Sep 09

MIRA ADELANTE, A LA ETERNIDAD (II), Por: Diego Teh.

MIRA ADELANTE, A LA ETERNIDAD, (II)

 Hebreos 11:24-28.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 09 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 09 de la serie: UNA VIDA CENTRADA EN EL EVANGELIO.

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   INTRODUCCIÓN:  En el mensaje anterior, les dije que: “Hebreos capítulo 11 es un capítulo bastante hermoso que tiene que ver con la vida de personas que se mantuvieron fieles en el servicio a Dios que en su momento les correspondió”; pero en esa fidelidad y servicio que prestaron a Dios, todos ellos tuvieron que desechar de su vida muchas cosas que no valían la pena en consideración con lo que esperaban de Dios tanto aquí en la tierra como después en la eternidad.  Esperaban nada menos que “la ciudad que tiene fundamentos” (Hebreos 11:10), esperaban “el galardón” de Dios (Hebreos 11:26b).  Esperaban a Dios y a su Cristo.

   Para nosotros en la actualidad, esperamos lo mismo con respecto a lo eterno, y se nos exhorta a hacer lo mismo que todos aquellos antiguos temerosos de Dios hicieron para enfocarse en lo eterno.  ¿Qué hicieron para enfocarse en lo eterno?  Después de la larga lista de los considerados héroes de la fe, mencionados en el capítulo 11, inmediatamente a nosotros se nos dice: “nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia” (Hebreos 12:1).  Sí, la instrucción es clara: “despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia”.  Sin duda que el pecado es la primera cosa pesada contra lo que estamos luchando para que no nos impida servir a Dios, pero también hay otras muchas cosas pesadas que no nos conviene cargarlas, sino que es necesario despojarnos de ellas.  ¿De qué cosas se habrán despojados los antiguos?

   En el texto bíblico que leímos, se relata las experiencias de Moisés, un gran siervo de Dios, que vivió unos hace unos 3,500 años, y hallamos que en su caso tuvo que deshacerse, despojarse, o renunciar ciertas cosas que le hubieran sido un estorbo si su decisión era realmente servir a Dios quien le llamó para servirle, y enfocarse en lo que es eterno.  Basado en su caso, voy a predicarles que, una persona que enfoca su vida en lo que es eterno, debe necesariamente despojarse de los estorbos terrenales cuando se presenten en su vida como oportunidades. / ¿Cuáles son los estorbos terrenales de los cuáles una persona que sirve a Dios debe necesariamente despojarse de ellos, si en verdad desea enfocar su vida en lo que es eterno? / Permítanme compartirles algunos de estos tremendos estorbos terrenales que podrían perjudicar hasta al más aparentemente consagrado cristiano, por lo que por eso es mejor despojarlos de nuestra vida.

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   El primer estorbo terrenal del cual una persona que sirve a Dios debe necesariamente despojarse de ello, si en verdad desea enfocar su vida en lo que es eterno, es:

I.- EL PODER PREPOTENTE.

   Una de las primeras descripciones que leemos acerca de Moisés es que: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón” (Hebreos 11:24).  Ser el hijo de la hija de Faraón, le ponía en posibilidad de incluso ser heredero del trono imperial de Egipto.  Si eso no fuese posible porque hubiese otro heredero legítimo, hijo propio del Faraón, entonces, por lo menos tendría otra función en buena posición que le aseguraría no solamente buenos ingresos por estar en la familia real, sino que también le aseguraría el uso del poder para someter a la gente de su reino e imperio.  Así lo hacía su ‘abuelo-padre’ el faraón, padre de la muchacha que lo adoptó.  Así lo habían hecho algunos de los faraones que les precedieron.  Y si Moisés seguía escudado bajo la tutela de aquella familia, aun mientras su ‘abuelo-padre’ era el legítimo faraón, él tendría que hacer uso de su poder prepotente en contra de los israelitas, su propia raza y familia.  Y sin duda que iba a ser obligado por su propia función en servicio del rey egipcio, a tratar de manera prepotente y servil en primer lugar en contra de los israelitas, pero también a los propios egipcios, y en realidad a cualquier persona.  Pero, antes que cometer tal obra de injusticia contra los suyos, y hasta contra los extraños (los egipcios) que Dios usó para preservarle la vida, prefirió renunciar a su derecho de apellido, de dinastía, y de poder.

   Amados hermanos, muchas veces en el trabajo que uno desempeña, le es confiada la administración de muchas cosas, la supervisión de personal de trabajo.  Uno tiene la autorización y poder para administrar y supervisar, siempre y cuando sea en beneficio del dueño, de la familia, o de la organización para la cual uno trabaja.  Pero, si un poder superior corrupto, ordena que uno haga algún tejemaneje ilegal, en el cual uno perdería su honestidad, su buen testimonio de ser cristiano, e incluso uno perjudicaría a otras personas al tomar decisiones incorrectas por ejecutar órdenes injustas; lo mejor es renunciar antes que ser involucrado en casos injustos, incluso ante la justicia, y salir culpable por obedecer órdenes perversas.  Eso fue lo que a tiempo hizo Moisés, y salió limpio, y agradable delante del Dios que le llamó a servirle.  La persona que está enfocando su vida en lo que es eterno, no debe procurar ser una gran persona poderosa con el fin de causar daño a sus semejantes.  Cuando alguna circunstancia le presente a usted ésta indigna posibilidad, lo mejor es renunciar porque hacer semejante prepotencia no es agradable delante de Dios.  Cuando somos puestos en alguna responsabilidad somos puestos por Dios para servir a los demás. Nuestro Señor Jesucristo, así lo hizo antes que usar su poder con prepotencia.  A sus discípulos les dijo a manera de observación y recordatorio: “Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22:27).

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   El segundo estorbo terrenal del cual una persona que sirve a Dios debe necesariamente despojarse de ello, si en verdad desea enfocar su vida en lo que es eterno, es:

II.- LOS DELEITES DEL PECADO.

   Acerca de la decisión de Moisés al rehusarse a llamarse hijo de la hija del Faraón, o sea de su renuncia a su inminente posibilidad de ejercer poder o autoridad sobre personas que pudieron haber sido los suyos a quienes por ello pudo haberles causado daño, leemos que su decisión fue: “escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:25).  Seguir bajo los criterios egipcios, sin duda que eso le garantizaba “gozar de los deleites temporales del pecado”.  No es que Dios no esté de acuerdo que uno disfrute lo sano de la vida y de sus generosidades.  Sino lo que no es sano que uno tenga como fuente de su gozo es el “PECADO”.  Todo lo que sea pecado.  Apropiadamente el apóstol explica que ciertamente son cosas que uno podría gozar.  Uno podría gozar un dinero ilícito.  Uno podría gozar sexo prohibido.  Uno podría gozar una venganza pendiente.  Uno podría gozar algo que fue un robo.  Uno podría gozar otras muchas cosas, pero mientras ello sea un fruto o una manifestación de entrega al “PECADO”, no deja de ser todo ello, únicamente “deleites temporales”.   Moisés, se dio cuenta por la gracia de Dios que mucho de lo que podría erróneamente gozar solamente serían los “deleites temporales del pecado”, y al darse cuenta de lo dañino y peligroso que todo ello era para él, prefirió despojarse, deshacerse, renunciarlos, para que todo ello no fueran estorbos en su decisión de servir a Dios y enfocar a su vida en lo que es eterno y que más vale la pena.

   Amados hermanos, sepan esto: Hay deleites no temporales sino esencialmente eternos, deleites que valen la pena porque de verdad porque no traen gozo falso sino verdadero, deleites que no son fruto del pecado sino de la provisión de Dios.  Estos son los deleites que debemos procurar buscar en nuestra vida.  David un rey que vivió unos 600 años después de Moisés, antes de renunciar a los “deleites temporales del pecado”, cometió inmoralidades y otros pecados, pero cuando se dio cuenta de lo dañino y ofensivo que todo ello era para Dios, él se arrepintió, y se dio cuenta que hay un gozo más apropiado que se debe anhelar.  Se llama: El gozo de la salvación.  David, había perdido ese gozo, pero al darse cuenta que lo temporal solo causa más insatisfacción en la vida, oró a Dios diciéndole: “Vuélveme el gozo de la salvación” (Salmo 51:12a).  Nosotros también deberíamos desear, obtener, y permanecer en este “gozo de la salvación”.  Pero eso, hace necesario que renunciemos a los “deleites temporales del pecado” como hicieron Moisés y David.  Pero nuestro mejor ejemplo es nuestro Señor Jesucristo, de quien nos dice el autor de la epístola a los hebreos que Jesús: “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15b).

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   El tercer estorbo terrenal del cual una persona que sirve a Dios debe necesariamente despojarse de ello, si en verdad desea enfocar su vida en lo que es eterno, es:

III.- LAS RIQUEZAS SIN CRISTO.

   Ahora, también observemos en nuestro texto bíblico que Moisés “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26).  Una de las grandes renuncias que Moisés hizo fue “los tesoros de los egipcios”.  Aunque no era el dueño, o el administrador, tendría derecho de vivir de ello por ser casi un faraón, por la adopción que hiciera de él la hija del faraón.  Iba a ser como el junior consentido, que sin duda tendría acceso a derecho no escaso sino abundante de las finanzas de la tesorería egipcia.  En un antiguo documento egipcio conocido como Enseñanzas para Merikare, último de los faraones de la X dinastía, más o menos de la época de Abraham, su padre Jety VII[1], le aconseja lo siguiente: Deberás pagar muy bien a tus funcionarios públicos, para evitar la corrupción y tener el poder de exigirles honradez[2].  Solamente con esta instrucción, imagínese qué bien pagados estaban los funcionarios, y el faraón debería recibir mucho más, y no hay duda que sus familiares en servicio recibirán un buen sueldo.  Aunque con Merikare, se acabó la X dinastía faraónica de los tiempos de Abraham, y 500 años después en los tiempos de Moisés, la dinastía reinante era la dinastía XIX, pero la política económica para beneficio de los gobernantes y sus funcionarios no era nada menor sino seguramente más abundante con sus respectivos incrementos constantes.  Así que Moisés podría tener un futuro de riquezas abundantes y hasta quizá extravagantes aseguradas de por vida, pero también lo renunció.  Sería un estorbo para el plan de Dios para su vida y servicio a Dios.

   La descripción apostólica acerca de Moisés dice claramente que él tomó esa decisión: “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo”.  En otras palabras, su mayor riqueza fue Cristo en quien esperaba, aunque todavía faltaban unos 1500 años para que viniese a nacer y hacer su ministerio aquí en la tierra.  Esto indica que él estaba pensando en la eternidad, en lo eterno, y en el eterno, porque Cristo es El Eterno que vendría de la eternidad.  Otra razón de Moisés que describe porque prefirió a Cristo y no a las riquezas de los tesoros egipcios, fue porque “tenía puesta la mirada en el galardón”.  Y el galardón real en el que él tenía puesta la mirada no era ni siquiera la tierra prometida que en unos años después sería entregado por Dios a los israelitas, pero esto no era eterno, pues era solamente un bien inmueble que Dios les prestaba para vivir.   El galardón que él miraba era eterno, era su entrada al eterno cielo de Dios donde la vida es perfecta y totalmente centrada en Dios.  Por eso Moisés, como quiso enfocarse en lo eterno y no en lo terrenal, decidió por ello despojarse de las riquezas terrenales que solamente le serían un estorbo en su servicio a Dios y en espera de El Eterno y los bienes de la eternidad.  De qué le hubiese servido el tener a su disposición todos los tesoros de aquel antiguo poderoso imperio egipcio, si él mismo hubiese hecho a un lado a Cristo de su esperanza eterna.

   Amados hermanos, Jesús nuestro Señor, enseñó acerca de la necesidad de renunciar a las riquezas como objeto de confianza.  Por supuesto que no está mal tener dinero, bienes, y propiedades, etc… pero no pueden ser la seguridad del ser humano, mucho menos de uno cristiano que se enfoca en lo eterno.  Jesús dijo: “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24; Lucas 16:13), y también dijo con certeza que: el engaño de las riquezas ahogan la palabra” (Mateo 13:22). En otro momento dijo a sus discípulos: “Hijos, ¡cuán difícil les es entrar en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas!” (Marcos 10:24; cf. Lucas 18:24). Así que las riquezas podrían no ser la mejor opción para el cristiano, a menos que las riquezas sean consagradas al servicio de los planes de Dios.  Moisés analizó bien su caso, y tomó la mejor decisión para él.  Hoy nos toca a nosotros no confiar en el dinero, los bienes, y otras riquezas, haciendo un lado a Cristo.  Las riquezas no son malas en sí, pero deberíamos tener a Cristo como la mejor riqueza para nuestra vida, y las riquezas terrenales pueden ser consagradas también a su servicio juntamente con nuestra vida personal.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, sin duda que hay otras cosas de las cuales es necesario que uno se despoje o las renuncie.  Si hemos decidido enfocarnos en lo que es eterno, entonces necesariamente hay que despojarse “de todo peso” dice el apóstol, o sea, de todo estorbo.  Pueden aparecer como oportunidades, pero serán solo tentaciones para desviarnos de nuestro enfoque.  Las palabras instructivas del apóstol de despojarnos “de todo peso y pecado que nos asedia”, es un llamado a estar alertas en nuestra vida.  ¿Qué es lo más importante para usted? ¿Lo que es temporal, o lo que es eterno?  Recordemos todos que debemos mirar siempre hacia la eternidad, a Jesús, El Eterno, y su correspondiente galardón igual de eterno disponible para los creyentes para toda la eternidad.

   Dios nos ayude a no perder el enfoque de nuestra vida con respecto a la eternidad celestial.

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[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Merykara

[2] https://www.sdpnoticias.com/sorprendente/2014/04/02/consejo-de-faraon-egipcio-buenos-sueldos-a-funcionarios-publicos

Sep 09

MIRA ADELANTE, A LA ETERNIDAD (I), Por: Diego Teh.

MIRA ADELANTE, A LA ETERNIDAD, (I)

 Hebreos 11:8-10, 23-27; 12:1-3.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 09 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 08 de la serie: UNA VIDA CENTRADA EN EL EVANGELIO.

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   INTRODUCCIÓN:  Hebreos capítulo 11 es un capítulo bastante hermoso que tiene que ver con la vida de personas que se mantuvieron fieles en el servicio a Dios que en su momento les correspondió.  Muchos de ellos perdieron la vida, incluso antes de ver el fruto de sus esfuerzos, pero según el apóstol, “Y todos estos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; / proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Hebreos 11:39,40).  Pero, algo es cierto, todos ellos tenían su esperanza en los valores de la eternidad.

   En el mensaje de este momento, utilizaré los resúmenes muy enfáticos que hace el apóstol que escribió la epístola a los hebreos, con respecto a la vida de dos personajes de la antigüedad: De Abraham como del 2000 a. C, de Moisés como del 1500 a. C, y de Jesús el Hijo de Dios; de quienes describe cómo ellos aunque nos precedieron hace como 4000, 3500, y 2000 años respectivamente, en sus respectivos tiempos, ellos, aunque realmente no fueron los únicos, miraron hacia la eternidad aun estando en la misma dimensión actual del tiempo en el cual nosotros también estamos.  El lenguaje retórico con el que se describe sus respectivas maneras de haber mirado hacia la eternidad, se expresan así: Con respecto de Abraham dice que: “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10); y con respecto de Moisés dice primero que: “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, / escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:24,25), y luego dice de él que su razón para rehusarse de sus privilegios terrenales fue: “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Hebreos 11:26a), y también dice que él: “tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26b), y finalmente dice de él que: “se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27).  Y con respecto a Jesús, dice de él que: “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2b).

   En la predicación de este momento, voy a compartirles la siguiente verdad: Una persona que verdaderamente teme a Dios se interesa grandemente por los valores sumamente preciosos de la eternidad. / ¿Cuáles son los valores sumamente preciosos de la eternidad por los cuales se interesa una persona que verdaderamente teme a Dios? / Basado en la narración del apóstol que escribe a los hebreos, con respecto a los intereses de Abraham, Moisés, y de Jesús nuestro Señor y Salvador, voy a describirles algunos de estos valores sumamente preciosos.

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   El primer valor sumamente precioso de la eternidad por el cual se interesa grandemente una persona que verdaderamente teme a Dios, es:

I.- DIOS MISMO.

   No hay mayor valor supremo ni en la tierra ni en el cielo que sea mayor que Dios.  Tanto Abraham, como Moisés, así como Jesús el mismo Hijo de Dios, su mayor interés o anhelo siempre fue Dios.  En cuanto a Abraham, aunque “esperaba la ciudad que tiene fundamentos”, no esperaba cualquier ciudad sino específicamente la que “cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). No la que fundó el español don Pedro Menéndez de Avilés, durante la segunda mitad del siglo XVI, hoy la ciudad más antigua de EEUU: San Agustín, Florida[1].  Ni la que fundó el español Felipe de Neve Padilla y que ahora es la segunda ciudad más importante de Estados Unidos: Los Ángeles, California[2].  Ni Guanajuato, que fundó Antonio de Mendoza; ni Zacatecas, que fue fundada por Juan de Tolosa, Baltasar Treviño de Bañuelos, Cristóbal de Oñate y Diego de Ibarra; ni San Cristóbal de las Casas, Chiapas, fundada por Diego de Mazariegos; ni Puebla de Zaragoza, que fue fundada por Fray Julían Garcés y el oidor Juan Salmerón; ni Veracruz, que fue fundada por Hernán Cortés; ni Santiago de Querétaro, que fue fundada por Conín o Fernando de Tapia, un indígena otomí; ni nuestra ciudad de Mérida, fundada por Francisco de Montejo el Mozo.  Abraham, esperaba la de “Dios”, pero sin duda que primeramente a Dios mismo.  Ese es el valor supremo más importante que debe interesar a toda persona que dice temer a Dios.

   Moisés por su parte, dice el apóstol que escribió a los hebreos, que: “se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27).  Es por eso que 1500 años antes de Cristo, tuvo “por mayores riquezas el vituperio de Cristo” (Hebreos 11:26a).  Pero, como para el tiempo de Moisés, Cristo no estaba aquí en la tierra, entonces tuvo que haberle mirado o esperado en él, mientras todavía estaba en la eternidad.  Así que podemos decir que Moisés estaba mirando hacia la eternidad, nada menos que a primeramente a Dios.   Nuestro Señor Jesús por su parte, estando aquí en la tierra tuvo oportunidades de ser entronado como rey en algún lugar de Palestina, pero para él aquella oportunidad era solamente terrenal, pues como a él le interesaba lo eternal y celestial, prefirió rechazar tal oportunidad o tentación para él, enfocándose a lo que finalmente obtuvo que según nuestro texto bíblico: “se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2). No le interesó sentarse junto a un César de Roma, ni junto a un Herodes en Palestina, ni junto a un gobernante prestigiado funcionario romano, sino que deseaba estar nada menos que con Dios. Eso es interesarse por Dios como valor supremo de la eternidad.

   Amados hermanos, se espera que nosotros también, temerosos del mismo Dios de Abraham, y Moisés, también tengamos como valor supremo al Dios de la eternidad, demostrando interés siempre de llegar a su presencia eterna y celestial.

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   El segundo valor sumamente precioso de la eternidad por el cual se interesa grandemente una persona que verdaderamente teme a Dios, es:

II.- CRISTO MISMO.

   Todos los que miran hacia adelante, hacia la eternidad, si en el fondo de sus corazones anhelan a Dios, entonces, no pueden omitir, descartar, o hacer a un lado a su Hijo Jesucristo.  Para comenzar, debe quedarnos claro que Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, aunque es una persona divina distinta en persona a la persona del Padre, no es distinto a Dios en naturaleza o esencia.  Es el mismo Dios de donde se origina su manifestación al haber venido a nacer, vivir, hacer su ministerio, morir, y hasta resucitar aquí en la tierra.  No podemos dividir la esencia o naturaleza de Dios el Padre, con la de Jesús, como si fuesen dos Dioses distintos.  Cuando Moisés 1500 años antes de Cristo, miraba desde ese entonces a Dios, tuvo al mismo tiempo: “por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Hebreos 11:26).  Eso no quiere decir que Moisés solo esperaba que Cristo apareciera en la tierra para venir a sufrir o ser vituperado, sino que desde entonces, al esperar en el Dios de la eternidad, esperaba también a Cristo quien todavía se encontraba eternamente con el Padre y con el Espíritu Santo.

   Pero, a Cristo no hay que mirarlo solamente en la eternidad, sino también en la dimensión del tiempo.  Moisés también tuvo un entendimiento claro de la razón por la que Cristo vendría a esta tierra.  En el lenguaje del apóstol a los hebreos, Moisés entendió que Jesús vendría para ser vituperado.  Vituperio, significa: Censura o desaprobación que una persona hace con mucha dureza contra algo o alguien.  Eso fue lo que los religiosos, políticos, y autoridades del tiempo de su nacimiento y ministerio hicieron en contra de él.  No fue aprobada su naturaleza divina, no fue tan creído su evangelio del reino de los cielos, no fueron aceptados como divinos sino como del demonio sus sanidades, y hasta su muerte burlonamente fue exhibida como la muerte del rey de los judíos.  Solamente fue su Padre celestial, Dios, quien aprobó la vida de su Hijo Jesucristo, de quien nunca dudó en decir: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17; 17:5).  Por eso le resucitó como evidencia de su aprobación, para vergüenza de quienes durante su vida y ministerio le desaprobaron.

   Amados hermanos, el vituperio, sufrimiento, o pasión de Cristo, es el valor eterno todavía accesible aquí en el presente, valor que debemos como Moisés valorar.  La muerte de Cristo garantizó el pago de nuestros pecados que, si creemos en él se hace efectivo en nosotros el perdón de Dios.   Por eso, vale la pena interesarnos ahora en el valor del Cristo eterno que nos ofrece perdón y vida eterna.

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   El tercer valor sumamente precioso de la eternidad por el cual se interesa grandemente una persona que verdaderamente teme a Dios, es:

III.- EL GALARDÓN.

   Una de las afirmaciones que enfatiza el apóstol a los hebreos acerca de Moisés, pero que implícitamente también lo dice tanto de Abraham como de Jesús, es que: “tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26b). ¿Qué galardón? ¿A qué le llama galardón? Según un diccionario que no lo define de manera cristiana, pero que sí aporta la definición más popular, es que: Galardón es un premio, generalmente honorífico, que se concede a alguien por sus méritos o por haber prestado determinados servicios.  Si es honorífico, entonces no es que sea meritorio, entonces se trata de algo que por privilegio se le da a una persona a pesar de que no lo ha ganado por derecho.  Eso mismo, ocurre con una persona que recibe un galardón de las manos de Dios.  Es algo no merecido, pero que es legítimo desearlo, y perseverar en obtenerlo por gracia.

   La descripción que nos da el apóstol en su epístola acerca de Abraham, es que este: “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10).  Este hombre, siempre fue un peregrino que en sus viajes nunca conoció alguna ciudad que fuese eterna, inconmovible.  Aunque no fue testigo de terremotos, deslaves, y otros fenómenos naturales, es probable que conoció cambios y destrucción de ciudades que antes fueron de renombre, pero que en sus tiempos ya no eran más que historia.  De hecho el territorio de dónde es originario, había sido cuna de las primeras ciudades que ya ni existían para su época.  ¿Cómo no desaría Abraham, “la ciudad que tiene fundamentos”?  Esta expresión es solamente una manera de referirse al galardón de poder entrar a las moradas celestiales que Dios ofrece por medio de la fe en Cristo a quienes creen que él dio su vida para salvación eterna de los pecadores.  La mera cancelación de la condenación eterna de los que creen en Jesús, es un galardón.  La entrada al cielo, la ciudad celestial, es otro galardón, que ha sido anhelado desde más de 40 siglos no solo por Abraham, sino por todos los que temen a Dios.  ¿No desea usted también este galardón celestial?

   Amados hermanos, y como supremo ejemplo, tenemos también el de Jesucristo, de quien el mismo apóstol dice de él que: “se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).  ¿Cómo después de haber estado aquí en la tierra, se pudo haber sentado en semejante lugar que no se encuentra en la tierra sino el cielo que no está dentro de nuestra atmósfera temporal sino en la eternidad?   Solamente pudo, porque no perdió de vista el volver a la eternidad.  Su “gozo puesto delante de él” fue el encontrarse de nuevo en la eternidad con su Padre celestial.  Eso le hizo enfrentar sin queja alguna, la cruz y el oprobio.  Y el resultado, fue que también recibió el galardón de sentarse “a la diestra del trono de Dios”.   Siguiendo su ejemplo, no perdamos el ánimo de seguir adelante mirando el galardón que nos espera.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, ninguno de los que hoy escuchamos esta palabra de Dios, ninguno de los que hemos creído en el evangelio demos marcha atrás, porque como dijo Jesús: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62).  Que todos miremos y vayamos en poso de los valores eternos sumamente preciosos: Dios el supremo valor precioso, su Hijo Cristo no menos valioso y precioso, y el galardón destinado para todos los que temen a Dios de corazón.  Esto tampoco es poca cosa, es sumamente valioso, si alguien no lo entiende así, compárelo nada más con el entorno del infierno que antes merecíamos.  Todos estos valores son sumamente preciosos.   Que Dios, su Hijo Cristo, y su galardón, sean las metas presentes de nuestra vida en pos de la eternidad.

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[1] https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-04-01/el-fundador-de-la-ciudad-mas-antigua-de-estados-unidos_1358932/

[2] https://www.abc.es/archivo/20140908/abci-felipe-neve-fundador-angeles-201409041946.html

Ago 26

EL PRECIO DE SER DISCÍPULO, Por: Diego Teh.

EL PRECIO DE SER DISCÍPULO

Mateo 10:34-39.

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Predicado por el Pbro. Diego Teh, en la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán; el domingo 26 de agosto 2018, a las 18:00 horas.

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Corresponde al sermón # 8 de la serie: Llamados a hacer discípulos.

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   INTRODUCCIÓN: Ser discípulo de Jesús tiene su precio, aunque no se trata de dinero.  En una ocasión él dijo: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26).  Los que cuentan con la aprobación de su familia, y los que no tienen miedo a morir por ser discípulos de Jesús, no lo verán difícil, pero deberán estar dispuestos.  En la misma ocasión Jesús dijo también: ““Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27).  El ser discípulo de Jesús en aquellos momentos que él dijo estas palabras, corrían el riesgo de no ser entendidos por las autoridades religiosas y civiles, que corrían el riesgo de ser considerados como sediciosos, insurrectos, y por ello ser condenados a crucifixión como le hicieron a Jesús haciéndole por un momento cargar su cruz teniendo que ser ayudado por el benévolo Simón de Cirene.  Lo mismo podría pasarle al que quería ser su discípulo.  Momentos después con el mismo tenor, Jesús les dijo a los mismos oyentes: “… cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Los que no tengan intereses personales que choquen con los requisitos de Jesús no tendrán problemas para aborrecer su propia vida.  Los que no tengan muchas posesiones no tendrán problemas si tienen que renunciar a lo poco que poseen, pero quienes lo tengan y no sepan administrarlo bien según las reglas del reino de Dios, tendrán problemas para poder ser discípulos.   Ese era el precio circunstancial que cada quien según su caso tenía que considerar si estaba dispuesto a pagar en el proceso de ser discípulo.  Y aquel precio circunstancial sigue vigente hasta el día de hoy.  Ser discípulo no es una decisión emocional pasajera o temporal, sino una decisión espiritual madura que tiene que ser sostenida de por vida.

  En nuestro texto para este mensaje basado en Mateo 10:34-39, también tenemos otras circunstancias que Jesús enfatiza que podrían ser el precio de ser su discípulo.   Los discípulos por primera vez estaban siendo comisionados para ir a distintos destinos a predicar el evangelio del reino de los cielos, que les estaba siendo enseñado por Jesús su Maestro, y muy pronto estarían enfrentando situaciones o circunstancias que quizá nunca se imaginaron enfrentar, y que pondría a prueba la veracidad de su discipulado.  Por eso, en el mensaje de hoy, voy a predicarles que un verdadero discípulo, podría pagar el precio circunstancial de su discipulado con experiencias involuntarias, indeseables, e inesperadas.  Es un precio circunstancial porque no es que Dios las esté cobrando, sino las condiciones que pueden ser desde personales hasta sociales o familiares que tengan atrapada a una persona, hacen que se vuelva un precio del ser discípulo.  Son experiencias involuntarias porque no es que uno las desee o quiera experimentar, sino que fuerzas externas a uno mismo hacen que indeseable e inesperadamente lleguen a ser nuestra experiencia. / Entonces, ¿cuáles podrían ser las experiencias involuntarias, indeseables, e inesperadas que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo?  / Basado en el texto bíblico de Mateo 10:34-39, les voy a compartir algunas de estas experiencias que Jesús explicó a sus doce discípulos justo cuando por primera vez los envió a predicar el evangelio del reino de los cielos.

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   La primera experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

I.- EL SER RECHAZADO POR EL EVANGELIO QUE PROCLAMA.

   Según San Mateo, Jesús dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34).  ¿A qué se estará refiriendo Jesús con la palabra espada? No se trata de una espada filosa de acero, la cual Jesús nunca usó durante toda su vida, ni jamás capacitó a alguien para que la usara.  Sin duda que fue una metáfora que él uso para referirse a la palabra de Dios que él había venido a revelar o en su caso reinterpretar mejor que como lo hacían los religiosos de su tiempo.  La palabra de Dios, desde que comenzó a revelarse a la humanidad, aun a los mismos de Israel su antiguo pueblo especial, nunca fue siempre palabras que halaguen a las personas, sino palabras que les confronte con su rebeldía y pecado, lo cual muchas veces rechazaban porque les incomodaba.  Aunque en el fondo, el mensaje de Jesús era realmente de paz para la vida espiritual, la gente no así lo recibiría.  Y el discípulo de Jesús que sabe que el evangelio que proclama es la palabra de Dios que transforma la vida de los que la oyen, la reciben y la ponen en acción, se sentirá de alguna manera dolido por el rechazo que la gente hace de la palabra de Dios.

   Amados hermanos, en nuestra comisión de ir y hacer discípulos, que de alguna manera no es nada difícil porque cuando uno va a hacer esa labor, automáticamente uno es auxiliado e investido por la gracia y el poder del Espíritu Santo para llevar a cabo de manera eficaz dicha labor, sin embargo, la gente que reacciona hostil hacia el evangelio, probablemente de paso despreciará incluso a quienes en nombre de Cristo vamos a llevarle el evangelio de la paz.  Es el evangelio de la paz, porque reconcilia al ser humano con Dios por medio de Cristo.  Pero, cuando la gente rechaza esa paz de Dios, incluso el discipulador se siente herido, despreciado, etc…  Es con respecto a esto que Jesús alerta a sus discípulos, de que en su labor de llevar el evangelio, podrían ser rechazados por la gente.  A usted mismo, le podrían cerrar la puerta, le podrían ofender por su fe.  Pero, no se desanime, es el precio de nuestro discipulado.  Tenemos que hacerlo.  En realidad, a quien desprecian no es a usted, sino a Jesucristo mismo.

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   La segunda experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

II.- EL SER DESPRECIADO POR LOS PROPIOS FAMILIARES.

   Siguiendo Jesús con su explicación del mismo tenor de que él no trajo paz sino espada, añadió también: “… Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; / y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:35-36).  Obviamente eran situaciones y reacciones que ellos iban a observar de la gente a quienes les estarían anunciando el evangelio del reino de Dios.  Quizá alguno de los primeros doce escogidos de Jesús para ser sus discípulos pasó por esta situación de parte de su propio padre o madre, de su propia esposa, o hasta de sus suegros, o quizá hasta de sus propios hijos o alguno de ellos.  Por causa de hacerse discípulo de Jesús, esta pudo haber sido una experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada de alguno de ellos, pues las biografías que tenemos en los evangelios, solamente son de algunos de ellos, y las que hay no son realmente biografías completas.  Pero, en su ministerio de hacer discípulos, ellos serían testigos de que tales reacciones serían frecuentes cuando personas que acepten el evangelio de Jesús, sean por ello, menospreciadas por sus propias familias.

   Amados hermanos, en nuestra experiencia personal, si alguna vez no contamos con el apoyo de algún familiar que comprenda el por qué aceptamos ser discípulo de Jesús, es probable que sí entendemos que no es nada fácil, porque se trata de nuestra propia familia; pero como decidimos que queremos ser firmes en nuestra decisión de seguir a Cristo, entonces, una y otra vez cuando nos recuerden su desacuerdo nos sentiremos lastimados y heridos por sus palabras, pero sin duda que la gracia de Dios fortalecerá nuestra capacidad de soportar todo desprecio y menosprecio de parte de ellos.  El problema real no la tendríamos nosotros los creyentes, sino ellos que para empezar no están de acuerdo con Dios, y que luego no encuentran que la vida cristiana tenga sentido para ellos porque les incomoda dejar de vivir sin Cristo y sin Dios en sus corazones.  Prefieren vivir alejados de Dios para hacer y deshacer de su vida como ellos quieran, y de paso perjudicar al que deberían considerar como su ser querido.  No se sorprenda usted estimado hermano o hermana, si alguna vez usted tiene que enfrentar una circunstancia de este tipo.  Será el precio circunstancial que uno tiene que pagar por ser discípulo de Jesús, discipulado que más vale la pena que cualquier otra cosa de esta vida terrenal.  Jesús tenía razón que cuando uno acepta y se compromete a ser discípulo de Jesús, en algunos casos (porque no así les acontece a todos): “los enemigos del hombre serán los de su casa”.

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   La tercera experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

III.- EL RECLAMO DE MÁS AMOR A LA FAMILIA EN VEZ DE AMAR A JESÚS.

    Durante la instrucción de Jesús a sus discípulos que estaban a punto de salir para su primera misión de hacer discípulos, también les dijo: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).  Quizá los doce que estaban escuchando estas palabras, ya entendían en experiencia propia que el discipulado con Jesús es altamente radical, y es tal cual como tenían que predicar el evangelio del reino de Dios, con la misma radicalidad de no amar más ni a papá ni a mamá, pero tenían que saber que el evangelio de Jesucristo no tiene descuentos para nadie en particular.  Jesús, siempre sería el personaje que debería recibir más amor aun sobre la familia misma, lo cual no quiere decir que tenemos que descuidar a la familia.  Jesús es clarísimo al decir: “El que ama a padre o madre más que a mí”, y luego es igual de clarísimo cuando lo aplica con el mismo sentido, pero en esta ocasión enfocado a los hijos diciendo: “el que ama a hijo o hija más que a mí”, y en ambos casos concluye enfatizando: “no es digno de mí”.  Si incluye a los padres, y a los hijos, sin duda que no excluye al cónyuge de uno mismo.  Es totalmente clarísimo que Jesús está indicando que el amor que un verdadero discípulo debe tener hacia Jesús no debe ser menor que el amor que uno tiene aún para con su propia familia, sino que dicho amor para él tiene que ser mayor.

   Amados hermanos, si un día nuestros padres, o nuestro cónyuge, o nuestros hijos, por amar más a Jesús como se lo merece, nos reclaman que ellos quieren que ya no seamos discípulos de Jesús para que ellos sean el centro de nuestra vida y afecto, entonces ha llegado el momento de pagar el precio circunstancial.  Sufriremos en el fondo de nuestra alma, tal incomprensión.  Pero, como cristianos no podemos dejar de amar al máximo sobre todas las cosas a Cristo Jesús.  Desde luego que no nos sentiremos cómodos con sus exigencias, porque ya hemos entendido la importancia de amar a Jesucristo más que a ellos mismos, y eso no es injusto.  No es nuestra culpa si ellos no quieren nada redentor con Jesucristo. Pero, todo el furor de sus vidas contrarias a la nuestra en sus maneras de ver la vida y la fe en Dios, se volcarán sobre nosotros para intentar debilitar nuestra fe y obediencia a Jesucristo y su evangelio.  Pero, como discípulos fieles y verdaderos, eso nunca ocurrirá.  Quizá tenemos que esforzarnos a demostrarles más amor, más tiempo, y más de otras cosas, pero nunca más que el amor que debemos expresar a Jesucristo.  Dios, bajo esas circunstancias nos capacitará para ser más atentos con la familia.  Él aprovechará la circunstancia para hacernos mejores hijos, mejores cónyuges, y mejores padres, con el objetivo de hacer más fácil y probable que nuestra propia familia termine también entregando su vida a Jesucristo.  Pero, si ellos nunca llegasen a rendir sus vidas a Jesucristo, entonces, Dios nos habrá capacitado para amarles también a ellos, sin duda como también se lo merecen.  Ser discípulo, no siempre será fácil, pero siempre seremos capacitados para ser fieles y verdaderos, y responsables con nuestra familia.

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   OBSERVACIÓN ADICIONAL: Nuestro texto bíblico en palabras de Jesús, añade otros precios que conlleva el ser discípulo de él.  Por ejemplo, el versículo 38 habla de precio de tomar la cruz, y el versículo 39 habla del perder la vida por causa de Jesús; pero acerca de esto ya lo he predicado en otra ocasión, por lo que hoy solamente les hablaré de estas tres experiencias que podrían ser el precio circunstancial que más de alguno de nosotros nos veremos en necesidad de pagar con nuestra experiencia.

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, ser discípulos de Jesús, es un gran privilegio que reclama una gran responsabilidad, el nunca dejar de serlo bajo ninguna circunstancia.  Ese es el alto precio a pagar, no con dinero, sino con la experiencia. Si usted llega a ser rechazado por proclamar el evangelio de Jesucristo, no deje de ser por ello un discípulo fiel de Jesucristo.  Si su propia familia le desprecia por ser discípulo de Jesucristo, no deje usted por ello, el discípulo que Dios le ha llamado a ser.   Si alguien de su familia le exige abandonar su discipulado en Jesús, para centrar toda su atención en su familia, no por ello deje usted de ser discípulo.  Sea usted fiel a Jesús, y él hará lo que corresponde para hacerle libre de semejantes circunstancias, condiciones, y amenazas.

   Que Dios nos ayude a ser discípulos de su Hijo, y si tenemos que pagar el precio circunstancial por ser su discípulo, que él nos haga capaces de pagar el precio.