Mar 25

¿ERES TÚ EL REY DE LOS JUDÍOS? TÚ LO DICES, Por: Diego Teh.

Después, el Gobernador Poncio Pilato le preguntó también: «¿Eres tú el Rey de los judíos?».

¿ERES TÚ EL REY DE LOS JUDÍOS?  TÚ LO DICES.

1 Samuel 8:5-20.

Mateo 27:11-14ss.

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Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán; el domingo de ramos, 25 de marzo 2018, a las 11:00 horas.

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   INTRODUCCIÓN: Alrededor del año 2000 a.C. Dios comenzó a formar un pueblo a partir de Abraham y su familia a quienes sacó no solo de la idolatría sino también del gobierno de Ur sin temor de Dios.  Dios mismo no permitió que se establecieran en ninguno de los reinos a donde eventualmente se tuvieron que trasladar como peregrinos.  Los siguientes 500 años sirvieron para la multiplicación de los descendientes de Abraham por la línea de Isaac, y luego por la línea de Jacob.  Los últimos de estos 400 años de crecimiento estuvieron bajo el yugo de los reyes egipcios quienes los maltrataron con extrema esclavitud; pero Dios los sacó de allí y los llevó a la tierra de Canaán para formar con ellos un reino distinto a todos los reinos que existían y que hayan existido.  En este reino, Dios quería gobernarlos directamente como su Rey soberano, pero con mucho pesar solamente se dejaron gobernar directamente por Él apenas unos 300 años, hasta que un día al profeta de aquellos tiempos, a Samuel, le pidieron que él les constituyera un rey como tenían todas las demás naciones.  Ya no querían que Dios mismo les gobernara directamente.  Samuel se lo dijo a Dios, y Dios le respondió: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 Samuel 8:7).  Dios quiere gobernar a su pueblo y a las personas en general, sin embargo, los seres humanos en general, y muchas veces, aún su propio pueblo de todos los tiempos, prefieren desechar a Dios para que no reine sobre ellos (o sea, sobre nosotros).  Dios permitió que les constituyeran a reyes humanos comenzando con Saúl, aunque Dios tuvo que estar infiltrado en ellos para dirigir el destino de su pueblo.  Muy pronto se pudo ver en estos reyes la incapacidad humana para el gobierno, dividiéndose el reino en dos. En cada uno de estos dos reinos, durante todo el tiempo que duraron, solo dos o tres reyes se apegaban a la dirección de Dios, y se dice de ellos en la historia bíblica que hicieron lo bueno delante de Dios.  Los demás, más de quince reyes por reino, se dice de ellos en la historia bíblica, que solamente hicieron “lo malo”.

   Por fin, Dios mismo puso fin a estos reyes de su propio pueblo, y luego permitió que fueran gobernados por mucho tiempo, por reyes extranjeros, hasta que un día, Dios envió a su Hijo divino y celestial, a nacer en este mundo, sin embargo, no para regirlos como un rey terrenal y humano suele hacerlo. Cuando él hubo nacido, Dios, por medio de una estrella guió a unos hombres conocidos como magos, para que buscasen al recién nacido Hijo de Dios.  Ellos cuando llegaron a Jerusalén, andaban preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:2). Ellos habían recibido revelación de que el recién nacido Jesús, Hijo de Dios, era “el rey de los judíos”.  Poco más de 33 años después, la mañana del día que Jesús fue crucificado, mientras Pilato tuvo la oportunidad de juzgarle, le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”, Jesús prefirió no responderle ni sí ni no, sino un simple: “Tú lo dices” (Mateo 27:11).

   La pregunta de Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos?”, junto con la sencilla respuesta de Jesús: “Tú lo dices” (Mateo 27:11), revela que hay decisiones de fe que Jesús espera de toda persona, con respecto a la naturaleza de su realeza. / ¿Cuáles son las decisiones de fe que Jesús espera de toda persona, con respecto a la naturaleza de su realeza? / En el mensaje de este momento, les voy a explicar algunas de las decisiones de fe que Jesús espera de toda persona, con respecto a la naturaleza de su realeza.

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   La primera decisión de fe que Jesús espera de toda persona, con respecto a la naturaleza de su realeza, es:

I.- CREER QUE ÉL PROCEDE DE DIOS.

   Aquel jueves por la noche cuando Jesús fue arrestado en el Monte de los Olivos, Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos” (Mateo 26:57), y después de intentar Caifás intentando obligar a Jesús para que acepte como verdaderas las falsas acusaciones que se hacían en contra de él, al no lograrlo, le hizo una exigencia relevante: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios” (Mateo 26:63).  Pero su intención no era para estar seguro de la divinidad de Jesús, sino solo quería juzgar y condenar a muerte a Jesús si él decía que era el Cristo, y si él decía que era el Hijo de Dios.  Es la evidencia de que el ser humano no siempre está tan dispuesto de que Dios reine sobre nuestras vidas, muchas veces poniendo negativas para creer que antes que todo Jesús es verdaderamente Dios, desechando así a Dios de ocupar el lugar que le debe corresponder en el corazón de cada persona.  Todo el problema de aquel sumo sacerdote que representaba todo el sistema religioso de miles judíos e israelitas, era la negativa de aceptar que Jesús era el Cristo o Mesías prometido por Dios.  Para Caifás como para mucha gente de aquellos tiempos, incluso para muchos hasta el día de hoy, es que Jesús no es Dios encarnado, sino que es un simple ser humano.  Con esta creencia han surgido hasta sectas que creen solo en un Jesús humano, y que en sus templos sectarios predican y enseñan que Jesús solamente fue el hombre más perfecto del mundo.

   En cuanto a Pilato, al hacer la pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Mateo 27:11), es evidente que al igual que Caifás, también él no tenía también la capacidad y voluntad de aceptar que Jesús es el Hijo de Dios, y que en consecuencia era también el divino Rey de los judíos de un reino distinto al reino romano, porque su reino era el reino de los cielos, por lo que de ninguna manera pretendía postularse como candidato a ocupar un trono romano, y ni siquiera un trono propiamente judío o israelita, aunque tenía todo el derecho de ocuparlo.  Pilato, llegó a pensar como Herodes 33 años atrás, que Jesús quería arrebatarles el gobierno de Judea, o que desde Judea levantaría un movimiento en contra del emperador.  Pero esto no le interesaba a Jesús.  Jesús no buscaba ningún trono terrenal tal como lo demostró en la ocasión cuando huyó de un grupo de personas de entre las cinco mil a quienes alimentó milagrosamente con cinco panes y dos peces, porque quisieron hacerle rey (Juan 6:14.15).  Pilato, solo quería cerciorarse que no era un candidato que se levantaría en contra del poder de Roma; sin pasar por su cabeza el interés de descubrir si es verdad que Jesús era verdaderamente un hombre y verdadero Dios.

   Amados hermanos, tanto Caifás, como Pilato, así como toda persona de la actualidad es necesario que reconozcamos que Jesús no solamente fue un hombre ordinario, sino que, siendo hombre, extraordinariamente también es Dios que procede de Dios, y en consecuencia también Rey divino y soberano no solo para corazones humanos sino sobre todo el universo.  Jesús primeramente era y es Dios descendiente engendrado de Dios.  Caifás estaba equivocado.  Usted no se equivoque.  Una de las principales decisiones de fe que todos debemos tener en Jesús, es creer que Jesús es el Cristo y que es el Rey que procede de Dios.

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   La segunda decisión de fe que Jesús espera de toda persona, con respecto a la naturaleza de su realeza, es:

II.- CREER EN ÉL SIN PREJUICIO ALGUNO.

   Como Caifás y sus aliados no pudieron condenar religiosamente a Jesús de la supuesta blasfemia del cual ellos le juzgaron por decir que él es Hijo de Dios, llamado Padre a Dios, decidieron llevarle y acusarle con Pilato el gobernador romano en Judea. Pero Pilato tampoco podía juzgar a Jesús si era acusado de supuesta blasfemia por decir que era Hijo de Dios, pues eso no era un delito tipificado en la ley romana.  Así que Pilato personalmente no halló ningún delito en él.  Pero, ahora los principales sacerdotes y un grupo de ancianos, le dicen a Pilato que Jesús se estaba ostentando como rey de los judíos.  Pilato, al estar al servicio de Roma, tenía el deber civil, político, y legal de juzgar y condenar a muerte a cualquier persona que en Judea se ostente como rey, porque alguien así sería una amenaza contra la estabilidad del imperio romano, pero Jesús, como ya les he dicho antes, no era ese tipo de rey que buscaba entronizarse en un palacio, sino que era el Rey del reino de los cielos que establece su trono en corazones humanos.  Aunque Caifás sabía y entendía esto, no quería aceptarlo, por lo que quería ver a Jesús muerto, mintiéndole Caifás a Pilato que Jesús se proclamaba rey. Y si fuese verdad que Jesús así se auto proclamaba, razón tenía, y no pecaba ni contra Dios ni contra Roma.  Pero, el prejuicio religioso de Caifás le hacía no encontrar a Dios en la persona de Jesús.  Lo mismo le pasaría a Poncio Pilato.

   Una observación importante acerca del juicio, es que la pregunta obligada que Pilato le hizo a Jesús, no fue una pregunta religiosa, o acerca de una cuestión de fe como la que Caifás le hizo a Jesús.  Por eso la pregunta nada teológica ni espiritual sino política que Pilato le hizo a Jesús fue: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Mateo 27:11).  A Pilato no le interesaba hacer preguntas de temas religiosos del judaísmo, porque no le interesaba la fe que los judíos tenían en el único Dios vivo y verdadero, ni siquiera se atrevió a preguntarle a Jesús acerca de temas religiosos de la fe profana del romanismo, porque Pilato también tendría su propia fe religiosa, aunque no en el Dios verdadero.  Pilato, solamente veía a Jesús como un simple hombre que de ser verdad que se proclamaba rey, le condenaría a la muerte.  Pilato, en ningún momento buscaba descubrir si había algo divino en Jesús, porque si de algo estaba engañadamente seguro, es que, para divino, solamente el César de Roma.  Pero, en aquel juicio cuyo procedimiento estuvo fuera del orden constitucional, fuera de derecho, Jesús tenía un propósito especial: Que Pilato descubriera lo que Caifás no podía descubrir, que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús no llegó ante Pilato por azares del destino, sino que estaba frente a él porque Jesús tenía que dejarle a Pilato en sus ojos y en su corazón un impacto espiritual para que él creyera en que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios, aunque Pilato no era judío sino un romano.

   Estoy seguro que Pilato lo descubrió porque dice San Mateo que Pilato “el gobernador se maravillaba mucho” (Mateo 27:14b), pero su mucho maravillamiento solo fue maravillamiento que no pasó a convertirse en fe, como debió serlo.  Era la oportunidad de Pilato de creer en Jesús sin los prejuicios de la religión, ya sea judía o ya sea romana, pero lamentablemente a Pilato no le interesó creer en Jesús.  Solo se limitó a maravillarse, y allí quedó.  Finalmente, Pilato también dijo que Jesús era justo, cuando dijo: “Inocente soy yo de la sangre de este justo” (Mateo 27:24b); pero, aunque descubrió la justicia de Jesús, tampoco creyó en él. Su prejuicio religioso de que el César es dios, y que no hay más dios que él, le impedía creer en Jesús como Dios Hijo de Dios. Su prejuicio derivado de su trasfondo político y religioso, le impidió creer en Jesús.

   Amados oyentes, Jesús no solamente vino como Mesías o como Rey de la vida espiritual de los judíos, sino también de aquellos que no son ni han sido como Pilato sin pertenencia al pueblo de Dios.  Jesús no es Rey solamente para religiosos, sino para todo ser humano.  Él es el Rey que toma el control no del trono de un palacio, sino del corazón humano donde él gobierna y muy bien.  Pilato, estaba siendo impactado por este Rey de origen divino y celestial, pero lamentablemente no estaba nada dispuesto a rendir a él su corazón. Y ¿usted, está maravillado de Jesús para creer en él sin prejuicio alguno?  ¿Le aceptará usted, desde hoy como su salvador y como su Rey divino para que él tenga el control de su corazón y de toda su vida?  Por supuesto que él es no solamente “el Rey de los judíos”, sino de toda persona, así seamos yucatecos o de otro estado mexicano, o así seamos de otro país extranjero, Jesús es Rey de quien le acepte como su Rey en el corazón. No deje usted que ninguna religión, que ninguna iglesia, que ninguna rara o falsa doctrina, que ninguna secta, le impida por prejuicio alguno creer en Jesús.

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   La tercera decisión de fe que Jesús espera de toda persona, con respecto a la naturaleza de su realeza, es:

III.- CREER EN ÉL Y CONFESARLO.

   Un detalle relevante en el texto bíblico es que, desde la noche anterior, Jesús fue muy reservado en responder.  A la exigencia que Caifás le hizo la noche anterior a Jesús, diciéndole: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios” (Mateo 26:63); Jesús, sabiamente no le respondió ni con un sí ni con un no, sino solamente se limitó a responderle: “Tú lo has dicho” (Mateo 26:64).  Igualmente, poco antes de ser llevado ante Caifás, durante la última cena de pascua que Jesús tuvo con sus discípulos, cuando después de anunciar que alguno de los discípulos le entregaría, Judas le preguntó: “¿Soy yo, Maestro?”; pero también en esa ocasión la respuesta de Jesús tampoco fue un sí o un no, sino solamente fue también: “Tú lo has dicho”.   Ahora, el viernes por la mañana, nos damos cuenta que a la pregunta de Pilato: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Mateo 27:11b), Pilato tampoco le sacó ni un sí ni un no a Jesús, sino solamente escuchó de él: “Tú lo dices” (Mateo 27:11c).

   ¿Por qué esta manera de responder de Jesús? Aquí hay un propósito divino. Jesús, en vez de hablar, lo que quería escuchar era la confesión y solo la confesión de cada quien.  Especialmente Jesús quería escuchar la confesión personal de Pilato, acerca de cómo él percibía a Jesús.  Jesús estaba aplicando la técnica que en una ocasión les aplicó a sus mismos discípulos cuando les preguntó: “¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15), y entonces Simón Pedro pronunció una de las más esenciales confesiones del gran descubrimiento divino que haya hecho un ser humano: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).  Ahora, ante Pilato, Jesús no quiso decir nada, pues lo que él quería era escuchar cuál es la convicción que él tenía acerca de Jesús.  Por eso Jesús, simplemente le dijo: “Tú lo dices”.  Lamentablemente la pregunta de Poncio no confesaba su fe sino solo su pasión política y su ambición de poder, que por cierto con ausencia de justicia legal; por eso Poncio no pudo creer, ni mucho menos confesar si creía que Jesús era verdadero Hijo de Dios, o si entendía que Jesús era rey del reino de los cielos.

   Amados hermanos, de todos los que creen que él es Hijo de Dios, Jesús sigue esperando una confesión dirigida a él.  Jesús quiere escuchar no una pregunta de tentación o de juicio, sino una confesión de lo que usted cree acerca de él. ¿Qué es Jesús para usted? ¿Un simple hombre, o el Cristo, el Hijo de Dios? ¿Un Cristo Hijo de Dios pero sin derecho de tener autoridad sobre usted, o el Rey de los judíos, el Soberano con derecho divino de gobernar la vida de usted?

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   CONCLUSIÓN: Para concluir voy a recordarles que personajes a quienes Dios les iluminó el entendimiento, creyeron en Jesús como el Rey Hijo de Dios.

  • Los magos que vinieron del oriente a Jerusalén, sin prejuicio creyeron en Jesús como Divino y como Rey, porque en su búsqueda preguntaban: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo 2:2).
  • Natanael, un sencillo ciudadano de Betsaida de Galilea, que amaba la sinceridad y aborrecía ser mentiroso, cuando apenas conoció a Jesús, le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Reyde Israel” (Juan 1:49); y así mantuvo su creencia por el resto de su vida.
  • Pedro, un día también le dijo a Jesús: eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).
  • El día de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, mucha gente, según San Lucas, le aclamó diciendo: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!” (Lucas 19:38).
  • Y una semana después de haber resucitado Jesús, en un encuentro con Tomás el antes incrédulo, ahora arrepentido, le dijo a Jesús: “¡Señor mío, y Diosmío!” (Juan 20:28), reconociendo su divinidad y su derecho soberano.

   Ahora, ¿cuál es la decisión de fe en Jesús que usted tomará en este momento?

   ¿Decide usted creer que Jesús es el Hijo de Dios, y es el Rey divino que vino a nacer y morir en este mundo para salvarle de la condenación, y para tomar el control de su vida para tener una vida ordenada delante de Dios?  ¿Decide usted creer que Jesús es el Rey del Reino de Dios, y no permitirá usted que algún prejuicio le impida a usted ponerse bajo sus órdenes y reinado?  ¿Decide usted creer que Jesús, es el Rey divino Hijo de Dios, y está usted dispuesto a decírselo a él mismo, y a otros para que también acepten que él sea el Rey de sus vidas?

   Dios espera que usted tome estas decisiones de fe en Jesús como Rey Hijo de Dios. I.- CREER QUE ÉL PROCEDE DE DIOS; II.- CREER EN ÉL SIN PREJUICIO ALGUNO; y III.- CREER EN ÉL Y CONFESARLO.  Esto es lo que hay que hacer con el Rey Jesús que hizo su humilde entrada triunfal rumbo a la cruz en Jerusalén de Judea.

Dic 03

LEYES PARA FORMAR PARTE DEL REINO DE LOS CIELOS, Por: Diego Teh.

LEYES PARA FORMAR PARTE DEL REINO DE LOS CIELOS

Mateo 3:1-12.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la Congregación “Ebenezer” de la col. San José Tecoh, de Mérida, Yucatán; el domingo 03 de diciembre 2017, a las 18:30 horas; como tema del segundo domingo de Adviento.

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   INTRODUCCIÓN: No era la celebración de los días de adviento tal como ahora lo celebramos durante cuatro domingos antes de Navidad, a veces 21 o a veces 28 días, según nuestro calendario litúrgico cristiano.  Pero todos los israelitas desde tiempos del rey David, especialmente desde que desaparecieron los dos reinos que llegaron a constituir los israelitas (el reino de Israel o del Norte desapareció como reino desde 721 a.C; y el reino de Judá o del Sur desapareció como reino desde 606 a.C.); todo el pueblo de Dios estaba esperando la restauración del reino, esperando al Mesías divino que Dios enviaría a todo el pueblo descendiente de Jacob/Israel.  Podemos decir que también ellos estaban en su adviento del nuevo reino.

   En el contexto de nuestro pasaje bíblico, el Mesías prometido ya había nacido hacía 30 años, pero mucha gente no lo sabía.  Unos seis meses antes del nacimiento del Mesías, también nació un niño que fue llamado Juan, quien posteriormente por el oficio religioso que desempeñó fue conocido como Juan el Bautista.  Cuando este Juan tenía pocos meses después de haber cumplido 30 años, Dios lo llamó para ser profeta tanto para los judíos como para los demás israelitas.  Su mensaje estaba centrado en la relevancia del reino que los judíos y demás israelitas piadosos anhelaban tener.  En su mensaje, Juan se los proclamaba diciendo: “…El reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2).

   Hoy les predicaré acerca de este episodio de la historia bíblica, estando litúrgicamente en nuestro adviento esperando recordar no la fecha sino la realidad del nacimiento del mismo Mesías que trajo el reino de los cielos a este mundo.

   Basado en la parte del relato que hemos leído, Mateo 3:1-12, les voy a predicar que, el reino de los cielos es para toda persona que obedece las leyes divinas de este reino. / ¿Cuáles son las leyes divinas del reino de los cielos que toda persona que quiera formar parte de este reino debe obedecer? / En este mensaje les voy a compartir algunas de estas leyes divinas que toda persona debe obedecer para ser parte de este reino.

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   La primera ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

I.- EL ARREPENTIMIENTO FUNDAMENTAL.

   En primer lugar, observemos que la primera palabra que debió haber salido de la boca del profeta y bautizante Juan, fue: Arrepentíos”, al mismo tiempo que aclara que la necesidad de este arrepentimiento es: “porque el reino de los cielos se ha acercado. / Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Mateo 3:2-3).  También cuando dice: “Preparad el camino del Señor”, está enfatizando que toda persona debe prepararse para recibir al Señor del reino de los cielos, a Jesucristo.  Esta preparación es el arrepentimiento que prepara el corazón humano como camino para que el reino de los cielos sea establecido en el corazón de un pecador.

   Lamentablemente mucha gente, se prepara para recibir la navidad solamente como una ocasión social, olvidando al Señor de este reino de los cielos. Mucha gente se prepara, pero con dinero para poder darse algunos lujos y placeres convirtiendo esta divina ocasión, solamente en ocasión de fiestas, olvidando la necesidad e importancia de vivir con arrepentimiento.

   El arrepentimiento no fue establecido ni por Juan el Bautista, ni por institución o persona alguna sino por Dios desde los comienzos de la humanidad.  En toda la historia de los israelitas tanto en su tiempo de esclavitud en Egipto, como durante su peregrinaje en el desierto, así como en el tiempo de gobierno por medio de jueces y luego en su etapa de reino unido y aun dividido en dos, una y otra vez les fue requerido por Dios que procedan al arrepentimiento cuando descartaban a Dios de su agenda de vida.  Con la llegada de Jesús se sigue llamando a las personas al arrepentimiento como lo hizo Juan el Bautista a las multitudes.  Jesús mismo tuvo como énfasis en su ministerio la predicación del arrepentimiento (cf. Mateo 4:17).

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   La segunda ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

II.- EL BAUTISMO TESTIMONIAL.

   Mateo al describir la respuesta de la gente al llamado de arrepentimiento que proclamaba Juan el Bautista, relata: Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, / y eran bautizados por él en el Jordán” (Mateo 3:5-6a). Desde luego que cuando en una persona hay verdadero arrepentimiento, es su privilegio recibir el bautismo, pero nadie debe recibirlo sino hay en él un arrepentimiento confesado y evidente. Nadie que esté verdaderamente arrepentido debe quedar sin ser bautizado.  Toda persona arrepentida de su pecado debe recibir el bautismo. No aceptar el bautismo significa no estar verdaderamente arrepentido, pues si lo hubiera no habría objeción alguna para no aceptarlo.

   El bautismo, desde el comienzo de su práctica siempre fue como hasta el día de hoy, el símbolo cristiano del lavamiento espiritual que el Espíritu Santo de Dios realiza en la vida de una persona que verdaderamente está arrepentida de haber vivido o de estar viviendo inclinado a hacer lo que es malo.   El bautismo, desde los comienzos de su práctica, como hasta el día de hoy, ha sido también un acto público para comunicarle a la gente que uno ha abandonado y está abandonando cada día los ofrecimientos mundanos pecaminosos para entonces iniciar un caminar bajo las leyes del reino de Dios.  Es por eso que si uno está verdaderamente arrepentido no debe menospreciarlo sino recibirlo por lo que significa y por lo que testifica.

   Y para aclarar: El bautismo tampoco fue invención de Juan el Bautista, ni de la religión de los judíos, sino que fue establecido por Dios mismo por medio de Juan el Bautista, e instituido formalmente por Jesucristo como sacramento público con el cual una persona arrepentida da a conocer a todo mundo, que el Espíritu Santo de Dios está lavando, regenerado, y restaurando su vida por estar de acuerdo en renunciar su entrega al pecado.

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   La tercera ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

III.- LA CONFESIÓN DE PECADOS.

   Después de la descripción que dice: Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, / y eran bautizados por él en el Jordán” (Mateo 3:5-6a); Mateo añade que la gente además de recibir el bautismo de Juan, venían a bautizarse “confesando sus pecados” (Mateo 3:6b).  Esto es claro; Mateo no está diciendo que primero se bautizaban y luego confesaban sus pecados. Una persona que no está demostrando arrepentimiento, y que en consecuencia no confiesa sus pecados a Dios, no debe ser bautizada, y ni siquiera lo debe solicitar, a menos que primeramente se haya arrepentido de sus pecados.   La confesión de los pecados de aquellas gentes de Jerusalén, Judá, y demás localidades, no la presentaban a Juan el Bautista, sino a Dios.  En la actualidad la confesión de pecados también no tiene que ser presentada ni al pastor ni a otro oficial de una iglesia, sino directamente a Dios.

   Ser bautizado, o incluso tomar la santa cena, o recibir beneficios de una iglesia local, mientras en uno no haya arrepentimiento, y mientras no haya confesión de los pecados a Dios, las cosas externas o privilegios que uno reciba, a pesar de que sean legítimos comunicadores de los beneficios de la gracia de Dios, no van a hacer el efecto santificador que un miembro del reino de los cielos aquí en la tierra debe estar experimentando.

   Y otra vez recalco: La confesión de pecados no fue innovación de líderes religiosos del cristianismo, sino también de Dios mismo.  Es por eso que usted no tiene que confesarle sus pecados a persona alguna sino solo a Dios por la mediación del nombre de Jesucristo, por el cual y por quien uno recibe eficazmente el perdón de pecados.  Por eso, es necesario que una persona que pertenece o desea pertenecer al reino de los cielos, reconozca permanentemente su condición de pecador, y que no dominicalmente sino diariamente sea responsable en confesar sus voluntarios e inevitables y a veces involuntarios pecados. Nadie comete pecado una sola vez por semana, y no siquiera uno por día, sino inevitablemente pecamos en cada pensamiento, en cada palabra, y en cada acción, y necesitamos identificar cuál fue el pecado cometido, y confesarlo a Dios inmediata y oportunamente.

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   La cuarta ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

IV.- LA EVIDENCIA CON FRUTOS.

   Cuando Juan el Bautista observa que mucha gente estaba viniendo al río Jordán para recibir el bautismo, al mismo tiempo se da cuenta que muchos de ellos como también es evidente en la actualidad no había en ellos arrepentimiento, sino solamente buscaban ser vistos por la gente como si fueran personas verdaderamente piadosas, que en la realidad no lo eran.  Juan, a estas personas les exhorta diciéndoles: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, / y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras” (Mateo 3:8,9).  Muchos de aquellos estaban confiados en su estatus familiar por haber nacido en una familia cuyos ancestros fueron verdaderos piadosos y temerosos de Dios, a quienes Dios les tenía dicho que Él sería el Dios de sus descendientes.  Estos descendientes pensaban que por la fe de sus ancestros, y que por la misma promesa de Dios, automáticamente ellos ya tenían asegurada su aceptación por parte de Dios, aunque estos llevaran una vida impía sin arrepentimiento alguno.  Es entonces que Juan les dice: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento”.   Dios siempre quiere ver los frutos de una vida arrepentida.

   Jesús, a una de las iglesias mencionadas en el Apocalipsis que había fallado en su vida piadosa, recibe de Dios la instrucción: “…arrepiéntete, y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:5a).  Esto quiere decir que si en verdad hay arrepentimiento en los que se reúnen en determinada iglesia local, tal arrepentimiento debe evidenciarse en las obras, acciones, y conductas, de cada creyente en particular.

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   La quinta ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

V.- LA CENTRALIDAD DE JESÚS.

   Juan el Bautista, a pesar de haber tenido un ministerio exitoso que nunca más ni antes ni después tuvo algún siervo de Dios, no se exaltó a sí mismo, sino que en sus mensajes públicos tenía que hacer una pertinente aclaración.  Él decía a la gente que ministraba: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).  Siempre centralizó su proclamación no en él mismo, ni el fariseísmo o saduceísmo como se fuera proselitista de alguna secta o religión, sino en la persona según él decía, de “el que viene tras mí”, refiriéndose nada menos a uno mayor que profeta, a uno mayor que simple humano, a Jesús el mismo Hijo de Dios.

   En el reino de los cielos, el más importante no es ni un ser humano, ni el conjunto de personas que somos los hijos del reino, sino Jesús el Hijo de Dios, el Rey de Reyes.  El reino de Dios ya está presente en esta tierra mediante la obra de Jesús aplicada por su Espíritu Santo en el corazón de los seres humanos que vivimos con arrepentimiento día a día; por lo que es aquí en la tierra misma que debemos tener a Jesús como el centro de toda nuestra experiencia diaria y cotidiana. Jesús no solamente es y será el centro de atención en la eternidad, sino que también ahora y aquí en la tierra, en la casa, en la iglesia, en el trabajo, en la familia, en lo público y aún en lo secreto, el personaje central de toda nuestra experiencia, debe ser Jesús.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, la navidad nos recuerda la llegada de Jesucristo el Rey del Reino de los cielos, quien en su nacimiento y en toda su obra redentora nos trajo dicho reino a la tierra, o más bien trajo su reino a los corazones que se arrepienten, y que evidencian estar verdaderamente arrepentidos. Que estos días de adviento, mientras esperas el día y la temporada de la navidad, y aún después de estas temporadas litúrgicas del calendario cristiano, vive con arrepentimiento de los pecados que has cometido y estás cometiendo, y que no te hacen nada feliz.  Centra tu vida en Jesús porque solamente en él puedes formar parte del reino de los cielos, y porque solamente por él y en él puedes permanecer en este reino eterno.  No dejes de practicar la confesión diaria de tus pecados para recibir el perdón de Dios y así vivir santificado todos los días.  Demuestra con tu vida y acciones que de verdad estás arrepentido de pecar, porque ahora tu deseo no es el mundo y sus maldades, sino el reino de los cielos.