Mar 25

SOLO JESÚS SE DESPOJÓ A SÍ MISMO POR NOSOTROS, Por: Diego Teh.

SOLO JESÚS SE DESPOJÓ A SÍ MISMO POR NOSOTROS

Filipenses 2:7.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del DOMINGO DE RAMOS, 25 de marzo 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 01 de la serie: SOLO JESÚS, de semana santa 2018.

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   INTRODUCCIÓN: En el mensaje de este momento usaré esencialmente la frase del versículo 7 de nuestra lectura, en el que San Pablo, hablando de Jesús, dice que: “se despojó a sí mismo” (Filipenses 2:7).  Esta sola frase tiene mucho significado relevante para entender la gracia y el amor de Dios por los pecadores. En el idioma griego el apóstol Pablo utilizó las palabras: ?????? ???????? (evtón ekénosen), del cual se ha derivado la palabra Kenosis que se usa en la teología cristiana para hablar de este fenómeno divino. ¿Qué es esta Kenosis? Sin duda que es un misterio divino, sin embargo, hay detalles que son suficientemente sencillas de entender e interpretar a la luz del contexto de todo el conjunto de la misma palabra de Dios.  Pero, primeramente, voy a aclarar que esta decisión en el que Jesús “se despojó a sí mismo”, no significa que él haya determinado dejar de ser Dios para ser solamente un hombre, pues si fuese solamente un hombre nacido de mujer no cubriría los requisitos para pagar por nuestro pecado porque sería igual de pecador que nosotros.  Tenía que ser igual a nosotros en naturaleza, pero al mismo tiempo diferente de nosotros, no teniendo pecado como nosotros; y esto solamente podría ser así, si como hombre era Dios al mismo tiempo. No era necesario que sea un hombre que no sea descendiente de nuestra raza, pues Dios pudo haber creado a otro hombre ajeno a la naturaleza de pecado que ya tenía nuestra raza, pero no fue así porque entonces ese hombre de otra naturaleza no podría representarnos para morir por nosotros, porque se requería que quien pague nuestras culpas tenía que ser de nuestra misma naturaleza, no de otra.  Por eso Jesús, era y es Dios hecho humano de nuestra misma naturaleza, que en el proceso de hacerse de nuestra misma naturaleza, “se despojó a sí mismo”.  ¿Qué es lo que ocurrió en este auto despojamiento, o sea en esta Kenosis divina?

   En esta predicación les voy a exponer que Jesús, para ser verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios, se despojó a sí mismo, o sea que renunció a derechos divinos que uniéndose a nuestra naturaleza humana se limitó a no usar durante su vida y ministerio terrenal, para así cumplir su función como Salvador. / ¿Cuáles son los derechos divinos, de los cuáles Jesús al despojarse a sí mismo, renunció, para ser verdadero hombre sin dejar de ser Dios, limitándose a no usarlos durante su vida y ministerio terrenal, para así cumplir su función como Salvador? / Hoy les voy a compartir algunos de los derechos divinos que, para ser verdadero hombre de nuestra misma naturaleza, sin dejar de ser Dios, Jesús los renunció, limitándose a no usarlos durante su vida y ministerio terrenal, para así cumplir su misión como Salvador.

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   El primer derecho divino del cual Jesús “se despojó a sí mismo”, limitándose a no usarlo durante su vida y ministerio terrenal, es:

I.- SU GLORIA CELESTIAL.

   Tiene razón el apóstol Juan cuando escribió que: A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18).  Desde la antigüedad, cuando Dios manifestaba que estaba presente, a Él no se lo podía ver sino solamente se podía ver algo que manifestaba su presencia.  Por ejemplo, cuando se le apareció a Moisés, lo que él vio fue solamente un fuego que suave e inofensivamente envolvía una zarza que no se consumía, pues Dios permanecía invisible. Cuando Dios se le aparecía a los israelitas en el tabernáculo o en el templo, lo que realmente veían era una nube espesa del cual salía una poderosa luz que no podía soportarse por el ojo humano y tenían que alejarse del lugar.  Aquella luz junto con su nube, fue conocida como Shekiná, nube de la gloria de Dios, la cual ocultaba a Dios.

   Jesús, aun siendo Dios, no vino con aquella poderosa gloria que potente y impactantemente hacía evidente que Dios estaba presente. Solamente en una ocasión casi cerca del final de su ministerio, cuando ocurrió en él el divino fenómeno de la transfiguración de Jesús que San Mateo lo describió escribiendo: “resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz; […] una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:2b, 5).  San Marcos, lo describe diciendo: “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos. […] Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Marcos 9:3, 7).  San Lucas lo describe también diciendo: entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente. / Y he aquí dos varones que hablaban con él, los cuales eran Moisés y Elías; / quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. / […] / …vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube.  / Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd” (Lucas 9:29-31, 34, 35).  San Juan no relata este episodio, pero es a ello que se refiere cuando dice de Jesús: “vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:14b, lo que está entre paréntesis).  Solamente en aquella transfiguración Jesús usó la gloria divina en un encuentro especial con su Padre celestial.  Pero, durante toda su vida se despojó a sí mismo de toda aquella gloria divina que era su derecho, pero para ser como uno de nosotros, para dar su vida por nosotros, se tuvo que despojar de ello.

   Es hasta su oración en el huerto Getsemaní, cuando ya lo iban a arrestar para juzgar y condenar a la muerte, cuando él mientras oraba le dijo a su Padre celestial: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). Y sí lo recuperó porque es su derecho divino, pues en el apocalipsis San Juan nos relata: “su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. /  Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; / y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén” (Apocalipsis 1:16-18).  Y en la actualidad, nosotros nos encontramos esperando que él vuelva con poder y gloria (cf. Mateo 24:30; Marcos 13:26; Lucas 21:27). Pero mientras estuvo aquí en la tierra se privó de este derecho con tal de identificarse plenamente con nuestra condición humana, y tomar nuestro lugar para pagar nuestras culpas.

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   El segundo derecho divino del cual Jesús “se despojó a sí mismo”, limitándose a no usarlo durante su vida y ministerio terrenal, es:

II.- SU AUTORIDAD ABSOLUTA.

   Alguien que tiene autoridad absoluta, libremente hace todo lo que quiere, mas no tiene ninguna obligación de hacer lo que otro quiere.  Por eso, cuando Jesús llevaba a cabo su ministerio, casi al principio, cuando compartió su evangelio como agua de vida, habiendo tardado en hablar con aquella mujer samaritana, sus discípulos que habían comprado comida y querían comer junto con su Maestro, le rogaban que él comiera junto con ellos, pero él les respondió: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34).  Jesús siendo Dios, tenía el derecho de no ocuparse en hablar de cosas divinas a aquella mujer, sin embargo, como se limitó a no usar su derecho de autoridad absoluta, antes se sometió a todo lo que su Padre celestial decidiera para él, estando bajo obediencia cuando no tenía por qué someterse a obediencia pues él mismo era Dios.

   Quizá su siguiente milagro de Jesús después de su conversación con aquella mujer samaritana, fue la sanidad de un paralítico en el estanque de Betesda cerca de Jerusalén, en un día de reposo.  Desde aquella ocasión los judíos encabezados por sus líderes religiosos comenzaron a querer matarle.  Defendiendo ante ellos su responsabilidad de hacer la voluntad de su Padre celestial, una de las cosas que les explicó fue: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Juan 5:30).  ¿No es esto, que el Dios de toda autoridad, ahora en su condición de Dios encarnado, no hacía y quería lo que como Dios tenía el derecho de decidir hacer o no hacer, sino que estaba sujeto a obedecer la voluntad del Padre?  Aquí también es evidente que él se había despojado de su autoridad absoluta.

   En la ocasión que Jesús alimentó a más de cinco mil personas, algunas pensaron que le sacarían más provecho a Jesús, siguiéndole a donde sea que él vaya, por lo que al día siguiente muchos le buscaron, siguieron, y persiguieron, obviamente no para escuchar su evangelio, sino para que les dieran más comida.  Jesús, entonces, les dijo que no busquen solo el pan que perece sino el pan que permanece para vida, identificándose él como el Pan de vida que descendió del cielo.  Y luego dijo de él mismo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).  Este era Jesús, quien, aun siendo Dios, no estaba usando su propio derecho divino de autoridad absoluta, pues nuevamente indica que estaba sometido a voluntad del Padre celestial.

   Y quiero agregar un detalle más.  La noche que Jesús fue arrestado, tres veces hizo la misma oración donde le expresaba a su Padre celestial, que Jesús se sentía angustiado por su muerte necesaria que conscientemente sabía que estaba por ocurrir en menos de las siguientes 24 horas.  Especialmente en la segunda de estas tres oraciones similares, él dice: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42b).  Hacer la voluntad de su Padre, es evidencia de que él siendo Dios no estaba usando de su derecho divino de autoridad absoluta de la cual “se despojó a sí mismo”, poniéndose voluntariamente bajo total autoridad de la voluntad del Padre.

   Amados hermanos, todo esto fue necesario para que él además de su naturaleza divina, estando en condición de hombre, pueda cumplir de manera perfecta la obediencia que ningún ser humano puede cumplir, y así entonces ser la única persona calificada para tomar nuestro lugar para el pago de nuestras culpas.

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   El tercer derecho divino del cual Jesús “se despojó a sí mismo”, limitándose a no usarlo durante su vida y ministerio terrenal, es:

III.- SU RIQUEZA UNIVERSAL.

   San Mateo en la ocasión que nos narra acerca de tres personas que, tras conocer los requisitos y condiciones para ser un discípulo de Jesús, uno de los tres casos ocurre de la siguiente manera.  Un escriba, muy aventurado pero sin pensar las responsabilidades y dificultades de su discipulado que él pensó hacer con Jesús, se acerca a Jesús y le dice: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas” (Mateo 8:19b).  Pero, la respuesta que recibió de Jesús, y que era muy cierta para Jesús y que aplicaba también para todo aquel que quería ser su discípulo, es que: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza” (Mateo 8:20).  Jesús, el co-Creador junto con el Padre, el Dios por quien todas las cosas fueron hechas, ahora, aquí en la tierra no tenía absolutamente ningún bien terrenal.  Todo esto, como consecuencia de haberse “despojado a sí mismo” de su derecho divino de hacer uso de toda riqueza universal.  Ni siquiera, por derecho de herencia de sus propios padres terrenales, había recibido un tanto de bienes como una casa, o por lo menos una tumba para el final de su vida. Todos sus haberes, fueron en la mayoría aportaciones de otros que apreciaron su ministerio.

   Cuando el apóstol Pablo hablaba de la importancia de ser generosos ante las necesidades de nuestros semejantes, explicó a los Corintios acerca del despojamiento voluntario de Jesús, quien siendo dueño de todo caudal de riqueza, dice de él San Pablo: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).  Nadie le obligó, sino que “se despojó a sí mismo”, o lo que es lo mismo: “se hizo pobre, siendo rico”.  Si él no hubiese hecho esto, los seres humanos estaríamos sumidos en la pobreza de las miserables consecuencias del pecado; pero ahora por su decisión de experimentar “su pobreza”, nosotros somos “enriquecidos” con muchos beneficios de la gracia salvadora.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, para ser beneficiados con la gracia divina de la salvación eterna, y ser librados de nuestra antes segura condenación, fue necesario que Jesús se despojara de sus derechos divinos, los cuales él no estimó como cosas a qué aferrarse.  En ese mismo contexto, de lo que Jesús hizo de despojarse así mismo, los creyentes somos invitados a ser como Jesús, cuando San Pablo dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Nosotros también debemos interesarnos en procurar el bien de otros que en este momento no tienen solución para los problemas de sus vidas, llevándoles el bendito evangelio de Jesús.  Estoy seguro que una de las razones por el que muchos tienen dificultad de llevar y compartir a otros el evangelio de salvación y solución, es porque hay algún legítimo derecho del cual no hay disposición de despojarse de ello.  Y mientras no nos despojemos de ello, no podremos hacer ningún bien espiritual o material a nadie.  Gracias a personas que hace unos 35 años se despojaron de algo para traernos la palabra de Dios en esta colonia, hoy tenemos una iglesia aquí.   Los apóstoles se despojaron de sus barcas, de sus familias, de sus propiedades, para ser discípulos y mensajeros del evangelio de Jesús; y solo así lograron evangelizar al mundo de su tiempo.  Hoy, también nosotros debemos hacer lo mismo, pues nuestro Salvador Jesús, así lo hizo. De despojó de su gloria celestial, se despojó de su autoridad absoluta, y se despojó de su riqueza universal.

Nov 19

ORDENA TU CASA, PORQUE MORIRÁS, Por: Diego Teh.

ORDENA TU CASA, PORQUE MORIRÁS.

2 Reyes 20:1-11 (v. 1).

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la cong. “Cristo es el Camino” de la col. Chuminópolis, de Mérida, Yuc; el dom. 19 de nov. 2017, a las 11:00 horas.

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   INTRODUCCIÓN: Hoy hemos leído la historia de un hombre llamado Ezequías que comenzó a reinar a la edad de 25 años (cf. 2 Reyes 18:2), y que reinó durante 29 años (cf. 2 Reyes 18:2).  Según estos datos, ¿a qué edad murió? Correcto, a sus 54 años; pero según nuestra lectura en 2 Reyes 20, estaba a punto de morir por causa de una terrible llaga ordinaria y aparentemente incurable, y Dios le sanó y le concedió 15 años más de vida.  ¿Qué edad tendría entonces cuando comenzó su tiempo de gracia para vivir? De sus 54 años, le restamos los últimos 15 que vivió, entonces tenemos el resultado de que tenía 39 años.  Y si comenzó a reinar a sus 25 años, entonces ¿cuántos años llevaba como rey? Correcto, 14 años.

   En el mismo segundo libro de los reyes, y en el segundo libro de las crónicas, los narradores de su historia nos dicen acerca de Ezequías: “E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho David su padre” (2 Reyes 18:3; 2 Crónicas 29:2).   Sin embargo, según nuestra lectura, a sus 39 años de edad, y a sus 14 años de ser rey de Judá, recibe de Dios el siguiente mensaje: “Ordena tu casa, porque morirás” (2 Reyes 20:1). ¿Qué significan estas palabras? ¿No que era un hombre recto? ¿Qué enseñanzas nos aportan estas palabras de Dios?  Pero, para darle una aplicación práctica a nuestra vida, permítame hacerle un par de preguntas: ¿Usted tiene en orden su casa? ¿usted tiene en cuenta que, si bien no está a punto de morir, de todas maneras, algún día la muerte le sorprenderá?  El orden en la casa siempre es una necesidad con respecto a nuestras pertenencias.  Nunca debería haber un tiradero de cosas en nuestra casa, ni nunca deberíamos dejar que la suciedad permanezca, porque es a través del orden y la limpieza que también reflejamos santidad o falta de santidad.  También, el orden en la casa siempre es una necesidad con respecto a los bienes que hemos adquirido.  Es importante que, en previsión de nuestra muerte, acudamos al notario, y dejemos constancia de nuestra voluntad para la distribución de la herencia que dejaremos.  Sin embargo, las palabras de Dios a Ezequías: “Ordena tu casa, porque morirás”, no tiene que ver ni con el ordenamiento de todas nuestras pertenencias, ni con el ordenamiento de nuestros asuntos legales, aunque estas cosas de por sí son necesarias.  Entonces, ¿qué significa: “Ordena tu casa, porque morirás”.?

   En este mensaje les voy a compartir que para el cumplimento de las palabras de Dios: “Ordena tu casa, porque morirás”, es necesario llevar a cabo diversas responsabilidades. / ¿Qué responsabilidades son necesarias de llevar a cabo para cumplir las palabras de Dios: “Ordena tu casa, porque morirás”.?  / En este mensaje, les voy a compartir algunas de las responsabilidades necesarias de llevar a cabo para ordenar la casa.

   La primera responsabilidad necesaria de llevar a cabo para cumplir las palabras de Dios: “Ordena tu casa, porque morirás”, es:

I.- PREPARAR BIEN A ALGUIEN QUE SIGA TUS BUENOS PASOS.

   En el idioma hebreo en el que fue escrito originalmente la palabra que en nuestra traducción tenemos como “ordena”, es: (?????, tsa?va?h cuya traducción tiene el sentido de: constituir, encomendar, o establecer).  Si había algo que había de poner en orden en su casa, no eran sus pertenencias, pues como rey tenía a su servicio un buen número de sirvientes que se ocupaban de poner todo en orden en todas las áreas de su casa.  Sin embargo, había algo que hacía falta de constituir, encomendar, o establecer.   Dios no le estaba reclamando a Ezequías que su vida era un desorden, porque él había sido un rey que a diferencia de otros reyes que le habían precedido, estaba haciendo “lo recto ante los ojos de Jehová” (2 Reyes 18:3; 2 Crónicas 29:2).  Le estaba diciendo a Ezequías que antes de que él muera, encomendara a alguien que responsablemente tomen su función de gobernar bien al pueblo de Judá, como él lo había estado haciendo.

   ¿Pero quién debería ser su heredero al trono?  Por derecho divino, era el primogénito.  Pero el detalle relevante, es que, a sus 39 años de edad, Ezequías no tenía un hijo que le sucediera en el trono, pues el dato que tenemos es que su primer hijo Manasés al comenzar a reinar tenía solamente 12 años (cf. 2 Reyes 21:1), lo cual quiere decir que le nació a Ezequías al tercer año de los 15 años de gracia que Dios le dio.  “Ordena tu casa”, era para él, buscarse una esposa con quien tener por lo menos un hijo, porque a su antepasado David, Dios mandó a decirle por medio de su profeta Natán: “Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 Samuel 7:16). Y Ezequías como descendiente de David no podía quedar sin hijo, pues es por eso que Dios le dijo: “Ordena tu casa, porque morirás”, y la razón de añadirle 15 años más de vida, le fue explicado de parte de Dios por el profeta Isaías, diciéndole: “añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo” (2 Reyes 20:6).  El amor de Dios por su pueblo, requería de un hijo de Ezequías, para que siguiera el cumplimiento de la promesa hecha por Dios a David.  Finalmente, así ocurrió. Ezequías tomó por mujer a Hepsiba quien fue la madre de Manasés el sucesor de Ezequías en el trono (cf. 2 Reyes 21:1).  Y tendría Ezequías doce años para instruirle, lo cual tenía que aprovechar al máximo porque su tiempo estaba medido.  Desafortunadamente, a pesar de la instrucción del temor a Dios que Ezequías le debió haber enseñado a Manasés, por mucho tiempo fue un rebelde haciendo lo malo delante de Dios, pero finalmente tras una dura circunstancia que tuvo que enfrentar por fin Manasés reconoció que Jehová era Dios (cf. 2 Crónicas 33:10-13); y entonces comenzó a hacer lo bueno delante de Dios.  En este sentido, para Ezequías, la exhortación “ordena tu casa”, era la instrucción de Dios para que este dejara en su hijo un buen legado.

   Amados hermanos, cada uno de nosotros los padres de familia, tenemos la responsabilidad de ordenar nuestra casa, primeramente, enseñando a nuestros hijos los principios de temor a Dios para que ellos hagan la buena voluntad de Dios; aunque si alguna vez no la hicieren, nosotros ya habremos cumplido nuestro deber. Ya habremos sembrado la buena semilla que germinará en su momento, y luego producirá el fruto del bien.

   La segunda responsabilidad necesaria de llevar a cabo para cumplir las palabras de Dios: “Ordena tu casa, porque morirás”, es:

II.- EDIFICAR LA VIDA ESPIRITUAL DE TU FAMILIA.

   En el original hebreo la palabra “casa” que leímos en español en 2 Reyes 20:1, se utiliza la palabra: (bayit (??????) que en un español más preciso su acepción es: familia o linaje.  La traducción “casa” no es incorrecta, sin embargo, no es precisa para entenderla en nuestro contexto porque la palabra “casa” tiene diversas acepciones tanto en el idioma hebreo como en nuestro idioma español.   La acepción precisa es: familia o linaje.  En el concepto hebreo, familia son todos los que viven bajo el mismo techo de un padre de familia, incluyendo a menudo hasta a los sirvientes o esclavos en el caso de que lo hubiesen.  Es así que la exhortación “ordena tu casa”, no era solamente la exhortación para que Ezequías se buscase una esposa, y que tuviese con ella un hijo que continuara la dinastía de David a quien Dios le prometió un descendiente que en cada generación sería un rey; sino que “ordena tu casa”, era también la exhortación de poner orden la vida espiritual tanto de él como el de todas las personas que estaban al servicio de Ezequías.  En otras palabras, Ezequías tenía que preocuparse no solamente de proveer el salario o la manutención de sus siervos, familiares, y parientes, sino que también tenía que guiarlos hacia el temor de Dios.  No era profeta, ni sacerdote, sino rey, pero aun así tenía que velar por la vida espiritual de los que dependen de él para el trabajo y manutención.  Esto también es lo que sucede en casa en una familia, el padre de familia, aunque no sea un pastor, misionero, predicador, evangelista, o maestro de biblia o religión, tiene el deber de conducir espiritualmente en la fe primeramente a los hijos, pero también a todo aquel que vive bajo nuestro techo.

   Amados hermanos, en la vida cristiana de nuestro tiempo a unos 2,700 años después de Ezequías, siempre tenemos la responsabilidad de procurar que toda nuestra familia sea consagrada a Dios por medio de Jesucristo.  La esposa debe estar procurando que su esposo venga a la fe, pues el apóstol Pedro enseña a las casadas, diciéndoles: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, /  considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (1 Pedro 3:1,2).  El hombre casado también debe procurar que su esposa sea creyente, pues el mismo apóstol Pedro enseña a los casados, diciendo: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7).  E igualmente los padres deben estar haciendo lo mismo para con sus hijos que no han abrazado la fe cristiana.  Los hijos creyentes cuyos padres no profesan la fe cristiana también deben estar ayudando a sus padres a integrarse a la fe cristiana. Entre hermanos en la familia también deben ayudarse mutuamente para que nadie se pierda la gracia salvadora de Jesucristo.  Esta es una casa o familia que busca ser ordenada con respecto a la eternidad a la que un día todos tenemos que entrar.  Se espera que usted entre por la puerta de la eternidad del cielo, y no por la puerta de la eternidad del infierno.  Para que no entre usted ni su familia por la puerta del infierno, ordene usted su casa en el aspecto espiritual ayudando a todos los integrantes de su familia a que crean y reciban a Jesucristo como el único salvador que puede librar de la condenación eterna no solamente a una persona sino a toda la familia.

   La tercera responsabilidad necesaria de llevar a cabo para cumplir las palabras de Dios: “Ordena tu casa, porque morirás”, es:

III.- PREPARARSE PARA EL MOMENTO DE LA MUERTE.

   Las crónicas bíblicas nos relatan que Ezequías por haber sido un rey recto delante de Dios, fue por ello “prosperado […] en todo lo que hizo” (cf. 2 Crónicas 32:30), pero como suele ocurrir con mucha gente, se le estaba olvidando que algún día iba a morir y que había cosas importantísimas que él debía ordenar para cumplir así el propósito de Dios para su vida.  Es por eso que, de parte de Dios por medio del profeta Isaías, recibió la exhortación “ordena tu casa”, pero con un indicativo relevante acerca del motivo por el cual es necesario estar en orden en casa: “porque morirás”. ¿Quién está listo para morir?  Sin estar esperando que la muerte nos ocurriera pronto o el mismo día de hoy, deberíamos ya estar listos por si acaso nos sorprende tan inesperado día.

   Og (o Agustín Mandino), aunque su perspectiva no es cristiana sino humanista y superacional, en el quinto pergamino de su libro best seller: “El vendedor más grande del mundo”, dice: Viviré este día como si fuese el último de mi existencia. Y si no lo es, caeré de rodillas y daré gracias”[1].  Este escritor, aunque solamente explica lo importante que es aprovechar el hoy sin arrastrar los problemas del ayer tras nosotros, y sin preocuparse de lo que traerá el mañana, tiene razón en que es importante vivir cada día como si fuese el último día de nuestra vida.  Aunque Jesucristo tendría muchas cosas que corregirle a Mandino, porque su perspectiva solamente es filosófica-metafísca[2] y no cristiana, es cierto que para muchos hoy será el último día. ¿Qué tal si hoy es el último día para mí o para usted?

  Jesucristo nuestro Señor, les refirió una parábola a sus discípulos acerca de un hombre que él califica como necio porque no piensa que el último día o momento de su vida podría ser hoy mismo.  La parábola va así: “La heredad de un hombre rico había producido mucho. / Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? / Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; / y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. / Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Lucas 12:16b-20).  La vida no es solamente para trabajar, ni solamente para acumular cada vez más ganancias, aunque estas se obtengan de manera legítima, pues una vez que uno muere, todo ello quedará en manos de otra persona.  Por supuesto que eso no tiene nada de malo, porque así dejamos un patrimonio útil y beneficioso para quienes nos hereden.  Pero, al mismo tiempo que vivimos y trabajamos hay que prepararse y mantenerse preparados para esperar el momento cuando tengamos que partir al otro mundo de la eternidad.  No se trata de estar temiendo la llegada de nuestra muerte, sino de estar siempre preparados para evadir el infierno ardiente, y asegurarnos de que estamos camino a la casa celestial.

  Amados hermanos, nosotros debemos vivir pendientes de que en cualquier momento puede llegar el fin de nuestra vida.  No debemos estar solamente preparados para trabajar, adquirir más bienes, ser exitoso en todo lo que hacemos, sino que es necesario estar pendientes y preparados para el inesperado momento de nuestra muerte.  La razón principal de prepararse para el momento de la muerte es para evitar ir a la condenación eterna, y en vez de ello, para ir al cielo eterno de Dios.  Y esto solamente es posible si mientras vivimos creemos y perseveramos en la fe en Jesucristo.

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, además de un impecable diseño de nuestras casas, a pesar de tener nuestras pertenencias muy en orden en nuestras casas, Dios espera que estemos dejando en nuestros hijos y demás miembros de nuestra familia una huella o legado de nuestra fe y obediencia que les servirá para enfrentar los embates del pecado que amenazarán a la siguiente generación.  Sobre todo, y de una manera muy personal es necesario prepararse por medio de la fe en Jesucristo para acceder no a la infernal eternidad sino a la gloriosa eternidad donde Dios el Padre y su Hijo Jesucristo serán el centro de atención que vale la pena conocer.

   Ojalá usted quiera poner en orden su vida personal, pero también pueda ordenar su casa o familia, para que todos estén en sintonía con la voluntad de Dios.

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[1] http://kikovelezmoro.com/el-vendedor-mas-grande-del-mundo/pergamino5/

[2]  Según el Wikipedia, Og Mandino, “tras el final de la guerra […] se encontró con enormes dificultades para encontrar empleo, por lo que probó suerte como vendedor de seguros pero fracasó. Debido a varios deslizamientos se vuelve alcohólico y termina perdiendo a su familia y trabajo. Pensó varias veces en suicidarse, pero su vida cambió cuando entró en una biblioteca bajo el pretexto de leer cuando sólo quería recibir refugio ya que había mucho frío afuera. Un libro digno de mención, “Actitud Mental Positiva: Un Camino al Éxito” por Napoleon Hill y W. Clement Stone; Empezó a leerlo, y a partir de ese día comenzó a ser instruido con varios libros de autoayuda que le ayudaron a salir de la depresión y el alcoholismo. Con el tiempo se convirtió en un escritor de éxito que logró llegar a la sala de la fama de la National Speakers Association (“National Speakers Association”).  https://es.wikipedia.org/wiki/Og_Mandino

Ene 16

DEN GRACIAS, Por: Diego Teh.

dengracias

DEN GRACIAS

Salmo 136:1-3, 26.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Luz de Vida” de la col. Bojórquez, de Mérida Yuc; el día sábado 16 de Enero del 2016, a las 19:00 horas, por motivo del 84 cumpleaños del hno. Antonio Yupit.

 

   INTRODUCCIÓN: En nuestras biblias versión Reina Valera 60, al principio de cada uno de los versículos 1, 2, 3, y 26 de este salmo, leemos la palabra imperativa “Alabad…”, pero si usted tiene la posibilidad de comparar con otras versiones como la versión Dios Habla Hoy, y la Nueva Versión Internacional, lo que usted va a encontrar al principio de cada uno de estos versículos es la frase “Den gracias…”.  No es que haya alguna contradicción en estas versiones sino que la palabra “Alabad” implica expresar agradecimiento, y la acción de dar gracias, cuando es dirigida a Dios, también es un acto de alabanza.  Por eso, para efecto de este mensaje voy a utilizar la RV60 como texto base, pero utilizaré como apoyo las expresiones muy claras y explicativas de las versiones DHH y NVI.

   De manera más precisa, con los versículos ya mencionados, voy a enfatizar que el pueblo de Dios debe darle gracias por razones propias de Su naturaleza.  /  ¿Cuáles son las razones propias de la naturaleza de Dios por las cuales se le debe dar gracias?  /  Siguiendo las particularidades de este salmo con respecto a la palabra “Alabad” o la frase “Den gracias” según otras versiones, les compartiré cuatro razones propias de la naturaleza de Dios por las que debemos darle gracias.

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   La primera razón propia de la naturaleza de Dios por la cual se le debe dar gracias, es:

I.- PORQUE ÉL ES SEÑOR BUENO.

   Observemos que el autor del salmo da una orden al pueblo de Dios, diciéndoles: “Alabad a Jehová, porque él es bueno” (v. 1a, RV60), lo que también equivale a decir: “Den gracias al Señor, porque él es bueno” (según la NVI).  También en este caso no hay ninguna contradicción con el uso de “Jehová” y “Señor”, por lo que en estas palabras quiero que notemos dos cosas; lo primero es que Dios es considerado “Señor”, y esto no es solamente un respeto cultural hacia Él sino que es el reconocimiento de su derecho divino y soberano de gobernar que ha manifestado hacia todo el universo y hacia todos los seres humanos, pero de manera muy especial hacia su pueblo.  Por eso, su pueblo debe llamarle “Señor”; lo segundo es que en el ejercicio de su señorío “él es bueno”.

   En la ocasión cuando la madre de dos de los apóstoles le pidió a Jesús que dejara que en su reino sus hijos se sienten uno a cada lado de él, Jesús aprovechó la ocasión no solamente para amonestar a esta madre e hijos confundidos, sino también para discipular correctamente a todo su grupo de doce apóstoles.  Entre todas las cosas que Jesús les dijo, les recordó lo siguiente: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad” (Mateo 20:25).  Lo que quiero resaltar en este punto es que “los gobernantes (o en otras palabras: “señores”) de las naciones se enseñorean de ellas”, lo cual quiere decir que cuando se trata de señores humanos, lo que sin falta se puede esperar de ellos no es un trato justo y amable sino de enseñoreamiento injusto.  Y esto lo dijo Jesús, en el contexto que sus oyentes podían comprender.  Por ejemplo, en la época de Jesús, un soldado romano tenía la potestad de detener a cualquier persona y pedirle que le llevaran alguna carga por lo menos a una milla de distancia (cf. Mateo 5:41).  Esto fue lo que le hicieron a Simón de Cirene quien estaba viniendo del campo, seguramente de trabajar, le pusieron encima la cruz que habían hecho que Jesús cargase desde el palacio de Pilato hasta el camino al Gólgota, y le obligaron a llevarla hasta el lugar donde Jesús seria crucificado (Mateo 27:32; Marcos 15:21; Lucas 23:26).

   Pero, regresando al tema; Dios no es un señor como los que usan su potestad de manera arbitraria, sino que es descrito por el salmista como “Señor […] bueno”.  Amados hermanos, es bueno que analicemos nuestra vida personal para darnos cuenta cómo ha sido bueno Dios con nosotros.  Cuando nacimos no teníamos nada más que nuestro cuerpo y a nuestros padres, pero al paso de los años, hemos tenido alimentación, salud, ropa, escuela, familia, bienes materiales como vivienda, vehículo, etc…  Cada una de estas cosas es gracias a que Dios es bueno con nosotros.  Pero aunado a todo lo anterior, otra manera muy importante de darnos cuenta de su bondad, es recordando que quienes hemos podido creer en su hijo Jesucristo como nuestro Salvador, entendemos que después del pecado de los primeros seres humanos, todos somos pecadores sentenciados bajo juicio de condenación eterna, sin embargo, por el evangelio de Jesucristo nos enteramos que a pesar de tal sentencia bien merecida, Dios nos ha elegido para quitar de nosotros la condenación eterna por medio del pago que Jesús hizo con su propia vida.  Esto es otra razón, y de mayor peso, para darle gracias a Dios todo el tiempo.

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   La segunda razón propia de la naturaleza de Dios por la cual se le debe dar gracias, es:

II.- PORQUE ÉL ES DIOS DE DIOSES.

   En el segundo versículo la orden del salmista es: “Alabad al Dios de los dioses” (v. 2a, RV60), que igualmente quiere decir: “Den gracias al Dios de dioses” (según la NVI).  Antes de enfocarme al deber de dar gracias, voy a enfocarme secundariamente a la frase “Dios de (los) dioses”.  ¿Significa esto que hay otros dioses que pudiesen ser vivos y verdaderos?  No.  “Los dioses” con “d” minúscula, es una referencia a los dioses falsos, que abundaban en la época de los salmistas bíblicos, y aun antes y después de ellos.  En la época de los apóstoles de Jesucristo, mas de 1000 años después de los salmistas bíblicos, San Pablo les decía a los Gálatas “Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses;” (Gálatas 4:8), pues los dioses falsos siempre han existido por doquier en cantidades y variedades.  Desde la creación hasta el día de hoy siempre ha habido “dioses” con “d” minúscula, sobre los cuales Dios con “D” mayúscula, el Dios verdadero, tiene la supremacía.  Dios no solamente es Dios sobre ciertas entidades que se puedan considerar inferiores, sino aún sobre toda entidad que se considere la gran cosa, o que incluso se considere una deidad, aunque no lo sea.  Incluso, Dios es Dios sobre las invenciones de los seres humanos que procediendo de su propia mente se crean dioses imaginarios que en la realidad absoluta no son dioses pues ni siquiera existen.  En cambio sí existe el Dios que es real, vivo, y verdadero a quien se le debe dar gracias por su perpetua misericordia.

   En la antigua religión griega se dice que ellos tuvieron como dioses a los titanes, una docena de dioses que también procrearon a otros hijos dioses[1].  Posteriormente surgieron otra docena de dioses entre hermanos e hijos de Zeus, conocidos como el Dodekatheon (??????????), y también como los doce dioses olímpicos o del Olimpo que derrotaron a los doce dioses titanes.  Posteriormente los romanos también adoptaron a estos doce olímpicos como sus dioses aunque con nombres distintos[2].  Aunque estos eran dioses falsos, Dios fue también Dios sobre ellos.  Nada ni nadie le quita a Dios lo excelso y supremo que es sobre todas las cosas y sobre todos los seres.  Lo mismo se puede decir acerca de los dioses de todas las culturas de todos los tiempos habidos y por haber.  Lo mismo es cierto con relación a los oxlahuntikú y los bolontikú (los trece dioses celestes, y los nueve dioses del Xibalbá o inframundo) que nuestros antepasados mayas tuvieron.  Dios no dejó de ser el Dios de estos dioses, a lo cuales no siendo verdaderos sino falsos, los ha eliminado de la imaginación religiosa de la cultura por medio del glorioso evangelio de Jesucristo, precisamente porque Él es “Dios de dioses”.

   El apóstol Pablo, escribió a los Corintios que: “…sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios.  /  Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores),  /  para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.  /  Pero no en todos hay este conocimiento;…” (2 Corintios 8:4b-7a).  Esto aclara que Dios es único, no hay dos como Él, y si falsamente alguien se autodenomina Dios, eso no lo desdiviniza a Él, sino al contrario con más razón sigue siendo Dios, incluso sobre lo que es falso.  Es a este Dios verdadero que debemos darle gracias.

   En el caso de los que somos creyentes en Jesucristo, dice el apóstol Pablo a los Colosenses Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (Colosenses 5:18).  Dios espera también de nosotros que le demos siempre las gracias, porque no es poca cosa que por medio de Cristo Jesús hayamos sido salvados de la condenación eterna, y recibido los más sublimes beneficios inmerecidos de la salvación.

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   La tercera razón propia de la naturaleza de Dios por la cual se le debe dar gracias, es:

III.- PORQUE ÉL ES SEÑOR DE SEÑORES.

   En el tercer versículo de nuestro Salmo, leemos: Alabad al Señor de los señores” (v. 3a, RV60), lo cual también significa “Den gracias al Señor omnipotente” (según la NVI), o “Den gracias al Señor de señores” (según la DHH).  Cuando esta frase se refiere a “los señores” (con “s” minúscula), se refiere a toda persona que legítima o aun ilegítimamente ostenta alguna autoridad terrenal; pero al referirse a Dios como el “Señor (con “S” mayúscula) de los señores”, está explicando que sobre toda persona que haya alguna autoridad, Él es la autoridad superior y final.  Es el “Señor de los señores”.   En otras palabras Él es el Soberano.

  El concepto de Soberano, o “Señor de señores”, se utilizaba en la antigüedad para identificar a los emperadores que conquistaban reinos quedando el rey conquistado como vasallo del emperador.  El emperador era el “Señor de señores”.  Los “señores” o vasallos quedaban obligados a darle toda obediencia, tributo, lealtad, a su “señor” emperador que finalmente también era un ser humano.  Pero en este salmo, el “Señor de señores” no es un emperador humano o terrenal, sino que es Dios, quien no por conquista sino por derecho divino y por derecho de creación, tiene poder absoluto o soberano no solamente sobre autoridades terrenales, sino sobre todo ser humano, y sobre toda su creación en general.

   El apóstol Pablo, hablando de Dios con respecto a su Hijo Jesucristo y con respecto a nuestra elección para salvación, dice de Dios que: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,  /  en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo,…” (Efesios 1:4,5a),  pero al respecto de la razón de habernos elegido es contundente al explicar que Dios nos dio dicha bendición desde la eternidad, “según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:5b).  En otras palabras, el Soberano, utilizó “su voluntad” llena de “puro afecto” para elegirnos para salvación.  Pero el apóstol Pablo, inmediatamente enfatiza que el objetivo de Dios al hacernos dicha elección fue: “para alabanza de la gloria de su gracia” (Efesios 1:6a).  Parte de esta alabanza de la gloria de su gracia, es la que nosotros podemos expresarle con nuestros labios y con nuestros hechos, porque Él como “Señor de señores” en vez de imponernos lo que justamente merecemos, nos dio soberanamente la salvación que no merecemos. Demos gracias a Dios por nuestra salvación.

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   La cuarta razón propia de la naturaleza de Dios por la cual se le debe dar gracias, es:

IV.- PORQUE ÉL ES DIOS DE LOS CIELOS.

   La cuarta ocasión que aparece en este salmo la orden “alabad”, es cuando dice: Alabad al Dios de los cielos (v. 26a, RV60), que también quiere decir: ¡Den gracias al Dios de los cielos!” (según la NVI), “¡Den gracias al Dios del cielo,…” (según la DHH).  Esta expresión “Dios del (o de los) cielo(s), es una frase que en primer lugar reconoce a Dios como el Creador.  En segundo lugar, al ponerlo en un lugar que se encuentra arriba de la tierra, en el cielo, resalta la superioridad de Dios en comparación con sus criaturas, pues siendo Él el Creador, nada ni nadie puede ser ni mayor ni igual a Él.  En tercer lugar, al ser “del (o de los) cielo(s)” resalta que Él es moralmente diferente a nosotros, pues mientras nosotros somos pecadores, Él es tres veces santo.  Y en cuarto lugar, el hecho de que haya Dios en el cielo, en caso de que alguien nos hiciera alguna maldad, aunque la justicia terrenal no nos pueda defender ni dar la razón, finalmente Dios está en el cielo precisamente para hacer justicia a los que sufren violencia.

   Muchas culturas han tenido sus propias leyendas y mitos con respecto a sus propios dioses.  Por ejemplo, entre nuestros antepasados mayas, se creía que Itzamná era el Dios de los cielos, pero todo eso queda como mito, pues las Sagradas Escrituras de nuestra fe nos dice que el Dios único vivo y verdadero, es el Jehová “Dios del (o de los) cielo(s).

  Siendo “Dios del (o de los) cielo(s), dice el apóstol Pablo a los Filipenses que Jesús “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,  /  sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  /  y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8).  Este es el verdadero “Dios del (o de los) cielo(s) que fue capaz y voluntario para humillarse dejando su cielo y viniendo a nuestra tierra para tomar nuestro lugar a fin de que su obediencia sea contada como nuestra obediencia para librarnos de la antes segura condenación eterna.  El mismo apóstol Pablo, con respecto a este gran gesto amoroso del “Dios del (o de los) cielo(s)”, escribió también a los Corintios: “ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).  Este sí es dignamente “Dios del (o de los) cielo(s), pues por amor a nosotros dejó su riqueza celeste para ser pobre entre nosotros, y tras haber pagado nuestros pecados con su muerte, nos enriqueció con bendiciones celestes.  Es a este “Dios del (o de los) cielo(s) que debemos dar siempre gracias por su don inefable de salvación hacia nosotros.  El apóstol Pablo también tomó en cuenta este deber y se las enseñó a los Corintios diciéndoles: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57).  Por lo tanto, demos gracias a Dios porque él es “Dios del (o de los) cielo(s).

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   Además de las cuatro razones anteriores que dije compartirles, añadiré una razón más (porque como es evidente y fácil de percibir, este salmo tienen muchas más razones).  Entonces, la quinta razón propia de la naturaleza de Dios por la cual se le debe dar gracias, es:

V.- PORQUE ÉL ES DIOS MARAVILLOSO.

   Hablando acerca de quién debe recibir la alabanza o gratitud, el salmista dice que debe darse: “Al único que hace grandes maravillas” (v. 4a, RV60, NVI, DHH).  Y con estas palabras el salmista está refiriéndose a Dios y solamente a Él como digno de recibir la alabanza o gratitud de las personas.  La razón para ser agradecidos con este Dios único en su clase, es porque “hace grandes maravillas”.  El pueblo de Dios entendía por “grandes maravillas” toda acción realizada por Dios.  El mismo salmo enlista estas “grandes maravillas” cuando dice: que Dios “hizo los cielos con entendimiento” (v. 5a), “extendió la tierra sobre las aguas” (v. 6a), “hizo las grandes lumbreras” (v. 7a), “hirió a Egipto en sus primogénitos” (v. 10a) para librar a su pueblo de aquella nación, “sacó a Israel de en medio de ellos” (v. 11a), “dividió el Mar Rojo en partes” (v. 13a), “pastoreó a su pueblo por el desierto” (v. 16a), “hirió a grandes reyes” y “mato a reyes poderosos” (vv. 17a, 18a), y “dio la tierra de ellos en heredad […], en heredad a Israel su siervo” (vv. 21a, 22a), y “da alimento a todo ser viviente” (v. 25a).

   Nosotros en la actualidad, podemos decir que Dios también ha hecho “grandes maravillas” con nosotros.  ¿No es una grande maravilla que “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”? (Romanos 5:8).  Un antiguo canto dice: “Maravilloso es, maravilloso es, cuando pienso que Dios me ama a mí, a mí”. Si reflexionáramos acerca de qué maravilloso es el amor de Dios para con nosotros, deberíamos terminar profundamente agradecidos a Él. Tenemos que valorar su amor, para poder ser agradecidos.  Hermano Antonio, Dios ha sido bueno con usted durante todos estos 84 años de vida.  Estoy seguro que usted puede recordar muchas “grandes maravillas” de Dios en su vida. La mejor maravilla es que no solo le ha dado 84 años de vida terrenal, sino que le ha dado vida eterna por medio de Jesucristo.  Esa es una mejor razón para darle gracias a Dios.

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   CONCLUSIÓN: Amados oyentes que han venido a esta celebración de acción de gracias.  Nos unimos de todo corazón a la gratitud de Don Antonio, y sin duda que también de sus hijos(as), nietos, biznietos, y demás familiares.  Hoy ellos comparten su gratitud a Dios con nosotros, pero en otra ocasión usted puede compartir su gratitud a Dios.  Usted puede darle gracias a Dios aquí en el templo en un culto propiamente de acción de gracias como este culto, pero también puede hacerlo en su casa con su familia, e incluso puede hacerlo solito expresándole a Dios por medio de una oración cuán agradecido está usted con él.   Usted puede, adicionalmente compartir un refrigerio con sus invitados, pero si eso no es posible, no hay ningún problema.  Simplemente agradezca, y listo, no es ninguna obligación dar un refrigerio.  Dar un refrigerio es opcional.  Lo importantes del dar gracias a Dios es lo que el apóstol Pablo dijo a los Tesalonicenses a quienes les escribió lo siguiente: “Orad sin cesar.  /  Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:17,18).  Se trata de que Dios escuche las palabras de usted, habiendo sido primeramente salvado por Cristo Jesús.

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[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Tit%C3%A1n_(mitolog%C3%ADa)

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Dioses_ol%C3%ADmpicos Ver también: http://www.bibliotecapleyades.net/sitchin/planeta12/12planet_03.htm