Ago 16

CONSIDERACIONES PARA PODER PASAR POR ALTO UNA OFENSA, Por: Diego Teh.

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CONSIDERACIONES PARA PODER PASAR POR ALTO UNA OFENSA

Proverbios 17:9; 19:11.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán; el día domingo 16 de Agosto del 2015, a las 11:30 horas; como 5to. sermón de la serie “Bienaventurados los pacificadores”.

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   INTRODUCCIÓN: Las Sagradas Escrituras dan por hecho que cada creyente es un pacificador ante cualquier otro individuo u asociación de personas.  El fundamento de tal consigna es que si hemos sido beneficiados con el haber sido reconciliados por Jesucristo con Dios el Padre, por medio del perdón de nuestros pecados u ofensas, por ello somos también hemos hechos responsables de hacer la paz con cualquier persona con la que llegásemos a tener algún conflicto.  Es por eso que Jesús enseñó a los apóstoles que no solamente busquen el perdón de Dios, sino que también practiquen el perdonar las ofensas que les hicieran, y que cuando oraran le dijeran a Dios: “…perdónanos nuestras deudas (pecados, ofensas), como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (los que nos ofenden, o hacen mal) (Mateo 6:12).  Como creyentes somos los primeros responsables de no dar inicio a ningún conflicto, y de no engrandecer un problema que haya sido iniciado por otra persona o grupo de personas, pues Jesús enseñó Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.  /  Pero yo os digo: No resistáis al malvado;…” (Mateo 5:38,39a).  No tenemos que seguir la corriente del que inicia un conflicto.   Y como le respondió Jesús a Pilato en una ocasión: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían…” (Juan 16:38).  Esta es una característica de los que somos siervos de Jesucristo: no nos dedicamos a pelear, antes bien somos pacificadores ante quienes tienen y ante quienes nos causan conflictos.

   En el destacado libro “El Pacificador” de Ken Sande, luego de dar una clara explicación de las maneras no adecuadas de tratar un conflicto, el autor presenta también diversas maneras apropiadas de cómo manejar un conflicto, como: la reconciliación, la negociación, la pacificación asistida, la mediación, el arbitraje, la rendición de cuentas, y entre ellos el pasar por alto la ofensa.  En el desarrollo de este mensaje voy a resaltar el cómo manejar un conflicto pasando por alto la ofensa, y los textos bíblicos que elegí para esta exposición son básicamente dos Proverbios de Salomón, que dicen: El que cubre la falta busca amistad; mas el que la divulga, aparta al amigo” (Proverbios 17:9, según la RV60) palabras que en la versión DHH, dice:Quien pasa por alto la ofensa, crea lazos de amor; quien insiste en ella, aleja al amigo”, y  “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa” (Proverbios 19:11 RV60);  Pasar por alto la ofensa no quiere decir que vamos a pensar que no sucedió una ofensa en contra nuestra sino que significa que debemos tomar la decisión de no arrastrar ningún rencor, resentimiento, coraje, deseo de venganza, etc… durante ni un instante más de nuestra vida.  Significa que debe haber perdón, y la vida continúa como si la ofensa no hubiese existido, pues todo ha sido perdonado.

    En el desarrollo de este mensaje quiero compartirles que en todas las ocasiones que somos ofendidos, debemos considerar “pasar por alto” las ofensas.   Ya he dicho brevemente lo que esto no significa.  /  Pero ¿qué consideraciones se deben tomar en cuenta para pasar por alto una ofensa?   /  Mediante el desarrollo de este mensaje, explicaré solamente algunas consideraciones importantes para “pasar por alto” una ofensa.

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   La primera consideración que se debe hacer para poder  “pasar por alto una ofensa”, es:

I.- QUE PONE A PRUEBA LA CORDURA DE UNA PERSONA.

   Al respecto, el proverbio de Salomón nos recuerda que “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa”.  La cordura aquí no se refiere al estado psíquico de padecer algún trastorno o enfermedad mental, sino a la capacidad de pensar y obrar con buen juicio, prudencia, reflexión, sensatez, y responsabilidad; capacidad que se necesita para reaccionar apropiadamente cuando uno recibe una ofensa.

   ¿Es posible lograr que uno como ofendido se mantenga en un estado de cordura?  Por supuesto que sí.  El apóstol Pablo cuando le escribió a Timoteo Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7), no estaba indicando que un creyente recibe estos dones de Dios como herramientas ministeriales para la proclamación del evangelio, sino que también son herramientas éticas para la conducta personal, como también para actuar como pacificadores en medio de los conflictos en los cuales un creyente se vea involucrado.

   Sin embargo, debido a que cada creyente tiene sus propias dificultades para reaccionar apropiadamente ante los conflictos, uno tiene que trabajar en su propia vida cultivando cada vez más una virtud que le haga falta.  El apóstol Pedro exhorta a los creyentes diciéndonos: “añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento;  /  al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad;  /  a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor” (2 Pedro 1:5b-7). El tener una conciencia de ir creciendo en espiritualidad y conducta añadiendo el “dominio propio” a nuestro menú de vida espiritual, nos ayudará siempre a actuar con cordura, y en consecuencia tendremos la capacidad de “pasar por alto las ofensas” que otros nos pueden causar.

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   La segunda consideración que se debe hacer para poder  “pasar por alto una ofensa”, es:

II.- QUE ES UNA DECISIÓN ALTAMENTE HONORABLE.

   Una reacción común de alguien que ha recibido una ofensa es, responder furiosamente con palabras ofensivas, vulgares, groseras, u obscenas, e incluso llegando hasta las agresiones físicas.  Eso no le causa ningún buen testimonio a nadie, sino al contrario pone de manifiesto que tal persona no es nada mejor en carácter que la persona ofensora.  En otras palabras el ofendido que reacciona inapropiadamente se convierte también en falto de honorabilidad, al igualarse en malas actitudes con respecto a quien le está ofendiendo.

  El pasar por alto una ofensa hace que uno sea verdaderamente honorable, primero porque uno no es la persona que inició un conflicto que ha desembocado en una ofensa, y segundo porque uno no cae en la red del ofensor quien desea ver a uno igualándose a él, y así tener más razones para señalar a uno.  Por eso, además de decir el proverbista que “La cordura del hombre detiene su furor”, enfatiza también: “y su honra es pasar por alto la ofensa”.

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   La tercera consideración que se debe hacer para poder  “pasar por alto una ofensa”, es:

III.- QUE ES MEJOR FINALIZAR QUE ENGRANDECER UN CONFLICTO.

   El proverbio de Salomón cuando enfatiza la mala actitud o reacción de una persona que ha sido ofendida, dice con respecto a una ofensa recibida que el que la divulga, aparta al amigo” (Proverbios 17:9, RV60), o según la versión DHH, quien insiste en ella, aleja al amigo”.  Lo que el proverbio nos indica es que cuando se adopta una mala reacción ante una ofensa recibida, el resultado siempre va a ser negativo, pues en vez de construir una buena relación, se acaba apartando o alejando “al amigo”, en este caso, la persona con quien antes había una hermosa relación.  Las palabras utilizadas por estas dos versiones, nos dicen dos cosas que no debe hacer una persona que ha sido ofendida: 1) no divulgar la falta u ofensa, y 2) no insistir más en la ofensa.   Cuando uno divulga e insiste en dar seguimiento a una ofensa con tal de vengarse, o forzar corregir a su ofensor, lo único que uno va a conseguir es engrandecer el conflicto, lo cual es incongruente con nuestro deber de actuar como pacificadores.

   En la enseñanza apostólica, San Pablo exhorta a los creyentes de Roma, diciéndoles: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18), pero si un creyente se empeña en divulgar los errores de los demás, o aunque su ofensor se haya disculpado pero sigue insistiendo en la ofensa cometida, tal persona no estaría cumpliendo la voluntad de Dios de estar en paz con su prójimo, ni de ser un pacificador, sino sería un alborotador, quizá hasta peor que quien dio inicio a la ofensa.

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   La cuarta consideración que se debe hacer para poder  “pasar por alto una ofensa”, es:

IV.- QUE ES MEJOR CREAR QUE DESTRUIR UNA BUENA RELACIÓN.

   El proverbio de Salomón nos dice que: El que cubre la falta busca amistad;…” (Proverbios 17:9, RV60); o en palabras de la versión DHH: Quien pasa por alto la ofensa, crea lazos de amor;…”.   La gran mayoría de las ofensas no se dan con personas que eran nuestros enemigos, sino por lo general son las personas con quienes hemos tenido cierto grado de familiaridad o amistad.  La relación puede que no haya sido lo suficientemente fuerte, o que no ha estado bien fundamentada, por lo que en cualquier momento y en el primer descuido, se comienza a dar los primeros pasos para su rompimiento.   Sin embargo el proverbio nos recuerda que el deber de pasar por alto una ofensa es para buscar amistad (cf. RV60), y para crear lazos de amor (cf. DHH).

   En la mente de Dios, las relaciones humanas son importantes, de tal manera que fue idea de Él, instituir el matrimonio, la familia, la sociedad, el reino de Dios, la iglesia, instituciones que hacen necesario que quienes formamos parte de ellas, busquemos fortalecer los lazos de amor y amistad entre quienes la integramos.  Por eso debemos valorar la importancia de mantener buenas relaciones en todas las áreas de convivencia humana, siendo amigables a pesar de los conflictos.

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   La quinta consideración que se debe hacer para poder  “pasar por alto una ofensa”, es:

V.- UNA OPORTUNIDAD DE COMPARTIR EL AMOR DE DIOS.

   Rick Warren en un devocional comenta: “Gente herida, hiere gente. Cuando alguien te hace daño, es porque alguien les hizo daño antes. Las personas groseras, nunca recibieron amabilidad. Las personas poco cariñosas nunca han sentido amor. Cuando alguien es rudo, amargado, desagradable, de espíritu malvado o arrogante, en realidad están gritando con todo su ser: “¡estoy sufriendo! ¡Necesito una gran cantidad de amor! ¡No me siento seguro!”. Porque las personas que son amadas y se sienten seguras no actúan de esa manera. Las personas que son profundamente amados y seguros, son personas generosas y agradables”.  Si solo quieres la revancha. Bien. Pero no eres mejor que aquellos que te hirieron. Cuando tomas venganza, no eres mejor que los que te han atacado. Para ser mejor que ellos, vences al mal con el bien. Respondes con amor.  En vez de tomar en cuenta sus palabras, notas su dolor”[1].

   Esto concuerda con las palabras de nuestro Señor Jesús quien durante su ministerio al recorrer las ciudades y aldeas, se daba cuenta de que las personas “…estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36).  Tanta gente que no ha podido experimentar el amor ni de sus padres, ni de su familia, ni de su cónyuge, ni de sus hijos, y que no han querido buscar y aceptar el amor de Dios, no les queda de otra que actuar siempre en actitud de defensa y ataque sin importar si causan daño a terceras personas.  Cuando un creyente recibimos una ofensa de estas personas, debemos mirarle como Jesús, con una profunda compasión, bendiciéndole en vez de maldecirle, porque en su corazón hay una gran necesidad de amor, perdón, comprensión, y una genuina amistad.   Los creyentes estamos capacitados por Jesucristo y su Espíritu Santo para ayudarlo a sentir el amor de Dios y de sus hijos que tanto le hace falta.

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   La sexta consideración que se debe hacer para poder  “pasar por alto una ofensa”, es:

VI.- QUE NUESTRAS OFENSAS A DIOS HAN SIDO PERDONADAS POR CRISTO.

   Muchos textos hay para exponer esta verdad, pero en esta ocasión escogí uno que escribió el apóstol Pablo a los Colosenses en el que les dice que el creyente ya no debe vivir como antes, como los hijos de desobediencia, sino que cada quien debe dejar “la ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas” (Colosenses 3:8), y a cambio adoptar una conducta de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13).  Entre estas cosas, el apóstol resalta que debemos perdonarnos unos a otros “de la manera que Cristo os perdonó”.   Así que antes de juzgar, devolver la ofensa, guardar rencor, o cualquier otra mala actitud que pudiésemos tener, es necesario recordar que Cristo nos ha perdonado lo más grave que es el haber ofendido a Dios, y que su perdón hacia nosotros fue de una manera total y definitiva.

   La comunidad de creyentes aunque redimidos por Cristo no somos personas con una absoluta santidad al grado de que no cometemos ningún agravio a otros; por eso está previsto en las Sagradas Escrituras que tenemos que soportarnos los unos a los otros, y que tenemos que perdonarnos los unos a los otros, lo que implica que cuando alguien nos ha causado una ofensa debemos recordar que también nosotros hemos sido ofensores, pero que hemos sido también perdonados, lo cual nos hace deudores delante de Dios, y adquirimos no la responsabilidad de pagar nuestro perdón, pero sí el deber de compartir la gracia abundante que ha sido depositada en nuestra vida.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, a lo largo de nuestra vida, aunque no lo queramos ni provoquemos que esto suceda, no hará falta una buena cantidad de ofensas en contra nuestra.  Incluso, es probable que alguien se vea ofendido todos los días y varias veces al día, ya sea por la misma persona o por personas distintas; pero la mejor actitud que un hijo de Dios debe asumir es la de ser un pacificador que tiene sus benditas satisfacciones.  Por eso Jesús en su memorable sermón del monte, explicó que son: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

   Pasar por alto una ofensa, es una manera de ser pacificadores. Seguro que a más de uno no le va a parecer sencillo ni agradable, sin embargo tomando en cuenta las consideraciones que les he compartido en este mensaje, puede servirnos de concientización y santo atrevimiento para decidir ser un pacificador en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

   Recordemos que pasar por alto una ofensa, o sea perdonar al ofensor y no recordarlo nunca más, 1) pone a prueba la cordura de una persona; 2) es una decisión altamente honorable; 3) es mejor finalizar que engrandecer un conflicto; 4) es una oportunidad de compartir el amor de Dios; y 5) es una acción de conciencia porque también hemos sido personas perdonadas por Jesucristo.

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[1] http://rickwarren.org/devotional/spanish/el-enojo-pasa-por-alto-el-enojo-la-sabidur%C3%ADa-pasa-por-alto-la-sabidur%C3%ADa

May 31

RESTAURANDO EL MATRIMONIO CON EL PERDÓN, Por: Diego Teh.

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RESTAURANDO EL MATRIMONIO CON EL PERDÓN

 2 Corintios 5:17-21.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Unidad en Cristo” de la col. Unidad Morelos, Mérida, Yucatán; el día domingo 31 de Mayo del 2015, a las 18:00 horas; como último sermón del mes del hogar cristiano, de la serie “EL MATRIMONIO A LA LUZ DE LA BIBLIA”.

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   INTRODUCCIÓN: Hay naciones que han tenido conflictos y problemas entre sí que los ha llevado a romper su relaciones diplomáticas, pero que al paso del tiempo han vuelto a restaurar su relación como si nada hubiera sucedido entre ellos; por ejemplo en este preciso momento Cuba y Estados Unidos de América están haciendo las negociaciones correspondientes para restaurar sus relaciones diplomáticas.  También hay personas que antes eran mejores amigos entre sí, pero que por algún malentendido o incluso por un error por parte de uno de ellos, se volvieron los peores enemigos, pero afortunadamente en algunos casos volvieron a ser los mejores amigos y mejor que antes, porque aprendieron a manejar sus malas experiencias y restauraron su relación de amistad.  Las ofensas, conflictos, problemas, y demás maldades que se practican entre dos personas o partes, son elementos propios de nuestra naturaleza humana que cualquiera de nosotros somos los más capaces de utilizarlos en contra de cualquier persona, ya sea un simple conocido, un amigo, un vecino, un pariente, o un miembro de nuestra propia familia, ya sea un abuelo, un padre, un hijo, un hermano, un primo, un sobrino, y hasta a nuestro propio cónyuge (esposo o esposa); por eso tenemos que aprender a actuar apropiadamente para restaurar con amor y con perdón nuestro matrimonio cuando este sufra algún daño por parte de tu cónyuge a quien amas con todo tu corazón.

  Por la gracia de Dios, ahora que estamos en la fe en Jesucristo, somos capacitados por el Espíritu Santo de Dios para luchar contra esa naturaleza pecaminosa de tal manera que procuramos no ser causa de ofensa o daño alguno a nuestro prójimo.  Por eso, en este mensaje no voy a explicar acerca de cómo evitar causar una ofensa a nuestro cónyuge, sino que me ocuparé acerca del tema de la restauración del matrimonio mediante el perdón, cuando hemos sido o estemos siendo víctimas de alguna ofensa por parte de nuestro cónyuge.   Quizá no duela tanto la ofensa que uno pudiera recibir de otras personas que no son de nuestra propia familia, incluso si nos ofende un creyente que asiste a la misma iglesia donde adoramos a Dios y compartimos con él o ella nuestra fe; pero si la ofensa recibida proviene de un miembro de nuestra propia familia, (no importa si es o no de la misma fe), eso sí que es lo menos que uno espera, y suele ser más doloroso; pero aún bajo esta categoría de relaciones tenemos que restaurar la relación mediante el perdón a quien nos haya ofendido.   Y si la ofensa recibida o error cometido fue hecho por la persona que es esposo de usted o esposa de usted, todavía duele más en el corazón, y en este caso puede que usted comience a preguntarse: ¿Cómo pudo hacerme esto?, ¿Por qué a mí que tanto lo(a) quiero?, ¿Por qué si yo tanto he hecho o dado por él(ella)?  Estos sentimientos pueden llevar a algún matrimonio que termine en el divorcio, la separación, el resentimiento, la amargura, el odio, el rencor, o la venganza; cosas que los hijos de Dios debemos evitar, y además tenemos la obligación de restaurar nuestro matrimonio perdonando al cónyuge ofensor.

   Basado entonces en 2 Corintios 5:17-21, voy a compartirles que los creyentes debemos ocuparnos en la restauración de nuestro matrimonio mediante el perdón hacia nuestro cónyuge cuando ha sido causante de un agravio.  /  ¿Por qué debemos ocuparnos en la restauración de nuestro matrimonio mediante el perdón hacia nuestro cónyuge cuando ha sido causante de un agravio?  /  A través del texto que San Pablo escribe a los Corintios podemos encontrar algunas de las razones.

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   Una primera razón por la que los creyentes debemos ocuparnos en la restauración de nuestro matrimonio mediante el perdón hacia nuestro cónyuge cuando ha sido causante de un agravio, es:

I.- PORQUE RESTAURAR MEDIANTE EL PERDÓN ES UN PLAN DE DIOS CUANDO HAY UNA OFENSA DE POR MEDIO.

    En relación a nuestra ofensa llamada pecado que nos mantuvo en calidad de enemistados con Dios, dice el apóstol Pablo que: “…las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.  /  Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (2 Corintios 5:17b -18).  Dios mismo no nos dejó en la situación relacional de enemigos destituidos de su gloria sino que por medio de Cristo restauró nuestra amistad con Él.  Todo pecador, merecemos si a Él le place, ser dejados en la culpabilidad de nuestras faltas, lo que nos hace merecedores de todo el peso de su justicia y de su ira, en el que no saldremos inocentes sino condenados a las llamas del mismo infierno, pero Él simplemente no quiso que ese fuera nuestro destino sino que planeó restaurarnos a una plena comunión con Él.  Es por eso que dice el apóstol Pablo que Dios “nos reconcilió consigo mismo por Cristo”, y la restauración es real porque “…las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.  A pesar de nuestro pecado para con Dios, Él planeó perdonarnos para restaurarnos, para que seamos vistos por Él como si nada hubiera sucedido.  Es una expresión de su gracia y amor.

   Amados hermanos, el matrimonio siempre se verá amenazado por las ofensas a veces no intencionales, otras sí intencionales, en el que nuestra actitud no debe ser la de disolver el vínculo matrimonial, sino que debemos actuar como Dios lo hizo con nosotros, en que siendo Él el ofendido, él mismo tuvo la iniciativa de reconciliarnos con Él mismo restaurando así nuestra comunión con Él.  Debemos considerar entre nuestros planes perdonar a los que nos ofenden, incluso cuando el ofensor ha sido nuestro cónyuge.  Tal como ha sucedido en nuestra relación con Dios, las ofensas que llegan a darse en el matrimonio pueden quedar como cosa del pasado que no hay razón para arrastrarlas al presente.   La vida diaria del matrimonio debe ser siempre una experiencia agradable de sentirse amado(a), perdonado(a), en donde debe darse siempre mutuamente un borrón y cuenta nueva, trayendo nuevas experiencias de perdón y restauración que harán que un matrimonio crezca en amor.

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   Una segunda razón por la que los creyentes debemos ocuparnos en la restauración de nuestro matrimonio mediante el perdón hacia nuestro cónyuge cuando ha sido causante de un agravio, es:

II.- PORQUE RESTAURAR MEDIANTE EL PERDÓN ES UN EJEMPLO DE CRISTO PARA CON EL PECADOR.

   En cuanto a la función que Jesucristo ha tenido para restaurar al pecador, especialmente en su relación para con Dios, dice el apóstol Pablo: “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19ab).  Jesucristo no solamente utilizó el ministerio de hablar la palabra de la voluntad de Dios para suplicarle a la gente que se arrepintiera de sus faltas, sino que fue necesario que él mismo sufriera la muerte de cruz para que las culpas del pecador sean pagadas.  Este es el ejemplo divino de que a pesar de las más graves ofensas que puedan haber entre el ser humano hacia Dios, cuando se busca el bienestar de la relación, el mismo ofendido es capaz de hacer todo lo necesario para restaurar dicha relación ofendida por una de las partes.  En el caso de Jesús, fue necesario que diera aun su propia vida.

  Amados hermanos, en el matrimonio no se pide que nadie dé la vida hasta morir por el otro por causa de una ofensa recibida, sino solamente se pide, y ejemplo tenemos en Jesucristo, que uno perdone a su cónyuge para que el matrimonio continúe funcionando en óptimas condiciones.  No es cosa imposible el perdonar, aunque pudiera sentirse difícil, pues finalmente ni siquiera estaremos haciendo gran cosa con la acción de perdonar, pues ni siquiera llegamos a la altura de la acción de Jesucristo nuestro divino ejemplo, de morir por causa de la acción de perdonar.  Es solamente perdonar y listo.  Tenemos que hacerlo como Cristo y porque Cristo nos perdonó de nuestra gravísima y condenable ofensa para con Dios. A los creyentes se nos da la siguiente exhortación que dice: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32), y esta otra que dice que debemos “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13).  Cristo es nuestro máximo ejemplo de perdón, que debemos practicar en el vínculo de la vida matrimonial.

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   Una tercera razón por la que los creyentes debemos ocuparnos en la restauración de nuestro matrimonio mediante el perdón hacia nuestro cónyuge cuando ha sido causante de un agravio, es:

III.- PORQUE RESTAURAR MEDIANTE EL PERDÓN ES UNA COMISIÓN ASIGNADA A TODO CREYENTE.

   Es importante observar en el texto bíblico, que no solamente nos dice que Dios planeó restaurar nuestra relación con Él, y que lo hizo por medio de Cristo, quien a su vez ganó y nos otorgó el perdón que nos reconcilió de nuevo y para siempre para con Dios, sino que con énfasis en un deber que adquirimos de parte de Dios, nos dice primero que “…nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18c); y segundo que “…nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.  /  Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:19c-20).   En resumen, lo que el apóstol Pablo está explicando es que los cristianos somos comisionados por Dios para que seamos sus agentes de reconciliación para que las personas restauren su vida espiritual para con Dios, y para que después de ser reconciliados con Dios, puedan seguir viviendo en paz consigo mismo pero también con su prójimo en la sociedad como en la familia y en el matrimonio.

   Amados hermanos, es necesario hacer la pregunta, ¿cómo uno puede ser un agente de reconciliación de parte de Dios, si uno mismo no vive lo que predica, especialmente con su mismo cónyuge o matrimonio?  No puede ser.  Es necesario que si hemos sido reconciliados con Dios, seamos también agentes de reconciliación, pero primeramente viviendo con el ejemplo en el matrimonio, al grado de que si hemos sido ofendidos, y con más razón si involuntariamente llegáramos a ofender a nuestro cónyuge tenemos que restaurar la relación dañada, ya sea mediante el perdonar a nuestro cónyuge, o pidiendo perdón si nosotros fuimos los causantes de la ofensa.   Somos llamados a restaurar a todo pecador para con Dios y para con su prójimo, pero debemos ser ejemplo con nosotros mismos para con nuestro matrimonio..

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   Una cuarta razón por la que los creyentes debemos ocuparnos en la restauración de nuestro matrimonio mediante el perdón hacia nuestro cónyuge cuando ha sido causante de un agravio, es:

IV.- PORQUE RESTAURAR MEDIANTE EL PERDÓN EVITA QUE LAS CONSECUENCIAS DEL ERROR COMETIDO SIGA CRECIENDO.

   En los versículos 17 y 18 el apóstol Pablo utiliza el principio retórico causa-efecto, pero invertido, hablando primero del efecto en el versículo 17, y después en el versículo 18, de la causa que produjo dicho efecto.  En el versículo 18 dice que todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo” (la causa), pero ¿qué es lo que provino de Dios como efecto de la reconciliación hecha por Cristo?  En el versículo 17 lo anticipó el efecto escribiendo: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).   Con estas palabras que dicen que “las cosas viejas pasaron”, el apóstol Pablo está explicando que la culpa y la penalidad por las ofensas humanas para con Dios finalizaron por la reconciliación que Cristo consiguió por nosotros delante de Dios.  Por la obra de reconciliación o de restauración de Cristo, Dios ya deja de mirar a la persona como objetivo de su justicia e ira, y da por cancelada su culpa.  Dios ya no hace más reclamos, señalamientos, ni enojo contra tal persona, porque con su perdón, el pecado allí terminó.  No se juzgará ni recordará más porque ya está perdonado.  Ya pasó.  Fue cosa del pasado.  Dios ya no nos culpa de lo pasado por haber aceptado el perdón de Dios por medio de Cristo.  Cuando hay perdón, hay restauración, por lo que las consecuencias se cortan, entonces se puede decir que una persona que antes fue ofensora, ahora “nueva criatura es”.

    Amados hermanos, esto mismo puede y debe suceder en la vida matrimonial, y mucho más donde los dos cónyuges son cristianos, pero también si solo usted es la parte cristiana.  Si Dios cortó en nosotros el engrandecimiento o agravamiento de nuestro gran problema de pecado para con Él; entonces, debemos hacer lo mismo si llegáramos a ser víctimas de una ofensa que ponga en peligro o amenaza nuestro matrimonio.  El perdón de nuestra parte cortará el engrandecimiento del problema suscitado.  La persona ofensora se sentirá amada, y valorará la gravedad de su falta, y el inmerecimiento del perdón que le ha sido otorgado, por lo que le será más fácil demostrar un verdadero arrepentimiento, que se notará en su cambio de actitud; lo mismo que Dios desea ver en nosotros por haber sido perdonados por Él.  La persona ofendida debe recordar que ha sido perdonada por Cristo, por lo que debe tener muy claro de que ahora es su deber perdonar a su cónyuge, y el problema queda solucionado sin necesidad de engrandecer más el lío.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, el hogar debe ser un refugio donde todos debemos encontrar el perdón, amor, y la paz, cuando hemos sido ofensores.  El esposo cristiano y la esposa cristiana cuando ha sido víctima de alguna ofensa, debe actuar perdonando a su cónyuge con el objetivo de restaurar la relación que ha sido dañada, 1) porque Dios desea siempre la restauración de toda relación humana;  2) porque Cristo también procuró con su palabra, muerte, y perdón, nuestra restauración para con Dios aun siendo pecadores; 3) porque los que somos creyentes hemos sido llamados a ser restauradores de la relación de las personas para con Dios y con el prójimo, y por qué no hacerlo con nuestro propio cónyuge si se llegara a dar el caso; y 4) porque cuando perdonamos restauramos nuestro matrimonio, evitando así que se engrandezca más el caso.

Oct 05

DESCUBRIENDO LA FIDELIDAD DE DIOS, Por: Diego Teh.

descubriendolafidelidaddeDios

DESCUBRIENDO LA FIDELIDAD DE DIOS

 Varios textos.

 Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la cong. “Luz de Vida” de la col. Bojórquez, de Mérida Yucatán; el día domingo 05 de Octubre del 2014, a las 11:30 horas.

Originalmente consistió en los puntos I al IV. Los siguientes apuntes contienen divisiones adicionales, del V al VIII.

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   INTRODUCCIÓN: Existe un principio en la ciencia que se llama el principio del péndulo. Funciona así: cuando un objeto es colgado de un punto fijo, llevado hacia un lado y luego soltado, nunca llega al mismo punto de donde se soltó. El péndulo registra oscilaciones cada vez más pequeñas, hasta finalmente detenerse.   Un maestro de ciencias les trataba de mostrar este principio a sus alumnos. Le enseñó con un ejemplo cómo funcionaba el principio, y les aseguró que había sido científicamente comprobado. Preguntó cuántos de sus alumnos creían en el principio del péndulo, y todos levantaron la mano.   Luego, el maestro colocó en medio del cuarto un enorme péndulo colgado del techo. Invitó a cualquier alumno voluntario a pasar, colocar el péndulo frente a su nariz y soltarlo sin moverse. Según el principio del péndulo, el gran peso no podría volver más allá de su punto de origen. Sería imposible que ese peso le pegara en la nariz.   ¿Cuántos estudiantes levantaron la mano para hacer la demostración? ¡Ni uno! Decían que creían en el principio del péndulo, pero a la hora de la hora, su fe no fue tan fuerte, que digamos. ¿Dónde estaba la falla? ¿En el principio del péndulo? No, ese principio nunca ha fallado en toda la historia de la ciencia. Es un principio confiable, tal como la gravedad o la electricidad.   La falla estuvo en el corazón de los estudiantes, que viendo, no quisieron creer y arriesgar sus caras. Dios, como el principio del péndulo, es totalmente confiable y fiel[1].

   A través de toda la Biblia encontramos que la fidelidad de Dios se manifiesta al creyente mediante acciones diversas.  /  ¿Cuáles son las acciones diversas que manifiestan al creyente la fidelidad de Dios?  /  Haciendo un recorrido en casi toda la Biblia, en textos específicos donde se hace mención de que Dios es fiel, iremos descubriendo cuáles son algunas de las acciones de Dios a favor del creyente que indican que Dios es fiel.

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    La primera acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

I.- QUE CUMPLE SU PACTO.

   Muchos años después de la salida de los israelitas de Egipto, aunque todavía se encontraban en el desierto, pero a tiempo muy cercano de conquistar la tierra prometida, Moisés a manera de recordatorio se dirige a todo este pueblo diciéndoles, “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” Deuteronomio 7:9.  Lo que observamos en estas palabras es que Moisés les enfatiza a los israelitas que el Dios que quiso ser el Dios de ellos es verdaderamente Dios, y lo califica diciéndoles que “Dios es fiel” y lo relaciona con “el pacto y la misericordia”.  ¿Qué pacto, o cuál pacto?  Moisés no solamente les estaba haciendo ver la fidelidad de Dios durante los casi cuarenta años que ya llevaban fuera de Egipto, esperando el momento de poseer la tierra prometida, sino que Moisés les estaba remitiendo la memoria hasta los orígenes del pacto unilateral en el que Dios se comprometió con Abraham, poco más de quinientos años atrás, cuando Dios le prometió dar a su descendencia una tierra que ahora ya estaban por conquistar.   Así que la expresión: “…tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto”, encierra una gran verdad acerca de la fidelidad de Dios que trasciende los años, e incluso los siglos, pues en el caso de ellos, a pesar de sus pecados en el desierto, estaban disfrutando la fidelidad de Dios que comenzó a favor de ellos, desde hace como quinientos años atrás, y se les informó también que esa misma fidelidad de Dios para con ellos, seguiría no por otros quinientos años más, sino “hasta mil generaciones”.

   Los hijos de Dios de la actualidad, seguimos también bajo el mismo pacto que consiste también en formar con nosotros un pueblo que poseerá no privilegios terrenales sino celestiales.   Se trata de un compromiso que comenzó por iniciativa de Dios desde antes de la fundación del mundo, que fue anunciado desde la época de Adán, que fue confirmado una y otra vez durante toda la historia de la humanidad, y que fue conquistado para seguridad nuestra por Jesús el Hijo de Dios.  El día de hoy, después de los miles de años de la fundación del mundo, el compromiso voluntario y eterno de Dios se va cumpliendo en nosotros por medio del llamado que hemos recibido por medio del evangelio que nos acerca al cumplimiento de tal compromiso de Dios.  Esto nos debe hacer entender que Dios es fiel, y que se ve por medio de su acción de cumplir su pacto a favor del creyente.

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   La segunda acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

II.- QUE APLICA SU DISCIPLINA.

  Una acción más de la fidelidad de Dios, quizá nos parezca un poco rara, porque se trata de las pruebas y aflicciones con las que nos encontramos en la vida, y que siempre buscamos evitarlas o librarnos de ellas.   En palabras del Salmo 119, leemos que su autor se dirige a Dios diciéndole: “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” Salmos 119:75.  Una de las dos cosas que el salmista reconoce con sus palabras es la incuestionable fidelidad de Dios, pero acerca de esta fidelidad de Dios le dice no como queja sino con gratitud, que: “conforme a tu fidelidad me afligiste”.   Tales palabras explican con toda claridad que los seres humanos, incluyendo a los que ya hemos creído en Jesucristo, para que podamos experimentar las bendiciones de la fidelidad de Dios, en ocasiones tenemos que pasar primeramente por una aflicción que no es originada por accidente alguno sino por la misma soberana mano de la disciplina de Dios como parte de su fidelidad.

   Moisés quien vivió en carne propia junto con los israelitas no pocas sino muchas aflicciones como experiencias necesarias para identificar la fidelidad de Dios, oró a Dios diciéndole: “Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y los días que vimos el mal” (Salmo 90:15).   Según Moisés el autor de las aflicciones que vivió en el desierto junto con los israelitas fueron aplicadas no por las circunstancias sino precisamente por Dios mismo, quien finalmente les concedería la alegría de lograr la meta de poseer la tierra prometida, la cual Dios les entregó al final de aquellas aflicciones.

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   La tercera acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

III.- QUE OTORGA SU MISERICORDIA.

   El profeta Jeremías, reflexionando tras la reciente cautividad y desolación causada a Jerusalén y toda Judá por el babilonio Nabucodonosor, dentro de todo lo que expresa apropiadamente con lamento, expresó también una gran y buena observación acerca de la fidelidad de Dios, diciendo: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” Lamentaciones 3:22,23.   La cautividad a la que había sido sometida la ciudad de Jerusalén por los babilonios, no fue accidental sino que fue ejecutada directamente por Dios mismo como un castigo por la deliberada desobediencia de todos los judíos, desde sus reyes hasta sus  sacerdotes y todos sus habitantes.   Lo que todo pecador merece por tan solamente un pecado es ser destruido o aniquilado por la justicia de Dios, por lo que los judíos como presupone Jeremías, no por uno sino por muchísimo pecado, debieron ser consumidos por los babilonios; sin embargo, Dios no lo quiso hacer así con ellos, sino que les dejó ver el lado misericordioso y fiel de Él.   Es a esa misericordia de Dios a la que se refiere Jeremías cuando dice: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad”. Debieron ser consumidos, es decir acabados del todo, pero Dios no lo hizo con ellos, ¿por qué? Porque grande es su fidelidad.

   Amados hermanos, de manera similar por causa del pecado, usted y yo deberíamos ser destruidos o castigados por la justicia de Dios, pero Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, / nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, / el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, / para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:4-7).   Qué maravilloso es saber que Dios no nos dio nuestro merecido, sino que gracias a que Él es fiel, no decayeron sus misericordias, ni fuimos consumidos, sino que fuimos salvados.

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   La cuarta acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

IV.- QUE EXTIENDE SU LLAMADO.

   Cuando el apóstol Pablo escribe a los gentiles Corintios que habían creído en el mensaje del evangelio de Jesucristo, les dice que: “Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Corintios 1:9).  Con estas palabras les estaba haciendo primeramente la observación de que “fiel es Dios”, pero luego les indica que gracias a esa divina fidelidad cada uno de ellos fueron “llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo”.   La fidelidad de Dios a la cual se refería el apóstol Pablo era la fidelidad que Dios tuvo desde la eternidad en cuanto a su plan de redimir a los pecadores de su elección, llamándolos en el momento preciso en todos los lugares del mundo y en todas las épocas.   Tanto judíos como gentiles de todo el mundo han sido “llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo”, y ese llamado sigue ocurriendo hasta el día de hoy, no por capricho de los pastores, predicadores, y evangelistas, sino gracias a que “fiel es Dios” quien no deja de cumplir por medios de su Palabra y Espíritu todo lo que Él mismo se propuso desde la eternidad.

   Amados hermanos, en la actualidad usted y yo somos los “llamados (de Dios) a la comunión con su Hijo Jesucristo”, por lo que por el solo hecho de llamarnos por su palabra y Espíritu, tenemos una evidencia de que Él es fiel.   Es evidente que Dios es fiel porque no se olvidó de usted y de mí, pues no nos abandonó para la perdición eterna, lo que tendríamos bien merecido, sino que por medio de su llamamiento muy eficaz nos atrajo hacia su Hijo Jesucristo.  Así, podemos estar bien convencidos de que Dios es fiel, por el solo hecho de habernos llamado a creer, obedecer, y amar a su Hijo Jesucristo nuestro Salvador y Señor.

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   La quinta acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

V.- QUE LIBRA AL TENTADO.

   En su primera epístola a los Corintios, Pablo les relata acerca de los pecados de los israelitas de la época de Moisés en el desierto, quienes en su tentación aunque pudieron haber evitado pecar contra Dios quien era fiel con ellos, no se propusieron resistir las tentaciones, sino que fueron vencidos por la tentaciones pecando deliberadamente contra Dios, y eso les trajo grandes consecuencias como la pérdida de miles de vidas humanas.   Todo eso es ejemplo de lo que los creyentes no deben hacer, por lo que Pablo explica a los Corintios “[…] Pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).   Con estas palabras, el apóstol afirma que la fidelidad de Dios funciona en el creyente en Jesucristo en los momentos cuando llegan las tentaciones, haciendo que los creyentes puedan soportar las tentaciones, así como haciendo que puedan encontrar la salida de cada tentación.   Así vemos que la fidelidad de Dios tiene que ver con que Dios hará que aquellos que han emprendido el buen viaje de la vida cristiana, no se desanimen en todo el transcurso del viaje, sino que los capacitará y les proporcionará siempre todas las armas necesarias para vencer las tentaciones, para que puedan llegar victoriosos a la meta del supremo llamamiento de Dios.

   Amados hermanos, “fiel es Dios” cuando somos tentados, por lo que podemos orar a Él para que nos libre de las tentaciones, y lo hará porque Él es fiel en velar por la victoria de sus hijos.   Cuando la tentación llega con toda su intensidad tan atractiva y engañosa, al grado que uno no se da cuenta de que es posible escapar de ella, “fiel es Dios” que estará allí dándonos fuerzas para resistir, y proveyendo la guía necesaria para encontrar la salida.   Aún en aquellos momentos cuando nos encontremos al borde de pecar sea involuntaria o deliberadamente, debido a que “fiel es Dios”, aunque usted no lo vea, allí estará dirigiéndonos fielmente para no ceder a la tentación.

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   La sexta acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

VI.- QUE GUARDARÁ DEL MAL AL CREYENTE.

   El apóstol Pablo, preocupado por la difusión del evangelio por todas partes y por la perseverancia de los creyentes especialmente de Tesalónica, entre los motivos de oración que solicita está el que junto con sus colaboradores sean “librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe” (2 Tesalonicenses 2:2).   Los “hombres perversos y malos” a los que se refiere este apóstol son aquellos que se oponían al mensaje del evangelio que predicaban los apóstoles y muchos creyentes de aquel entonces.   Esos “hombres perversos y malos” buscaban también apartar de la fe a quienes habían aceptado el mensaje del evangelio.  Es en ese contexto que el apóstol Pablo les dice a los creyentes de Tesalónica: “Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal” (2 Tesalonicenses 3:3).   La razón por la que el Señor afirma y guarda del mal a los creyentes, les dijo San Pablo que es porque “fiel es el Señor”.

   Amados hermanos, no importa si el mal viene de personas, circunstancias o del mismo diablo, gracias a que “fiel es el Señor”, todo creyente es guardado de todos los males que atentan especialmente contra su fe.   Por supuesto que cuando llegan los males a nuestras vidas tenemos que actuar adecuadamente para enfrentarlos y salir vencedores, pero eso se logra no porque llegamos a ser tan humanamente inteligentes y estratégicos, sino gracias a que Dios es fiel, personalmente Él nos guarda proveyéndonos con su poder las capacidades que necesitamos para soportar y vencer los males correspondientes.

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   La séptima acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

VII.- QUE ES FIEL AL INFIEL.

   Cuando el apóstol Pablo le escribe a Timoteo acerca de cuatro beneficios que tienen que ver con los creyentes en Cristo, le dice acerca de cada una de estas verdades: “Palabra fiel es esta:…” (2 Timoteo 2:11), o sea que no hay razón para pensar que no será así.   Y el cuarto de los beneficios, refiriéndose a Jesucristo, lo expresa de la siguiente manera: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel” (2 Timoteo 2:11-13).   Antes que nada, tengo que aclarar que con estas palabras, el apóstol Pablo no está afirmando que si un creyente se vuelve infiel aun así será salvado, sino que está afirmando que aún si no fuéremos creyentes o fieles  no por eso Jesús tirará también la toalla de su plan de salvación, sino que seguirá siendo fiel a su gloriosa misión de salvar a los pecadores elegidos de Dios.    En otras palabras, Jesucristo es fiel no porque nosotros somos fieles, sino que proceda como proceda el ser humano pecador con relación a su gracia, “él permanece fiel” simple y sencillamente porque es propio de él ser siempre fiel.   Es por su fidelidad que al hombre más infiel a quien a elegido para proporcionarle su gracia, lo seguirá amando y regenerando hasta que este se convierta en fiel a Él.   La fidelidad permanente de Dios, hace que los infieles entreguen sus vidas a Jesucristo, y los capacita para mantenerse fieles al Salvador.  Muchas gracias a Dios porque es fiel, pues su fidelidad hizo que nuestra infidelidad sea transformada en fidelidad por medio de Cristo para mantenernos a lado de Él ahora y siempre.

   Amados hermanos,  al respecto de esta fidelidad inmutable de Dios por medio de Cristo, el apóstol Pablo hace una pregunta en su epístola a los Romanos: ¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad habrá hecho nula la fidelidad de Dios?” (Romanos 3:3).  La respuesta es sugerida por la misma pregunta.  La incredulidad, infidelidad, rechazo, etc… de los pecadores nunca será causa para que la fidelidad de Dios se nulifique.  Dios es permanente fiel.   Cuando estábamos sin Cristo, éramos los más incrédulos e infieles, pero gracias a Dios quien permanece fiel, fuimos soportados, tratados con amor, convencidos por la Palabra y Espíritu de Dios, para abandonar nuestra vida pasada y comenzar una nueva vida en Cristo que es calificada por el amor de Dios como fiel.   ¿No descubrimos con esta realidad que Dios ha sido, es fiel, y seguirá siendo fiel con nosotros?

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   La octava acción de Dios que indica su fidelidad a favor del creyente, es:

VIII.- QUE PERDONA AL PECADOR.

   Finalmente les recordaré las palabras tan conocidas del apóstol Juan que citamos con frecuencia para animarnos a confesar a Dios nuestros pecados, y para asegurarnos que somos perdonados por Dios cuando confesamos a Él nuestros pecados.   Se trata de las palabras que dicen que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).   En estas palabras no se está describiendo propiamente la fidelidad de Jesucristo, aunque se implica, sino que se describe la fidelidad de Dios, la Fuente de Jesucristo.   Junto con el ser “justo” de Dios, el apóstol Juan resalta acerca de Dios que “él es fiel”, específicamente para dos acciones: 1) “para perdonar nuestros pecados”, y 2) para “limpiarnos de toda maldad”.   Estas dos acciones tienen que ver con el perdón y con la santificación, los cuáles recibe todo creyente, gracias a que precisamente Dios es fiel.

   Amados hermanos, si una vez fuimos perdonados para recibir vida eterna por medio de Jesucristo, es gracias a que Dios es fiel.   Si cada vez que confesamos nuestros pecados se nos asegura que somos perdonados, y en consecuencia somos santificados, entonces también es gracias a que Dios es fiel.  ¿Puede usted descubrir hoy una vez más que Dios es fiel porque recibimos del él el perdón de todos nuestros pecados?

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, qué hermoso es saber que cada una de las acciones de Dios a favor de los que somos creyentes, es una revelación de la fidelidad de Dios.   Pero, ¿qué debemos hacer ahora que nos damos cuenta que sus acciones hacia nosotros son la evidencia de su fidelidad?   Lo que debemos hacer son muchas cosas específicas pero en palabras del apóstol expresadas a los Hebreos en la frase me parece que se resume en una sola actitud, la cual es que: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, PORQUE FIEL ES EL QUE PROMETIÓ” (Hebreos 10:23).   Si en cada acción de Dios  podemos observar una evidencia de su fidelidad, lo que Dios espera de nosotros es que nos “mantengamos firmes, sin fluctuar…”, o sea, Él espera que seamos fieles en el sentido de no abandonar nunca lo que ahora creemos correctamente acerca de Él, y tengamos siempre nuestra mirada en la esperanza de estar con Él para siempre cuando llegue el momento glorioso designado para nuestro encuentro con Él.

    En fin, descubrimos que Dios es fiel, y el creyente también debe ser fiel a Dios.

[1] Ilustración tomada de http://www.iglesiatriunfante.com/sermon/sermon457.htm