JESÚS SE ENCUENTRA CON DOS LADRONES EN LA CRUZ, Por: Diego Teh.

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JESÚS SE ENCUENTRA CON DOS LADRONES EN LA CRUZ.

Isaías 53:1-12;

Lucas 23:26-46.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Siervos de Jesús”
de Celestún, Yucatán; el día viernes 14 de Abril del 2017, a las 19:30 horas.

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INTRODUCCIÓN: Siguiendo la temática de los encuentros que Jesús tuvo con diversos personajes durante su ministerio, así como durante la última semana de su vida antes de ser crucificado, en la suma de todos los textos bíblicos de los evangelios correspondientes al día en que Jesús fue crucificado, hay mucha riqueza de historias que nos presentan a Jesús encontrándose tanto a solas como públicamente con diversas personas. San Lucas, por ejemplo, destacando el lapso de tiempo en el que Jesús es obligado a cargar la cruz en la que más tarde sería crucificado, ya en el camino se encuentra con un hombre llamado Simón de Cirene, población situada en el norte de África, ahora perteneciente al país de Libia al nordeste de este país; pero que ya se encontraba viviendo en Jerusalén, pues se dice “que venía del campo” (Marcos 15:21; Lucas 23:26). No se dice si Jesús tuvo con él alguna conversación, pero de todas maneras le encontró cara a cara cuando muy probablemente los soldados “le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús” (Lucas 23:26b). San Marcos hace mención que este Simón de Cirene, era “padre de Alejandro y de Rufo” (Marcos 15:21) quienes según la tradición llegaron a ser misioneros del evangelio[1]. En el mismo camino Jesús se encuentra con una “gran multitud del pueblo” (Lucas 23:27a), sin duda que una gran cantidad de ellos eran los que exigieron que Jesús sea crucificado. Pero entre aquella multitud, destaca un grupo “de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él” (Lucas 23:27b), para quienes Jesús tuvo también un corto pero apropiado mensaje.

Pero el encuentro que enfatizaré en este mensaje es uno que comenzó seguramente desde el mismo patio en el que Pilato condenó a Jesús a la crucifixión, y que San Lucas nos lo relata de la siguiente manera: “Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. / Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda” (Lucas 23:32-33). Estos dos malhechores, también son descritos tanto por Mateo y Marcos como “dos ladrones” (Mateo 27:38; Marcos 15:27). Jesús no debería estar entre ellos rumbo a la pena de muerte por crucifixión sino otro hombre llamado Barrabás, culpable de sedición y homicidio, pero con tal de condenar a Jesús, la misma gente había pedido que ese hombre peligrosísimo quedara libre. Pero el encuentro de Jesús con estos dos malhechores, no solamente fue un encuentro de paso en el camino, sino que fue un encuentro como compañeros de crucifixión, quienes mientras les llegaba el momento de su muerte pudieron intercambiar conversaciones, expresar sus convicciones y la realidad que operaba en el corazón de cada uno de ellos. En fin, llegó la muerte para los tres. ¿Qué podemos aprender hoy de este encuentro de Jesús con aquellos dos ladrones malhechores?

Analizando las actitudes, las conversaciones, y los resultados espirituales que se dio en este encuentro entre Jesús y los dos malhechores, tomando en cuenta que todo ello tuvo que ver con la realidad espiritual que operaba en sus corazones, lo cual hizo evidente la gran necesidad que los malhechores tenían acerca de Dios; me propongo predicarles en este mensaje que el corazón humano tiene características miserables que revelan su gran necesidad de Dios. / ¿Cuáles son las características miserables del corazón humano que revelan su gran necesidad de Dios? / Basado en este histórico encuentro de Jesús con los dos malhechores entre quienes fue crucificado, les explicaré tres características miserables del corazón humano que revelan su gran necesidad de Dios.

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La primera característica miserable del corazón humano que revela su gran necesidad de Dios, es que:

I.- ES TAN ESPIRITUALMENTE DURO PUES AUN CUANDO MÁS NECESITA DE DIOS ES CAPAZ DE PONERLE CONDICIONES A DIOS.

Es triste observar la reacción del malhechor que ni en el cumplimiento de su sentencia demostraba arrepentimiento, y aun habiendo escuchado acerca de Jesús, ni siquiera demostró tener en él un mínimo de esperanza. San Lucas nos relata el caso de esta manera: “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lucas 23:39). Es todavía mucho más triste ver que ni siquiera estaba reflexionando sobre sus malos hechos y sus correspondientes consecuencias ni legales y terrenales, ni espirituales y eternas. Simplemente estaba siguiendo la actitud de la gente que alrededor de la cruz estaba diciendo lo mismo. San Lucas describe que desde que Jesús hizo su primera oración de pedir perdón por la gente y los verdugos que le crucificaron: “el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios” (Lucas 23:35). Es exactamente lo mismo que repitió este impenitente malhechor. Mientras tanto, san Lucas nos dice que: “Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? / Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo” (Lucas 23:40-41). Las palabras más reflexivas y prudentes de este otro malhechor, explican la realidad de un corazón humano que es espiritualmente duro, tal como fue el de su compañero que no contempló su arrepentimiento, ni la posibilidad de una esperanza eterna. Precisamente por la dureza espiritual de su corazón, este malhechor retó a Jesús condicionándole a que primero se salvara él mismo primero, y luego les salvara a ellos.

Un corazón sin temor de Dios, puede llegar a ser tan duro no solamente con los demás, sino hasta con Dios mismo. Y este hombre que evidentemente tenía conocimiento acerca del Cristo que los israelitas esperaban, no debió poner a prueba a Jesús al saber o por lo menos haber oído que él era el Cristo, sino que debió invocarle para que él le concediera por lo menos el perdón de sus fechorías, y de su propia naturaleza pecaminosa que le hacía profundamente esclavo de su adicción a la maldad en contra del prójimo; pero aun estando a pocos minutos de su muerte, la dureza de su corazón no le permitía tener un poco de arrepentimiento.

Un corazón sin temor de Dios, es capaz de ponerle a Dios y Jesús, todo tipo de condiciones. El malhechor impenitente tuvo esa reacción poniéndole a Jesús la condición: “Sálvate a ti mismo, ya nosotros”, pues solamente demostró el amor que se tiene a sí mismo para salvar su dolor y cuerpo de la condena legal que la ley romana le había impuesto. No podía darse cuenta de la importancia de la salvación espiritual que su alma necesitaba.

Amados oyentes, en la actualidad mucha gente que es invitada a rendir su vida a Jesús para que él sea el salvador de su vida para no ir a la condenación eterna, pone condiciones a Jesús: Señor, espera que yo me jubile. Señor, soy demasiado joven. Señor, no puedo dedicar tiempo a tus comisiones, pues tengo mucho trabajo ahora. Señor, yo no siento estar mal, está mucho más mal tal persona, etc… Si esa es la actitud de usted, eso hace más evidente que usted tiene un corazón espiritualmente duro, por lo que usted necesita urgentemente a Jesús en su vida, sin que le siga poniendo más condiciones.

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La segunda característica miserable del corazón humano que revela su gran necesidad de Dios, es que:

II.- ES TAN ESPIRITUALMENTE PECADOR QUE, AUNQUE LE SEA PRIVADA LA VIDA NO LE CUENTA PARA SU PROPIA SALVACIÓN.

El malhechor que sí demostró arrepentimiento por sus hechos, luego que terminó de reprender a su compañero de malicias, se dirigió a Jesús diciéndole: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:41-42). Esta preciosa petición que él hace me llama mucho la atención, por el solo hecho de que este malhechor no consideró que haya tenido o por estar igualmente crucificado con Jesús pueda tener algún mérito para poder obtener un beneficio del reino de Jesucristo, aunque es muy probable que este malhechor estaba pensando no el reino espiritual de Jesús sino en un reino político e imperial; pero lo interesante es que además de demostrar temor a Dios, también demuestra que tuvo fe para depender totalmente de lo que Jesús si le podía dar a pesar de que Jesús también estaba crucificado y muy seguramente también iba a morir.

Este malhechor, aunque igual que Jesús también él estaba crucificado, y también derramó su sangre como pago de su culpabilidad de ladrón, su muerte, aunque fue sangrienta no pudo ser válida ni meritoria para que por ello obtuviera salvación o algún beneficio en el reino de Jesús. Qué bueno que lo entendió y se dio cuenta de ello, pues muy a tiempo le pidió depositó toda su fe, confianza, y dependencia en Jesús al decirle: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, porque nada que a uno le suceda, o que uno mismo haga puede sustituir la necesidad que tenemos de Cristo en nuestra vida.

En el pasado, a su propio pueblo Israel, Dios le mandó decir por medio del profeta Jeremías que: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jeremías 2:22). Es decir, nada que uno haga por más heroico o filantrópico que sea no quita el pecado del corazón. En cambio, Jesús sí lo puede hacer. Aún antes de ir a la cruz, Juan el bautista dijo de Jesús: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Después de su muerte, tras haber resucitado, el apóstol Juan hablando de Dios con respecto a su Hijo Jesús dice que: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Amado oyente, no siga pensando que usted puede solucionar por sí solo sus problemas espirituales. Mucho menos piense usted que el pastor, los oficiales de la iglesia, los seminaristas, o hasta el sicólogo le van a solucionar el problema espiritual que usted tiene en el corazón. No importa qué tantas cosas moralmente y hasta espiritualmente buenas esté usted haciendo. Y en caso de que a usted no le ha ido nada bueno en la vida, e incluso ahora usted está sufriendo alguna desgracia que le tiene destrozado, tampoco piense usted que por ello Dios va a tener más piedad por usted para garantizarle que usted va a recibir salvación. La verdad, de nada le sirve ni el bien que hace, ni lo malo que le sucede para obtener la salvación eterna. La salvación no depende de ningún ser humano con un corazón espiritualmente pecador, sino solamente la muerte de Jesús en la cruz, hizo seguro que usted tenga salvación y vida eterna. Dígale ahora mismo a Jesús que usted quiere que él sea su salvador personal.

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La tercera característica miserable del corazón humano que revela su gran necesidad de Dios, es que:

III.- ES TAN ESPIRITUALMENTE LEJANO DE DIOS, PERO JESÚS LE PUEDE CONDUCIR A DIOS.

Ahora centremos nuestra atención en la respuesta que Jesús le dio al malhechor que expresó y demostró arrepentimiento. Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). La palabra paraíso en esta expresión es solamente un lenguaje figurado para hacer referencia al Edén donde originalmente fueron puestos los primeros seres humanos creados por Dios, lugar donde Dios se manifestaba presente entre ellos, pero que por causa de haber ellos desobedecido a Dios fueron expulsados de aquel paraíso de comunión con Dios. Esto lo sabían todos los israelitas, incluidos los dos malhechores. Pero, el Edén o paraíso también es solamente una pobre ilustración de una cuestión todavía más grave que tiene que ver con el desobediente pecador y el cielo mismo. En términos de lenguaje no figurado, el apóstol Pablo lo explica así a los romanos: “por cuanto todos pecaron, [y] están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Esto hace más claro que todo pecador no tiene acceso no al ya extinto y desaparecido paraíso del Edén sino al cielo lugar de la gloria de Dios. Pero, este malhechor, aunque quizá no supo pedir muy bien a Jesús lo que él quería para la eternidad, lo que recibe como respuesta es que inmediatamente va a ser encaminado no al paraíso edénico, sino al paraíso celestial, donde Dios solamente recibe a pecadores verdaderamente arrepentidos.

Retrocediendo un poco a las palabras de reprensión que el malhechor arrepentido le dirigió a su compañero, encontramos que él dijo acerca de Jesús: “mas éste ningún mal hizo” (Lucas 23:41). Y más tarde cuando incluso Jesús ya había muerto, el centurión quien debió haber tenido a su cargo la ejecución de la triple crucifixión, nos dice San Lucas que: “Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo” (Lucas 23:47). El apóstol Pedro que debió estar también cerca de los tres crucificados, años más tarde cuando escribió su primera epístola, explicó a los lectores que: “…Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Todo esto aclara que Jesús es quien puede llevar a los pecadores al paraíso verdadero que no es el Edén sino el cielo de la gloria de Dios donde los pecadores arrepentidos son bienvenidos.

Amados oyentes, no importa cuán entregado a la desobediencia haya sido o todavía es una persona. Lo importante es que uno proceda con arrepentimiento para aceptar que la muerte histórica de Jesucristo fue para llevarnos a Dios a los seres humanos que por causa de nuestro corazón tan pecador nosotros mismos incluso sin quererlo y sin darnos cuenta nos ponemos o quedamos lejos de Dios. Afortunadamente, Jesús quien murió entre dos malhechores tiene la potestad de llevarnos a Dios siempre y cuando uno se arrepienta de vivir pecaminosamente, y le pida a él que nos conceda tener entrada al paraíso celestial, donde él mismo estará personalmente esperando y recibiendo para darnos la bienvenida más grata y eterna que si no fuera por él no tendríamos manera de disfrutar.

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CONCLUSIÓN: Amados oyentes, como les he expuesto en todo este mensaje: El centro del problema que todos los seres humanos tenemos es nuestro propio corazón. Dios mismo le dijo a los israelitas por medio de su profeta Jeremías que tuvieran cuidado con su corazón, pues “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9a). Y hoy mismo el corazón en su sentido espiritual puede hacerle a usted una mala jugada, engañándole en que todo anda bien en su vida. Puede engañarle de que usted no necesita nada de Jesús, pero eso sería mentira. Su corazón puede engañarle de que solo por haber estado presente en esta reunión cristiana en memoria de Jesús, usted aun sin Jesús en su corazón ya ha solucionado el problema de la condenación eterna; pues solamente es Jesús quien puede sacar a todo pecador de la condenación eterna para llevarle a Dios, lo más glorioso que el ser humano pueda experimentar.

Amado oyente, ¿está usted dispuesto a arrepentirse de sus pecados, y pedirle a Jesús que él sea su salvador? Si usted decide que sí, no será cosa del futuro, sino hoy mismo usted comienza a disfrutar de los beneficios de la gracia de Jesucristo. No quiero decir que usted se va al paraíso celestial este mismo día, sino que aun mientras no haya llegado el momento de ir a la eterna presencia de Dios, aquí mismo se puede sentir y disfrutar lo sublime de aceptar que Jesús dio su vida por usted.

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[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Sim%C3%B3n de Cirene

   

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