NUESTRA SANTIDAD AHORA, Por: Diego Teh.

NUESTRA SANTIDAD AHORA

2 Crónicas 35:1-6;

Romanos 6:15-22.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador” de Mérida, Yucatán; el día domingo 05 de Febrero del 2017, a las 18:00 horas.

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INTRODUCCIÓN: Hace como 20 años mi esposa y yo salimos por las calles de la colonia en donde vivimos para ver si encontrábamos alguna casa en venta a la medida de nuestra economía.  La verdad, las casas que encontramos tenían un precio elevado que no alcanzamos, pero un vecino nos comentó de cierta casa que estaba en venta, y fuimos a verla.  Cuando llegamos no estuvimos muy animados a intentar hablar con el dueño, pues veíamos que los primeros metros del frente era como un barranco de más de un metro de profundidad en el cual estaban arraigadas unos tremendos nopales gruesos con más de tres metros de altura y llenos de espinos, bejucos y otros árboles medianos, que todos en conjunto desaparecían la pequeña construcción que tenía la cual no tenía zapatas ni columnas que la sostuvieran.  Todo el frente estaba lleno de retacería de vidrios, y pareciera que era como vestigios de un antiguo basurero público.  Al conocer el patio trasero, habían más nopales grandotes y pequeñitos llenos de espinos en vez de hierbas comunes, lo mismo que otro sin fin de retacerías de vidrio, y al fondo del terreno que afortunadamente tenía cincuenta metros de largo, había otro barranco con diez metros de ancho y más de dos metros de profundidad que al parecer fue un banco de extracción de materiales.  En fin era para nuestro gusto, un terreno muy feo.  El dueño nos dijo que ya hace varios años que lo tenía en venta, pero que nadie se animaba a comprarlo. Supongo que por el aspecto que tenía.  Finalmente hicimos con él un trato para comprar el terreno con su construcción que posteriormente se reforzó con mucha dificultad. Nos llevó no poco tiempo para desarraigar árboles, rastrillar y recoger piedras y vidrios, para rellenar la parte del ex banco de materiales que está al fondo.  Con el paso del tiempo, hemos construido ciento veinticinco metros cuadrados de vivienda, y el aspecto si no es el más presentable de la ciudad, pero los que antes conocieron el predio se dan cuenta de que en ese lugar ha habido una transformación.

Para abordar el mensaje de este momento que se titula “NUESTRA SANTIDAD AHORA”, que también se refiere a una transformación que ocurre no en un predio sino en la vida de una persona creyente en Jesucristo, tomaré como punto de partida la segunda parte del versículo diecinueve de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos capítulo seis, que nos presenta que un panorama en el que hay un antes y un ahora en nuestra manera de vivir, y que en el ahora, tiene que ver con nuestras responsabilidades con respecto a la santificación que debemos experimentar, tal santificación se debe ver tal como se puede apreciar la transformación que ocurre en una casa cuando es pintada, ampliada, y que recibe los mantenimientos necesarios.  La parte del texto dice: “que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Romanos 6:19b); y basado en estas palabras apostólicas les predicaré que debemos tomar en cuenta los diversos aspectos con respecto de nuestra santificación ahora. / ¿Cuáles son los aspectos con respecto a nuestra santificación ahora que debemos tomar en cuenta? / Permítanme compartirles algunos de tales aspectos con respecto a nuestra santificación ahora que debemos tomar en cuenta.

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El primer aspecto con respecto a nuestra santificación ahora que debemos tomar en cuenta, es que:

I.- AHORA NO NOS DEBE INTERESAR LA INIQUIDAD SINO LA SANTIFICACIÓN.

El apóstol Pablo, con el fin de instruir a los romanos a interesarse más por la santificación de sus vidas, primero les recuerda instructivamente: así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad” (Romanos 6:19b).  Estas palabras describen cómo era la vida e intereses de los romanos incrédulos ajenos al conocimiento y la fe en Dios, cuando todavía no sabían nada acerca del evangelio de Jesucristo, y cuando todavía no habían creído en Jesucristo.  Su interés según les observa el apóstol Pablo era “para iniquidad”, es decir, solo para vivir y hacer lo que se les venga en gana y les produzca satisfacción aunque se trata de hechos moralmente incorrectos.  La conducta de una persona con ese interés se deja ver en la observación que el apóstol les hace al decirles que por eso: “presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad”.  Esta descripción que utiliza la palabra inmundicia, es suficiente para dejar bien claro que se trata de estar involucrado en la comisión de hechos que a los ojos de Dios son sucios, abominables, y desagradables.  Estoy seguro que describe la vida de cada uno de nosotros cuando no habíamos entregado nuestra vida a Jesucristo para que él sea nuestro Salvador y Señor.  Eran cuestiones vergonzosas que ni siquiera nos avergonzaba.

Sin embargo, lo más instructivo que también nosotros debemos tomar en cuenta es que ahora que hemos creído en Jesucristo, debe observarse en nuestro interés y en nuestra conducta, un cambio de interés que concuerde con nuestra fe en Jesucristo y su santo evangelio, pues el apóstol Pablo instruyó a los romanos diciéndoles: “así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia”.  Nuestra santidad ahora, requiere que abandonemos el interés que antes teníamos por la iniquidad y su trampa la inmundicia; y que nuestro interés principal esté entregado “para santificación”.  Eso hace que en vez de caer en la práctica de cosas sucias o inmundas a la vista de Dios, podamos dedicarnos a “servir a la justicia”.  Justicia en este contexto, se refiere a toda aquella práctica que es aceptable delante de Dios.

Estimado hermano, ahora que pertenecemos a Jesucristo, porque por la gracia de Dios hemos conocido y aceptado su persona y obra redentora, es necesario que cada uno de nosotros corte con lo sucio o inmundo, y que nos interesemos más por hacer siempre todo aquello que promueve y fomenta nuestra santificación.

 

El segundo aspecto con respecto a nuestra santificación ahora que debemos tomar en cuenta, es que:

II.- AHORA NO DEBEMOS CONTAMINAR CON PECADO LOS MIEMBROS DE NUESTRO CUERPO.

Repito la misma frase del versículo diecinueve que parcialmente expliqué en el aspecto anterior, para que observemos lo que dice con respecto al uso de los miembros de nuestro cuerpo.  Cuando habla de “vuestros miembros”, no se refiere a los miembros de la iglesia, sino a los del cuerpo de cada persona.  La segunda parte de este versículo, dice así: “que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia” (Romanos 6:19b).

Un ejemplo acerca de lo que los miembros de nuestro cuerpo deben ser cuidados para caminar en santificación es evitando la fornicación, palabra que la biblia usa para referirse a toda clase de pecados sexuales que son propios de la iniquidad, pues a los Tesalonicenses el mismo apóstol Pablo les confirma que: “la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación” (1 Tesalonicenses 4:3).  A los Corintios les explicó sobre lo mismo de que: “…el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Corintios 6:13b).  Y a los Efesios, les explicó que eso no es conveniente, diciéndoles: “Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Efesios 5:3).  Esto es solamente un ejemplo, pero en realidad todo pecado involucra los miembros de nuestro cuerpo, hasta aquellos pecados que operan en el interior de nuestra mente, y no son visibles.

Otro ejemplo acerca de un miembro de nuestro cuerpo que debe ser cuidado para estar en santificación es el caso de la lengua, ¿no ha tenido usted problema alguna vez con ello cuando profiere palabras?  El apóstol Santiago, escribió al respecto: “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! /  Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. / Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; / pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. / Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. / De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:5-10).  Esto es solamente un ejemplo más, que también si es verdad que la lengua no se puede domar, sí se le puede establecer límites y disciplina de tal manera que no lo usemos para mal.  Es así como nos conducimos ahora en la santificación.

Amados hermanos, tengamos cuidado con los miembros de nuestros cuerpo con el fin de conservarnos en la santificación que Dios está operando en nuestras vidas.  No usemos los pies para conducirnos a lugares donde no deberíamos acudir; no usemos las manos para actos de violencia, robo, etc…; no usemos los ojos para complacernos de los atractivos visuales del mundo que son contrarios al agrado de Dios; no usemos el cerebro para maquinar estrategias de maldad.  Usemos los miembros de nuestro cuerpo, como dice San Pablo, “para servir a la justicia”.

 

El tercer aspecto con respecto a nuestra santificación ahora que debemos tomar en cuenta, es que:

III.- AHORA DEBE HABER EN NOSOTROS UN CAMBIO DE OBJETIVOS DE SERVICIO.

Cuando leemos el libro del éxodo, inmediatamente nos damos cuenta que los israelitas se encontraban sirviendo en calidad de esclavos en el país de Egipto.  La historia es muy interesante cuando vemos que Dios interviene y utiliza a Moisés para promover en nombre de Dios la liberación de los israelitas.  Después de mucha resistencia del Faraón egipcio, por fin los israelitas fueron liberados y los siguientes años de su vida, en por lo menos dos generaciones de ellos, se la pasaron viviendo en diversos lugares tanto en el desierto como en terreno habitable.  Poco tiempo después de su liberación, Dios les pidió que construyeran un tabernáculo, y muy pronto se vieron nuevamente sirviendo, afortunadamente ya no a los intereses de los egipcios sino ahora servían a Dios y sus intereses.  Antes fueron esclavos de Egipto, pero ahora eran siervos de Dios.  Lo que aquí sucedió es que Dios les cambió sus objetivos de servicio.

En Romanos 6:15-22, el apóstol Pablo habla de otro tipo de esclavitud, no la que hombres de una nación como Egipto impuso a sus súbditos extranjeros o prisioneros de guerra, sino del tipo de esclavitud espiritual.  El apóstol Pablo, en el versículo dieciséis ilustra por medio de una pregunta que también en lo espiritual solo hay dos opciones, o eres esclavo del pecado, o eres esclavo o siervo de la justicia o de Dios.  La pregunta dice: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16).  Pero, en su exclamación de gratitud por los creyentes romanos, les dice: aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; /  y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:17,18).  Antes eran esclavos del pecado, pero ahora se han convertido en siervos de la justicia.  Por más que uno se haya arraigado y esclavizado en lo pecaminoso siempre hay salida para ser liberado de ello, y de manera decidida y consciente comprometerse en el servicio a Dios y en su nombre.

Amados hermanos, también nosotros desde que creímos en el evangelio de Jesucristo, y propiamente en el mismo Jesucristo, fuimos también libertados del pecado, por lo tanto no debemos servir más al pecado, pues ya no somos sus esclavos.  Ahora ya somos hechos “siervos de la justicia” (v. 18), o lo que es lo mismo: “siervos de Dios” (cf. v.22).  Usted y yo ya hemos sido capacitados por la gracia de Dios para no hacer deliberadamente lo que es malo, y poder servirle a él conforme a su voluntad.

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El cuarto aspecto con respecto a nuestra santificación ahora que debemos tomar en cuenta, es que:

IV.- AHORA YA NO CAMINAMOS HACIA LA MUERTE ETERNA SINO HACIA LA VIDA ETERNA.

Lo que quiero decir con que ahora ya no caminamos hacia la muerte eterna sino hacia la vida eterna, es que vale la pena estar en santificación cuya finalidad es perfeccionarnos para entrar a la plenitud de vida eterna que está reservada para aquellos que creemos en Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador y Señor.  Pero primero, analizando el pasado desde la óptica del presente, Pablo les dice a los romanos: “¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte” (Romanos 6:21).  Lo único que resalta, y ese también era nuestro destino es que íbamos rumbo a la muerte, pero no la muerte física que a todos algún día nos ha de llegar, sino a la muerte eterna en la que uno queda eternamente separado de la comunión con Dios, y lo único que se experimentará es el castigo eterno en las llamas del infierno.

Pero, después de la observación acerca de lo vergonzoso que es pertenecer a la iniquidad, el apóstol Pablo les presenta un cuadro operativo de Dios que vale la pena que esa sea nuestra experiencia.  Sus palabras muy alentadoras son: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22).  ¡Qué buena noticia!  Ya no vamos hacia la muerte eterna, sino hacia la vida eterna, pero gracias a que la santificación es un fruto que se está produciendo en nuestra vida totalmente por la obra de Dios, pero cuidando que no demos la espalda a su santificación.  ¿No vale la pena que nos mantengamos en la libertad del pecado, al servicio de Dios, en la santificación, y en camino hacia la vida eterna?  Claro que sí vale la pena, pues no nos hace ningún daño sino todo lo contrario, el mejor bien que pudiéramos obtener en la vida presente y en la futura.  No nos lleva a la muerte eterna, sino a la vida eterna.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, cada uno de nosotros tiene un pasado en el cual no estuvimos en una buena relación espiritual con Dios.  No sería congruente que ahora que hemos tenido la experiencia de conocer el santo evangelio de Jesucristo, de aceptar para nuestra vida la gracia santificadora de Dios por medio de Jesucristo, vivamos como antes, como si no hubiera ocurrido o estuviera ocurriendo nada sublime en nosotros de parte de Dios.  Es necesario que correspondamos a la obra santificadora que Dios está llevando a cabo en nuestras vidas.  Todos hemos observado como a la gente nos gusta transformar la imagen de nuestras calles, de nuestras casas, y eso no es malo sino muy apropiado para la evolución de la modernidad.  De la misma manera, es importante que haya en nosotros una aceptación de que Dios siga trabajando en el proceso de santificar más nuestra vida, sin que nosotros pongamos resistencia alguna interrumpiendo el proceso por causa de amar algún pecado.  Muramos al pecado, huyamos al pecado, y seguiremos santificados, y entonces estaremos listos para recibir la plenitud de vida eterna que tanto necesitamos.

Dios santifique a cada uno de los creyentes que nos reunimos en esta amada iglesia.

   

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