JESUS SE ENCUENTRA CON DOS AMIGAS DESCONSOLADAS, Por: Diego Teh.

JESÚS SE ENCUENTRA CON DOS AMIGAS
DESCONSOLADAS.

Rut 1:1-22;  Juan 11:17-44.

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Ebenezer” de la col. San José Tecoh, de Mérida, Yucatán; el día domingo 23 de abril del 2017, a las 18:30 horas.

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   INTRODUCCIÓN: Perder a un ser querido mediante la muerte es una experiencia que causa dolor en el corazón. No importa si la muerte ocurre por vejez, por una enfermedad terminal, por accidente, o por espontaneidad, pues mientras uno ame a su familiar siempre habrá un dolor sentimental que afortunadamente tiene sanidad. En el libro de Rut tenemos la historia de tres mujeres que perdieron a personas con las que compartieron familiarmente su vida. Noemí perdió a su esposo y a sus dos hijos en Moab un país ajeno al suyo, mientras como familia aspiraban por lo menos a tener seguro el pan de cada día, pues en su país había escacés de trabajo y alimentos. Rut y Oria, ambas moabitas, nueras de Noemí perdieron a sus respectivos maridos, los dos hijos de Noemí. Las tres debieron haber sufrido por ello, sin embargo, Noemí fue la que más sufrió. Cuando por fin regresó a su país después de un tiempo considerable, la gente se preguntaba si ella era Noemí. Cada vez que tenía oportunidad ella decía: “No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso. / Yo me fui Nena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido?” (Rut 1:19,20). Una experiencia como la de ella, sin duda que deja marcado el corazón con aflicción de por medio.

En el evangelio según San Juan tenemos también la historia de una familia que había tenido una estrecha amistad con Jesús. Era la familia compuesta de Lázaro y sus hermanas María y Marta. Jesús ya tenía rato que no visitaba a esta familia de sus amigos porque andaba ocupado en otras provincias (estados), y en otras ciudades y aldeas. De repente su amigo Lázaro se enferma gravemente, y sus hermanas María y Marta, también amigas de Jesús, al enterarse de que Jesús andaba relativamente cercano a Betania la aldea de ellos, se propusieron buscarle. Mientras tanto, en los planes de Jesús estaba el Ir a visitar a estos amigos suyos sin que ellos lo supieran. Sin embargo, un día muere Lázaro, y sus hermanas María y Marta, se sintieron muy desconsoladas por la muerte de su muy querido hermano.

Basado en esta historia donde inesperadamente la enfermedad y la muerte se hizo presente, pero donde también providencialmente el consuelo llegó oportuna y adecuadamente, les voy a predicar que los atributos espirituales de Jesús funcionan como el fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante la gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido. / ¿Qué atributos espirituales de Jesús, funcionan como el fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante la gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido? / Los detalles de la historia relacionada con el encuentro de Jesús con María y Marta las hermanas de Lázaro, nos presentan los atributos espirituales de Jesús que funcionan como el fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante la gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido.

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El primer atributo espiritual de Jesús que funciona como fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante la gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido, es:

I.- SU AMOR QUE NO ES NECESARIAMENTE PARA EVITAR NI LA ENFERMEDAD NI LA MUERTE.

Cuando Lázaro se encontraba enfermo de gravedad, sus hermanas María y Marta enviaron a localizar a Jesús y afortunadamente los enviados dieron con él, y le dieron el mensaje de las dos hermanas. Las palabras de este mensaje de las dos hermanas para Jesús son muy significativas en su contenido que dice: “Señor, he aquí el que amas está enfermo. /[…]/ Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11:3b, 6). Lo significativo consiste en que el amor de Jesús por sus tres amigos: Lázaro, María, y Marta, es incuestionable, pero eso no significó que sus amigos no pudieran pasar por la experiencia desagradable de padecer alguna enfermedad que en algún momento pueda agravarse, e incluso llevar a la misma muerte, pues a pesar del amor de Jesús Lázaro no evadió la llegada de la enfermedad que le llevó a su muerte.

El amor de Jesús no solo por aquellos sus tres amigos, sino por los pecadores que somos el objetivo de su amor, no significa que estaremos exentos de los males que están presentes en este mundo que afectan no solo la salud sino incluso otras áreas de la vida humana. Por supuesto que Jesús junto con Dios el Padre y el Espíritu Santo, tienen el poder de evitar que una persona sea o no sea creyente adquiera alguna enfermedad mortal o no mortal; sin embargo, el hecho de que Dios permite que esos males nos alcancen, es por su objetivo de llamarnos a no olvidarnos de Él y para que busquemos depender siempre de Él. María y Marta entendían bien esta cuestión, así que no dudan del amor de Jesús por Lázaro, por lo que rio le reclaman nada a Jesús, sino que, con profundo entendimiento, pero también con profunda fe y esperanza solo le dicen: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3b). La búsqueda que hicieron estas dos hermanas de Lázaro, representa la dependencia que uno debe tener en el amor de Dios no solo cuando uno está enfermo y moribundo sino también cuando está sano.

Amados hermanos, si alguna vez a algún ser querido nuestro, le alcanza una enfermedad postrándole en condición de gravedad, o si inesperadamente le llega la muerte, eso no significa que Dios y su Hijo Jesús no le amen, o que no hayan podido evitar su enfermedad o su muerte. Incluso nos puede suceder a nosotros mismos, con la consiguiente verdad de que eso no significa que Jesús no nos tenga amor. El amor divino manifestado a los seres humanos por medio de Jesús, tiene como fin principal no la sanidad física, sino el revertir la condenación eterna a una salvación igual de eterna que comienza con el alma pero que finalmente incluirá también el cuerpo tras ser gloriosamente resucitado; aunque durante su vida tai persona haya padecido mucha enfermedad y eso mismo le haya puesto fin a su vida, y Dios no haya querido sanarle ni evitar su muerte prematura. Eso fue lo que sucedió con el apóstol Pablo quien tres veces rogó a Dios para que fuese sanado de una enfermedad, pero Dios simplemente le respondió: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9), porque la prioridad del amor de Dios es librar de la condenación eterna, aunque no necesariamente de enfermedades ni de la muerte misma. Su mismo apóstol murió años después, aunque no por causa de su enfermedad, pero murió junto con su enfermedad. Sin embargo, el amor divino puede actuar favoreciendo a un enfermo retirándole su enfermedad ya sea a través de medios, o sin ellos; sin embargo, Dios no está obligado a favorecer a nadie, y si tantas veces lo ha hecho a nuestro favor es únicamente por su gracia y misericordia, por lo cual estamos en tan grande deuda de gratitud. Así que, si alguna vez usted o un ser querido se enferma de gravedad o aun muere, eso no significa que Dios no le ame. Esto es consolador.

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El segundo atributo espiritual de Jesús que funciona como fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante ia gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido, es:

II.- SU CONOCIMIENTO QUE ENSEÑA A COMPRENDER QUE LA MUERTE ES UN ESTADO TEMPORAL COMO EL SUEÑO.

Cuando los mensajeros enviados desde Betania por María y Marta para decirle a Jesús que Lázaro estaba enfermo, en realidad debería estar enfermo, pero en el transcurso de todo el tiempo del viaje quien sabe por cuántos días y a qué aldeas y ciudades hasta que por fin dieron con Jesús, pero Lázaro ya se había agravado más. Sin embargo, Jesús, sabiendo lo que él iba a hacer con el caso de Lázaro, dijo que su enfermedad no era para muerte, por lo que decidió no ir a verle pronto sino hasta dos días después cuando Lázaro ya había muerto. Por fin, Jesús les dijo a sus once discípulos: “…Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle. / Dijeron entonces sus discípulos; Señor, si duerme, sanará. / Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. / Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; / …” (Juan 11:11b-14). Qué consolador es el conocimiento que Jesús tiene acerca del proceso de nuestra existencia al que le llamamos muerte. Mucha gente la ve como el final de su existencia y entonces le aterroriza saber que en cualquier momento le puede llegar la muerte aun siendo pequeño, joven, adulto, o adulto mayor. Pero Jesús, en su conocimiento más claro y pleno de lo que ocurre en ese aspecto que temprano o tarde todos vamos a experimentar, simple y tranquilamente lo describe como dormir, pues acerca de Lázaro en su estado muerto dice de él: “…Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle” (v. 11 b).

Amados hermanos, aun para nosotros por quienes Dios quizá no tiene un plan de resucitarnos o despertarnos durante las horas o días inmediatos a nuestra muerte, no deja de ser verdad que en el conocimiento divino no estaremos más que durmiendo en un sueño que si bien podemos ser despertados, no podemos despertar de ello como despertamos cada mañana de manera natural o a veces ayudados por una alarma. Sin embargo, nuestra propia muerte o la de un ser querido es visto por Dios igual que como su Hijo Jesucristo, como un dormir del cual uno puede ser despertado. Esto es altamente consolador, porque no nos deja sin esperanza. Todo el tiempo que hemos invertido durante nuestra vida, para servir a Dios, para trabajar con nuestra espiritualidad, para vivir en santidad, etc… no es en vano porque aun si nos morimos, eso no es problema porque para Dios es como si solamente estuviéramos durmiendo, y seguro que Él sabe cómo despertarnos. Pero no importa cuánto tiempo transcurra después de nuestra muerte hasta que seamos despertados, literalmente resucitados, pues de todas maneras aunque nuestro cuerpo permanezca en una tumba o convertido en cenizas, ya sea bajo cuidado del personal de panteón, en una cripta especial,, en una urna en nuestro domicilio, o aun si se desintegró en el mar o en algún lugar donde nadie jamás haya encontrado nuestro cuerpo, nuestra alma está conscientemente disfrutando su estancia nada menos que con Dios y con otros seres humanos salvados por la gracia de Dios que también ya están en el cielo. Esperar la resurrección no debe ser desesperante, pues lo que importa es que eso va a ocurrir, y es muy consolador.

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El tercer atributo espiritual de Jesús que funciona como fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante la gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido, es:

III.- SU PODER QUE TIENE LA SOLUCIÓN PARA LA MUERTE FÍSICA Y PARA LA MUERTE ETERNA.

Observemos ahora que cuando Jesús llega a Betania, su amigo Lázaro ya llevaba cuatro días de muerto, (bueno, durmiendo según Jesús), por lo que Marta acertadamente le dice a Jesús: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto” (Juan 11:21). Ella tenía razón, pero había un objetivo divino extraordinario que muy pronto iba a llenar de gozo tanto a Marta como a María, así como a la muchedumbre que fue testigo del poder de Jesús sobre la muerte de una persona. Luego le dice: “Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (Juan 11:21-22). Se ve que Marta quien antes había sido descuida en aprender la palabra de Dios, reconoce ella misma que “ahora” su conocimiento ha cambiado, ha mejorado: y podemos observar que su conversación con Jesús contiene una alta dosis de fe, aunque todavía insuficiente pero real. Ella confió profundamente que Jesús podía sanar a su hermano, ahora estaba confiando en que Jesús podía hacer vivir de nuevo a Lázaro. Debió ser altamente consolada cuando escuchó que Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará” (Juan 11:23). Aunque Marta no viera más a su hermano durante el resto de su vida, sino hasta el gran “día postrero” cuando ocurra la resurrección, por lo menos estaba feliz con la respuesta que Jesús le dio cuando le dijo: “Tu hermano resucitará” (Juan 11:23), por lo que según lo que ella sabía, respondió de nuevo a Jesús, diciéndole: “Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero” (Juan 11:24). El conocimiento de Marta, y realmente de todo judío, acerca del procedimiento ordinario de Dios acerca del tiempo de la resurrección es que esta acción divina para llevar a cabo la resurrección no es algo que podía ocurrir cuatro días después de que alguien haya muerto, pues está reservada para “el día postrero” que hasta el día de hoy no ha ocurrido sino hasta que Jesús venga por segunda vez. Marta entendía muy bien lo que Jesús podía hacer por Lázaro o por cualquier otra persona mientras esta se encuentre con vida, pero ella no sabía lo que en realidad Jesús también podía y puede hacer hasta el día de hoy por una persona que ha muerto.

Ahora, en cuanto al poder de Jesús como solución para la muerte tanto física como eterna, lo tenemos en las mismas palabras totalmente consoladoras que Jesús le comparte a su amiga Marta. “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. / Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26). Dos veces enfatiza Jesús a Marta la condición: “el que cree en mí” y “todo aquel que vive y cree en mí”, como condición para que una persona “aunque esté muerto, vivirá”, y en consecuencia “no morirá eternamente”; y le pregunta categóricamente a ella: “¿Crees esto?”. Cuando Jesús declara: “Yo soy la resurrección y la vida” estaba anunciando que cuenta con el poder para dar vida, así como para regresarle la vida a alguien que ha muerto, sin importar si acaba de morir, o si lleva cuatro días de muerto, o si se tratase del primer muerto que tuvo la humanidad hace miles de años, porque él es la resurrección y la vida.

Amados hermanos, esta verdad no apunta solamente al conocimiento de una doctrina cristológica, sino a la necesidad de un conocimiento de la persona de Jesús quien puede intervenir en nuestras circunstancias de vida que nos toca día a día. Jesús tiene el poder para dar vida a lo que se encuentra físicamente muerto. Esto es consolador porque no somos aniquilados ni por la muerte, ni por la voluntad de Dios, sino que podemos esperar en Jesús para una resurrección gloriosa al final de los tiempos, pero que si a él le place puede resucitarnos en cualquier momento. Pero Jesús no solamente tiene poder sobre la muerte para dar salud o para dar resurrección, sino para la condición espiritual en la que un pecador se encuentra si todavía no cree en Jesús. El apóstol Pablo dirigiéndose a los Efesios que ya creían en Jesús les dice: “él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, / en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, / entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. / Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, / aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:1-5a). Amado hermano, si en Jesús tenemos vida espiritual que es vida eterna, también en Jesús tendremos resurrección del cuerpo. La muerte no es problema para Jesús. Él tiene poder para lo temporal y para lo eterno de nuestra existencia porque él es “la resurrección y la vida”.

Demos gracias a Dios porque, aunque la gente diga que todo tiene solución menos la muerte, la verdad es que la muerte tiene solución no para evitarla sino para que aun habiendo muerto se cumple lo que Jesús dijo: “el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá, / Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25b, 26a). Nuestra fe en Jesús es el requisito para que la muerte no nos mantenga en su dominio, y para que Jesús nos resucite para vida eterna. Su poder es nuestro consuelo.

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El cuarto atributo espiritual de Jesús que funciona como fundamento del consuelo que un ser humano necesita para sí mismo ante la gravedad de una enfermedad o cuando ha perdido a un ser querido, es:

IV.- SU COMPASIÓN QUE COMPRENDE A LA PERSONA QUE SUFRE LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO.

Transcurrió un buen rato mientras Marta conversaba con Jesús en la entrada de la aldea, pero no entró inmediatamente a la aldea, sino que desde allí mandó llamar a María. Ahora que María llegó donde estaba Jesús, sus palabras fueron idénticas por no decir igualitas que las de su hermana Marta. Ella le dijo a Jesús: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Juan 11:32b). Ella también sabía lo que Jesús pudo haber hecho por Lázaro estando vivo, pero tampoco sabía lo que Jesús podía hacer por un hombre muerto. Pero mientras ella hablaba con Jesús se podía ver su profundo desconsuelo, pues no paraba de llorar por su hermano muerto desde hace cuatro días. Es más, hasta la gente que acompañaba a estas dos mujeres piadosas en su luto por su hermano, se ve cómo apreciaban mucho a Lázaro, pues hasta ellos lloraban a su gran amigo Lázaro. “Jesús entonces, al vería llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, / y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. / Jesús lloró. / Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba” (Juan 11:33-36). A pesar de su perspectiva de que la muerte no es un gran problema que no tenga solución, pareciera que Jesús no expresaría sentimientos y emociones por la muerte de personas como la de su amigo Lázaro, sin embargo, san Juan nos dice que Jesús: “se estremeció en espíritu y se conmovió” (v. 33), y luego también dice que: “Jesús lloró” (v. 35), y todo esto fue evaluado por los mismos judíos quienes dijeron: “Mirad cómo le amaba” (v. 36).

Todo esto es prueba de que Jesús tenía una profunda compasión por las personas de tal manera que les podía comprender cualquiera que sea la circunstancia adversa que les haya tocado vivir, incluyendo enfermedades graves y hasta por haber perdido mediante la muerte a un ser querido. La misma pregunta: “¿Dónde le pusisteis?” (v. 34) que Jesús le hizo Marta con respecto al lugar dónde Lázaro fue sepultado, demuestra su compasión principalmente por aquellas dos mujeres en luto, pues Jesús quería ir a la tumba de Lázaro para resucitarle con el fin de que los adversarios del ministerio de Jesús también creyeran en él, pero al mismo tiempo su labor sería ampliamente consoladora para ellas. La compasión fue siempre la actitud de Jesús durante su ministerio, no solo cuando se trataba de sus amigos más cercanos, sino que siempre “al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36).

Amados hermanos, en cuanto a la compasión de Jesús por los seres humanos de la actualidad, cuando aún los cristianos pasamos por circunstancias difíciles y dolorosas como la pérdida de un ser querido, podemos siempre acudir a él en oración para que su compasión aplique en nosotros la solución que nos hace falta. El apóstol que escribió la epístola a los Hebreos, dice de Jesús: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. / Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. / Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14-16). Amado hermano, Jesús nos comprende, se compadece de nuestras debilidades. Acerquémonos a él siempre, y él nos socorrerá cualquiera que sea la situación dolorosa que nos haya tocado vivir. Él nos dará una visión diferente de la situación.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, si alguna vez necesitamos algún consuelo, recuerden que Jesús es el mejor amigo cuyo amor, conocimiento, poder, y compasión, puede darnos consuelo que trasciende de lo terrenal y temporal a lo eterno. El apóstol Pablo en su epístola a los Efesios se refiere a Jesús como “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23). Precisamente cuando hay desconsuelo en nuestros corazones, él es la persona divino-humana que la puede llenar de consuelo, esperanza, fe, espiritualidad, alegría, etc… Luego dice San Pablo a los mismos Efesios siempre con respecto a Jesús, que “El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (Efesios 4:10). Jesús no solo estuvo aquí en la tierra sino tras su muerte y resurrección regresó de donde vino, y desde allí está presto para comprender a las personas que sufrimos las adversidades que el mismo Satanás, el pecado y nuestra propia naturaleza humana, afectan nuestra espiritualidad, nuestras emociones y sentimientos. Cuando usted se sienta desconsolado y desalentado, dígale a Jesús: “Señor Jesús te necesito. Dame el consuelo y la fortaleza que ahora necesito”.

   Amado hermano, Jesús quien resucitó a Lázaro, y alegró la vida de sus hermanas María y Marta, también puede levantar el ánimo de usted y fortalecer su fe y todas las áreas débiles que usted tiene, porque él es la resurrección, pero también él es la vida. Dios bendiga su palabra en usted.

   

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