HONRA A TUS PADRES, Por: Diego Teh.

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HONRA A TUS PADRES

Éxodo 20:12; Efesios 6:2-3.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán; el día domingo 17 de Abril del 2016, a las 11:00 horas; como parte de la serie: EL ROL BÍBLICO DE LOS HIJOS.

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   INTRODUCCIÓN: Dios tiene un mandamiento para usted, que desde 1500 años a.C ordenó para todo aquel que forma parte de su pueblo: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da (Éxodo 20:12).  Como en el año 60 o 61 d.C[1], el apóstol Pablo sigue promoviendo la obediencia a este mandamiento escribiendo a los Efesios: “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;  /  para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra (Efesios 6:2,3).  No importa la edad, solo se necesita que usted sea hijo(a) para tener que cumplir la responsabilidad de honrar a los dos bajo cualquier circunstancia; y si ha tenido el privilegio de tener padres adoptivos, pues a ellos también es necesario honrar.   Si usted es de Cristo, con más razón usted debe ser un hijo(a) bíblico(a) en cuanto a esta responsabilidad de honrar a sus padres.

   En este mensaje voy a compartirles que no hay causal ni autorizada ni permitida por Dios para librarse del mandamiento que dice: “Honra a tu padre y a tu madre” (Exodo 20:12; Efesios 6:2), sean biológicos o adoptivos.  En el caso de la relación matrimonial, a pesar de su aspecto sagrado, por la misma dureza del corazón del ser humano, aunque Dios no autoriza el divorcio, se permite solamente en casos extremadamente necesarios; pero el deber de honrar a los padres no puede ser evadido por ninguna causa por más grave que esta sea.  /  ¿Por qué no hay causa autorizada por Dios para librarse de este mandamiento?  /  A través del desarrollo de este mensaje les voy a compartir algunas razones por las que no existe causa alguna autorizada por Dios por el que uno se pueda librar de no honrar a sus padres.

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   La primera razón por la que no existe causa autorizada por Dios para librarse del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”, es:

I.- PORQUE NO ES UNA CUESTIÓN DE OPCIÓN, SINO DE PRIMORDIALIDAD.

   Algo que debemos observar acerca de este mandamiento que es uno de los Diez Mandamientos, es que los primeros cuatro tienen que ver con los deberes que el ser humano para con Dios.  Debe haber una razón porque los primeros cuatro mandamientos no fueron los últimos cuatro, del séptimo al décimo; o por qué no estuvieron en otra posición dentro de los Diez Mandamientos.  La razón de estar primero es porque Dios es el Ser más importante a quien primeramente se le tiene que brindar toda la obediencia del ser humano.  Pero de los últimos seis mandamientos, del quinto al décimo, todos tienen que ver con deberes de todo ser humano con respecto a su prójimo.   Ahora es significativo observar que el primer mandamiento para con el prójimo que es el quinto de lista de los Diez, es precisamente el mandamiento de honrar a padre y madre.  Debe haber una razón porque Dios no lo ubicó como el décimo, noveno, octavo, séptimo, o sexto mandamiento, sino precisamente como quinto mandamiento, el primero de la segunda parte.  La razón es porque los padres de una persona son los seres que después de Dios son los primeros que tienen que ser honrados por los hijos.  Honrarlos no es una opción, sino es una cuestión de primordialidad.

   También me llama mucho la atención que el mandamiento de honrar a padre y madre se encuentre inmediatamente a solo un mandamiento después del que ordena el guardar el día de reposo; y cuando Dios dio a los israelitas una serie de leyes sobre santidad y justicia, Dios mismo juntó en una sola frase esos dos mandamientos.  Es más, Dios mismo primero enfatizó la importancia de honrar a mamá y a papá, y luego el guardar el día de reposo, pero dándole en esta combinación un sentido sagrado al honrar a los padres.  Dios mismo dijo: Cada uno temerá a su madre y a su padre, y mis días de reposo guardaréis. Yo Jehová vuestro Dios” (Levítico 19:3).  Honrar o temer a padre y madre es tan sagrado como guardar el día de reposo.

  Amados hermanos, esto de que no es una opción lo voy a explicar de la siguiente manera.   En la época de Josué el líder sucesor de Moisés, se dio cuenta que los israelitas a quienes él había guiado, introducido, y establecido en la tierra prometida, se encontraban vacilando entre servir a Dios y servir a los dioses que habían servido sus antepasados en Egipto.  Por eso, Josué les dijo: “…si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis;…” (Josué 24:15).  Me parece muy atrevido de parte de Josué el ofrecer como una opción de escoger, o Dios o los falsos dioses, pero les dieron estas opciones esperando que optaran por Dios.   Pero en el caso de honrar a padre y madre, aunque no son dioses, sino solo humanos, no hay opción; no es una opción si queremos honrar o no a nuestro padre y a nuestra madre, o si honramos a otros en lugar de ellos. Al contrario son los primeros que deben ser honrados por los que somos sus hijos.

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   La segunda razón por la que no existe causa autorizada por Dios para librarse del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”, es:

II.- PORQUE NO ES UNA CUESTIÓN DE HUMILLACIÓN, SINO DE HONORABILIDAD.

   Se cuenta la historia de un anciano que vivía con su hijo y su nuera.  El hombre no siempre podía comer bien. Se le caía la comida, ensuciaba el mantel y hacía desastre. Por fin su nuera dijo: Esto no puede ser. Este hombre está interfiriendo con mi derecho de ser feliz. De ese día en adelante, el hombre comió en un rincón de la cocina, con un plato de cerámica barata. De vez en cuando lanzaba miradas tristes hacia la mesa donde comía la familia.  Un día, al viejito se le cayó el plato de cerámica. Su nuera dijo, si eres cochino, tendrás que comer de un plato de cochino. El hijo le talló un plato de madera, y de allí comía el viejito.  Resulta que, en esta familia, había un niño de unos cuatro años. Un día, el padre notó que su hijo estaba jugando con unos pedazos de madera. ¿Qué estás haciendo, hijo? – le preguntó. El hijo respondió: Estoy haciendo unos platos de madera para cuando tú y mamá sean grandes.  De ese día en adelante el anciano volvió a comer con su familia[2].  Lo que notamos en este caso es que el pequeñito ya había considerado repetir con sus padres la malicia con la que su mamá había tratado al padre de su esposo.

   Según la edad y condiciones de nuestros padres, y según nuestra edad y posibilidades hay diversas maneras de honrarlos; pero en ninguno de los casos significa que sea una humillación para un hijo, y ni siquiera quita la felicidad de un hijo.  Si usted es la nuera (como el caso que les relaté hace un momento), o si usted es el yerno, no tiene ningún derecho de impedir que su esposa o esposo, según corresponda, honre a sus padres según las circunstancias lo requieran.  No hay infelicidad ni humillación en honrar a alguien que si bien no lo escogimos, Dios lo puso en nuestro camino para traernos a este mundo, y para concedernos el poder formar nuestro propio hogar con el hijo(a) de otros padres.  Ambos necesitan nuestra honra.  No solamente nuestros padres debemos honrar, sino a los padres de quien hayamos aceptado como nuestro cónyuge.  Sus padres vienen a ser para nosotros como si también fueran nuestros propios padres.  No debe ser humillante para usted, aunque los suyos o los de su cónyuge le hayan causado a usted algún agravio.  De esto hablaré más adelante en la siguiente razón.

   Amados hermanos, cuando en una familia, más bien cuando un hijo omite el cumplimiento de esta voluntad de Dios, se comienza a descomponer no solamente a esa familia a través de sus descendientes en las siguientes generaciones, sino a largo plazo también se va descomponiendo la sociedad en la que uno vive.  Si fuera nuestro caso, nuestros hijos aprenderán de lo que observaron de nosotros acerca de cómo tratamos a nuestros padres, y pronto lo aplicarán a nosotros mismos.  Nuestros nietos aprenderán lo que verán de sus hijos, y este ciclo continuará, echando a perder por lo menos una familia; y si muchos hijos de diferentes familias no honran a sus padres, eso podría ir degenerando a una gran parte de la sociedad humana.  Pero honrarlos trae dignidad y honorabilidad, a una familia, y a todo un conjunto de familias de nuestra sociedad en la actualidad y en nuestras siguientes generaciones; pero de no honrar a nuestros padres seríamos culpables de comenzar un nuevo ciclo de corrupción humana.  Ustedes saben por la palabra de Dios cómo tras el inicio de cualquier pecado, sus consecuencias se siguen propagando en la familia y a otras familias, y se arrastra hasta las siguientes generaciones.  Así que nosotros como hijos de Dios, tenemos la responsabilidad de evitar la degeneración y depravación de la persona y la familia.

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   La tercera razón por la que no existe causa autorizada por Dios para librarse del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”, es:

III.- PORQUE NO ES UNA CUESTIÓN DE MERECIMIENTO, SINO DE DEBER.

   Talvez usted diga: ¿Cómo voy a honrar a mi padre si desde que nací nos abandonó junto con mi madre, siendo solamente ella padre y madre para mí?  ¿Cómo voy a honrar a mi padre si es un borracho, drogadicto, desentendido en sostener económicamente el hogar, y ni siquiera me ayudó para mis estudios?  ¿Cómo voy a honrar a mi padre si durante toda mi niñez y adolescencia me maltrató?  ¿Cómo voy a honrar a mi padre, si sacó a mi madre de la casa quien cansada de la situación se fue sin llevarme con ella, y mi padre siempre trayendo a otras mujeres a la casa, a quienes me obligaba a decirles mamá?  ¿Cómo voy a honrar a mi padre si siempre le dio preferencia a mis otros hermanos y hermanas, y a mí nunca me dio la atención que necesité de él?  ¿Cómo voy a honrar a mi padre si por su culpa mi madre se vio en la necesidad de darme en adopción, y desde entonces mi padre es el hombre que me adoptó?  O talvez usted diga: ¿Cómo voy a honrar a mi madre si ella fue la que me dio en adopción cuando apenas era un recién nacido, o cuando ya me había acostumbrado con ella? Cuánto dolor siento por aquella dura realidad que me tocó vivir.  ¿Cómo voy a honrar a mi madre, si por ser alcohólica se la pasaba en lugares impropios, trayendo a la casa a sus amigas y otros hombres que se empeñaban en faltarme el respeto?  ¿Cómo voy a honrar a mi madre, si por causa del trabajo me abandonaba encerrado en la casa, y no regresaba sino hasta que ya era muy noche, e incluso por eso no pude estudiar como lo hicieron otros niños de mi época?  ¿Cómo voy a honrar a mi madre si lo único que recibí de ella fueron insultos, bofetadas, cinturonazos, bejucazos, sogazos, y todavía guardo en mi cuerpo las cicatrices de su maltrato?  ¿Cómo voy a honrar a mi madre si tuvo más de cinco parejas, y los atendía más a ellos que a mí, por no decir que en realidad no me atendía?   Por todo lo anterior, podemos llegar a pensar que un padre o madre con estas descripciones injustificables, no merece por ello recibir la honra que Dios ordena; pero el mandamiento de Dios no indica que solamente deben ser honrados los padres que con sus hechos han merecido ser honrados, o que solamente deben ser honrados porque hayan sido buenos ejemplos; sino que el mandamiento implica que deben ser honrados por el sólo hecho de ser nuestros padres.

   Noé fue la única persona del mundo antes del diluvio que halló gracia ante los ojos de Dios, pero después del diluvio sembró una viña, la cultivo, hizo vino de ella, se pegó una borrachera, y entonces su hijo Cam le faltó el respeto a su padre, al parecer junto con Canaán hijo de Cam.  Debió ser grave la falta porque Noé pronunció una maldición tanto para su hijo Cam como para su nieto Canaán.  Sin embargo, Sem y Jafet, los otros dos hijos de Noé trataron a su padre con todo respeto.  Estos no se escudaron en el hecho de tener un padre borracho para no honrarle como es debido (cf. Génesis 9:20-27).   En su primera epístola el apóstol Pedro escribe a los creyentes Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior,  /  ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien.  /  Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos;  /  como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios.  /  Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey” (1 Pedro 2:13-17).  Cuando se refería a honrar “al rey”, no piense usted que se estaba refiriendo a Jesús ‘el Rey’, sino nada menos que a Nerón, uno de los emperadores más malos que haya tenido el imperio romano que persiguió a muerte a miles de cristianos.  Pero aun así tenía que ser honrado.  Es lo mismo que Dios ordena que un hijo haga con su padre y su madre, sin importar si lo merece o no.

   Amados hermanos, no importa que tan desdichado haya sido usted de haber tenido un padre o una madre no ejemplar.  Honrar a nuestro padre y a nuestra madre es una cuestión no de merecimiento sino de deber ordenado por el Dios que ahora creemos y profesamos.  Si usted el día de hoy no fuese creyente en Jesucristo y su carácter no moldeado por la voluntad de Dios le inclinen a no tratarlos con honra, aun así no es aprobable que usted no honre a su padre y a su madre; pero con más razón, ahora que usted por su fe en Jesucristo está dejando que su vida sea moldeada conforme a la voluntad de Dios, debe por ello obedecer este mandamiento que no proviene de hombres, ni de tradiciones humanas sino de Dios.

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   La cuarta razón por la que no existe causa autorizada por Dios para librarse del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”, es:

IV.- PORQUE NO ES UNA CUESTIÓN PÓSTUMA, SINO MIENTRAS VIVAN.

   Hay personas que han tenido dificultades para mantener una buena relación con sus padres.  A veces no porque sus padres les hayan causado algún agravio, sino porque el hijo resultó ser un irrespetuoso, malvado con sus padres.  Así transcurren los meses e incluso años no pocos sino muchos, en los que nunca o poco se interesaron en estar al pendiente de sus padres, no haciendo ni siquiera una llamada telefónica, ni una visita por lo menos anual de cortesía, ni un pequeño presente como muestra de afecto y gratitud.  Pero cuando estos se enteran de que alguno de sus padres ha fallecido, una de las primeras tendencias es enviar o llevar para la casa, funeraria o al panteón una corona de flores; pero cierto proverbio popular aunque no bíblico muy sabiamente dice: “Los muertos no huelen flores”.   No es luego de muertos nuestros padres que debemos sentimental o emocionalmente reaccionar para intentar honrarlos.  Cuando Dios dio el mandamiento no estaba diciendo que esperemos honrarlos cuando ya no estén con vida.  Un proverbio ‘de los sabios’ (cf. Proverbios 22:17; 24:23ss) dice: “Alégrense tu padre y tu madre, y gócese la que te dio a luz” (Proverbios 23:25, RV60), pero que se entiende más en la versión que dice: ¡Haz, pues, que tu padre y tu madre se sientan felices y orgullosos!” (Proverbios 23:25, DHH).  La responsabilidad de un hijo es hacer felices a sus padres, y eso no es posible cuando ya no estén con vida.  Las flores no lo harán feliz, la bóveda no le hará feliz, las velas o veladoras no lo harán feliz.  Es ahora que tienen vida que se les debe honrar.

   Otro de los proverbios de los sabios dice: cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies” (Proverbios 23:22b).  La honra para una madre, al igual que para un padre no está condicionada a cierto tiempo mientras se vea fuerte, o mientras se encuentre sana, o mientras su rostro y cuerpo sean de una persona con realidad o apariencia joven.  El deber de honrarlos como dijo aquel sabio, es aún “cuando tu madre envejeciere”.  Observen también que Salomón dice de una madre: “no la menosprecies”.  Quiero hacer una distinción entre dos palabras parecidas pero con significados diferentes: Despreciar y menospreciar.  Despreciar, es considerar tajantemente que una persona o algo no merece respeto y atención.  Menospreciar, es tratar de forma continua a una persona de manera indigna.  Obviamente las dos cosas, el desprecio y el menosprecio son inaceptables a los ojos de Dios.  Pero en este caso, el sabio recalca que a nuestros progenitores que han envejecido no debe tratárseles con falta de honra y respeto, solamente porque ya no actúan como los más jóvenes pueden hacerlo.

   Amados hermanos, por todo lo anterior confirmamos que la palabra de Dios nos insiste en honrar a nuestros padres mientras están con vida.  Es necesario honrarlos tanto antes como después de que pasen a ser adultos mayores.  Pero ya después de muertos, por más de llevarles a su tumba un arreglo floral, no van a sentir ninguna honra.  Lo que Dios espera es que cada hijo honre a su padre y a su madre ahora que todavía están con vida sin importar su edad o condición.

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   La quinta razón por la que no existe causa autorizada por Dios para librarse del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”, es:

V.- PORQUE NO ES UNA CUESTIÓN SIMPLE, SINO VITAL.

   Es impresionante que Jesús defienda la vida de una persona como lo hizo por aquella pobre mujer adúltera a quien los escribas y fariseos querían apedrear para matar.  Sin embargo a pesar de toda la misericordia de Jesús, es intolerable para él que un hijo no se preocupe por su padre y por su madre.  Él le recuerda a ciertos escribas y fariseos que: “…Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente” (Mateo 15:4).  Esto quiere decir que no darles a los padres el respeto debido es un asunto sumamente delicado, al grado de que tal hijo ni siquiera es digno de vivir por no honrar la vida de sus progenitores.  Moisés le recuerda al pueblo de Israel que Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre” (Deuteronomio 27:16), lo cual significa que tal persona era merecedora de su propia muerte inmediatamente.  Se convertía en “maldito”, en basura, en condenado a pena de muerte.

   Salomón en su tiempo escribió un proverbio que dice: “Al que maldice a su padre o a su madre, se le apagará su lámpara en oscuridad tenebrosa” (Proverbios 20:20).  Lo que esto quiere decir es que quien no honra a su padre y a su madre, sino que con sus palabras le maldice, cuando dice que “se le apagará su lámpara en oscuridad tenebrosa”, lo que está diciendo es que tal persona es digna de apagar “su lámpara” (cerrar sus ojos, lo que simboliza que al cerrar sus ojos se acabará su vida), para encontrarse ni siquiera ante la presencia de Dios cuya presencia misma es Luz, sino que tal persona quedará en completa “oscuridad tenebrosa”, donde son echados los malos para la eternidad, tal como lo explica Jesús cuando dice que los malos aunque se sientan hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 8:12).

   Otro proverbio bíblico, pero del proverbista Agur quien para aconsejar a dos jóvenes llamados Itiel y Ucal, dice: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila” (Proverbios 30:17).  Otra versión lo traduce más claramente, diciendo: “El que mira a su padre con desprecio y se burla de su madre anciana, merece que los cuervos le saquen los ojos y que las águilas lo devoren” (Proverbios 30:17, DHH).  Si fuera algo simple o sencillo o irrelevante, no habría tanta preocupación en el corazón de Dios, de su Hijo Jesús, de los proverbistas Salomón y Agur, por el trato de honor que se le debe dar tanto a papá como a mamá; y por el hecho de saber que quien no honre a sus padres merece que se acabe su vida, nos deja muy claro que es una cuestión de primera importancia.

   Amados hermanos, no honrar a nuestros padres es un asunto gravísimo penalizado por Dios mismo como una actitud que hace que los hijos ni siquiera seamos merecedores de nuestra propia vida, e incluso tiene penalización no solamente para el presente sino también para la eternidad, a menos que haya arrepentimiento, y un cambio de actitud, comenzando con la fe salvadora en Jesucristo.

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   La sexta razón por la que no existe causa autorizada por Dios para librarse del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”, es:

VI.- PORQUE NO ES UNA CUESTIÓN SENTIMENTAL, SINO PRÁCTICA.

   Honrar no consiste solamente en no ser áspero en palabras con nuestros padres.  Honrar no está limitado al máximo esfuerzo de obedecer las órdenes o consejos que ellos nos dan.  No basta con solamente sentir en el corazón que los amamos, que no les haríamos ni el más mínimo mal de ninguna manera.  Honrar va más allá del sentimiento, del respeto y de la obediencia.  En determinado momento cuando las circunstancias así lo requieran, incluso también puede ser de manera voluntaria antes de que se dé la necesidad; es necesario honrar a nuestros padres de una manera más práctica que consiste en sostenerlos para que no les falte alimento, medicamentos, ropa, etc…  Todo esto también es parte de la honra que Dios ordena que les otorguemos a nuestros padres.

   Parte de la enseñanza que el apóstol Pablo le encargó al pastor Timoteo con respecto a la atención especialmente de las personas que ya son mayores, fue: si alguna viuda tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios” (1 Timoteo 5:4, RV60).  Observen por lo menos los siguientes dos detalles: 1.- Que no es solamente deber de los hijos honrar a sus padres, sino también de los nietos el honrar a sus abuelos.  2.- Que el deber de honrar también consiste en “recompensar a sus padres”, que otra versión más fácil de comprender dice: “correspondan así a sus padres y abuelos” (NVI), lo cual implica un deber de hijos y nietos.  Esto de recompensar implica que algo han tenido que hacer antes para recibir una recompensa.  La Traducción en Lenguaje Actual, explicando el derecho de una madre o abuela viuda, debe ser ayudada por sus hijos y nietos “en todo lo que necesite, así como antes ella los cuidó y los ayudó”.  Juntando todos los cabos de estas tres versiones, podemos entender que la voluntad de Dios es todavía más amplia: Que todo descendiente, sea hijo o nieto o bisnieto, debe honrar a sus padres, abuelos, y bisabuelos.  Es su derecho, y es nuestro deber no sentimental sino práctico.

   La biblia nos relata diversos casos de hijos que fueron responsables en honrar a sus padres, especialmente en la etapa de la vejez.  Uno de ellos fue José quien hizo que su anciano padre que no tenía alimento disponible sea traído a Egipto desde la tierra lejana de Canaán donde estaba viviendo.  Dice Moisés, el redactor de esa historia que José a su padre, le “hizo habitar” y junto con sus otros hijos hermanos de José, le dio en “posesión… en lo mejor de la tierra” y cuidó de él asegurándole su “pan” (Génesis 47:11,12).  Esta es una manera de honrar a nuestros padres, especialmente cuando ya están en edad avanzada y tienen dificultades para ganar por su propio trabajo el pan de cada día.

   Amados hermanos, nuestro sentido de honra hacia nuestros padres no debe ser solamente sentimental, ni de solo respeto, ni de solo respeto mas obediencia, sino de sostenimiento para sus necesidades de adulto o adulto mayor.

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   CONCLUSIÓN: Antes de concluir, considerando que el propósito de toda ley de Dios es que nos demos cuenta que a pesar de nuestros mejores esfuerzos en cualquier aspecto como es el caso de la honra que debemos brindar a nuestros padres, no hemos podido o no pudimos ser los mejores hijos que estemos o hayamos cumplido como debería de ser.  Aun si tan solo hubiésemos fallado en ese aspecto de nuestra vida familiar, tan solo eso nos tendría en condenación eterna, merecedores del castigo eterno de Dios, aunque en otras cosas seamos las mejores personas.  Por los mandamientos de la ley de Dios descubrimos que somos pecadores y que por lo tanto necesitamos que la gracia de Dios nos asista en nuestra vida familiar, y personal como hijos.

   Lo que tenemos que hacer es acudir a Jesucristo.  Veámosle en la cruz, pronunciado en su tercera palabra una preocupación por su madre poniéndola bajo el cuidado de Juan el discípulo amado.  Inspirados por este ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, vayamos en búsqueda de nuestros padres y, con la ayuda de Dios, decidamos ser hijos e hijas dispuestos a honrarlos, como Jesús lo hiciera con su madre tan fiel y abnegada que le acompañó hasta el pie de la cruz cuando con injusticia fue crucificado como una persona despreciable.  Jesucristo sea nuestra gran inspiración para honrar a nuestros padres, no Sem ni Jafet, por más que hayan sido hijos respetuosos.

   No podemos tener como pretexto que no fuimos tratados bien por alguno de nuestros padres.  Para la responsabilidad de honrarles no hay ni un solo pretexto justificable para Dios.  Si es necesario, tenemos que cultivar las virtudes divinas del perdón, y de la oración, rogando a Dios por aquellos que quizá nos han lastimado.

   Sin embargo, si usted ha tenido un padre y una madre, o ambos que han sido maravillosos con usted, entonces con más razón usted debe honrarlos para la gloria de Dios.

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[1] Demaray, Donald E; Introducción a la Biblia; 3ª Edición revisada; Logoi; 2001; Miami FL; pág. 218.

[2] http://www.iglesiatriunfante.com/sermon/sermon254.htm

   

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