Sep 30

QUÉ TENGO QUE PERDER PARA GANAR UN ALMA, Por: Diego Teh.

QUÉ TENGO QUE PERDER PARA GANAR UN ALMA

Juan 4:1-10.

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Elaborado por el Pbro. Diego Teh, para ser predicado el domingo 30 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán.

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Este sermón es el # 10 de la serie: EVANGELIZACIÓN.

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   INTRODUCCIÓN: Acabamos de leer un pasaje bíblico muy distinguido acerca de los primeros resultados del ministerio de Jesús.  Se trata de su encuentro y su conversación con aquella célebre mujer samaritana de Sicar, en el que momentos después se desató la conversión masiva e inmediata de muchos samaritanos más, además de esta samaritana.  De manera magistral, lleno de sabiduría, Jesús usó la circunstancia en la que él mismo y aquella mujer samaritana providencialmente coincidieron en aquel lugar, donde ambos tenían necesidad de agua, Jesús para beber en aquel momento, y ella para llevarse a casa para su uso doméstico seguramente.  Lo que Jesús tenía para ofrecer en aquel momento, era su predicación acerca de la necesidad de arrepentimiento, y todo lo relacionado con el reino de Dios que en él estaba presente y disponible para el corazón humano. A ese mensaje, él le llamó “agua viva” (Juan 4:10), un agua muy especial, distinto al agua que procedía del pozo.  Por fin, la samaritana haciendo las preguntas necesarias, superando sus dudas, aceptó aquella “agua viva” de Jesús, e igualmente ella lo compartió inmediatamente a la gente de su pueblo que vino al encuentro de Jesús y luego creyeron en su “agua viva”.  Pero, en esta divina y fascinante historia que hemos leído, podemos descubrir que habían impedimentos que si Jesús se hubiese dejado influenciar por estos impedimentos, no hubiese alcanzado para el reino de Dios, ni siquiera a la mujer samaritana.

   En este mensaje no voy a presentar un análisis propiamente acerca de la mujer samaritana, ni acerca de la gran multitud de samaritanos que creyeron en el mensaje de las buenas noticias del reino de Dios que Jesús les predicó, sino que les voy a exponer en este momento acerca de lo que muchas veces se tiene que enfrentar para poder alcanzar para el reino de Dios por lo menos a una sola persona.  Por eso, ahora les voy a predicar que el evangelizador debe estar dispuesto a perder impedimentos con tal de ganar un alma para el reino de Dios.  / ¿Qué impedimentos debe un evangelizador estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios? / Basado en la experiencia de nuestro Señor Jesucristo, y otros textos apostólicos, voy a presentarles algunos de estos impedimentos que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios.

   El primer impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

I.- LAS COMODIDADES.

   Nada más observen al Gran y Supremo evangelista, Jesús, el Hijo de Dios.  Según el versículo 3, junto con sus discípulos “salió de Judea” (Juan 1:3).  Judea, era una provincia (o sea, como un estado con municipios).  Si salió de Jerusalén, o de algún lugar cercano de Jerusalén, salió del centro de la provincia de Judea, que estaba a unos 40 kilómetros de Sicar, el lugar donde se encontró con la samaritana.  Entonces suponiendo que caminaron un kilómetro cada 15 minutos, 4 kilómetros por hora, los 40 kilómetros lo debieron caminar en un promedio de 10 horas, entonces debieron salir de esa zona de Judea como desde las 2 de la mañana, porque dice el versículo 7 que llegaron a Sicar “como a la hora sexta” (Juan 14:7).  Pero, si salieron desde la parte norte de Judá, quizá solo caminaron ese día solo unos 20 kilómetros, que si llegó ”como a la hora sexta”, debió salir más o menos a las 6 de la mañana.  De todas maneras, si salió desde las 2 de la mañana, o s salió a las 6 de la mañana. ¿No estaría más cómodo descansando y durmiendo toda la madrugada hasta que amaneciese? ¿No estaría más cómodo desayunando a las 6 o 7 de la mañana en una casa o en la plaza pública de alguna comunidad, sin estar caminando a un destino de más de doce horas de destino (porque iba, no a Sicar, de la provincia de Samaria, sino más al norte hasta la provincia de Galilea)?  Pero, hubo necesidad de que Jesús pasase por la provincia de Samaria porque allí necesitaba ofrecer su “agua viva” (v. 10) a aquella mujer, y luego a muchísima gente de Sicar.   Lo que quiero que observen es que para hacer la labor que “le era necesario” hacer allí (cf. v. 4), y que igual tendría que hacer en Galilea en una zona como a 60 kilómetros más al norte de Sicar, Jesús estuvo dispuesto a perder sus comodidades de descanso, de hidratación corporal, de tonalidad de la piel, y hasta de comer en su tiempo.  Lean con atención los versículos 6 al 8, y notarán cómo Jesús por ganar un alma, primero el de la samaritana, estuvo él dispuesto a perder todas estas cosas.  Dice San Juan: “Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. / Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. / Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer” (Juan 4:6-8).  A cambio de comodidades, estaba experimentando cansancio, sed o deshidratación, calor a medio día, y hambre por falta de una cocina económica en el camino.

   Amados hermanos, en nuestra labor de ser evangelizadores en pos de ganar por lo menos un alma, en muchas ocasiones será necesario que perdamos nuestras propias comodidades cuando surgen circunstancias y oportunidades de ir expresamente a compartir el evangelio a alguien.  Las distancias consumirán el tiempo que uno pudiera aprovechar o quizá desperdiciar descansando o durmiendo o haciendo otra cosa de interés personal, pero vale la pena si perdemos esa comodidad para ganar a alguien para la causa de Cristo. ¿NO es así?  Una salida de casa para ir en busca o al encuentro de esa persona quizá conocida, o quizá desconocida, podría añadirnos cansancio, podría causar que nuestro cuerpo sienta sed, y tengamos que gastar dinero para comprar agua u otra sana bebida refrescante y rehidratante.  Quizá en ese esfuerzo y dedicación, el hambre le va a sorprender, y no regresaremos a la comodidad de la casa para comer, sino hasta horas después de la hora habitual de comer.  Es algo incómodo para nuestro sistema digestivo, pero como evangelizadores debemos estar dispuestos a perder esos momentos de incomodidad, todo por la importante misión de ganar un alma para el reino de Dios.

   El segundo impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

II.- LOS PREJUICIOS.

   Durante el diálogo que Jesús tuvo con la mujer samaritana, observe usted que después de que Jesús le pide a ella de beber del agua del pozo, ella inmediatamente se percata de que Jesús no era un samaritano, sino que algo le identificaba como un judío, aunque también había crecido desde su infancia y juventud como un Galileo.  Por eso que ella descubrió en él, la conversación al principio no fue nada simpatizante, sino con un prejuicio en la mente de ella.  La pregunta de ella lo dice todo.  San Juan en el versículo 9 lo describe así: “La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9).  El detalle es que no solamente ella sabía acerca de este problema histórico que había entre los habitantes de estas dos provincias, sino también Jesús lo sabía.

   Pero, el problema principal no era de los samaritanos, sino de los judíos, que veían a los samaritanos como personas que perdieron la pureza de su raza por haberse mesclado con habitantes de otras naciones por circunstancias que las conquistas imperiales del pasado les impusieron.  Por ello, los judíos que se consideraban más puros, y de esta manera más fieles a Dios, incluso preferían evitar pasar en las ciudades y aldeas de la provincia de Samaria, para ir al norte hacia Galilea.  Los judíos preferían rodear toda la provincia (o estado), pasando por otras provincias, aunque eso represente más tiempo y distancia, con tal de no estar en contacto con los samaritanos.  Pero, lo primero que observamos en la historia bíblica, y que sorprende a la misma mujer samaritana, es que Jesús no tuvo problema con acercarse a pedirle un poco de agua para beber.  Otro judío prejuicioso, solo por orgullo se hubiese aguantado su sed, y menos serviría como evangelista para aquella mujer, y para todos los habitantes de Sicar que ese mismo día escucharon el evangelio, y creyeron en Jesús.

   Amados hermanos, Jesús, es nuestro ejemplo acerca de la necesidad de estar dispuestos a perder los prejuicios que afectan nuestro desempeño especialmente en la responsabilidad de compartir el evangelio con el fin de ganar aunque sea a una sola persona para el reino de Dios.

   El tercer impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

III.- LA VERGÜENZA.

   Con respecto a esto, voy a citar primeramente al apóstol Pablo, quien para hacer labor evangelizadora, les dijo en su epístola a los romanos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; …” (Romanos 1:16a).  Un evangelizador si al principio de su fe en Cristo no se sentía seguro ni con la frente en alto por su nueva experiencia de salvación, no debe dejar de pasar tiempo para que en vez de sentir vergüenza por pertenecer a Cristo y su evangelio, sienta pasión, entrega, deuda, compromiso, y vocación por la proclamación de ese evangelio.

   En el caso de los samaritanos, ellos no tenían problema por ser lo que eran. Muchos de ellos, a pesar de ser menospreciados por los judíos, eran más piadosos con temor de Dios que los mismos judíos.  ¿Recuerdan que el leproso sanado que entre los diez sanados regresó a Jesús glorificando a Dios?  Era samaritano.  ¿Observaron que la samaritana sabía más del Mesías, que lo que muchos judíos sabían?  De hecho, eso fue lo que le motivó a compartir a sus conciudadanos acerca de la persona de Jesús con quien se había encontrado junto al histórico pozo de Jacob que no satisfacía la sed del alma.  En el relato de Jesús acerca del herido evadido por un sacerdote, y por un levita, el que le socorrió fue uno de esos menospreciados samaritanos.  Solo hacía falta que un evangelizador se acercara a ellos sin prejuicios para ofrecerles el evangelio ilustrado como el “agua viva” (v. 10).

   Amados hermanos, es probable que también exista en nosotros algún prejuicio en contra de personas por las que no decidimos acercarnos a ellas.  Si realmente las personas están mal, mucho más mal estamos nosotros si no vamos a ellos con el evangelio que también les puede transformar la vida que actualmente llevan sin esperanza en Dios.  Tenemos que perder nuestros prejuicios para ser ganadores de almas para el reino de Dios.

   El cuarto impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

IV.- LAS DISCUSIONES.

   Una de las actitudes de algunos cristianos en su celo, afán y pasión por el que otras personas entiendan bien el evangelio, tienen como mal hábito el discutir pleitistamente con las personas a quienes deberían con todo amor exponerles la verdad del evangelio.  Estas personas suelen no ser respetuosas con la fe errada que otros profesan.  El evangelio no discute, no ataca.  Es verdad que confronta, pero nunca con palabras amenazantes, burlescas, sino llenas de sabiduría y de gracia de Dios.   El apóstol Pablo, aconsejando al joven Timoteo a quien por un buen tiempo él personalmente discipuló para formarlo como pastor del rebaño de Cristo, le escribió en su primera epístola dirigida a él: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, / la cual profesando algunos, se desviaron de la fe” (1 Timoteo 6:20,21a).  Lo mismo le aconsejó a otro pastor y compañero del ministerio, llamado Tito, a quien le escribió: “Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho” (Tito 1:9).  Discutir con tonos profanos, aun usando la misma palabra de Dios para respaldar lo que decimos, causándoles sentirse mal o atacando y hasta ofendiendo a los que nos oyen, solo porque profesan una fe distinta a la nuestra, no es una buena actitud de parte de los que somos cristianos que evangelizamos, es una falta de respeto.

   En el caso de Jesús en su diálogo con la mujer samaritana, si él hubiese seguido los prejuicios de los judíos, ni siquiera hubiese caminado en los suelos, ciudades, y aldeas samaritanas.  Es más cuando los samaritanos de Sicar le pidieron que se quedara con ellos, “él se quedó allí dos días” (v. 40).  Pero, quiero que observen que Jesús, cuando escuchó la pregunta de ella: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9), él no centró su conversación en la cuestión de las diferencias que había entre ellos.  Él pudo haberse puesto inmediatamente de lado de los judíos, pero antes que discutir ese punto, San Juan nos dice que: Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).  Si hubo alguna otra diferencia también iniciada por la samaritana, que no era esta cuestión social, sino religiosa con respecto al verdadero lugar sagrado donde se debe adorar, Jesús tampoco discutió, sino tranquilamente explicó lo que es y sabe, y explicó que todas esas vanas diferencias se deben terminar para ambas culturas.  Jesús mismo estuvo dispuesto a perder discusiones con la finalidad de ganar un alma para el reino de los cielos.

   Amados hermanos, tengamos cuidado en no agredir a las personas con nuestras palabras bíblicas o teológicas.  Recuerden que nuestro Señor Jesucristo nos envió no a ganar discusiones, sino a ganar almas para hacerlos discípulos de Cristo.  Hagamos nuestro otro consejo del apóstol Pablo a Timoteo cuando le dijo: el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; / que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, / y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:24-26).

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, tenemos que ganar almas para el reino de Dios, o lo que es lo mismo tenemos que ir a hacer discípulos.  Tengan siempre presente que no se gana almas de manera automática ni de manera negativa.  Las almas se ganan cuando los evangelizadores estamos dispuestos a ser los primeros en perder nuestros propios problemas que pudiesen ser obstáculos para ganar personas para el evangelio de Cristo.  Tenemos que perder las comodidades a las que estamos acostumbrados, así como Jesús primero dejó su trono de gloria que bien se lo merece por lo que Él es, su lugar celestial que sin duda era grandemente confortable, pero decidió venir a vivir, caminar, y sufrir entre nosotros para traernos el plan de salvación de Dios.   Tenemos que perder los prejuicios que tanta obstaculización hacen para llevar a cabo nuestro deber de ganar almas.  Tenemos que perder la vergüenza de hablar del evangelio, porque no es cualquier cosa que deba avergonzarnos, sino que es el poder de Dios.   Y por último, si surge en una conversación, tenemos que perder cualquier discusión.  Jesús no nos envió a ganar discusiones sino a ganar almas para Él y su reino eterno y celestial.

   Seamos ganadores de almas al estilo de Jesús.

Feb 12

UN HOMBRE QUE AMA A SU PRÓJIMO, Por: Diego Teh.

UN HOMBRE QUE AMA A SU PRÓJIMO

Lucas 10:25-37.

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Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Luz de Vida” de la col. Bojórquez, de Mérida, Yucatán; el día domingo 12 de Febrero del 2017, a las 18:00 horas.

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INTRODUCCIÓN: El apóstol Pablo se dedicó durante varios años al estudio de la ley de Moisés, término con el que se conoce los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, también conocido por israelitas y judíos como LA TORAH, o LA LEY.  Durante sus estudios se ve que Pablo hizo un análisis profundo acerca de los Diez Mandamientos, también conocidos como La Ley.  San Pablo descubrió una verdad fundamental acerca de toda la ley, específicamente acerca de los Diez Mandamientos, pues cuando les escribe a los romanos, refiriéndose a los Diez Mandamientos les dice: “No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Romanos 13:9), y cuando le escribe a los gálatas acerca de los mismos mandamientos, les dice: Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5:14).  Pablo, antes Saulo, nunca escuchó a Jesús enseñar porque andaba en otros países mientras Jesús enseñaba en Israel.  Este resumen de la ley descubierto por el apóstol Pablo en sus estudios acerca de la ley, es lo mismo que Jesús enseñó como en el caso que tenemos en San Lucas 10:25-37.

Basado en las palabras de Jesús acerca del resumen de la ley de Dios, voy a predicarles la verdad de que un hombre que ama a su prójimo se distingue por sus características prácticas. / ¿Cuáles son las características prácticas que distinguen a un hombre que ama a su prójimo? /  Le voy a compartir cuatro de tales características prácticas.

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La primera característica práctica que distingue a un hombre que ama a su prójimo, es que:

I.- COMPARTE SU TIEMPO.

En la narración de Jesús acerca no del herido, ni del sacerdote, ni del levita, que estuvieron en la escena del asalto con violencia, sino acerca del samaritano que “iba de camino” en la carretera entre Jerusalén y Jericó.  No sabemos de dónde a dónde iba, pero lo que Jesús resalta es que este samaritano se encontró a un hombre que había sido herido a punto de morir.  Y una de las primeras bondades que él demuestra hacia aquel hombre herido, bondad que no demostraron el sacerdote y el levita, fue que: “vino cerca de él” (v. 33), y todavía aún más al ver su condición, Jesús enfatiza que este samaritano “acercándose vendó sus heridas, echándoles aceite y vino” (v. 34), e hizo por él otras cosas.  Pero lo que quiero enfatizar en este punto es que este samaritano no hizo lo que el sacerdote quien “viéndole, pasó de largo” (cf. v. 33), ni como el levita quien también “viéndole, pasó de largo” (cf. v. 34), sino que a pesar de no ser un descendiente israelita y por lo tanto no ciudadano del pueblo de Dios, no puso en cuestionamiento ningún prejuicio ni racial, ni cultural, ni religioso, sino que lo primero que resalta en la narración de Jesús es que este samaritano, dedicó a favor de este herido, EL TIEMPO NECESARIO para hacerle partícipe del amor que este hombre estaba cultivando en su vida.

Le vemos dedicando su tiempo, en el acto de acercarse a él, luego en dedicarse a vendarle las heridas luego de lavárselas con aceite y vino, pues eso lleva tiempo. Le vemos dedicando su tiempo cuando en su cabalgadura lo lleva al mesón.  Seguro que sin el herido en su cabalgadura, pudo haber llegado más rápido a donde iba.  Le vemos dedicando más tiempo cuando ya en el mesón, decidió no irse inmediatamente, pues todavía dice que “cuidó de él” (cf. v. 34), quizá porque ya era muy tarde o noche.  También deducimos que le dedicó más tiempo cuando leemos en la narración que dice: “otro día al partir” (cf. v. 35), lo cual no necesariamente significa que se fue al otro día, pues no dice: ‘al otro día al partir’, sino solamente dice “otro día al partir”.  Luego vemos que le dedica más tiempo, porque además de dejarle un dinero al mesonero le dice al mesonero que si el herido genera más gastos, “yo te lo pagaré cuando regrese” (cf. v. 35), pues todavía además de todo lo que ha hecho por aquel desconocido, promete dedicar sin duda que una buena cantidad más de horas de viaje ida y vuelta, al decidir regresar por él.  Eso es una expresión de amor que un hombre está en condición de hacerlo, en diversas áreas.

Amados hombres de Dios, cada uno de ustedes puede dedicar tiempo a la obra de Dios como una evidencia de su amor por la obra de Dios que ha hecho y está haciendo en usted y en otros seres humanos por medio de Jesucristo.  Cada uno de ustedes puede dedicar tiempo suficiente y de calidad con su propia familia, pues es también una manera de demostrar amor por la familia.   Cada uno también puede dedicar tiempo a las amistades, pero no a las malas compañías, sin quitarle a la familia el tiempo que debemos darles, sin descuidar el tiempo que debemos pasar con Dios en devoción y servicio, pues los amigos también necesitan conocer a través de nosotros acerca del amor de Dios.

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La segunda característica práctica que distingue a un hombre que ama a su prójimo, es que:

II.- COMPARTE SU COMODIDAD.

Acerca de esta característica, vemos al samaritano que luego de desinfectar con vino las heridas de aquel desafortunado asaltado, y después de aplicarle aceite que suaviza la piel, y después de haberle vendado sus heridas; pues pudo haberle dicho: ‘Mi estimado prójimo, fue un placer haber hecho algo por ti. Ojalá que pase alguien con un burro o caballo más grande que el mío para que te lleve al siguiente pueblo.  Te voy a poner aquí en la sombra’.  Pero no lo hizo así, sino que “poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón” (cf. v. 34).  Nadie le obligó, pues si el sacerdote y levita siendo ministros de Dios no lo auxiliaron, y él ¿por qué tendría que hacerlo, teniendo que llevarle hasta un lugar más seguro?

Sin duda que viajar montado y solito es bastante cómodo.  Pero, ¿se imagina usted lo incómodo que es subir a alguien herido, moribundo y quizá desplomado sobre el animal?  Tanto el jinete como el acompañante irían incómodos sobre el animal, si es que este puede soportar el peso de los dos.  Peor todavía, si solamente cabe una persona sobre el animal que llevaba el samaritano, al subir al herido sobre su cabalgadura, él tuvo que haber seguido la ruta a pie, y seguramente que a paso lento hasta llegar a donde tendría que dejar al herido. Esto también debió ser incómodo.  Cualquiera que haya sido la situación como el samaritano terminó de transportarse hasta la población donde consiguió un mesón para descansar y poner en reposo y recuperación a su auxiliado, ya sea sobre burro o a pie, es de todas maneras incómodo.   Pero a este hombre no le importó arriesgar su incomodidad con tal de expresar una acción con amor a otra persona que necesitaba de su ayuda.

Se cuenta que un antropólogo estaba terminando varios meses de investigación en una pequeña aldea. Mientras esperaba un transporte hacia el aeropuerto para volver a su casa, decidió organizar un juego para unos niños: tenían que correr hasta una cesta con frutas y dulces que estaba cerca de un árbol. Pero, cuando dio la orden de empezar a correr, todos se quedaron parados. Luego, se tomaron de las manos y corrieron todos juntos hacia aquel árbol. Cuando les preguntó por qué prefirieron correr en grupo hacia el premio en lugar de ir por separado, una niña respondió: ¿Cómo podría uno solo estar feliz cuando todos los demás están tristes? Como esos niños se interesaban unos por otros, querían compartir todos juntos la cesta de frutas y dulces[1].  No pensaron solamente en sí mismos, sino que pensaron en los demás.  Eso es amor al prójimo, es estar dispuesto a ceder o compartir a otra persona lo que uno podría disfrutar solito.

Amados hermanos, muchas veces hemos de tener oportunidades de compartir nuestra comodidad, aunque eso signifique tengamos que pasar momentos de incomodidad.  Quizá cuando tengamos que hospedar a alguien en nuestra casa, tendremos que darle nuestra recámara con clima, y nosotros dormir en la sala con solamente un ventilador de pedestal.  No debemos dejar a nuestro huésped en el mueble o piso de tu sala.  Ese momento incómodo para usted, es la prueba de tu amor.  Amar no siempre va a ser una situación cómoda.  Amar no siempre es romántico.  San Pablo dijo a los Corintios que el amor: “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:7).  En el hogar, con tu familia puedes ceder tu comodidad cuando sea necesario.  Cuando te des cuenta que una dama necesita un asiento, puedes cederle tu asiento cómodo, y estar de pie el tiempo que sea necesario aunque esto te resulte algo incómodo.  Esa es una manera práctica de compartir amor.  Recuerden que también a los creyentes en Jesucristo se nos enseña que “no os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2).  Quizá esto traiga a más de uno, momentos de incomodidad, pero así se vive el amor.  Lot en el pasado habiendo hospedado sin saberlo a ángeles enviados por Dios por quienes pasó momentos de incomodidad, pero valió la pena compartir su comodidad, porque pronto se dieron que recibieron una visita divina con el objetivo de ser liberados de la influencia del pecado.

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La tercera característica práctica que distingue a un hombre que ama a su prójimo, es que:

III.- COMPARTE SUS BIENES.

Es interesante observar que Jesús en su narración dice que desde que el samaritano encuentra al hombre herido, una de las primeras cosas que hace es compartir cosas que eran de su propiedad.  Nadie le obligó a compartirlas.  Lo primero que resalta es que utilizó aceite y vino.  Eso tiene un valor, a él le costó.  Debió tener un precio la cantidad de vino que utilizó para lavar sus heridas y desinfectarlas.  Debió tener un precio el aceite que utilizó para suavizar la herida y la piel.  Debió tener un precio las vendas que usó con el herido.  No creo que este hombre sea un médico ambulante o un enfermero, o un técnico en urgencias médicas, sino que solamente era un viajero, quizá conocedor de la condiciones de la zona estaba preparado con algunas provisiones tanto para abastecimiento de su alimentación como para emergencias en el camino.  Lo interesante es que no escatimó el precio de todo ello, sino con todo amor los utilizó para un nuevo amigo que se había encontrado en un hombre moribundo mal herido por un grupo de ladrones violentos.  Me imagino que el mesón no era una casa de huéspedes en el que uno podía pasar la noche y el día, y hasta varios días sin pagar; el samaritano tuvo que pagar el hospedaje.  Todo esto era de parte del samaritano un desprendimiento voluntario de los bienes que legítimamente le pertenecen, y no está obligado a dárselos a nadie, menos si no sabe si los va a poder recuperar.  Luego dice Jesús que el día que el samaritano se fue del mesón: sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese” (v. 35).  Seguía poniendo más de sus bienes sin esperar algo a cambio, más que la satisfacción de haber hecho algo para la recuperación del desafortunado hombre herido que ha estado a punto de perder la vida.

Un denario, era una moneda romana que en la época de Jesús tenía un peso de 3.90 gramos[2], era como el salario mínimo de un día de trabajo (cf. Mateo 20:2), $ 80.00 pesos mexicanos.  Así que estimo el samaritano tuvo que gastar por lo menos siete días de su salario para hospedaje, cuidados, y medicamentos para el herido, como $ 560.00 pesos de amor; sin tomar en cuenta su comida de cada día.  Pero pudo haber sido más el gasto si el hombre no se recuperó pronto.  En nuestro contexto, el hospedaje más económico que podría uno conseguir promedia entre los $ 300.00 pesos, así que en una semana se gastaría unos $ 2,100.00 pesos.  Si lo llevaras a dos consultas, la más económica que es de $ 40.00 pesos, sería otros $ 80.00 pesos.  Y si al comprar medicamentos te cuestan $ 500.00 pesos en total, con todo y jeringas, gasas, alcohol, etc… ya se gastaría unos $ 2,760.00 pesos.  Y si cada día tienes que pagar a una enfermera que suponiendo te cobre $ 200.00 pesos por día, serían otros $ 1400.00 pesos, mas los $ 2,760.00 pesos de hospedaje, consultas médicas, y medicamentos, llegaría el gasto a la cantidad de $ 4,160.00 pesos.  ¿Y su comida, y los viajes de visita que harías por él durante por lo menos esa semana?  Todo vendría costando un mínimo de $ 5,000.00 pesos, que más de uno no lo tiene, y si es el caso de usted, estaría buscando ‘pasar de largo’ como el sacerdote y el levita.

Amados hermanos, amar al prójimo podría costar. Amar a la familia, tiene que costar, no porque uno estuviese acumulando derechos, sino que amar al prójimo y a la familia requiere que uno ponga sus bienes al servicio de quien lo necesita. A Dios mismo le costó amarle a usted, le costó amar a este miserable pecador parado aquí frente a ustedes, pues el apóstol Pablo a los Corintios que al igual que nosotros habían sido salvados por Jesucristo, les dice: “habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:20), y les insiste poco después diciéndoles: “por precio fuisteis comprados” (1 Corintios 7:23).  Esto debe hacernos reflexionar acerca del costo de amar, tal como hemos costado a Dios.

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La cuarta característica práctica que distingue a un hombre que ama a su prójimo, es que:

IV.- COMPARTE EL AMOR DE DIOS.

Todo lo que desató la narración de la parábola de Jesús acerca del buen samaritano (lo voy a leer en palabras de la NVI), fue porque: “…se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta: ?Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? / Jesús replicó: ?¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú? / Como respuesta el hombre citó: ?“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. / ?Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás” (Lucas 10:25-28; NVI).  La parábola de Jesús acerca del buen samaritano que ya hemos considerado, fue una ampliación a la respuesta que le dio al experto en la ley, acerca de la necesidad de amar al prójimo como una consecuencia natural de amar a Dios primeramente.

En una ocasión el apóstol Pablo demostrándoles a los Corintios que él nunca les había servido con el fin de aprovecharse de ellos, y estaba dispuesto a continuar sirviéndoles bajo la misma manera, les dice: yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Corintios 12:15). Esto es lo que Dios espera de nosotros, que lo que hemos recibido de su amor en nuestras vidas, lo compartamos a los demás, aunque después no nos amen a nosotros.  Eso es lo de menos.

Amados hermanos, es verdad que Dios dijo: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas” (Isaías 42:8), pero si hay algo que Dios está dispuesto a compartir es que usted además de que le ame a Él porque Él le ha amado primero a usted; también quiere que usted ame a su prójimo (cf. Lucas 10:27).  Amar al prójimo después de Él, no le ofende sino al contrario se siente glorioso y glorificado cuando alguien que le ama a Él, también ama a su prójimo como a su familia.  Así que un hombre que ama a su prójimo, es porque está compartiendo con él, el mismo amor de Dios.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, nadie piense que ama a su prójimo solamente porque le conoce por nombre, porque ha platicado alguna vez con tal persona, o simplemente porque nunca ha tenido un conflicto con tal persona. Eso puede llamarse cortesía, amistad, o paz, pero no necesariamente amor. Debemos procurar distinguirnos en amar a nuestro prójimo, por lo menos por medio de las características prácticas que hoy les he compartido: 1) Compartiendo nuestro tiempo, 2) compartiendo nuestra comodidad, 3) compartiendo nuestros bienes, y 4) compartiendo antes que todo lo anterior, el amor de Dios.  Dios nos descubra amando a nuestro prójimo.

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[1] Pan Diario, 29 de Julio 2016: http://nuestropandiario.org/2016/07/ama-a-tu-pr%C3%B3jimo/

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Denario