LLAMADOS A SER SANTOS, Por: Diego Teh.

LLAMADOS A SER SANTOS

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Levítico 20:1-7; 1 Corintios 1:1-3.

 

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador”, de Mérida, Yucatán; el día domingo 05 de Febrero del 2017, a las 11:00 horas.

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INTRODUCCIÓN: Son muy interesantes las palabras de salutación con las que el apóstol Pablo dirige su primera epístola a los Corintios.  Primero, se dirige a ellos según el capítulo uno versículo dos, como “a la iglesia de Dios que está en Corinto”, pero inmediatamente además de llamarles “iglesia”, se dirige a ellos diciéndoles: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”.  Son estas dos pequeñas frases compuestas que voy a enfatizar en esta predicación, específicamente las que dicen: “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos,…”.   De hecho el título mismo de esta predicación, son las mismas palabras del texto, las que dicen: LLAMADOS A SER SANTOS.  Este llamamiento a ser santos queda muy claro que NO era un llamamiento exclusivo para aquellos Corintios, sino que en las siguientes palabras del texto entendemos que se aplica: “con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro:” (1 Corintios 1:2).  Entonces, dondequiera que haya personas que invocan el nombre de Jesucristo, allí están y ellos son los llamados a ser santos.  Y esto nos incluye también a nosotros que habiendo invocado a Jesucristo para nuestra salvación, le seguimos invocando para adoración. En la actualidad, nosotros somos los: LLAMADOS A SER SANTOS.

Hoy les voy a predicar que el llamado a ser santos consiste en asumir dentro del proceso de santificación, diversas responsabilidades centradas “en Cristo Jesús”. / ¿Qué responsabilidades centradas “en Cristo Jesús” se deben asumir dentro del proceso de santificación, en el llamado a ser santos? / En este mensaje, basado en 1 Corintios 1:2, les voy a compartir algunas de las responsabilidades centradas “en Cristo Jesús” que se deben asumir dentro del proceso de santificación para cumplir el llamado a ser santos.

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La primera responsabilidad que se debe asumir dentro del proceso de santificación, para cumplir el llamado a ser santos, es:

I.- CONTINUAR EN LA SANTIFICACIÓN QUE DIOS COMENZÓ DESDE LA ETERNIDAD.

Las palabras del apóstol Pablo a los Corintios con respecto al tema de la santidad, comienza diciendo: “santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:2), lo cual indica que la santidad del creyente en Jesucristo comenzó en algún momento pasado, pues todos los creyentes ya fueron santificados.  Esta santificación puede rastrearse en diversos momentos del pasado. Lo explicaré desde lo más cercano hasta lo más lejano, y será la parte más extensa de esta predicación.  Comenzaré explicando que cuando una persona acepta que Jesucristo sea su salvador, porque a partir de ese momento Jesucristo y el Espíritu Santo comienzan a morar en la vida del creyente, y puede decirse que “en Cristo Jesús” ha sido santificado, porque en ese momento se hace efectiva en su experiencia humana y personal, la aplicación de la santificación.

Pero, la santificación, todavía tiene un trasfondo todavía más antiguo, que siempre tiene relación “en Cristo Jesús”, pues se para que un ser humano elegido pueda recibirlo para su vida, fue necesario que “Cristo Jesús” en el año 34 d.C. (el año no importa, pues solo quiero que ubiquemos en el tiempo que fue mucho antes de que creamos en Jesús) cuando fue crucificado, desangrado, y muerto, para pagar nuestras culpas, obtuvo para nuestro favor la santificación que nos identifica como los elegidos de Dios.  San Juan nos confirma que es la sangre de Jesús la que “nos limpia (o sea, que nos santifica) de todo pecado” (Cf. 1 Juan 1:7).  La muerte de Jesús fue satisfactoria ante Dios para obtener este beneficio para los elegidos.  La Confesión de fe de Westminster que explica esta cuestión dice al respecto que: “Aquellos que son llamados eficazmente y regenerados, teniendo creados un nuevo corazón y un nuevo espíritu en ellos, son además santificados real y personalmente por medio de la virtud de la muerte y la resurrección de Cristo,… (Cf. 1 Corintios 6:11; Hechos 20:32; Filipenses 3:10; Romanos 6:5,6)[1].

La santificación todavía puede remontarse a un tiempo más lejano, aunque más propiamente ocurre antes del tiempo, es decir, desde la eternidad antes de la fundación de todo el universo, de la tierra, y del mismo ser humano, cuando previendo Dios que todos los seres humanos serían pecadores, eligió por misericordia a quienes él quiso salvar.  Este acto de elegir de entre toda la humanidad a quienes Dios quiso salvar, es también un acto de santificación, porque santificación significa separación, porque fue desde entonces que Dios separó (o sea, santificó) a quienes eficazmente se propuso salvar, y se puede decir que desde la eternidad los creyentes somos “santificados en Cristo Jesús”, porque cuando Pablo dice a los Efesios que Dios nos escogió en él antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), eso de que nos escogió se refiere a que separó, o santificó; y cuando dice que nos escogió en él, significa que nos santificó “en Cristo Jesús”.  A los Tesalonicenses el mismo apóstol Pablo, en su segunda epístola que junto con Silvano y Timoteo les remite, les dice: “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Tesalonicenses 2:13).  Les aclara que el escogimiento que se dio “desde el principio”, más bien, desde la eternidad, incluyó la santificación que se ha hecho realidad en sus vidas en el presente por aplicación que el Espíritu Santo hace ahora; pero desde aquella eternidad “Cristo Jesús” que ya existía, estuvo involucrado.  Igualmente cuando el apóstol Pedro escribe a los expatriados de Israel, les dice que fueron: “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2), pues desde aquella elección eterna, estuvo prevista la muerte de Jesús para ser obtenida la santificación a favor de los pecadores elegidos, y estuvo prevista la obra aplicadora del Espíritu Santo.

Así que no hay duda de que los creyentes somos “santificados en Cristo Jesús” desde el acto de la elección divina desde la eternidad; que posteriormente fue obtenida, ratificada, y obtenida eficazmente en y por la muerte Jesucristo; y que cuando creímos y aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor, fue hecha efectiva la santificación en nuestra experiencia.  Por eso, les afirmé al principio que cuando San Pablo dice que somos “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”, es verdad que se da como hecho de que por su elección ya somos “santificados” porque su elección es una garantía divina total, pero nos corresponde continuar viviendo este proceso que Dios comenzó en nosotros “en Cristo Jesús” desde la eternidad.

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La segunda responsabilidad que se debe asumir dentro del proceso de santificación, para cumplir el llamado a ser santos, es:

II.- PERMANECER UNIDO A CRISTO JESÚS PARA NO INTERRUMPIR LA SANTIFICACIÓN.

Cuando San Pablo les dice a los Corintios de que ellos son “llamados a ser santos”, inmediatamente les dice que no es un llamado que solamente ellos tenían que vivir, sino les explica que este llamado se extiende con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.  Lo que es muy claro y enfático en esta explicación del apóstol es que el llamado a ser santo, es una responsabilidad de los que invocan el nombre de Jesucristo.  La clave aquí es que esta responsabilidad no es de los que por un tiempo invocaron o invocaban el nombre, ni de los que en el futuro invocarán el nombre, sino de los que en el presente invocan el nombre de Jesucristo. Es decir, que desde que el momento que por primera vez invocaron el nombre de Jesucristo para su salvación, ahora permanecen invocando el nombre de Jesucristo para adoración; lo cual indica que están viviendo de manera permanente unidos a Jesucristo, quien es la clave y centralidad de la santificación.  Aunque esto no significa que la santificación se limita a experiencias litúrgicas que se dan en los cultos de las iglesias locales, sino que implica también la experiencia de no meterse intencionalmente en situaciones pecaminosas.

Esta continuación de “ser santos” que nos corresponde, se trata de vivir la responsabilidad de permanecer en la santificación que Dios mismo ya creó en nosotros, y que Jesús ya ganó y aseguro para nosotros.  Hay un texto que voy mencionar, pero que no voy a tratarlo a detalle en este mensaje porque tiene suficiente contenido para un estudio o mensaje independiente que requiere un profundo análisis contextual para entender porque el apóstol Pablo se refiere así a la salvación de una mujer, lo cual no es el tema de esta mi predicación, pero prestemos atención acerca de lo que dice con respecto a la permanencia en la santificación.  San Pablo le explica a Timoteo que la mujer se salvará engendrando hijos, SI PERMANECIERE en fe, amor, y SANTIFICACIÓN, con modestia” (1 Timoteo 2:15).  Lo que nos interesa observar aquí es que la salvación se concreta cuando se permanece en la santificación, obviamente como ya vimos antes, tiene su origen, fundamento, garantía, y efectividad, en “Cristo Jesús”.  Entonces, el llamado a ser santos, requiere que uno permanezca unido a Jesucristo, quien es central desde la eternidad hasta la fecha en todo el proceso.

Amados hermanos, no permanecer en Cristo, es igual a no permanecer en la santificación que Dios está operando en nuestras vidas, es rechazar y ofender la gracia de Dios de haber tenido la iniciativa de favorecernos inmerecidamente con su plan de salvación.  Jesús mismo habló de esta permanencia en él, y dijo que Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Juan 15:4b); por lo que cuando no se permanece en él, no hay fruto o evidencia de santidad, porque no permaneciendo unido a Jesús no se puede ser santo.  En el momento justo que usted se desconecte de su unión con Cristo por querer hacer algo que no concuerda con la voluntad de Dios, uno comienza a declinar y perder santidad operativa, y uno comienza a darse cuenta que está retrocediendo, o que no avanza en espiritualidad.  Uno comienza a darse cuenta que nada que tiene que ver con Dios le llena ni le satisface.  Esta reacción espiritual de una persona es solamente una alerta de que uno no está cuidando su santificación y de que uno se ha desconectado y no está unido a Cristo.  Si usted se ha visto en esta situación, procure recuperar su unión y permanencia en Cristo, y entonces usted estará cultivando frutos notables de santidad, que se reflejarán en el gozo que usted tendrá por vivir conforme a la voluntad de Dios. Así que por el llamado a ser santos, es importante y absolutamente necesario permanecer en Cristo.

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La tercera responsabilidad que se debe asumir dentro del proceso de santificación, para cumplir el llamado a ser santos, es:

III.- VIVIR BAJO EL SEÑORÍO DE CRISTO JESÚS QUE TIENE UN FIN SANTIFICADOR.

El mismo apóstol Pablo, tomando en cuenta al hermano Sóstenes su socio remitente de esta primera epístola que envía a los Corintios, al referirse al Jesucristo que se invoca en cualquier lugar y que no hay duda que también ambos invocaban, le llama “nuestro Señor Jesucristo”.  Pero además de llamarle “nuestro Señor Jesucristo”, inmediatamente enfatiza la extensión y amplitud del señorío de Jesucristo más allá de los Corintios, diciendo que él es “Señor de ellos (de todos los que en cualquier invocan a Jesucristo), y nuestro: (tanto de los Corintios como de Pablo y Sóstenes) (1 Corintios 1:2; cf. 1:1).  El énfasis en toda la segunda parte del versículo dos es que Jesús es Señor de todos los creyentes, y que es por él y por su señorío que todos los que creemos en él, somos “llamados a ser santos”.   Ser santos no es un mero acto litúrgico devocional, como cantar un salmo, leer la biblia, y hasta orar, sino que va más allá hasta la conducta que hace evidente que uno no solamente es litúrgico, sino que uno se somete voluntariamente al señorío de Jesucristo.  Tal persona vive lo que aprende de la biblia cuando escucha predicaciones, estudios bíblicos, lee literatura devocional que ayuda a la reflexión, o cuando lee directa y personalmente la biblia.  No solo va a los cultos de la iglesia, no solamente, canta, ora, diezma, ofrenda, y hasta predica, sino que vive lo que Dios demanda del cristiano.  Eso es someterse al señorío de Jesucristo.  NO es solamente llamarle ¡Señor, Señor!, pues no se trata de hacer mayores cosas espirituales o de tener un vocabulario teológico cristiano como para obtener más santificación, sino más bien se trata de cuidar que la santificación iniciada por Dios y aplicada a nuestra vida al precio de la sangre de Cristo Jesús, no sea interrumpida por el pecado.   La santificación no se sustituye por tanto cantar, predicar, u orar, sino se conserva por medio del apartarse del pecado que suele querer dominar la carnalidad humana.

Someterse al señorío de Cristo tiene que ver con todas las áreas de nuestra vida, pero a manera de ejemplos mencionaré un par de estas áreas.  Por ejemplo, el apóstol Pablo les dice a los creyentes de Tesalónica: “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; / que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; / no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios;” (1 Tesalonicenses 4:3-5).  Lo que es necesario que haga una persona que tiene desviaciones de tipo sexual, es claro en la instrucción.  Tiene que apartarse de esa conducta para que pueda mantenerse en la voluntad de Dios acerca de la santificación, y si es casado eso le ayudará a permanecer en buena relación matrimonial.  Otra área según Pablo a los mismos de Tesalónica, es “que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. / Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación (1 Tesalonicenses 4:6,7).    La persona que ya habiendo creído en Jesús tiene el mal hábito de mentir descaradamente a sus semejantes y hasta a sus mismos hermanos en la fe, tal persona no está permaneciendo en santificación y debe inmediata y necesariamente abandonar tal pecado, porque eso solamente le hace inmundo y no le conserva en la santificación, aunque externamente se le vea muy fiel en los cultos cristianos, y otras actividades espiritualmente edificantes.

Por eso, amados hermanos, es necesario que analicemos nuestra vida para ver si en realidad hemos tomado la decisión de apartarnos de los pecados que antes de creer en “nuestro Señor Jesucristo”, eran nuestro más preferido atractivo; pues ahora que Jesucristo es “nuestro Señor”, ya no debe ser atractivo para nosotros, sino que nuestra decisión al respecto de tales pecados debe ser el apartarnos inmediata y voluntariamente de ellos.  Nuestro llamamiento a ser santo, progresa cuando verdaderamente aceptamos que Jesucristo sea “nuestro Señor”, y solo progresa cuando estamos dispuestos a mantenernos en la voluntad y señorío de Jesucristo de apartarnos de toda clase de pecado.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, voy a concluir con la aclaración de que la santificación no es resultado de nuestra obra humana, sino que en realidad es totalmente obra de Dios.  El Catecismo menor de Westminster, respondiendo a la pregunta treinta y cinco, acerca de ¿qué es la santificación?, dice correctamente que La santificación es aquella obra de la libre gracia de Dios por la cual somos completamente restablecidos a la imagen de Dios, y puestos en capacidad de morir más y más al pecado y de vivir píamente”[2].  La santificación es Dios capacitando a usted para que muera más y más al pecado, y para que viva más piadosamente.  Por eso, el apóstol Pablo en su epístola a los gentiles, declara que está persuadido de una cosa: “…que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6b).  Es Dios quien desde la eternidad comenzó con todo el plan del proceso de nuestra santificación, y es Él mismo quien la va a terminar.  Usted solamente tiene que evitar dar un paso más hacia el pecado.

Amados hermanos, recordemos que somos: Llamados a ser santos. Dios lo comenzó en Cristo Jesús, nosotros permanecemos en Cristo Jesús, nosotros sometemos nuestra vida al señorío de Cristo Jesús, y Dios terminará de santificarnos.  Que Dios bendiga a su iglesia.

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[1] http://www.iglesiareformada.com/Confesion_Westminster.html, capítulo 13, acerca de la santificación, párrafo 1, inciso 1.

[2] http://www.iglesiareformada.com/Catecismo_Menor_Westminster.html, pregunta 35 y su respuesta.

   

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