que quizá nunca se imaginaron enfrentar, y que pondría a prueba la veracidad de su discipulado.  Por eso, en el mensaje de hoy, voy a predicarles que un verdadero discípulo, podría pagar el precio circunstancial de su discipulado con experiencias involuntarias, indeseables, e inesperadas.  Es un precio circunstancial porque no es que Dios las esté cobrando, sino las condiciones que pueden ser desde personales hasta sociales o familiares que tengan atrapada a una persona, hacen que se vuelva un precio del ser discípulo.  Son experiencias involuntarias porque no es que uno las desee o quiera experimentar, sino que fuerzas externas a uno mismo hacen que indeseable e inesperadamente lleguen a ser nuestra experiencia. / Entonces, ¿cuáles podrían ser las experiencias involuntarias, indeseables, e inesperadas que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo?  / Basado en el texto bíblico de Mateo 10:34-39, les voy a compartir algunas de estas experiencias que Jesús explicó a sus doce discípulos justo cuando por primera vez los envió a predicar el evangelio del reino de los cielos.

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   La primera experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

I.- EL SER RECHAZADO POR EL EVANGELIO QUE PROCLAMA.

   Según San Mateo, Jesús dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34).  ¿A qué se estará refiriendo Jesús con la palabra espada? No se trata de una espada filosa de acero, la cual Jesús nunca usó durante toda su vida, ni jamás capacitó a alguien para que la usara.  Sin duda que fue una metáfora que él uso para referirse a la palabra de Dios que él había venido a revelar o en su caso reinterpretar mejor que como lo hacían los religiosos de su tiempo.  La palabra de Dios, desde que comenzó a revelarse a la humanidad, aun a los mismos de Israel su antiguo pueblo especial, nunca fue siempre palabras que halaguen a las personas, sino palabras que les confronte con su rebeldía y pecado, lo cual muchas veces rechazaban porque les incomodaba.  Aunque en el fondo, el mensaje de Jesús era realmente de paz para la vida espiritual, la gente no así lo recibiría.  Y el discípulo de Jesús que sabe que el evangelio que proclama es la palabra de Dios que transforma la vida de los que la oyen, la reciben y la ponen en acción, se sentirá de alguna manera dolido por el rechazo que la gente hace de la palabra de Dios.

   Amados hermanos, en nuestra comisión de ir y hacer discípulos, que de alguna manera no es nada difícil porque cuando uno va a hacer esa labor, automáticamente uno es auxiliado e investido por la gracia y el poder del Espíritu Santo para llevar a cabo de manera eficaz dicha labor, sin embargo, la gente que reacciona hostil hacia el evangelio, probablemente de paso despreciará incluso a quienes en nombre de Cristo vamos a llevarle el evangelio de la paz.  Es el evangelio de la paz, porque reconcilia al ser humano con Dios por medio de Cristo.  Pero, cuando la gente rechaza esa paz de Dios, incluso el discipulador se siente herido, despreciado, etc…  Es con respecto a esto que Jesús alerta a sus discípulos, de que en su labor de llevar el evangelio, podrían ser rechazados por la gente.  A usted mismo, le podrían cerrar la puerta, le podrían ofender por su fe.  Pero, no se desanime, es el precio de nuestro discipulado.  Tenemos que hacerlo.  En realidad, a quien desprecian no es a usted, sino a Jesucristo mismo.

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   La segunda experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

II.- EL SER DESPRECIADO POR LOS PROPIOS FAMILIARES.

   Siguiendo Jesús con su explicación del mismo tenor de que él no trajo paz sino espada, añadió también: “… Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; / y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:35-36).  Obviamente eran situaciones y reacciones que ellos iban a observar de la gente a quienes les estarían anunciando el evangelio del reino de Dios.  Quizá alguno de los primeros doce escogidos de Jesús para ser sus discípulos pasó por esta situación de parte de su propio padre o madre, de su propia esposa, o hasta de sus suegros, o quizá hasta de sus propios hijos o alguno de ellos.  Por causa de hacerse discípulo de Jesús, esta pudo haber sido una experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada de alguno de ellos, pues las biografías que tenemos en los evangelios, solamente son de algunos de ellos, y las que hay no son realmente biografías completas.  Pero, en su ministerio de hacer discípulos, ellos serían testigos de que tales reacciones serían frecuentes cuando personas que acepten el evangelio de Jesús, sean por ello, menospreciadas por sus propias familias.

   Amados hermanos, en nuestra experiencia personal, si alguna vez no contamos con el apoyo de algún familiar que comprenda el por qué aceptamos ser discípulo de Jesús, es probable que sí entendemos que no es nada fácil, porque se trata de nuestra propia familia; pero como decidimos que queremos ser firmes en nuestra decisión de seguir a Cristo, entonces, una y otra vez cuando nos recuerden su desacuerdo nos sentiremos lastimados y heridos por sus palabras, pero sin duda que la gracia de Dios fortalecerá nuestra capacidad de soportar todo desprecio y menosprecio de parte de ellos.  El problema real no la tendríamos nosotros los creyentes, sino ellos que para empezar no están de acuerdo con Dios, y que luego no encuentran que la vida cristiana tenga sentido para ellos porque les incomoda dejar de vivir sin Cristo y sin Dios en sus corazones.  Prefieren vivir alejados de Dios para hacer y deshacer de su vida como ellos quieran, y de paso perjudicar al que deberían considerar como su ser querido.  No se sorprenda usted estimado hermano o hermana, si alguna vez usted tiene que enfrentar una circunstancia de este tipo.  Será el precio circunstancial que uno tiene que pagar por ser discípulo de Jesús, discipulado que más vale la pena que cualquier otra cosa de esta vida terrenal.  Jesús tenía razón que cuando uno acepta y se compromete a ser discípulo de Jesús, en algunos casos (porque no así les acontece a todos): “los enemigos del hombre serán los de su casa”.

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   La tercera experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

III.- EL RECLAMO DE MÁS AMOR A LA FAMILIA EN VEZ DE AMAR A JESÚS.

    Durante la instrucción de Jesús a sus discípulos que estaban a punto de salir para su primera misión de hacer discípulos, también les dijo: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).  Quizá los doce que estaban escuchando estas palabras, ya entendían en experiencia propia que el discipulado con Jesús es altamente radical, y es tal cual como tenían que predicar el evangelio del reino de Dios, con la misma radicalidad de no amar más ni a papá ni a mamá, pero tenían que saber que el evangelio de Jesucristo no tiene descuentos para nadie en particular.  Jesús, siempre sería el personaje que debería recibir más amor aun sobre la familia misma, lo cual no quiere decir que tenemos que descuidar a la familia.  Jesús es clarísimo al decir: “El que ama a padre o madre más que a mí”, y luego es igual de clarísimo cuando lo aplica con el mismo sentido, pero en esta ocasión enfocado a los hijos diciendo: “el que ama a hijo o hija más que a mí”, y en ambos casos concluye enfatizando: “no es digno de mí”.  Si incluye a los padres, y a los hijos, sin duda que no excluye al cónyuge de uno mismo.  Es totalmente clarísimo que Jesús está indicando que el amor que un verdadero discípulo debe tener hacia Jesús no debe ser menor que el amor que uno tiene aún para con su propia familia, sino que dicho amor para él tiene que ser mayor.

   Amados hermanos, si un día nuestros padres, o nuestro cónyuge, o nuestros hijos, por amar más a Jesús como se lo merece, nos reclaman que ellos quieren que ya no seamos discípulos de Jesús para que ellos sean el centro de nuestra vida y afecto, entonces ha llegado el momento de pagar el precio circunstancial.  Sufriremos en el fondo de nuestra alma, tal incomprensión.  Pero, como cristianos no podemos dejar de amar al máximo sobre todas las cosas a Cristo Jesús.  Desde luego que no nos sentiremos cómodos con sus exigencias, porque ya hemos entendido la importancia de amar a Jesucristo más que a ellos mismos, y eso no es injusto.  No es nuestra culpa si ellos no quieren nada redentor con Jesucristo. Pero, todo el furor de sus vidas contrarias a la nuestra en sus maneras de ver la vida y la fe en Dios, se volcarán sobre nosotros para intentar debilitar nuestra fe y obediencia a Jesucristo y su evangelio.  Pero, como discípulos fieles y verdaderos, eso nunca ocurrirá.  Quizá tenemos que esforzarnos a demostrarles más amor, más tiempo, y más de otras cosas, pero nunca más que el amor que debemos expresar a Jesucristo.  Dios, bajo esas circunstancias nos capacitará para ser más atentos con la familia.  Él aprovechará la circunstancia para hacernos mejores hijos, mejores cónyuges, y mejores padres, con el objetivo de hacer más fácil y probable que nuestra propia familia termine también entregando su vida a Jesucristo.  Pero, si ellos nunca llegasen a rendir sus vidas a Jesucristo, entonces, Dios nos habrá capacitado para amarles también a ellos, sin duda como también se lo merecen.  Ser discípulo, no siempre será fácil, pero siempre seremos capacitados para ser fieles y verdaderos, y responsables con nuestra familia.

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   OBSERVACIÓN ADICIONAL: Nuestro texto bíblico en palabras de Jesús, añade otros precios que conlleva el ser discípulo de él.  Por ejemplo, el versículo 38 habla de precio de tomar la cruz, y el versículo 39 habla del perder la vida por causa de Jesús; pero acerca de esto ya lo he predicado en otra ocasión, por lo que hoy solamente les hablaré de estas tres experiencias que podrían ser el precio circunstancial que más de alguno de nosotros nos veremos en necesidad de pagar con nuestra experiencia.

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, ser discípulos de Jesús, es un gran privilegio que reclama una gran responsabilidad, el nunca dejar de serlo bajo ninguna circunstancia.  Ese es el alto precio a pagar, no con dinero, sino con la experiencia. Si usted llega a ser rechazado por proclamar el evangelio de Jesucristo, no deje de ser por ello un discípulo fiel de Jesucristo.  Si su propia familia le desprecia por ser discípulo de Jesucristo, no deje usted por ello, el discípulo que Dios le ha llamado a ser.   Si alguien de su familia le exige abandonar su discipulado en Jesús, para centrar toda su atención en su familia, no por ello deje usted de ser discípulo.  Sea usted fiel a Jesús, y él hará lo que corresponde para hacerle libre de semejantes circunstancias, condiciones, y amenazas.

   Que Dios nos ayude a ser discípulos de su Hijo, y si tenemos que pagar el precio circunstancial por ser su discípulo, que él nos haga capaces de pagar el precio.