Sep 30

QUÉ TENGO QUE PERDER PARA GANAR UN ALMA, Por: Diego Teh.

QUÉ TENGO QUE PERDER PARA GANAR UN ALMA

Juan 4:1-10.

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Elaborado por el Pbro. Diego Teh, para ser predicado el domingo 30 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán.

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Este sermón es el # 10 de la serie: EVANGELIZACIÓN.

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   INTRODUCCIÓN: Acabamos de leer un pasaje bíblico muy distinguido acerca de los primeros resultados del ministerio de Jesús.  Se trata de su encuentro y su conversación con aquella célebre mujer samaritana de Sicar, en el que momentos después se desató la conversión masiva e inmediata de muchos samaritanos más, además de esta samaritana.  De manera magistral, lleno de sabiduría, Jesús usó la circunstancia en la que él mismo y aquella mujer samaritana providencialmente coincidieron en aquel lugar, donde ambos tenían necesidad de agua, Jesús para beber en aquel momento, y ella para llevarse a casa para su uso doméstico seguramente.  Lo que Jesús tenía para ofrecer en aquel momento, era su predicación acerca de la necesidad de arrepentimiento, y todo lo relacionado con el reino de Dios que en él estaba presente y disponible para el corazón humano. A ese mensaje, él le llamó “agua viva” (Juan 4:10), un agua muy especial, distinto al agua que procedía del pozo.  Por fin, la samaritana haciendo las preguntas necesarias, superando sus dudas, aceptó aquella “agua viva” de Jesús, e igualmente ella lo compartió inmediatamente a la gente de su pueblo que vino al encuentro de Jesús y luego creyeron en su “agua viva”.  Pero, en esta divina y fascinante historia que hemos leído, podemos descubrir que habían impedimentos que si Jesús se hubiese dejado influenciar por estos impedimentos, no hubiese alcanzado para el reino de Dios, ni siquiera a la mujer samaritana.

   En este mensaje no voy a presentar un análisis propiamente acerca de la mujer samaritana, ni acerca de la gran multitud de samaritanos que creyeron en el mensaje de las buenas noticias del reino de Dios que Jesús les predicó, sino que les voy a exponer en este momento acerca de lo que muchas veces se tiene que enfrentar para poder alcanzar para el reino de Dios por lo menos a una sola persona.  Por eso, ahora les voy a predicar que el evangelizador debe estar dispuesto a perder impedimentos con tal de ganar un alma para el reino de Dios.  / ¿Qué impedimentos debe un evangelizador estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios? / Basado en la experiencia de nuestro Señor Jesucristo, y otros textos apostólicos, voy a presentarles algunos de estos impedimentos que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios.

   El primer impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

I.- LAS COMODIDADES.

   Nada más observen al Gran y Supremo evangelista, Jesús, el Hijo de Dios.  Según el versículo 3, junto con sus discípulos “salió de Judea” (Juan 1:3).  Judea, era una provincia (o sea, como un estado con municipios).  Si salió de Jerusalén, o de algún lugar cercano de Jerusalén, salió del centro de la provincia de Judea, que estaba a unos 40 kilómetros de Sicar, el lugar donde se encontró con la samaritana.  Entonces suponiendo que caminaron un kilómetro cada 15 minutos, 4 kilómetros por hora, los 40 kilómetros lo debieron caminar en un promedio de 10 horas, entonces debieron salir de esa zona de Judea como desde las 2 de la mañana, porque dice el versículo 7 que llegaron a Sicar “como a la hora sexta” (Juan 14:7).  Pero, si salieron desde la parte norte de Judá, quizá solo caminaron ese día solo unos 20 kilómetros, que si llegó ”como a la hora sexta”, debió salir más o menos a las 6 de la mañana.  De todas maneras, si salió desde las 2 de la mañana, o s salió a las 6 de la mañana. ¿No estaría más cómodo descansando y durmiendo toda la madrugada hasta que amaneciese? ¿No estaría más cómodo desayunando a las 6 o 7 de la mañana en una casa o en la plaza pública de alguna comunidad, sin estar caminando a un destino de más de doce horas de destino (porque iba, no a Sicar, de la provincia de Samaria, sino más al norte hasta la provincia de Galilea)?  Pero, hubo necesidad de que Jesús pasase por la provincia de Samaria porque allí necesitaba ofrecer su “agua viva” (v. 10) a aquella mujer, y luego a muchísima gente de Sicar.   Lo que quiero que observen es que para hacer la labor que “le era necesario” hacer allí (cf. v. 4), y que igual tendría que hacer en Galilea en una zona como a 60 kilómetros más al norte de Sicar, Jesús estuvo dispuesto a perder sus comodidades de descanso, de hidratación corporal, de tonalidad de la piel, y hasta de comer en su tiempo.  Lean con atención los versículos 6 al 8, y notarán cómo Jesús por ganar un alma, primero el de la samaritana, estuvo él dispuesto a perder todas estas cosas.  Dice San Juan: “Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. / Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. / Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer” (Juan 4:6-8).  A cambio de comodidades, estaba experimentando cansancio, sed o deshidratación, calor a medio día, y hambre por falta de una cocina económica en el camino.

   Amados hermanos, en nuestra labor de ser evangelizadores en pos de ganar por lo menos un alma, en muchas ocasiones será necesario que perdamos nuestras propias comodidades cuando surgen circunstancias y oportunidades de ir expresamente a compartir el evangelio a alguien.  Las distancias consumirán el tiempo que uno pudiera aprovechar o quizá desperdiciar descansando o durmiendo o haciendo otra cosa de interés personal, pero vale la pena si perdemos esa comodidad para ganar a alguien para la causa de Cristo. ¿NO es así?  Una salida de casa para ir en busca o al encuentro de esa persona quizá conocida, o quizá desconocida, podría añadirnos cansancio, podría causar que nuestro cuerpo sienta sed, y tengamos que gastar dinero para comprar agua u otra sana bebida refrescante y rehidratante.  Quizá en ese esfuerzo y dedicación, el hambre le va a sorprender, y no regresaremos a la comodidad de la casa para comer, sino hasta horas después de la hora habitual de comer.  Es algo incómodo para nuestro sistema digestivo, pero como evangelizadores debemos estar dispuestos a perder esos momentos de incomodidad, todo por la importante misión de ganar un alma para el reino de Dios.

   El segundo impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

II.- LOS PREJUICIOS.

   Durante el diálogo que Jesús tuvo con la mujer samaritana, observe usted que después de que Jesús le pide a ella de beber del agua del pozo, ella inmediatamente se percata de que Jesús no era un samaritano, sino que algo le identificaba como un judío, aunque también había crecido desde su infancia y juventud como un Galileo.  Por eso que ella descubrió en él, la conversación al principio no fue nada simpatizante, sino con un prejuicio en la mente de ella.  La pregunta de ella lo dice todo.  San Juan en el versículo 9 lo describe así: “La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9).  El detalle es que no solamente ella sabía acerca de este problema histórico que había entre los habitantes de estas dos provincias, sino también Jesús lo sabía.

   Pero, el problema principal no era de los samaritanos, sino de los judíos, que veían a los samaritanos como personas que perdieron la pureza de su raza por haberse mesclado con habitantes de otras naciones por circunstancias que las conquistas imperiales del pasado les impusieron.  Por ello, los judíos que se consideraban más puros, y de esta manera más fieles a Dios, incluso preferían evitar pasar en las ciudades y aldeas de la provincia de Samaria, para ir al norte hacia Galilea.  Los judíos preferían rodear toda la provincia (o estado), pasando por otras provincias, aunque eso represente más tiempo y distancia, con tal de no estar en contacto con los samaritanos.  Pero, lo primero que observamos en la historia bíblica, y que sorprende a la misma mujer samaritana, es que Jesús no tuvo problema con acercarse a pedirle un poco de agua para beber.  Otro judío prejuicioso, solo por orgullo se hubiese aguantado su sed, y menos serviría como evangelista para aquella mujer, y para todos los habitantes de Sicar que ese mismo día escucharon el evangelio, y creyeron en Jesús.

   Amados hermanos, Jesús, es nuestro ejemplo acerca de la necesidad de estar dispuestos a perder los prejuicios que afectan nuestro desempeño especialmente en la responsabilidad de compartir el evangelio con el fin de ganar aunque sea a una sola persona para el reino de Dios.

   El tercer impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

III.- LA VERGÜENZA.

   Con respecto a esto, voy a citar primeramente al apóstol Pablo, quien para hacer labor evangelizadora, les dijo en su epístola a los romanos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; …” (Romanos 1:16a).  Un evangelizador si al principio de su fe en Cristo no se sentía seguro ni con la frente en alto por su nueva experiencia de salvación, no debe dejar de pasar tiempo para que en vez de sentir vergüenza por pertenecer a Cristo y su evangelio, sienta pasión, entrega, deuda, compromiso, y vocación por la proclamación de ese evangelio.

   En el caso de los samaritanos, ellos no tenían problema por ser lo que eran. Muchos de ellos, a pesar de ser menospreciados por los judíos, eran más piadosos con temor de Dios que los mismos judíos.  ¿Recuerdan que el leproso sanado que entre los diez sanados regresó a Jesús glorificando a Dios?  Era samaritano.  ¿Observaron que la samaritana sabía más del Mesías, que lo que muchos judíos sabían?  De hecho, eso fue lo que le motivó a compartir a sus conciudadanos acerca de la persona de Jesús con quien se había encontrado junto al histórico pozo de Jacob que no satisfacía la sed del alma.  En el relato de Jesús acerca del herido evadido por un sacerdote, y por un levita, el que le socorrió fue uno de esos menospreciados samaritanos.  Solo hacía falta que un evangelizador se acercara a ellos sin prejuicios para ofrecerles el evangelio ilustrado como el “agua viva” (v. 10).

   Amados hermanos, es probable que también exista en nosotros algún prejuicio en contra de personas por las que no decidimos acercarnos a ellas.  Si realmente las personas están mal, mucho más mal estamos nosotros si no vamos a ellos con el evangelio que también les puede transformar la vida que actualmente llevan sin esperanza en Dios.  Tenemos que perder nuestros prejuicios para ser ganadores de almas para el reino de Dios.

   El cuarto impedimento que un evangelizador debe estar dispuesto a perder con tal de ganar un alma para el reino de Dios, es:

IV.- LAS DISCUSIONES.

   Una de las actitudes de algunos cristianos en su celo, afán y pasión por el que otras personas entiendan bien el evangelio, tienen como mal hábito el discutir pleitistamente con las personas a quienes deberían con todo amor exponerles la verdad del evangelio.  Estas personas suelen no ser respetuosas con la fe errada que otros profesan.  El evangelio no discute, no ataca.  Es verdad que confronta, pero nunca con palabras amenazantes, burlescas, sino llenas de sabiduría y de gracia de Dios.   El apóstol Pablo, aconsejando al joven Timoteo a quien por un buen tiempo él personalmente discipuló para formarlo como pastor del rebaño de Cristo, le escribió en su primera epístola dirigida a él: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia, / la cual profesando algunos, se desviaron de la fe” (1 Timoteo 6:20,21a).  Lo mismo le aconsejó a otro pastor y compañero del ministerio, llamado Tito, a quien le escribió: “Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho” (Tito 1:9).  Discutir con tonos profanos, aun usando la misma palabra de Dios para respaldar lo que decimos, causándoles sentirse mal o atacando y hasta ofendiendo a los que nos oyen, solo porque profesan una fe distinta a la nuestra, no es una buena actitud de parte de los que somos cristianos que evangelizamos, es una falta de respeto.

   En el caso de Jesús en su diálogo con la mujer samaritana, si él hubiese seguido los prejuicios de los judíos, ni siquiera hubiese caminado en los suelos, ciudades, y aldeas samaritanas.  Es más cuando los samaritanos de Sicar le pidieron que se quedara con ellos, “él se quedó allí dos días” (v. 40).  Pero, quiero que observen que Jesús, cuando escuchó la pregunta de ella: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí” (Juan 4:9), él no centró su conversación en la cuestión de las diferencias que había entre ellos.  Él pudo haberse puesto inmediatamente de lado de los judíos, pero antes que discutir ese punto, San Juan nos dice que: Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).  Si hubo alguna otra diferencia también iniciada por la samaritana, que no era esta cuestión social, sino religiosa con respecto al verdadero lugar sagrado donde se debe adorar, Jesús tampoco discutió, sino tranquilamente explicó lo que es y sabe, y explicó que todas esas vanas diferencias se deben terminar para ambas culturas.  Jesús mismo estuvo dispuesto a perder discusiones con la finalidad de ganar un alma para el reino de los cielos.

   Amados hermanos, tengamos cuidado en no agredir a las personas con nuestras palabras bíblicas o teológicas.  Recuerden que nuestro Señor Jesucristo nos envió no a ganar discusiones, sino a ganar almas para hacerlos discípulos de Cristo.  Hagamos nuestro otro consejo del apóstol Pablo a Timoteo cuando le dijo: el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; / que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, / y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Timoteo 2:24-26).

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, tenemos que ganar almas para el reino de Dios, o lo que es lo mismo tenemos que ir a hacer discípulos.  Tengan siempre presente que no se gana almas de manera automática ni de manera negativa.  Las almas se ganan cuando los evangelizadores estamos dispuestos a ser los primeros en perder nuestros propios problemas que pudiesen ser obstáculos para ganar personas para el evangelio de Cristo.  Tenemos que perder las comodidades a las que estamos acostumbrados, así como Jesús primero dejó su trono de gloria que bien se lo merece por lo que Él es, su lugar celestial que sin duda era grandemente confortable, pero decidió venir a vivir, caminar, y sufrir entre nosotros para traernos el plan de salvación de Dios.   Tenemos que perder los prejuicios que tanta obstaculización hacen para llevar a cabo nuestro deber de ganar almas.  Tenemos que perder la vergüenza de hablar del evangelio, porque no es cualquier cosa que deba avergonzarnos, sino que es el poder de Dios.   Y por último, si surge en una conversación, tenemos que perder cualquier discusión.  Jesús no nos envió a ganar discusiones sino a ganar almas para Él y su reino eterno y celestial.

   Seamos ganadores de almas al estilo de Jesús.

Dic 31

¿TE CONOCE JESÚS?, Por: Diego Teh.

¿TE CONOCE JESÚS?

Mateo 7:15-23; 25:1-12; Lucas 13:22-28.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Unidad en Cristo” de la col. Morelos Oriente, de Mérida, Yucatán; el domingo 31 de diciembre 2017, a las 18:00 horas.

   INTRODUCCIÓN: ¿Qué recuerda usted haber hecho para Dios durante este año que ha transcurrido? Tomando en cuenta a usted que es cristiano, ¿tuvo la oportunidad de compartir el nombre de Jesús por lo menos a 3 o 4 personas? Tomando en cuenta que usted es parte de esta iglesia. ¿colaboró en algún trabajo de limpieza, albañilería, plomería, electricidad, etc…? Tomando en cuenta que usted ha querido crecer espiritualmente, ¿hizo oraciones a favor de personas que tenían alguna necesidad espiritual o material? ¿invocó algunas veces a Dios en sus oraciones, desesperaciones y adoraciones? Tomando en cuenta que Dios le ha bendecido cada día, ¿ayudó a algún pobre, a algún enfermo, a algún huérfano, a alguna viuda? ¿dio limosnas a los que para sobrevivir no tienen otra opción que depender de la caridad de quienes tenemos pan para cada día? o ¿qué otra cosa que no mencioné, considera que usted hizo pensando que fue para la gloria de Dios? Probablemente usted ha hecho no solamente lo mínimo, sino que ha hecho bastante de todas estas cosas, y de otras que no mencioné.  Sin embargo, a pesar de todo lo que usted ha hecho, ¿cree y está seguro de que Jesús le conoce?, porque hay un montón de personas que hacen estas cosas y muchas más, pero Jesús no las conoce.  No es que no conozca sus nombres, sino que no los conoce como suyos.

   En una ocasión, Jesús les explicó a sus doce discípulos que: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. / Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? / Y entonces les declararé: Nunca os conocí; …” (Mateo 7:21-23a).  Amados oyentes, Jesús no conoce a una persona solo porque se congrega en una iglesia como la nuestra o en otra de su preferencia donde hoy usted no pudo ir.  Jesús no conoce a una persona porque esta buscó donde adorarle durante la pasada semana santa, o en este adviento reciente, o durante esta navidad, o porque haya hecho algo en su nombre, aunque sea durante los últimos 20 años.  Por eso, usted tiene que cerciorarse que él le conoce a usted.

   Basado en los diversos textos bíblicos: Mateo 7:15-23; 25:1-12; y Lucas 13:22-28, que hoy hemos leído, les voy a predicar que Jesús tiene sus propios criterios para dar por conocida a una persona. / ¿Cuáles son los criterios de Jesús para dar por conocida a una persona? / Hoy me propongo compartirles algunos criterios de Jesús con los que usted podrá darse cuenta si él le conoce a usted.

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   El primer criterio de Jesús para dar por conocida a una persona, es:

I.- QUE LA PERSONA DEBE DAR FRUTOS BUENOS DE SU RELACIÓN CON DIOS.

   Cuando Jesús previene a sus oyentes, acerca de la gente que con falsedad está infiltrada entre los que verdaderamente buscan y sirven a Dios, primeramente les describió como: “… vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mateo 7:15), y seguidamente explicó que: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16a).  Jesús los conoce, pero como lobos rapaces, porque los frutos de sus acciones son siempre y mayormente maldad, son siempre y mayormente pecado, por lo tanto, no son los apropiados para que él los conozca como sus discípulos.  Es a estas personas que Jesús les dirá: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23b).

   En las iglesias están escondidas muchas, pero muchas personas que aparentemente son ovejas de Dios, pero no lo son sino solamente son lobos vestidos de ovejas que, en vez de dar frutos buenos, siguen dando frutos malos. Mientras sus frutos sigan siendo malos, Jesús les va a decirles a ellos que no les conoce.  En la iglesia, siempre que una persona que llega, y tiene un encuentro real con Dios, Jesús le hace una nueva persona que procurará cada día dar frutos buenos que corresponden al haberse encontrado con Dios.  Pero, si luego de haber estado en una iglesia local, sus frutos siguen siendo malos, tal persona realmente no se encontró con Dios; y cuando llegue el día que tal persona se encuentre ante la presencia eterna de Jesús, lo único que escuchará de él es: No te conozco.

  • Jesús, pero si el 31 de diciembre del 2017 que fue un domingo, estuve en la iglesia “Unidad en Cristo” de la colonia Morelos Oriente, ¿esa también es tu iglesia, verdad?, porque dijeron que allí estabas, por lo que debes conocerme.
  • Señor, tengo que admitir que llegué tarde, pero ese día hasta me tocó hacer una lectura delante de todos. ¿No te acuerdas?
  • Aunque, la verdad nunca me gustó hacerme muy notorio, y ese día estaba sentado hasta atrás en la última fila, pero allí estaba, y creo que te debiste dar cuenta.
  • La verdad sí me salí antes de que finalice el culto, porque tenía amistades que me estaban esperando y también tenía que convivir con ellos; pero de que estuve en el culto, sí estuve. ¿Sabes?, diría Jesús: Es cierto, sí te vi, pero no te conozco.
  • Señor, ellos sí me conocen, pregúntales de mí. Ellos me pasaban lista en las reuniones congregacionales a las que también me gustaba ir. – Estarás en la lista de ellos, pero aun así, no te conozco.
  • Jesús, me llamo Manuel. Sí, tu nombre lo sé, pero no te conozco como mi discípulo.  No veo los frutos buenos que deberías tener. Lo único que he visto de ti son frutos malos.

    Estimado oyente, esto es lo que no queremos que le pase a usted.  Acérquese a Dios, por medio del nombre de su Hijo Jesucristo, siempre lleno de arrepentimiento, siempre con una confesión de sus pecados, siempre dispuesto a vivir congruentemente haciendo no lo malo sino haciendo lo que es bueno y agradable para Dios y aun para los que nos ven, porque es solamente a estas personas que Jesús conoce, a las demás no las conoce.  No ser conocido por Jesús, es tener las puertas de la eternidad cerradas para siempre.  Para que eso no le pase a usted, hágase discípulo, creyente, y siervo de Jesús decidido a vivir solo para él dando frutos buenos de su relación espiritual con Dios, de lo contrario, usted seguirá siendo un desconocido para él, y un perdido para la eternidad.

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   El segundo criterio de Jesús para dar por conocida a una persona, es:

II.- QUE LA PERSONA DEBE NO SOLO DECIR SINO TAMBIÉN HACER LA VOLUNTAD DE DIOS.

   Jesús, alertando a sus oyentes acerca de lo que sucede con los que son falsos que aparentan ser de Dios pero no lo son, les dice: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).  Observen esto: Si alguien que sabe invocar a Jesús, o aun directamente a Dios, diciéndole Señor, Señor, y aun con eso según Jesús, tal persona no” […] “entrará en el reino de los cielos”, debe haber una razón muy fuerte para ello.  Explicando esto, Jesús hace dos observaciones clarísimas: Primero, cuando les indica que: “No todo el que me dice: …, y segundo, cuando les puntualiza: “sino el que hace …”.  Dice y hace, son las palabras claves de esta explicación.  Los que no pueden entrar a su reino son los que solo saben decir cualquier cosa que parezca piadosa o aunque quizá ni lo sea, pero en la realidad estas personas no hacen la voluntad de Dios.  Personas así, son las que no son conocidas por Jesús.  El que solo dice y no hace la voluntad de Dios, realmente no es discípulo de Jesucristo, porque el discípulo después de aprender, dice y hace la voluntad de Dios.

   Si ustedes se dan cuenta, Jesús afirma que habrá personas que se quejarán con él reclamando lo que consideran su derecho, argumentando que hicieron cosas en su nombre pero antes que acciones solamente usaron palabras que supieron decir porque ya era parte de su vocabulario religioso. Según Jesús, “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” (Mateo 7:22).  Este argumento genera por lo menos tres preguntas que vale la pena analizar.

  • ¿Cómo habrán profetizado? Profetizar es sinónimo de predicar denunciando el pecado que hacen las personas. Así que predicar o profetizar no es una gran acción sino solo palabras que uno dice, que después el que lo dice debería vivirlo, pero si luego de decirlo no lo vive, entonces no es un verdadero discípulo de Jesús, que por eso Jesús no le conoce. Saber decir, predicar o profetizar, no es evidencia de ser conocido por Jesús.  Así que quienes predicamos la palabra de Dios tenemos que recordar que quien predica no solamente debe saber decir la verdad sino también vivirla.
  • ¿Cómo habrán echado fuera demonios? Echar fuera demonios consistía en decir palabras de reprensión a los demonios que salieran de la persona que estaba poseída. Realmente no había mucha acción, sino eran más palabras que acción, porque quien finalmente expulsaba a los demonios es el poder del nombre de Jesús, no el poder de la persona que dijo las palabras adecuadas.  Por si acaso, el exorcista debió haber ayunado y hecho antes o al momento, alguna oración.
  • ¿Cómo habrán hecho milagros en su nombre? Realmente tampoco implicaba acciones de esfuerzo humano, sino solamente usaban palabras que se dicen, como: En el nombre de Jesús, sé sano. En el nombre de Jesús, ponte de pie.

     Amados oyentes, Jesús ha aclarado que las palabras que uno dice, aunque tuvieran un sentido religioso, cristiano, o bíblico, no tienen valor para garantizar que por ello uno sea conocido como su discípulo.  Ninguno se confíe que ha quedado bien con Dios solamente porque sabe decir algunas o muchas palabras esenciales de la vida cristiana, porque solo decirlas sin acompañarlas de acciones congruentes y espirituales que reflejen obediencia a Dios o servicio al prójimo, no es lo que Dios espera.  Y en las iglesias, hay muchas personas con una labia extraordinaria, porque saben decir las verdades de una manera muy bonita, pero solo saben decirlas, mas después de decirlas a sus vecinos, amistades, y familiares, no hacen la voluntad de Dios. ¿Cómo van a ser conocidos por Jesús si solo saben decir y no hacer la voluntad de Dios?, pues caen en la misma categoría de los que Jesús mismo describió como “falsos” (Mateo 7:15ss).

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   El tercer criterio de Jesús para dar por conocida a una persona, es:

III.- QUE LA PERSONA DEBE ACERCARSE A ÉL EN EL TIEMPO OPORTUNO.

   En esta vida todo tiene un principio y todo tiene un fin. La oportunidad de ser conocido por Jesús es ahora que usted está vivo.  Es ahora que no ha llegado el momento de que Jesucristo vuelva a esta tierra por los que entonces estén vivos y sirviéndole con fervor.  Es ahora que no ha llegado el día del juicio final donde verificarás si te quedas en su reino o te vas al reino de las tinieblas y condenación eterna.  Observe usted en el versículo 22 y en el versículo 23 el tiempo en el que se corroborará si Jesús conoce o no conoce a los que lleguen a su puerta eterna.  Él dijo: “Muchos me dirán en aquel día” (Mateo 7:22), y luego dijo: “Y entonces les declararé…” (Mateo 7:23). ¿Qué bueno que será en aquel día y no ahora?  Esto no cierra la puerta a usted en este momento.  Esto deja ofrecida una oportunidad para que usted se acerque a Jesús para ser conocido.  Ahora es el tiempo oportuno para que usted se acerque a Jesús. La oportunidad no está cerrada para usted.

   En la ocasión que Jesús narró por medio de una parábola, la de las diez vírgenes, en las que 5 de ellas se prepararon con su lámpara para acudir a la sala de fiestas, dijo Jesús que: “…las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. / Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! / Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mateo 25:10-12).  Notaron ¿en qué momento les dijeron que no las conocía?  Después que se cerró la puerta.  En otra ocasión cuando Jesús animó a sus oyentes que esforzaran a entrar en la puerta de salvación, les hizo una breve comparación diciéndoles: “Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois” (Lucas 13:25).  Notaron ¿en qué momento les dijeron que no sabía de dónde eran?  Hasta después que fue cerrada la puerta.

   Estimados oyentes, si entre los presentes hay alguno que no está seguro de haber dado el paso de acercarse a Jesús para la salvación, hoy todavía es el tiempo oportuno para acercarse.  No se confunda usted.  Acercarse a un templo como este no significa automáticamente que usted se ha acercado a Jesús.  Estar en un culto como el que estamos ofreciendo a Dios, no significa que usted se ha acercado a Jesús. Usted tiene que invocar a Jesús, diciéndole: Señor Jesús, vengo a ti arrepentido de mis pecados. Sé que por ello no me conocías, ni podría yo entrar a tu reino celestial, por eso acepto que tú me salves de la condenación que merezco, y me des la oportunidad de entrar a tu reino que no merezco. Muchas gracias por darme esta oportunidad ahora antes de que llegue el día cuando ya no hubiese manera de ser aceptado en tu reino celestial. Amén.

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   CONCLUSIÓN:  Amados oyentes, gracias a Dios, hoy tenemos la dicha y el privilegio de haber llegado a este día final del año, y en unas cinco horas iniciaremos un año nuevo.  ¿Qué caso tiene que usted se emocione por el año nuevo, que usted haga una gran y espléndida fiesta a partir de esta media noche, y durante el día de mañana, si Jesús no le conoce como su discípulo?  No deje pasar más esta noche, no espere la próxima semana si acaso vive para entregar su vida a la fe y servicio de Jesús, para que usted sea su conocido.  Que su decisión de entregar su vida a Jesucristo esta noche, sea la mejor decisión que usted haya hecho este año 2017.  No espere usted ni siquiera mañana porque no puede saber si vivirá para entonces aprovechar la oportunidad de ser conocido por Jesús, porque si hoy deja pasar esta oportunidad, queda en riesgo y peligro de escuchar que usted no tiene parte en el reino de los cielos.  Conozco muchas personas que en años pasados después de haber compartido momentos emotivos en noche buena y en fin de año, en menos de un par de horas ya estaban en un hospital o en un ataúd rumbo a la funeraria.  No tenemos asegurada ni la salud ni la vida para mañana.  No se exponga usted al peligro, porque entonces en la eternidad usted estará desesperado diciendo: Jesús, ¿No te acuerdas que estuve en varias ocasiones en la iglesia “El Divino Salvador”, y en la congregación “Unidad en Cristo”, en cultos, en convivios, y hasta en reuniones congregacionales?  Ellos sí me conocen, te lo pueden confirmar.  Es más, yo en otras ocasiones fui a otras iglesias presbiterianas, la Bautista, a la de las Asambleas de Dios, a la del Nazareno, a la Metodista, a la Luterana, etc… Supe que estabas allí. ¿Eran también tus iglesias, no?  Amado oyente, todo esto es necesario pero no sirvió para que Jesús le conozca.

   Voy a concluir, recordándoles estas tres cosas: 1.- Que Jesús conoce como suyos solo a las personas que dan buenos frutos de su relación con Dios.  2.- Que Jesús conoce como suyos solo a las personas que no solo dicen, sino que también hacen la voluntad de Dios. Y 3.- Que Jesús conoce como suyos solo a las personas que se acercan a él en el tiempo oportuno que es ahora.

   Mis amados, Dios bendiga a todos.  Que este año que comenzará en unos minutos más, sea otro año de prosperidad para usted y su familia no solamente de cosas materiales, sino que también su alma prospere con las dádivas de Dios.

Dic 03

LEYES PARA FORMAR PARTE DEL REINO DE LOS CIELOS, Por: Diego Teh.

LEYES PARA FORMAR PARTE DEL REINO DE LOS CIELOS

Mateo 3:1-12.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la Congregación “Ebenezer” de la col. San José Tecoh, de Mérida, Yucatán; el domingo 03 de diciembre 2017, a las 18:30 horas; como tema del segundo domingo de Adviento.

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   INTRODUCCIÓN: No era la celebración de los días de adviento tal como ahora lo celebramos durante cuatro domingos antes de Navidad, a veces 21 o a veces 28 días, según nuestro calendario litúrgico cristiano.  Pero todos los israelitas desde tiempos del rey David, especialmente desde que desaparecieron los dos reinos que llegaron a constituir los israelitas (el reino de Israel o del Norte desapareció como reino desde 721 a.C; y el reino de Judá o del Sur desapareció como reino desde 606 a.C.); todo el pueblo de Dios estaba esperando la restauración del reino, esperando al Mesías divino que Dios enviaría a todo el pueblo descendiente de Jacob/Israel.  Podemos decir que también ellos estaban en su adviento del nuevo reino.

   En el contexto de nuestro pasaje bíblico, el Mesías prometido ya había nacido hacía 30 años, pero mucha gente no lo sabía.  Unos seis meses antes del nacimiento del Mesías, también nació un niño que fue llamado Juan, quien posteriormente por el oficio religioso que desempeñó fue conocido como Juan el Bautista.  Cuando este Juan tenía pocos meses después de haber cumplido 30 años, Dios lo llamó para ser profeta tanto para los judíos como para los demás israelitas.  Su mensaje estaba centrado en la relevancia del reino que los judíos y demás israelitas piadosos anhelaban tener.  En su mensaje, Juan se los proclamaba diciendo: “…El reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2).

   Hoy les predicaré acerca de este episodio de la historia bíblica, estando litúrgicamente en nuestro adviento esperando recordar no la fecha sino la realidad del nacimiento del mismo Mesías que trajo el reino de los cielos a este mundo.

   Basado en la parte del relato que hemos leído, Mateo 3:1-12, les voy a predicar que, el reino de los cielos es para toda persona que obedece las leyes divinas de este reino. / ¿Cuáles son las leyes divinas del reino de los cielos que toda persona que quiera formar parte de este reino debe obedecer? / En este mensaje les voy a compartir algunas de estas leyes divinas que toda persona debe obedecer para ser parte de este reino.

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   La primera ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

I.- EL ARREPENTIMIENTO FUNDAMENTAL.

   En primer lugar, observemos que la primera palabra que debió haber salido de la boca del profeta y bautizante Juan, fue: Arrepentíos”, al mismo tiempo que aclara que la necesidad de este arrepentimiento es: “porque el reino de los cielos se ha acercado. / Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Mateo 3:2-3).  También cuando dice: “Preparad el camino del Señor”, está enfatizando que toda persona debe prepararse para recibir al Señor del reino de los cielos, a Jesucristo.  Esta preparación es el arrepentimiento que prepara el corazón humano como camino para que el reino de los cielos sea establecido en el corazón de un pecador.

   Lamentablemente mucha gente, se prepara para recibir la navidad solamente como una ocasión social, olvidando al Señor de este reino de los cielos. Mucha gente se prepara, pero con dinero para poder darse algunos lujos y placeres convirtiendo esta divina ocasión, solamente en ocasión de fiestas, olvidando la necesidad e importancia de vivir con arrepentimiento.

   El arrepentimiento no fue establecido ni por Juan el Bautista, ni por institución o persona alguna sino por Dios desde los comienzos de la humanidad.  En toda la historia de los israelitas tanto en su tiempo de esclavitud en Egipto, como durante su peregrinaje en el desierto, así como en el tiempo de gobierno por medio de jueces y luego en su etapa de reino unido y aun dividido en dos, una y otra vez les fue requerido por Dios que procedan al arrepentimiento cuando descartaban a Dios de su agenda de vida.  Con la llegada de Jesús se sigue llamando a las personas al arrepentimiento como lo hizo Juan el Bautista a las multitudes.  Jesús mismo tuvo como énfasis en su ministerio la predicación del arrepentimiento (cf. Mateo 4:17).

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   La segunda ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

II.- EL BAUTISMO TESTIMONIAL.

   Mateo al describir la respuesta de la gente al llamado de arrepentimiento que proclamaba Juan el Bautista, relata: Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, / y eran bautizados por él en el Jordán” (Mateo 3:5-6a). Desde luego que cuando en una persona hay verdadero arrepentimiento, es su privilegio recibir el bautismo, pero nadie debe recibirlo sino hay en él un arrepentimiento confesado y evidente. Nadie que esté verdaderamente arrepentido debe quedar sin ser bautizado.  Toda persona arrepentida de su pecado debe recibir el bautismo. No aceptar el bautismo significa no estar verdaderamente arrepentido, pues si lo hubiera no habría objeción alguna para no aceptarlo.

   El bautismo, desde el comienzo de su práctica siempre fue como hasta el día de hoy, el símbolo cristiano del lavamiento espiritual que el Espíritu Santo de Dios realiza en la vida de una persona que verdaderamente está arrepentida de haber vivido o de estar viviendo inclinado a hacer lo que es malo.   El bautismo, desde los comienzos de su práctica, como hasta el día de hoy, ha sido también un acto público para comunicarle a la gente que uno ha abandonado y está abandonando cada día los ofrecimientos mundanos pecaminosos para entonces iniciar un caminar bajo las leyes del reino de Dios.  Es por eso que si uno está verdaderamente arrepentido no debe menospreciarlo sino recibirlo por lo que significa y por lo que testifica.

   Y para aclarar: El bautismo tampoco fue invención de Juan el Bautista, ni de la religión de los judíos, sino que fue establecido por Dios mismo por medio de Juan el Bautista, e instituido formalmente por Jesucristo como sacramento público con el cual una persona arrepentida da a conocer a todo mundo, que el Espíritu Santo de Dios está lavando, regenerado, y restaurando su vida por estar de acuerdo en renunciar su entrega al pecado.

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   La tercera ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

III.- LA CONFESIÓN DE PECADOS.

   Después de la descripción que dice: Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, / y eran bautizados por él en el Jordán” (Mateo 3:5-6a); Mateo añade que la gente además de recibir el bautismo de Juan, venían a bautizarse “confesando sus pecados” (Mateo 3:6b).  Esto es claro; Mateo no está diciendo que primero se bautizaban y luego confesaban sus pecados. Una persona que no está demostrando arrepentimiento, y que en consecuencia no confiesa sus pecados a Dios, no debe ser bautizada, y ni siquiera lo debe solicitar, a menos que primeramente se haya arrepentido de sus pecados.   La confesión de los pecados de aquellas gentes de Jerusalén, Judá, y demás localidades, no la presentaban a Juan el Bautista, sino a Dios.  En la actualidad la confesión de pecados también no tiene que ser presentada ni al pastor ni a otro oficial de una iglesia, sino directamente a Dios.

   Ser bautizado, o incluso tomar la santa cena, o recibir beneficios de una iglesia local, mientras en uno no haya arrepentimiento, y mientras no haya confesión de los pecados a Dios, las cosas externas o privilegios que uno reciba, a pesar de que sean legítimos comunicadores de los beneficios de la gracia de Dios, no van a hacer el efecto santificador que un miembro del reino de los cielos aquí en la tierra debe estar experimentando.

   Y otra vez recalco: La confesión de pecados no fue innovación de líderes religiosos del cristianismo, sino también de Dios mismo.  Es por eso que usted no tiene que confesarle sus pecados a persona alguna sino solo a Dios por la mediación del nombre de Jesucristo, por el cual y por quien uno recibe eficazmente el perdón de pecados.  Por eso, es necesario que una persona que pertenece o desea pertenecer al reino de los cielos, reconozca permanentemente su condición de pecador, y que no dominicalmente sino diariamente sea responsable en confesar sus voluntarios e inevitables y a veces involuntarios pecados. Nadie comete pecado una sola vez por semana, y no siquiera uno por día, sino inevitablemente pecamos en cada pensamiento, en cada palabra, y en cada acción, y necesitamos identificar cuál fue el pecado cometido, y confesarlo a Dios inmediata y oportunamente.

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   La cuarta ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

IV.- LA EVIDENCIA CON FRUTOS.

   Cuando Juan el Bautista observa que mucha gente estaba viniendo al río Jordán para recibir el bautismo, al mismo tiempo se da cuenta que muchos de ellos como también es evidente en la actualidad no había en ellos arrepentimiento, sino solamente buscaban ser vistos por la gente como si fueran personas verdaderamente piadosas, que en la realidad no lo eran.  Juan, a estas personas les exhorta diciéndoles: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, / y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras” (Mateo 3:8,9).  Muchos de aquellos estaban confiados en su estatus familiar por haber nacido en una familia cuyos ancestros fueron verdaderos piadosos y temerosos de Dios, a quienes Dios les tenía dicho que Él sería el Dios de sus descendientes.  Estos descendientes pensaban que por la fe de sus ancestros, y que por la misma promesa de Dios, automáticamente ellos ya tenían asegurada su aceptación por parte de Dios, aunque estos llevaran una vida impía sin arrepentimiento alguno.  Es entonces que Juan les dice: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento”.   Dios siempre quiere ver los frutos de una vida arrepentida.

   Jesús, a una de las iglesias mencionadas en el Apocalipsis que había fallado en su vida piadosa, recibe de Dios la instrucción: “…arrepiéntete, y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:5a).  Esto quiere decir que si en verdad hay arrepentimiento en los que se reúnen en determinada iglesia local, tal arrepentimiento debe evidenciarse en las obras, acciones, y conductas, de cada creyente en particular.

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   La quinta ley divina que toda persona debe obedecer para formar parte del reino de los cielos, es:

V.- LA CENTRALIDAD DE JESÚS.

   Juan el Bautista, a pesar de haber tenido un ministerio exitoso que nunca más ni antes ni después tuvo algún siervo de Dios, no se exaltó a sí mismo, sino que en sus mensajes públicos tenía que hacer una pertinente aclaración.  Él decía a la gente que ministraba: “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).  Siempre centralizó su proclamación no en él mismo, ni el fariseísmo o saduceísmo como se fuera proselitista de alguna secta o religión, sino en la persona según él decía, de “el que viene tras mí”, refiriéndose nada menos a uno mayor que profeta, a uno mayor que simple humano, a Jesús el mismo Hijo de Dios.

   En el reino de los cielos, el más importante no es ni un ser humano, ni el conjunto de personas que somos los hijos del reino, sino Jesús el Hijo de Dios, el Rey de Reyes.  El reino de Dios ya está presente en esta tierra mediante la obra de Jesús aplicada por su Espíritu Santo en el corazón de los seres humanos que vivimos con arrepentimiento día a día; por lo que es aquí en la tierra misma que debemos tener a Jesús como el centro de toda nuestra experiencia diaria y cotidiana. Jesús no solamente es y será el centro de atención en la eternidad, sino que también ahora y aquí en la tierra, en la casa, en la iglesia, en el trabajo, en la familia, en lo público y aún en lo secreto, el personaje central de toda nuestra experiencia, debe ser Jesús.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, la navidad nos recuerda la llegada de Jesucristo el Rey del Reino de los cielos, quien en su nacimiento y en toda su obra redentora nos trajo dicho reino a la tierra, o más bien trajo su reino a los corazones que se arrepienten, y que evidencian estar verdaderamente arrepentidos. Que estos días de adviento, mientras esperas el día y la temporada de la navidad, y aún después de estas temporadas litúrgicas del calendario cristiano, vive con arrepentimiento de los pecados que has cometido y estás cometiendo, y que no te hacen nada feliz.  Centra tu vida en Jesús porque solamente en él puedes formar parte del reino de los cielos, y porque solamente por él y en él puedes permanecer en este reino eterno.  No dejes de practicar la confesión diaria de tus pecados para recibir el perdón de Dios y así vivir santificado todos los días.  Demuestra con tu vida y acciones que de verdad estás arrepentido de pecar, porque ahora tu deseo no es el mundo y sus maldades, sino el reino de los cielos.