Oct 07

LA DISCIPLINA DE INTEGRARSE A LA IGLESIA, Por: Diego Teh.

LA DISCIPLINA DE INTEGRARSE A LA IGLESIA

Hebreos 12:18-24.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 7 de octubre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 12 de la serie: LAS DISCIPLINAS DEL HOMBRE PIADOSO.

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   INTRODUCCIÓN: Para el entendimiento del mensaje de este momento es indispensable recordar, y para quien nunca ha sabido este detalle acerca de la iglesia, es que existe la iglesia invisible y la iglesia visible.  La iglesia invisible está conformada por aquellos creyentes en Jesucristo que ya se nos adelantaron en la gloria celestial y que ya no los vemos, por eso les llamamos iglesia invisible, también conocidos como iglesia triunfante; y la iglesia visible, es la que está conformada por creyentes en Jesucristo que todavía están presentes aquí en la tierra, a quienes vemos en persona, y por eso les llamamos iglesia visible, también conocidos como iglesia militante.  Sin embargo, no son dos iglesias sino una sola que comienza aquí en la tierra como iglesia visible, y continúa en los cielos como iglesia invisible. La iglesia no solamente es una, santa, y apostólica sino también es eterna.

   También tengo que hacer la observación que actualmente, aunque quizá así ha sido en otras épocas, hay un marcado mal entendimiento acerca de la importancia de tener una relación personal con Jesucristo como experiencia suficiente para la salvación, sin embargo, eso no excluye la importancia de pertenecer a la iglesia visible de Jesucristo para hacer efectiva tal experiencia suficiente de salvación, pues nadie que diga creer y se excluya de la iglesia visible es verdaderamente salvo, porque la iglesia es Cristo mismo, en la dimensión de su cuerpo, también encabezado por él mismo.  El que cree en Cristo es considerado por él como parte de su iglesia no importando en qué lugar del mundo se encuentre, y espera de este creyente que sienta que pertenece a esta iglesia universal, pero si tal persona que al parecer es creyente se excluye de la iglesia, con tal actitud está rechazando a Cristo mismo cuyo cuerpo es la iglesia, y entonces es muy probable que tal persona ni siquiera sea verdadero creyente, pues creyente a su manera no es aceptable para el Dios que creó a la iglesia para que se incorporen sus creyentes.

   En este mensaje, es mi interés animar a todas aquellas personas que, en su propia manera de entender, piensan que son verdaderos cristianos, pero no quieren nada con la iglesia en su etapa visible y militante, pero como incongruencia piensan que serán de la iglesia invisible o triunfante, pero nadie, excepto los que crean en Cristo encontrándose en estado de moribundos, y otros imposibilitados físicos, podrán ser de la iglesia invisible, celestial, triunfante y eterna si primeramente no ha formado parte de la iglesia visible o militante.  Ser parte de la iglesia no solamente en lo celestial sino también en lo terrenal y presente, es la evidencia de pertenecer a Cristo, pues el que no pertenece a Cristo no estará en la iglesia invisible y celestial; y el que pertenece a Cristo querrá con todo amor, decisión, y responsabilidad integrarse voluntariamente a la iglesia visible de su área de residencia.

   Con todos estos antecedentes, hoy les voy a predicar que hay grandiosas y sublimes bendiciones que solamente se experimentan en la iglesia visible, las cuales deben motivarnos a desear pertenecer a la iglesia visible. / ¿Cuáles son las grandiosas y sublimes bendiciones que solamente se experimentan en la iglesia visible, las cuales deben motivarnos a desear pertenecer a la iglesia visible? / Basado en nuestro texto bíblico de Hebreos 12:18-24, les voy a exponer cada una de las siete grandiosas y sublimes bendiciones que se encuentran enlistados por el redactor de estas palabras apostólicas.

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   La primera grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a ella, es que:

I.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS A LA CIUDAD DE DIOS.

   Esta primera bendición es ampliamente explicada en el texto bíblico, por la vía de la comparación, comparando la experiencia humanamente no tan agradable para los israelitas desde su propia perspectiva, al haberse encontrado con Dios a los pies del monte Sinaí donde les fue dado los conocidísimos Diez Mandamientos.  La comparación, va así: “Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, / al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, / porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo; / y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando; / sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, …” (Hebreos 12:18-22a).  Esto último que enfatiza “sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, …”, es una fuerte ilustración acerca de lo que implica pertenecer a la iglesia visible de Dios aquí en la tierra.  Pareciera que, en verdad el apóstol estuviese describiendo nada menos que el mismo cielo, sin embargo, lo que está describiendo es la misma iglesia visible de aquí en la tierra, dando a entender que no se trata de un acercamiento como cuando alguien iba a la ciudad terrenal de Jerusalén donde Dios por muchos siglos manifestó estar presente en medio de todo su pueblo el país de Israel, sino que se trata de un acercamiento “a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, …”.  Claramente, aunque lo califica como “la celestial”, no dice que se trata literalmente de estar en cielo, sino también claramente indica que estar en la iglesia terrenal y visible, se trata de un acercamiento, pues dice: “os habéis acercado”.  Desde capítulos anteriores el apóstol autor de este texto está hablando de la pertenencia a la iglesia visible.  Así se puede apreciar desde el primer versículo de este capítulo 12, aunque de manera especial también es muy notorio en los versículos 12 al 17 que está hablando de la iglesia en conexión con Jesucristo quien debe ser el centro de nuestra atención. No está hablando de Cristo sin conexión con la iglesia.

   Amado creyente en Jesucristo que no sabía u olvida el valor y la importancia de ser parte de la iglesia visible de Jesucristo, que no sabía que el integrarse a la iglesia visible de Dios aquí en la tierra es un acercamiento al mismo cielo, lugar que es descrito por el apóstol en lenguaje figurado como la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, …”.   Es un lugar que sin duda usted anhela conocer, pero ¿cómo se acercará usted a Dios, a su cielo, y a su iglesia celestial por ahora invisible, si ahora aun cuando dice creer en Jesucristo (y de verdad no dudo de ello), no es de su interés pertenecer ni siquiera a la iglesia visible de Jesucristo aquí en la tierra?  Quizá usted me va a responder, pues por medio de Jesucristo.  Sí, eso es verdad, pero la iglesia es el cuerpo de Jesucristo, es parte de Jesucristo mismo, es Jesucristo mismo presente en la vida de sus creyentes.  Si usted no está en la iglesia, es igual que decir que usted no está en Cristo, porque los que están en Cristo no menosprecian la iglesia visible porque universalmente pertenecen a ella, y localmente de manera voluntaria se unen a ella porque entienden que pertenecen a ella.

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   La segunda grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a ella, es que:

II.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS A LOS ÁNGELES.

   Siguiendo la conexión con la frase: “os habéis acercado”, el apóstol que escribió a los hebreos añade un segundo objetivo de acercamiento, diciendo que es (véanlo a partir de la segunda mitad del versículo 22) “a la compañía de muchos millares de ángeles” (Hebreos 12:22b). ¿Tantos ángeles habrá en el cielo?  Cuando el profeta Daniel tuvo una visión acerca de Dios, le identificó como un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. / Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él” (Daniel 7:9,10).  Estos seres que le servían no eran humanos, sino ángeles, y su cantidad es descrita primero por “millares de millares” pero no pocos sino muchos “millares de millares”, y luego es descrita su cantidad por “millones de millones”.  El apóstol a los hebreos usa los mismos términos para referirse a la presencia de estos aquí en la tierra cuando junto con Dios intervienen en algún evento trascendente.  ¿Qué tan importante será que nos acerquemos a ellos?  Ellos hacen lo mismo que nosotros deberíamos estar haciendo.  En la visión de Daniel, él descubrió que todos aquellos “millones de millones”, que “asistían delante de” Dios, “le servían”.  Ese es su distintivo perfecto, que nosotros todavía no alcanzamos aquí en la tierra, ni en la iglesia, y menos fuera del cobijo de la iglesia.  Conocerlo a ellos, será unirnos a ellos quienes también son nuestros celestiales consiervos en el servicio a Dios.

   Hay diversos relatos bíblicos que nos indican cómo ellos sirven a Dios, y nos ha sido dado a conocer para saber que un día seremos como ellos, excelentes siervos junto con ellos. El mismo apóstol a los hebreos en una pregunta a la vez afirmativa dice con respecto a los ángeles: son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación” (Hebreos 1:14).  O sea, que nos ayudan a nosotros los cristianos, y por ello vale la pena encontrarnos con ellos para conocerles bien allá en los cielos.

   En las palabras con las que Moisés bendijo a los israelitas en una ocasión cercana a los días de su muerte, él no usó la bendición Aarónica o sacerdotal que ya se usaba en ese tiempo, porque a él no le correspondía usar tales palabras de bendición, sino que usó una bendición propia con un estilo poético, en el que se incluye información que nos conviene saber acerca de los ángeles. En las primeras palabras de esta larguísima bendición, primero se refiere a la ocasión cuando Dios vino al monte Sinaí a entregarle a Moisés los Diez Mandamientos, y dice acerca de Dios: “Y vino de entre diez millares de santos, con la ley de fuego a su mano derecha” (Deuteronomio 33:2).  Lo primero que se resalta en esta descripción es que Dios no tiene solamente dos o tres de ellos, sino millares, pero tampoco son solamente dos, o tres, o cuatro, o cinco millares, pues solamente en esta descripción Moisés nos habla de “diez millares” de ellos.  Lo segundo que se resalta en la descripción de Moisés es que estos ángeles son considerados “santos”, el estado integral al que nosotros también aspiramos.  Observen también cómo estos ángeles no están ajenos a los eventos terrenales en los que Dios toma participación de manera directa. Han estado interesados por el bien del ser humano, pero no siempre son perceptibles al ojo humano a menos que ellos se hagan visibles tomando alguna forma generalmente con apariencia humana.

   Cuando el rey y salmista David expresa un cántico en el que resalta que el Dios que se manifestó en el Sinaí, sigue a los israelitas donde sea que se encuentre el tabernáculo o por lo menos el Arca del Pacto que David tuvo el honor de rescatar y transportar a la ciudad de Jerusalén, él dijo: “Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares; el Señor viene del Sinaí a su santuario” (Salmo 68:17).  No eran literalmente “carros” o carretas, y aunque fuesen literalmente “carros” no son carros sin piloto que se conducían solos, y tampoco eran conducidos por seres humanos sino por ángeles.  En el Sinaí vinieron al parecer solo unos “diez millares” de ángeles (cf. Deuteronomio 33:2), pero en esta procesión de traslado del Arca del Pacto, que David presidió unos 500 años después de haberse creado el Arca de Pacto que originalmente estuvo en el tabernáculo, estuvieron nada menos que al parecer varios grupos de “veintenas de millares de millares”, quizá una centena o algún millón de ellos.  Debe ser para ellos un honor acompañar a Dios, e incluso venir a la tierra a servirnos por instrucciones de Dios.

   Amados creyentes en Cristo el Salvador y creador de la iglesia, ahora que pertenecemos a la iglesia de Dios, nos estamos acercando a ellos.  Es verdad, ellos no serán lo más relevante que conoceremos allá en los cielos, sino Dios y su Santo Hijo Jesucristo, pero ellos serán parte de nuestra nueva confraternidad de santos con los que serviremos a Dios por la eternidad.  No solamente nosotros estamos enfocados en Dios, sino “millones de millones” de ángeles también están enfocados en Dios. ¿Esto no te motiva también a enfocarte en servir a Dios en su iglesia visible, sabiendo que es solamente por medio de su iglesia que uno se acerca a Dios, a los cielos, y a los santos ángeles?

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   La tercera grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a la iglesia visible, es:

III.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS A LOS QUE YA ESTÁN EN LOS CIELOS.

   Ahora, pasando al versículo 23 el apóstol nos sigue sorprendiendo de que nos hemos acercado, ¿a quiénes?  a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos” (Hebreos 12:23a). Esta descripción expresada por el apóstol es una referencia nada menos a los creyentes en Jesucristo que antes pertenecieron a la iglesia visible, y que ahora están “en los cielos”.  Son una “congregación”, que sin duda sin los problemas terrenales que tienen las congregaciones de creyentes en las iglesias aquí en la tierra. Son llamados “primogénitos”, lo cual no quiere decir que solo son los primeros hijos de cada matrimonio, sino es una referencia de que ellos son los primeros que tuvieron el privilegio de entrar a los cielos, antes del gran día del regreso de Jesucristo cuando no quedará ni uno solo aquí en la tierra que habiendo creído no vaya a entrar en los cielos.  Ya están allí “en los cielos”, mientras en la iglesia visible, por medio de Cristo, nos estamos acercando a ellos.  El día de nuestro encuentro y reunión con ellos cada vez está más cercano, lo cual puede darse ya sea con nuestra muerte o con la venida de Cristo; lo que ocurra primero.  Cualquiera de estos dos eventos que ocurra primero, garantiza nuestro encuentro con “la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”.  Ellos son nuestros hermanos que nos precedieron en entrar al cielo de Dios.  Primero estuvieron en la iglesia visible de aquí en la tierra, y luego pasaron a la iglesia invisible.  Pasaron por el mismo proceso en el que todo aquel que es creyente en Jesucristo debe de pasar.  Nosotros estamos en ese proceso, y también estamos yendo hacia ellos.  Son nuestros hermanos.  Ellos nos están esperando allí.  Entre ellos incluso tendremos el privilegio de ver y tener junto a nosotros a nuestros seres queridos que como nosotros fueron fieles creyentes en Cristo.

   Amados creyentes en Jesús el Hijo de Dios, es solamente estando en la iglesia visible de Jesucristo que nos acercamos a ellos con los creyentes que están en la iglesia invisible en la eternidad, pues estando fuera de la iglesia visible nadie se acerca a estos hermanos que se han ido primero a los cielos.  Quizá usted ahora no está tan emocionado de encontrarlos de nuevo a ellos, porque cuando usted conoció a quizá a muchos o quizá solo a algunos de ellos aquí en la tierra los conoció como pecadores que no satisficieron los ideales de carácter que usted esperaba ver en ellos, pero habiendo ellos también creído en Cristo, ahora ya están en los cielos, por lo que encontrarlos en los cielos será una de las experiencias grandemente agradables que tendremos por toda la eternidad.  Por eso, vale la pena y es necesario pertenecer ahora a la iglesia visible aquí en la tierra, pues solo perteneciendo a la iglesia, que es el cuerpo de Cristo, nos acercamos a ellos.  Obviamente, ellos no son lo más importante que encontraremos, pero ellos serán parte de los grandiosos y sublimes beneficios que disfrutaremos los que no menospreciamos la utilidad de la iglesia que Dios diseñó para la función de preservarnos en la fe.

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   La cuarta grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a ella, es que:

IV.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS A DIOS “EL JUEZ DE TODOS”.

   Ahora observemos la segunda parte del versículo 23, que siempre se conecta con la frase “os habéis acercado” que se mencionó desde el versículo 22.  Su sentido completo realmente es: “os habéis acercado […] a Dios el Juez de todos” (Hebreos 12:22a, 23b).  Por la naturaleza del desarrollo de este mensaje, no voy a tratar acerca del derecho de Dios de ser “Juez de todos”, sino solamente al énfasis de que cada vez nos estamos acercando “a Dios”.  Es verdad que Cristo es quien nos acerca a Dios por la virtud de su sacrificio que fue perfecto y aceptado por Dios como suficiente.  Es a esto que se refiere el apóstol Pedro cuando dice de Cristo, que: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (2 Pedro 3:18a).

   Pero, también es verdad que siendo Cristo el que nos lleva a Dios, creó su propia iglesia en la cual desea que todos estemos integrados, “para llevarnos a Dios”.  Es toda la iglesia que es llevada a Dios.  Es verdad que los que mueren antes que Cristo vuelva, estos, se van de manera individual a presentarse delante de la eterna presencia de Dios, pero el día que Jesús volverá, no volverá solamente por un grupito de su iglesia, sino que vendrá por todos.  Cristo vendrá por las personas que pertenecen a su iglesia, para entonces llevarnos definitivamente a la presencia eterna de Dios.  Es por eso, que cuando llegue el momento del regreso de Cristo, explica el apóstol Pablo que: Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:17).  Estos: “nosotros los que vivimos”, se refiere a los que están integrados a la iglesia por ser de Cristo, no a los que están fuera de ella, porque no se puede ser de Cristo y estar fuera de la única iglesia, pues no hay dos iglesias, ni autorización para ser un cristiano sin iglesia.

   Amados creyentes en nuestro Señor y Salvador Jesucristo, es por medio de Cristo y perteneciendo a su iglesia visible que una persona se dirige a Dios.  En la iglesia, siempre en Cristo, nos acercamos a Dios.  ¿No es esto también una motivación para integrarse a la iglesia visible? pues dice el apóstol Pablo a los Efesios que todo lo que Cristo ha estado haciendo por su iglesia visible aquí en la tierra es “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:27).  ¿A quién va a presentar Cristo a sí mismo para que sea una iglesia gloriosa?  A la iglesia actual que todavía no es gloriosa, pero es a la iglesia, no a personas individuales que nunca se integraron a la iglesia.

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   La quinta grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a ella, es que:

V.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS A LA IGLESIA TRIUNFANTE.

   Ya les he estado hablando acerca de la iglesia triunfante prácticamente desde el comienzo de este mensaje, y aunque no lo enfaticé cuando les expliqué acerca de la bendición de estarnos acercando con “la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”, o sea, los que se nos adelantaron, ellos ya son la iglesia triunfante, para empezar porque ya están “en los cielos”.  Pero, hay algo más por el cual son triunfantes, y es porque el apóstol dice de ellos que son: … los espíritus de los justos hechos perfectos” (Hebreos 12:23c).  Estos llamados “espíritus de los justos”, son los mismos a quienes antes ha descrito antes como “primogénitos”, pero en esta descripción dice que estos “espíritus de los justos” son “hechos perfectos”.  Estos es lo que esencialmente les hace triunfantes, y es hacia ellos de quienes dice también que “os habéis acercado” (Hebreos 12:22a).

   Aunque la iglesia visible y militante, por haber creído en Cristo, estamos siendo restaurados a la imagen de Cristo para ser como Cristo, dice también el apóstol Pablo acerca de los que creemos en Cristo, que Dios “a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29).  Esta realidad está ocurriendo en nosotros poco a poco a cada día, pero mientras estemos aquí en la tierra, y aunque estemos en la parte visible de la iglesia, no recibimos una perfección absoluta.  Eso ocurre solamente cuando una persona que es creyente en Jesucristo llega a los cielos de la eternidad.  Es allí que se hace absoluta su perfección, y se integra a la iglesia triunfante y perfecta.  Es a esta perfección que se refiere el apóstol Juan en la revelación que recibió de su visión del cielo cuando de los creyentes que ya están allí dice: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).  Esto es, nada menos que la perfección ideal que tanto nos hace falta aquí en la tierra.  Ellos ya lo tienen, ahora nosotros la iglesia visible, y solo la iglesia visible, también vamos para allá, igualmente para ser “hechos perfectos”.  Nadie que no pertenezca a la iglesia visible irá para allá para ser “hecho perfecto”.

   Amados creyentes en Cristo, por afirmación de estas palabras del apóstol a los hebreos, así como del apóstol Pablo, nosotros los creyentes actuales nos hemos acercado y nos seguimos acercando al beneficio de ser “hechos perfectos” en la iglesia triunfante que está en los cielos.  Pero, este beneficio es solamente para quienes ya pertenecen a la iglesia visible y militante aquí en la tierra. ¿No es esto una motivación para ser un creyente interesado en integrarse a la iglesia visible, del cual esta iglesia donde usted escucha este mensaje, es parte del sector visible de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo?  Si alguien ha estado pensando que ser cristiano es solamente creer en Cristo, y vivir su fe separado de la iglesia, está en un error.  El que cree en Cristo, también se une a la iglesia visible.

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   La sexta grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a ella, es que:

VI.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS A JESÚS EL MEDIADOR.

    Es tan real que Jesús el Mediador está con nosotros y en nosotros.  Está en y con toda la iglesia, pero también está en el corazón de cada creyente que forma parte de su iglesia; sin embargo, Jesús para nuestra plena percepción acerca de él, solamente será en la eternidad allá en los cielos.  Es por eso que el apóstol a los hebreos, igual nos indica que “os habéis acercado […], a Jesús el Mediador del nuevo pacto” (Hebreos 12:22a, 24a).

   En esta tierra, aunque estamos en la iglesia, lo único que está ocurriendo es que la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, hace que la presencia de Jesús, así como del mismo Padre celestial esté en y con nosotros.  Cada una de las personas divinas, Padre, Hijo, y Espíritu Santo son un solo Dios, y no pueden ser divididas por nada, sino no serían un solo Dios, serían dos o hasta tres Dioses, pero la realidad es que juntas sus tres personas, son un solo Dios.  Esto explica que por haber creído en Cristo, el Espíritu Santo comenzó a morar en nuestra vida, y por lo tanto siendo parte de un Dios indivisible, Jesús también está en nuestra vida, el Padre también está en nuestra vida.  Es tan real, pero estamos limitados a no percibir toda su naturaleza.  Esta percepción absoluta, solamente será posible cuando termine nuestra función aquí en la iglesia visible, y pasemos a la iglesia invisible y triunfante en los cielos.  Mientras tanto, nos estamos acercando a Jesús el Mediador.

   Amados creyentes en Jesucristo, vuelvo a repetir la misma pregunta: ¿No es esto una motivación para que anhelemos pertenecer a la iglesia actual y visible de Jesucristo, en el cual juntos nos vamos acercando a la completa percepción sensible y visual de la persona y ser de Jesús el Mediador, quien también dio su vida por nosotros, y al mismo tiempo nos salvó?

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   La séptima grandiosa y sublime bendición que solamente se experimenta en la iglesia visible, y que debe motivarnos a desear pertenecer a ella, es que:

VII.- EN LA IGLESIA NOS ACERCAMOS AL PERDÓN EN CRISTO.

   Como último detalle a observar en el texto bíblico que estamos analizando, es que el apóstol a los hebreos afirma a los creyentes que: “os habéis acercado […], a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:24b). ¿Qué querrá decir estas palabras que comparan la sangre de Jesucristo, con la sangre de Abel derramada por haber sido asesinado aquí en la tierra por su hermano Caín?  El apóstol dice que la sangre de Jesús “habla mejor”. ¿Qué es esto de que la sangre habla, y que tanto la de Abel como la de Jesús hablan?  Cuando Caín hubo matado a su hermano Abel, Dios habló a Caín y le dijo: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10).  Esta voz o este clamar (o clamor) al que Dios se refiere, y que Dios la adjudica a la sangre de Abel, es la necesidad natural de justicia por alguien que ha sido víctima de haberle sido quitada la vida por otra persona con premeditación, alevosía, y ventaja que no tenía el derecho de hacerlo.  Eso es lo que hablaba delante de Dios la sangre de Abel.

  Pero, la sangre de Jesús derramada, que el apóstol describe también como “rociada”, cuando dice que “habla mejor”, es porque Jesús no está reclamando justicia a su favor, sino está pidiendo a su Padre celestial que los que creamos en él, recibamos el perdón de nuestros pecados, la santificación de nuestra vida, la limpieza de toda mancha de pecado que nos afecta para mal en nuestra vida.  Es esto que afirma el apóstol Juan en su primera epístola universal cuando con respecto a Dios el Padre y su Hijo, dice: “y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7b).  Esto, se hace una realidad cuando confesamos nuestros pecados, pero lo tenemos qué confesar todos los días, y cuántas veces sea necesario y posible, porque una y otra vez vamos a necesitar en nuestra vida los efectos perdonadores de la sangre de Cristo.  La sangre de Cristo, “habla mejor” para rogar con garantía nuestro perdón.  Este perdón cotidiano que necesitamos se da al mismo tiempo que estamos unidos a la iglesia.  No es la iglesia la que perdona, sino Cristo, pero Cristo perdona a los mismos que por él se han integrado a la iglesia.  Así que la iglesia visible es el mejor lugar a donde podemos acudir en busca y procuración del perdón de Dios por la sangre de su Hijo Jesucristo que “habla mejor”.   Aquí en la iglesia nos hemos acercado […], a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:24b).

   Amado creyente en Jesucristo, fuera de la comunión de la iglesia visible y militante de Jesucristo, no hay perdón de pecados.  Usted no encontrará perdón de pecados en el estadio deportivo cuando evade pertenecer a la iglesia, porque todo el personal y asistentes del estadio no son el cuerpo de Cristo, no lo encontrará en los clubes de altruismo en el que usted quiera canalizar toda su notable bondad, pues los clubes no son el cuerpo de Cristo.  Solamente en la iglesia, uno se acerca a “la sangre” que otorga el perdón de Dios.  Y usted necesita del perdón de Dios una y otra vez.

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   CONCLUSIÓN: Amado hermano, creyente en Jesucristo, voy a concluir, invitándole a que se una formalmente a esta amada iglesia de Cristo, pero ya, ahora, no lo piense más.  Que el día de hoy sea el comienzo de una integración formal de usted a la iglesia visible de Cristo.  Asista fielmente, y tan pronto haya oportunidad de integrarse a la clase de membresía o catecúmenos de la iglesia, intégrese también a esa clase.  La iglesia no fue un invento de los misioneros que llegaron a nuestro país hace 146 años en 1872.  No fue invento del misionero Maxwell Phillips que llegó a Yucatán en 1886 hace 132 años a establecer la primera iglesia evangélica y presbiteriana de esta ciudad de Mérida y de toda la Península de Yucatán.  La iglesia fue creada por Dios, establecida por su Hijo Jesucristo para que por su propio Hijo seamos conducidos a todos los beneficios presentes y venideros que Dios de su pura gracia decidió darnos para gozar de Él para siempre

   Dios quiera que, a partir de ahora, usted ame pertenecer a la iglesia visible de Cristo. ¿Nos estaremos viendo aquí de manera regular, constante, y perseverante en esta iglesia local de la iglesia visible y militante, que a la vez pertenece a la iglesia universal?  Usted tiene tantos incentivos para integrarse a la santa iglesia de Cristo Jesús.

May 08

DIOS NOS ESPERA EN UNA CIUDAD CELESTIAL, Por: Diego Teh.

DIOS NOS ESPERA EN UNA CIUDAD CELESTIAL

Apocalipsis 21:1-7.

Bosquejo elaborado y predicado por el Pbro. Diego Teh, durante el velorio de su tía política doña María Mónica Tun Un, el día martes 08 de mayo 2018, en su domicilio conocido, de la pequeña comisaría de San Felipe Nuevo, de Tinum, Yucatán; estando presentes muchos vecinos, sus herman@s: Felipe de Xkopteil, y esposa; Paulina y esposo; Concepción; Victoria y esposo; y Artemio y esposa; todos estos de Mérida; su viudo don Javier Cen; sus hijos Víctor y Marcos, y sus respectivas esposas; su hija Guadalupe y esposo; sus consuegros; y hermanos de las iglesias presbiterianas de Pisté y de Kaua.

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   INTRODUCCIÓN: ¿A alguno de los presentes les gustaría ir a vivir a alguna ciudad, como Mérida, Valladolid, Tizimín, o hasta en la ciudad de México, etc…? Quizá a alguno, sí, ¿verdad?  Pero, hay a quienes también por nada del mundo irían a vivir en alguna ciudad.  En la actualidad mucha gente está abandonando los pueblos para ir a vivir a las ciudades, aunque algunas de ellas no se acostumbran y regresan a sus comunidades de origen, o por lo menos después de muchos años de estar en la ciudad deciden regresar a donde antes vivían.  Las ciudades siempre tienen oportunidades de superación en el estudio, en el trabajo, en la vivienda, en la inversión, y en otras muchas cosas, pero las costumbres diversas de las ciudades, influyen en la manera de pensar, en la conducta social, y hasta en la vida espiritual de las personas.  En la ciudad mucha gente no conoce más que de vista a sus vecinos, pues en muchos casos la gente ni siquiera conoce por nombre a su vecino de a lado. La gente la mayor de las veces ni se habla ni se saludan al verse en la calle, y hasta de repente uno deja de ver a sus vecinos para luego enterarse que hace tiempo que habían fallecido, y ni siquiera lo supimos. Por esto, y por más, a mucha gente sé que no le gustaría vivir en una ciudad. Es necesario tener un profundo interés por conservar las buenas costumbres y buenos hábitos, para que la ciudad no cambie nuestros buenos valores cristianos y sociales.  En la ciudad, los predios son lotes de pequeños metros cuadrados y son muy costosos, que no son nada comparables con los grandes solares que ustedes tienen por mecates y hasta por hectáreas como viviendas donde al mismo tiempo pueden sembrar y cosechar maíz, frijol, ive, sandía, melón, calabaza, árboles frutales, etc… lo que hace muy deseable vivir aquí y no en la ciudad.

   Sin embargo, la Biblia nos habla de un proyecto de Dios de llevar a todos los creyentes en Jesucristo a vivir a una ciudad celestial que en el libro del Apocalipsis capítulo 21 se describe por el apóstol Juan como “la nueva Jerusalén” (Apocalipsis 21:2), ciudad que debe ser deseada por todos por ser una ciudad totalmente distinta a toda ciudad conocida aquí en la tierra hasta el día de hoy, porque es una ciudad eterna, donde ocurren solamente cosas buenas que no ocurren en ninguna ciudad actual, ni en ninguna pequeña comunidad campesina como aquí donde hoy nos encontramos.  Pero, lo que voy a predicarles en este momento es que en la ciudad celestial de la nueva Jerusalén donde Dios espera a todos los creyentes ocurren realidades sublimes que nos convienen a todos. / ¿Cuáles son las realidades sublimes que ocurren en la ciudad celestial de la nueva Jerusalén donde Dios espera a todos los creyentes, y que son realidades que nos convienen a todos? / En el mensaje de este momento, les voy a compartir solamente tres de estas realidades sublimes.

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   La primera realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

I.- QUE ALLÍ DIOS SERÁ EL DIOS Y UNICO DIOS DE LOS HUMANOS SALVADOS POR SU HIJO JESUCRISTO.

   Cuando Juan apóstol, en su visión miró la ciudad de “la nueva Jerusalén”, al mismo tiempo escuchó “…una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).  Con estas palabras tanto al apóstol como a nosotros que leemos las palabras que él escuchó, nos queda claro que en aquella ciudad celestial donde Dios espera a los creyentes, Dios y solamente Él será el único Dios que estará presente.  Su presencia es mucho más plena que la que actualmente percibimos aquí en la tierra. ¿No es esto algo verdaderamente sublime?  Allí, el único que estará presente para todos los sentidos humanos es Él. Los hijos de Dios no podremos ni siquiera pensar en ninguno de los falsos dioses que equivocadamente en nuestra ignorancia, o rebeldía y pecado, alguna vez habremos honrado aquí en la tierra.

   Algo interesante de esta explicación que el apóstol Juan escuchó, fue: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos”. ¿Qué significa esta descripción que Juan escuchó? Permítanme explicarles que alrededor de 15 siglos antes de Jesús cuando Dios liberó de Egipto a los israelitas para llevarlos a la tierra prometida, desde que hubieron salido, inmediatamente Dios les ordenó que construyeran un tabernáculo, un espacio rectangular muy similar al templo que después de construyó en la ciudad de Jerusalén, y muy similar a nuestros templos actuales, los que tienen una forma rectangular.  Una característica de aquel tabernáculo es que era portátil. Cuando Dios les indicaba que tienen que acampar y establecerse en algún lugar del camino hacia la tierra prometida, lo tenían que armar.  Cuando partían hacia otro lugar, lo tenían que desarmar, y muy reverentemente tenían que transportar cada pieza y mobiliario del tabernáculo.

   Pero, algo que ocurría en aquel tabernáculo, es que Dios como señal de que estaba presente con su pueblo, Él manifestaba estar presente mediante una pequeña nube espesa que fue conocida por los israelitas como La Shekiná, o nube de la gloria de Dios, nube en la que eventualmente salía una luz potente que comunicaba la santidad del Dios que estaba presente con ellos. Esta presencia siempre estuvo sobre aquel tabernáculo durante todo el tiempo que existió el tabernáculo, casi 4 siglos.  Luego se construyó un templo ya no portátil, sino cimentado en la ciudad de Jerusalén, donde aquella presencia de Dios siguió manifestándose durante mucho tiempo, hasta que un día la nube se fue, o sea que Dios se fue por causa de que su pueblo se hizo cada vez más rebelde.  Por causa del pecado, el ser humano no es digno de estar donde Dios está.  Así ocurrió también al principio cuando Adán y Eva pecaron.  En aquellos tiempos la presencia de Dios se manifestaba y localizaba en el huerto del Edén, pero por la desobediencia de ellos, Dios los sacó de su presencia del Edén, y para que no se acerquen a Él nuevamente, Dios puso quién sabe cuántos “querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados” (Génesis 3:24).

  Así fue también cuando su pueblo especial se hizo extremadamente rebelde. Literalmente la manifestación de aquella presencia de Dios se fue. Fue hasta varios siglos después cuando en vez de aquella nube, Jesucristo vino a nacer en este mundo. Jesús era nada menos que “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15).  Dios volvió. Es una buena noticia.  Por eso uno de los nombres proféticos que Isaías y el ángel Gabriel anunciaron fue “Emanuel” (Isaías 7:14), “Dios con nosotros” (Mateo 1:23).  Dios volvió no solo para los judíos e israelitas, sino para los elegidos de entre toda la humanidad.  33 años después, Jesús se fue, 50 días después vino el Espíritu Santo cuya presencia y poder sigue vigente hasta el día de hoy, regenerando personas para entregar sus vidas a Jesucristo.  Todos los que por la obra del Espíritu Santo crean en Jesucristo, serán esperado en “la nueva Jerusalén”, donde se nos dice que Dios está allí, no de paso sino establecido allí por toda la eternidad, pues la voz que Juan escuchó dijo de Dios que: “él morará con ellos”, y “Dios mismo estará con ellos”. ¿No es esto verdaderamente sublime?

   Nuestra hermana y ser querido María Mónica, ya conoce al Dios no conocido, de quien los cristianos tanto hablamos aquí en la tierra.  Ella ya conoce en estos momentos eternos para ella, al Dios que la amó mucho para la eternidad y la eligió para capacitarla con la fe con la que ella creyó en Dios y su Hijo Jesucristo.  Además ya conoció en este momento a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de quien también tanto hablamos.  Ahora, ya no son solamente palabras, sino una realidad divina, eterna, y sublime para ella.  Ahora, nos toca a nosotros perseverar en la fe cristiana en Jesucristo para también ir a “la nueva Jerusalén” donde Dios nos está esperando, para ser eternamente nuestro Dios.

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   La segunda realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

II.- QUE ALLÍ HAY UNA VIDA DE CALIDAD CELESTIAL NUNCA ANTES CONOCIDA POR NUESTRA EXPERIENCIA ACTUAL.

   El día de ayer muchos yucatecos que usamos celular, y que estamos suscritos a cierto portal de noticias, habremos recibido como mensaje, una noticia que se titula: Mérida es la ciudad mejor administrada del país[1].  Esto lo dijo el actual presidente municipal de Mérida Mauricio Vila Dosal, obviamente ya que ahora también es candidato a la gubernatura de nuestro estado de Yucatán, pues tiene que decirlo así como un recurso para que se genere confianza y voto a su favor en las próximas elecciones del 1 de Julio.  Parte de lo que él dijo, fue: “No es casualidad que Mérida, durante mi gestión, haya sido la mejor ciudad para vivir de México; la más segura y la más transparente. La mejor carta de presentación que tengo es mi trabajo como Presidente Municipal”.  Obviamente, repito, es su recurso político para intentar obtener votos.

   Pero, aunque Vila Dosal tenga razón en decir que Mérida, durante su gestión, “haya sido la mejor ciudad para vivir de México”, y aunque deja abierta la opción de que en cada país siempre ha de haber una mejor ciudad dónde vivir, todo esto queda corto en comparación con la nueva Jerusalén como el mejor lugar para vivir no por unos cuántos años sino por toda la eternidad. Al respecto de la nueva Jerusalén, el apóstol Juan escuchó una gran voz del mismo cielo que decía no solamente que Dios estaría allí, sino que allí: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4). Cuando uno llega allí, recién salido de este mundo donde nunca nada fue fácil, uno lleva en el alma un cúmulo de dolores y sufrimientos, pero llegando allí, dice la voz que habló en nombre de Dios (cf. v. 3a), que: “enjugará Dios toda lágrima”.  Esto es una realidad sublime de la ciudad celestial de la nueva Jerusalén, que sin duda que todos necesitaremos por ser un gran gesto de Dios que sin duda nos colmará de paz para siempre.

   Pero, igualmente, hay más realidades sublimes que allí ocurren.  Por ejemplo, allí “ya no habrá muerte, ni habrá llanto, ni clamor, ni dolor”.  Todo esto son cosas que aquí en la tierra desde recién nacidos nos acompañan durante toda nuestra vida; realidades que no ocurren en ninguna de las mejores ciudades del mundo, ni en las mejores para vivir, ni en las mejores en tecnología, en servicios médicos, etc…; pero que sí ocurren en esa ciudad donde Dios nos espera.  Nuestra hermana, y ser querido María Mónica, ya está disfrutando ahora mismo desde anoche a las 7:00pm, estas sublimes realidades que también nos llenan de consuelo en medio de la tristeza que nos causa el ya no tenerla ahora entre nosotros.  Ahora nos corresponde desear y buscar en Jesucristo el único Hijo de Dios, estas sublimes realidades que sólo él puede hacerlas realidad también para nosotros.

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   La tercera realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

II.- QUE ALLÍ JESUCRISTO ES QUIEN TIENE EL HONOR DE REINAR A FAVOR DE SUS REDIMIDOS.

   El apóstol Juan estuvo intensamente atento con sus oídos y con su mirada.  De repente dirige su mirada en un punto especial de “la nueva Jerusalén”, y nos dice: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. / Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21:5, 6a).  Lo primero que notamos es que había alguien “que estaba sentado en el trono”, y es nada menos que Jesucristo.  Lo reconocemos así, porque él es el único que en todo el Apocalipsis se identifica como “el Alfa y la Omega, el principio y el fin”.  Pero, ¿qué hace en el trono? La respuesta es obvia y sencilla, pero muy importante en este contexto.  Está reinando, y valga la redundancia, en su reino, en la ciudad de sus santos, aquellos pecadores por quienes murió, y a quienes redimió del poder del pecado para trasladarlos a su reino.  Es el único que tiene ese honor en los cielos.  Es a esto que se refiere el apóstol Pablo cuando también dice de Jesús que después de haber resucitado de su muerte, “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, / para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; / y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). En “la nueva Jerusalén” celestial, estaremos para rendirle honor, gratitud, adoración al que nos salvó de la condenación eterna, a Jesús que esta “sentado en el trono” celestial.  ¿No es esto, algo que será sublime para nuestra experiencia humana redimida?

   La afirmación de este Rey eterno, Jesús, cuando dice: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”, tiene un sentido real e intenso para quienes lleguen a dicha ciudad.  Sabrán por experiencia plena, hasta ese momento que su vida habrá dado un giro de total transformación.  El pecador ya será un santo eterno, el mortal será uno que no morirá nuevamente, el antes idólatra ahora será en el cielo el mejor adorador de su salvador, el enfermo ya no padecerá ninguna enfermedad ni en lo más mínimo, el que siempre sintió dolores leves o intensos ya no sabrá nunca más que es eso.  El responsable de estas nuevas experiencias para los hijos de Dios, es nada menos que Jesucristo.  Hoy nuestra hermana María Mónica, ya comenzó a disfrutar estas novedades celestiales, y estoy seguro que no está arrepentida de estar allá, y estoy seguro que uno de sus deseos en este momento es que toda su familia se esté preparando para conocer ese precioso lugar, y a su Rey y Salvador Jesucristo en persona, en vivo y a todo color.

   Por último, quiero que noten las palabras de afirmación que Jesucristo mismo le dijo a Juan que escribiera porque tales palabras “son fieles y verdaderas”.  Están al principio del versículo seis.  Se trata de sus palabras: “Hecho está” (Apocalipsis 21:6a).  Estas palabras tienen el mismo sentido de las palabras que Jesús dijo en su sexta oración que expresó mientras estaba colgado en la cruz en las afueras de Jerusalén, cuando dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).  Ya todo lo que el Padre le encomendó aquí en la tierra, al morir ya todo estaba listo, terminado, pagado, logrado, etc…  El “Hecho está” es una afirmación de que el propósito eterno de Dios de tener un pueblo humano que eternamente viva para Él, ya está logrado por la obra de Jesucristo mismo.  De cierta manera, Jesús le comunica a Juan y a toda la iglesia lectora de esta revelación de que Jesús está satisfecho de haberle cumplido a su Padre celestial su principal proyecto al haber creado al ser humano.  “Hecho está”, es la revelación de que Jesús no solamente había cumplido aquí en la tierra, sino también allá en los cielos.  Toda la obra necesaria para que un pecador llegue a la ciudad celestial, ya “hecho está”. Nadie tiene que hacer algo que le haga merecer el estar y vivir para siempre en dicha ciudad celestial, pues Jesús ha hecho todo lo necesario.  Solamente tenemos que hacer uso de la fe en Jesús, y vivir con gratitud y servicio a él en congruencia con esa fe.

   Nuestra hermana María Mónica, no tuvo que pagar por sus pecados, Jesús lo pagó todo, no quedó debiendo ni el más mínimo pecado de ella, al igual que el de todos los que creen en él.  Ella se ha de sentir dichosa y agradecida en este momento, al darse cuenta de que su nueva ciudad que ya le gusta más que este San Felipe Nuevo, ha sido lo mejor que ha tenido en su existencia, gracias a Jesucristo.  Ella está ahora ante Jesús, quien es el Rey eterno que gobierna desde “la nueva Jerusalén” a favor de sus discípulos que de todas partes del mundo han llegado allí para vivir durante toda la eternidad.  Nosotros sigamos firmes en la fe en Jesucristo, esperando el momento de nuestro viaje para encontrarnos con él.

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   CONCLUSIÓN: Amados creyentes, familiares, vecino, y amistades de María Mónica, si usted muriera hoy, ¿está usted seguro(a) de que irá a la ciudad celestial, “la nueva Jerusalén” a vivir con Dios y su Hijo Jesucristo para siempre?  Si no está seguro, crea usted verdaderamente en Jesucristo como su único y suficiente salvador.  Este el requisito fundamental para estar con Dios, con Jesucristo su Hijo en la eternidad.

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[1] https://www.unotv.com/noticias/estados/yucatan/detalle/merida-es-la-ciudad-mejor-administrada-del-pais-vila-dosal-184211/

Abr 08

LLAMADOS A PREDICAR EN NUESTRO ENTORNO, Por: Diego Teh.

LLAMADOS A PREDICAR EN NUESTRO ENTORNO.

Mateo 28:19-20; Hechos 1:1-8; 18:1,11.

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Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán; el domingo, 08 de abril 2018, a las 18:00 horas.

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   INTRODUCCIÓN: En la predicación: LLAMADOS CON UN PROPÓSITO: ¡PREDICAR!, hice todo lo posible de dejar claro que predicar es un don especial pero no es un don especial que solamente es dado a unos cuántos creyentes escogidos, sino que es un don y responsabilidad por medio de mandamiento que Dios da a todos los que han creído y aceptado ser discípulos de Jesús. Todos los creyentes, somos predicadores del evangelio, o sea que todos podemos anunciar o proclamar el evangelio.  Si entendemos qué es anunciar o proclamar, ¿verdad?  En tiempos de los griegos y de los romanos, había oficiales encargados de anunciar o proclamar la voluntad de las autoridades civiles.  Eran los heraldos, que cuando llegaban a una ciudad o aldea, convocaban a todos los habitantes, y cuando estos se reunían, los heraldos les anunciaban o proclamaban a viva voz lo que les fue enviado a decir.  Eso era predicar.  Aquellos heraldos eran predicadores, aunque no del evangelio, pues predicar era simplemente anunciar al aire libre.  Esto mismo es lo que los discípulos tendrían que hacer, y así lo hicieron.

   En la misma predicación, también expliqué, que predicar, en su sentido original tal como Jesús mandó a los discípulos cuando les dijo: “Id por todo el mundo y predicad…” (Marcos 16:15), no significa que fueron enviados a conseguir púlpitos vacantes en las sinagogas o en el templo de Jerusalén, sino que fueron enviados para ir de aldea en aldea, de ciudad en ciudad a reunir personas en cualquier sitio para anunciarles que ahora había una buena noticia, el evangelio de Jesús.  Esto es lo que también nosotros debemos hacer: Anunciar el evangelio.  Pero, ¿dónde? ¿aquí detrás de este púlpito, frente a los que somos creyentes?

   En esta predicación, me enfocaré en especificar ¿dónde nos toca predicar el evangelio? Usando tres textos bíblicos: 1).- el de la Gran comisión según San Mateo, en Mateo 28:19,20; 2).- el de la Gran Comisión según San Lucas, en Hechos 1:1-8; y 3).- el del caso según San Lucas, de los inicios de la iglesia en Corinto, en Hechos 18:1-11; voy a explicarles dónde ahora nos corresponde predicar el evangelio.  De manera específica hoy les expondré que: la predicación del evangelio, según las indicaciones de Jesús debe hacerse primeramente en nuestro entorno. / ¿Cuáles son las indicaciones de Jesús de que la predicación del evangelio debe hacerse primeramente en nuestro entorno? / En esta predicación, les compartiré tres indicaciones de Jesús que dejan bien claro que la predicación de su evangelio debe hacerse primeramente en nuestro entorno.

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   La primera indicación de Jesús de que la predicación del evangelio debe hacerse primeramente en nuestro entorno es:

I.- LA INDICACIÓN DE IR “A TODAS LAS NACIONES”.

   En la versión de San Marcos, la gran comisión consiste en “Id, por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).  San Mateo en su versión comienza diciendo que Jesús en su gran comisión dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos”.  En estas dos versiones no hay ninguna contradicción.  Esto de hacer discípulos obviamente tiene que hacerse habiendo primeramente predicado el evangelio.  Pero, Jesús, en la versión de Mateo, inmediatamente complementa su comisión enfatizando que este ir a hacer discípulos que requiere de predicación y predicadores, deberá ser: “a todas las naciones” (Mateo 28:19).

   ¿Dónde están todas esas naciones a las que Jesús se refiere en su gran comisión?  En el idioma griego, la frase utilizada por Jesús es “????? ?? ????” (Panta ta ethne), lo cual, aunque usted no sea un experto en ese idioma usted puede distinguir la mención de “ethne” de donde proviene la palabra “etnia”, por lo que, en su comisión Jesús no estaba hablando de ir primeramente a todos los países del mundo. Sí, hay que ir a todas las etnias, pero las etnias están entre nosotros, sin que tengamos que pensar que no tenemos recursos para ir al extranjero.  Una etnia, es un “conjunto de personas que pertenece a una misma raza y, generalmente, a una misma comunidad lingüística y cultural”. Así, nos damos cuenta que “las naciones” a las que Jesús se refirió, aunque es verdad que también están en países extranjeros, y hasta en todos los continentes, sin embargo, lo evidente es que estas naciones (etnias) están en esta misma ciudad donde vivimos.

   Estimado hermano, solamente piense en la multitud de personas que en nuestra ciudad y sus colonias hablan la lengua maya y que casi nadie va a predicarles, piensa en la cantidad de choles, tzeltales, tojolabales, zapotecos, y de otras etnias que están en las mismas colonias donde cada uno de nosotros vivimos.  Aunque hay personas a quienes Dios llama para consagrar su vida para ir a otros estados, a otras ciudades de la república y a otros países del mundo para predicar el evangelio, la prioridad para la gran mayoría de nosotros es predicar aquí en el centro, en las colonias y en las comisarías de esta ciudad donde vivimos.  Aquí entre nosotros están “las naciones”, las “ethne” a quienes Jesús nos envía.  No solamente uno debe predicar detrás del púlpito cada semana, sino que todos debemos predicar más allá de este templo.

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   La segunda indicación de Jesús de que la predicación del evangelio debe hacerse primeramente en nuestro entorno es:

II.- LA INDICACIÓN DE INICIAR “EN JERUSALÉN”.

   En la versión de la gran comisión que San Lucas presenta en su historia de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que cuando Jesús estaba a punto de ascender a los cielos a su Padre celestial, les dijo: me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).  No les mandó a comenzar primero en “naciones” extranjeras, ni siquiera en otro de los estados o provincias vecinas de todo Israel, sino “en Jerusalén”, la ciudad más cercana en la que se encontraban en aquellos momentos donde Jesús ascendió a los cielos; la ciudad donde ocurrieron la crucifixión y resurrección de Jesús, los eventos cruciales de la redención.  No podían comenzar en Galilea, Iturea, Decápolis, o Perea, y ni siquiera en Samaria, su anunció o proclamación del evangelio de Jesús en modalidad de testimonio por aquellos discípulos que fueron testigos no solo de la muerte de Jesús sino también de su resurrección.  Tenían que comenzar “en Jerusalén”.  Ese era el entorno inmediato que se tenía que cubrir con el evangelio.

  Obviamente, tenían que avanzar más allá de Jerusalén, pero lo harían primero en las demás ciudades y aldeas de la misma provincia o estado, porque después de que les fue dicho que comenzaran en Jerusalén, les fue dicho que siguieran “en toda Judea”.  No podían después de la ciudad de Jerusalén, saltarse las demás ciudades y aldeas de Judea, para irse directo a Galilea, Iturea, Decápolis, o Perea, y ni siquiera a Samaria que era la provincia contigua.  El evangelio, debería primeramente saturar el entorno de la ciudad de Jerusalén, antes de dar el paso de ir a lugares más lejanos.  Y si había de salir de la provincia no era para ir directo a otras naciones extranjeras sino en la provincia siguiente: “en Samaria”, que también tenía sus propias ciudades y aldeas, que también tenían que ser saturadas con el evangelio. Luego, había que ir a las otras provincias que, aunque no son nombradas en el texto bíblico, se sobre entiende que Jesús les estaba indicando la estrategia de avance progresivo.  Después de Samaria, podían ir a las provincias de Perea al suroeste, Decápolis al oeste, Galilea al norte, e Iturea al noroeste.  Pero no fueron enviados primero al extranjero, ni al sur de Judá donde estaba Idumea, ni al norte de Galilea donde estaba Fenicia, ni al norte de Iturea donde estaba Golán; pues solo hasta después de saturar con el evangelio, el entorno a donde se iban esparciendo, entonces ser irían “hasta lo último de la tierra”, conquistando todas las ciudades y naciones extranjeras que están en la ruta.

   Amados hermanos, esta instrucción de Jesús nos indica la necesidad e importancia de predicar el evangelio para hacer discípulos, primeramente, en nuestro entorno.  Es aquí donde Dios ha querido que vivamos, que ahora tenemos que anunciar el evangelio de Jesús.

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   La tercera indicación de Jesús de que la predicación del evangelio debe hacerse primeramente en nuestro entorno es:

III.- LA INDICACIÓN DE PERMANCER “EN ESTA CIUDAD”.

   Ahora, pasamos a observar la historia que san Lucas nos narra en la ocasión cuando fue fundada y establecida la iglesia de Corinto.  El apóstol Pablo llega a esta ciudad, y dice la historia que: “…discutía en la sinagoga todos los días de reposo, y persuadía a judíos y a griegos” (Hechos 18:4), y que: “estaba entregado por entero a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. / Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles” (Hechos 18:5,6).  El apóstol no veía esperanza de que el evangelio fuese aceptado en aquella ciudad, por lo que hizo planes de irse. Mientras llegaba el tiempo de irse, al parecer se hospedó en la casa de un hombre llamado Justo que vivía al lado de la Sinagoga. En ese tiempo, uno de los líderes de la Sinagoga, que se llamaba Crispo, “el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hechos 18:8).  Esto suele suceder.  Cuando parece que nadie creerá, de repente cree el primero, luego el segundo, luego otros, y luego más, y entonces surge una explosión de conversiones.  Pero, quizá el apóstol Pablo pensó: solo por una familia no me voy a quedar, ya les dije que me voy, y me voy.

   Pero, una noche mientras el apóstol Pablo se mantenía en su decisión de irse de la ciudad de Corinto, dice la historia: “Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles; / porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal …”, pero vean ustedes cómo termina la indicación del Señor Jesús al apóstol: “… porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad” (Hechos 18:9, 10).  Y luego la historia dice de Pablo: “Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios” (Hechos 18:11).  Aun cuando parece que en cierto lugar no hay esperanza de resultados en conversiones hacia la predicación del evangelio, Jesús indica que el paso a seguir no es ir tan pronto a otro lugar, sino hay que permanecer en el lugar donde uno ha sido enviado y puesto por Dios para vivir y predicar, porque es en ese entorno donde Jesús tiene pueblo escogido que va a convertirse a él.  En este caso, el Señor Jesús, no quiso que Pablo se fuera a otro lugar, por lo menos, no en los siguientes año y medio, sino que fue Jesús mismo quien quiso e hizo que el apóstol se quede a predicar donde él había llegado a vivir.

   Amados hermanos, en nuestro entorno, Jesús nuestro Señor y Salvador siempre tiene pueblo que ha de creer y servirle.  A nosotros nos corresponde ir a predicarles su evangelio, por ahora, no en otro continente, no en otro país, no en otro estado, no en otra ciudad, sino aquí en nuestro entorno; en nuestro centro histórico, y en nuestras colonias.  Esos son los lugares donde nosotros debemos ir a predicar el evangelio para entonces hacer más discípulos, porque sin temor a equivocarme, Jesús tiene, al igual que lo tuvo en Corinto: “mucho pueblo en esta ciudad”.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, todas las instrucciones de Jesús apuntan que debemos predicar el evangelio primeramente en nuestro entorno.  Su indicación de ir “a todas las naciones” (Mateo 28:19); su indicación de ser testigos “en Jerusalén, toda Judea, Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8); y su indicación a Pablo en Corinto cuando le dijo: “… porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad” (Hechos 18:9, 10); son claros indicadores que antes de pensar en ir tan lejos, aquí mismo es donde tenemos que predicar el evangelio.  Somos llamados a predicar no solamente a nosotros mismos solamente en nuestros templos, sino tenemos que ir a reunir personas en todas las colonias de nuestra ciudad, en las comisarías, en otros pueblos, etc… para anunciarles que hay una buena noticia: “Que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (Cf. 1 Timoteo 1:15).