JOCABED, LA MADRE DE UN LIBERTADOR, Por: Diego Teh.

JOCABED, LA MADRE DE UN LIBERTADOR.

Éxodo 2:1-10;  Hebreos 11:23,24.

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Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “El Divino Salvador”  de Mérida, Yucatán; el día domingo 07 de Mayo del 2017, a las 18:00 horas.

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INTRODUCCIÓN: Aprovechando la ocasión en que estamos a tres días del día de la madre, felicitamos a todas nuestras hermanas en la fe a quienes Dios les ha dado el don de ser madres, es una gran obra que en nombre de Dios ustedes han estado realizando muchas veces en el silencio del hogar, pero los frutos de su trabajo son visibles en la formación y futuro que han tenido sus hijos. Ustedes siempre estuvieron y están dispuestas a dar día y noche todas sus fuerzas, y servicio, con tal de ver a sus hijos triunfando en la vida y sirviendo al único Dios vivo y verdadero que ustedes tienen como su único y suficiente salvador. Les comparto que, en una ocasión un niño pequeño participaba por primera vez en una presentación teatral en la escuela. Sólo tenía que pronunciar unas pocas palabras, pero eran sumamente importantes para la obra que se estaba realizando. Llegó el momento para que hablara el niño, y – como sucede en muchas ocasiones – la mente se le quedó en blanco. No podía recordar nada. Su madre estaba en la primera fila, y por medio de gestos y ademanes pretendía decirle las palabras que debía decir, pero el niño no podía interpretar los señalamientos que le hacía su madre. Por fin, la madre pronunció las palabras en voz baja: Yo soy la luz del mundo. Al instante, el rostro del niño brilló, y declaró con gran convicción: Mi madre es la luz del mundo. Bueno, este pequeño error por parte de un chico nervioso conlleva un gran mensaje. En realidad, las madres hacen mucho para alumbrar la oscuridad de este mundo, con su amor, su entrega y su ejemplo[1]. Muchas felicidades a todas ustedes amadas madres e hijas de Dios.

Ahora, continuando con el mensaje les comento que en sentido litúrgico, hoy damos inicio en nuestra iglesia a la celebración del Mes del Hogar Cristiano, cuya temática será: GRANDES OBRAS DE MUJERES DESCONOCIDAS DE LA BIBLIA como lo son Jocabed, la sunamita cuyo nombre ni siquiera se sabe, Noemí, Abigail, Mical, Elizabet, y hasta la reina de Sabá cuyo nombre no es conocido en la biblia, aunque etíopes le tienen un nombre, y los islames le tienen otro nombre que tampoco se documenta en su libro sagrado[2]. ¿Saben o recuerdan la vida y obra de cada una de estas mujeres cuyos nombres les he mencionado? Quizá muy poco, ¿verdad? Ojalá tengan posibilidad de aprovechar todas las predicaciones dominicales que durante este mes se darán tanto por la mañana como por la tarde en el que después de Jesucristo, ellas serán los personajes secundarios del mensaje cuyas vidas vale la pena conocer. Esperamos que cada familia crezcamos en agradar a Dios tal como lo hicieron cada una de estas mujeres cuyos nombres y obras son poco conocidas.

Hoy me propongo hablarles de una de estas mujeres a quien Dios le dio el privilegio de ser madre de dos varoncitos y una niña. ¿Cómo se llamará? En nuestra lectura de Éxodo 2, en el versículo uno es simplemente mencionada como “una hija de Leví” (v. 1), quien por cierto hasta su esposo no se le menciona por nombre sino también simple y llanamente como “un varón de la familia de Leví” (v. 1); sin embargo, sí hay manera de saber sus nombres pero no tenía caso presentarlos inmediatamente por su nombre en su propia historia, pues después de todo eran solamente hijos de dos esclavos, y además ellos también eran otros dos esclavos que según sus condiciones de vida no les hacía personas importantes cuyos nombres debieran ser conocidos. Pero, ¿cómo se llamó esta mujer quien junto con su esposo hasta este momento aparecen como personajes anónimos en la misma historia del pueblo de Dios? Es hasta el capítulo 6 del mismo libro del Éxodo que leemos sus nombres de la siguiente manera: “Amram tomó por mujer a Jocabed su tía, la cual dio a luz a Aarón y a Moisés” (Éxodo 6:20a), y en otro libro llamado Números leemos también que “La mujer de Amram se llamó Jocabed, hija de Leví, que le nació a Leví en Egipto; ésta dio a luz de Amram a Aarón y a Moisés, y a María su hermana” (Números 26:59). Así nos enteramos que ella se llamó Jocabed, cuyo nombre significa: “Jehová es gloria”. No es tan citada por maestros y predicadores como lo hacemos frecuentemente con Moisés y Aarón, sin embargo, nos daremos cuenta que fue una madre ejemplar en su confianza en Dios. Ella es JOCABED, LA MADRE DE UN LIBERTADOR.

De manera especial la relacionaré en este mensaje más con su hijo Moisés que con sus hijos Aarón y María, pues Éxodo 2 enfatiza más la relación de ella con su hijo Moisés. Con respecto de ella leemos que “concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses” (v. 2). Solamente que según el relato pareciera que se trata del primer hijo de este matrimonio, pero en realidad no fue el primogénito, sino que fue Moisés el tercero. Los dos primeros se llamaron Aarón y María, quienes nacieron antes de que el Faraón egipcio prohibiera dejar con vida a los bebés varones, por lo que no era necesario ni relevante poner la historia de los dos primeros hijos en este relato. Pero, ¿por qué fue escondido durante tres meses? ¿Será porque su madre no quería que vieran la hermosura de su hijo? No. La razón de esconder a su hermoso hijo Moisés fue porque el rey de Egipto, el Faraón había decretado: “Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida” (Éxodo 1:22b). Qué circunstancia más cruel para un padre y una madre que verse obligados a deshacerse de su bebé recién nacido. El resto de la historia de esta mujer madre con respecto a su hijo Moisés es muy suspensa porque nos describe la triste pero después gloriosa historia de una madre que en este mundo lleno de maldad tuvo que pasar momentos desagradables en los que solamente la gracia de Dios le auxilió para recuperar el gozo de tener consigo misma a su hijo quien años después fue el gran caudillo libertador de los israelitas. Pero para este mensaje usaré también la interpretación de la historia que nos da el autor de la epístola a los Hebreos cuando dice de los padres de Moisés, incluyendo a Jocabed: “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey” (Hebreos 11:23). Entonces, todo el desenlace del drama tuvo mucho que ver con la fe en Dios que Jocabed tuvo como madre.

Al respecto de ella, voy a predicarles que una madre que verdaderamente ama a sus hijos desarrolla una profunda fe en Dios para sacar adelante a sus hijos. / ¿Cómo una madre que verdaderamente ama a sus hijos puede desarrollar una profunda fe en Dios para sacar adelante a sus hijos? / Nuestro texto bíblico, al presentar la historia de Jocabed, la madre de Moisés, nos presenta algunas maneras cómo ella desarrolló una profunda fe en Dios para sacar adelante a sus hijos, especialmente a su hijo Moisés en medio de circunstancias externas que ponían en peligro la vida de este niño desde recién nacido.

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La primera manera cómo una madre que verdaderamente ama a sus hijos puede desarrollar una profunda fe en Dios para sacar adelante a sus hijos, es:

I.-TENIENDO UNA FUERTE CONFIANZA EN QUE DIOS PROTEGE EN MEDIO DEL PELIGRO.

Lo primero que observamos acerca del cuidado que ella hizo de Moisés fue que “le tuvo escondido tres meses” (v. 2). Ninguna madre en su sano juicio estaría voluntariamente dispuesta a arrojar a su bebé en el río para que muriera solamente porque fuera un niño; aunque no se nos dice si hubo madres que no tuvieron otra opción que deshacerse inmediatamente de su hijo echándole en el río, pero Jocabed no se deshizo de su hijo. El haberle escondido durante tres meses desafiando la ley del Faraón, aunque demuestra rebeldía al decreto real, lo que más demuestra es su profunda confianza en Dios, seguramente pensando que sí Dios le había permitido crecer a sus primeros dos hijos, lo mismo podría ocurrir con su bebé recién nacido, por lo que llena de fe y esperanza de que Dios iba a intervenir por ella y su bebé, se las ingenió para tenerle escondido con ella en su casa durante tres meses hasta que no pudo esconderle más.

El haber llegado el momento en el que no pudo esconderlo más, y tuvo que ir personalmente al río para dejar allí a Moisés, no quiere decir que ella dejó de confiar en que Dios iba a librar del peligro de muerte a Moisesito, sino aunque estuvo obligada a llevar a su hijo al río, y aun al verse obligada a poner a Moisés en las aguas del río su esperanza no murió sino que aumentó más todavía. De esto nos damos cuenta, primero porque no arrojó al niño como se arroja irresponsablemente una basura al río tal como lo exigía el decreto real; y segundo porque según el relato sagrado “tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río” (v. 3). Su confianza en Dios llegó a ser tan fuerte que en vez de temer al malvado personal del reino, ella puso a su hijo en la arquilla a la orilla del río, y llama la atención que no fue a una zona del río donde no hubiese alguien que pudiera presenciar el acto, sino que ella fue a la parte del río que está justamente cerca del palacio del Faraón donde si la arquilla llegara a la orilla del río y fuese descubierto que había un niño cuya vida estaba en peligro, quizá algún egipcio aunque se diera cuenta de que es un niño hebreo pudiese tener misericordia de él y llevárselo a salvo a su casa; aunque también corría el riesgo de que algún egipcio terminara arrojándole al río. Pero Jocabed no medía el peligro, sino que tenía activada su más fuerte confianza en Dios, y Dios no defraudó la confianza que Jocabed tenía en Él.

Amados hermanos, padres y madres, no solamente en Egipto y en la época de Jocabed las circunstancias fueron negras, sino 1500 años después en la época de Jesús y sus discípulos le mundo siempre seguía siendo adverso con los que se acercan a Dios. Jesús en su tiempo les recalcó a sus discípulos “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). La clave para enfrentar las crueldades del mundo que atentan contra la vida personal y de la familia es la victoria de Jesús, en quien debemos confiar que, a pesar de los peligros y amenazas, él va a intervenir a favor de sus hijos. Hoy 3,500 años después de Jocabed el panorama del mundo en contra de los hijos de Dios sigue siendo igual de difícil, y sigue siendo necesario confiar en Dios. Confiar en Dios en todos los aspectos de la vida no es un desperdicio ni de tiempo, ni de fe, ni de esperanza, porque Dios sigue interviniendo a favor de quienes confían en Él. La victoria de Jesús sobre el mundo es la garantía que Dios “nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Corintios 2:14), por lo que aun a las madres que hoy desarrollan fe en Dios, Dios les hará vencer todo para conducir a sus hijos a triunfar en la vida y acercarse a Dios.

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La segunda manera cómo una madre que verdaderamente ama a sus hijos puede desarrollar una profunda fe en Dios para sacar adelante a sus hijos, es:

II.- ESPERANDO EL MOMENTO O LA MANERA COMO DIOS INTERVENDRÁ EN LA SITUACIÓN.

Jocabed y su esposo Amram pudieron haber considerado otra opción para proteger al niño. Pudieron haber huido del país, pero no lo hicieron, ni siquiera lo intentaron. Pudieron haber hablado con alguna persona pudiente de entre los egipcios para que les dieran en adopción al niño, pero tampoco lo hicieron. No lo hicieron porque en verdad estaban confiando en Dios. Jocabed, sin perder su confianza en Dios, había puesto al niño en la arquilla depositándolo en las aguas del río. De pronto, pero no por casualidad sino por intervención de Dios, la hija del Faraón salió a bañarse en el río, y descubrió la arquilla que flotaba, y envió a una de sus criadas para que se la trajeran, pero dice la historia del caso que “cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste” (v. 6). En ese mismo instante, tampoco por casualidad sino por intervención de Dios, la hermana de Jocabed, la tía del bebé se acerca a donde estaban la hija del Faraón y sus muchachas, y en el momento preciso le dice a la hija del Faraón que ella puede buscarle una nodriza al niño, alguien que le cuide. La hija del Faraón estuvo de acuerdo, y la tía fue directo nada menos que con su hermana Jocabed la misma madre del bebé quien se debió haber llenado de gozo al saber que su propio hijo estaría de nuevo en sus manos, aunque solamente para criarle, porque legalmente pronto Moisés sería adoptado por la hija del Faraón. Estoy seguro que esto también fue doloroso para Jocabed, pero estoy seguro que Dios puso paz en el corazón de esta mujer llena de fe.

En cuanto a la hija del Faraón, notamos en el relato que hizo por lo menos cuatro cosas que no tienen explicación fuera de la soberanía de Dios. Primero, mandó sacar la canasta del río (v. 5); segundo, tuvo compasión del bebé cuando estaba llorando (v. 6); tercero, que a pesar de saber que el bebé era hebreo, decidió adoptarlo (w. 6, 10); y cuarto, mandó llamar a la madre de Moisés, y pagó para que ella lo criase (w. 8, 9). Cada decisión de esta mujer siendo ella no parte del pueblo escogido de Dios, solo puede explicarse que fue Dios quien usó su mente para favorecer la vida de Moisés y para poder darle la formación que le preparó para que más adelante fuese la persona indicada para liberar de los egipcios a los israelitas. Jocabed, no forzó las cosas para preparar el futuro de su hijo, sino que dejó que fuese Dios quien guie a su manera la formación y destino de Moisés.

Amados hermanos, hay muchos casos en la palabra de Dios en los que se hace notar que como evidencia de que uno verdaderamente confía en Dios, uno no necesita hacer absolutamente nada más que confiar en Dios y esperar en Él. Por ejemplo, en el caso cuando Dios defendió al ejército del rey Josafat de Judá, fue Dios mismo quien por medio del profeta Jahaziel hijo de Zacarías dijo a su pueblo: “paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros” (2 Crónicas 20:17; cf. v.14ss); y el resultado fue victoria. También durante los tiempos cuando los ejércitos enemigos llegaban a atacar la patria de los israelitas y judíos, los hijos de Coré como músicos, poetas, cantantes, y maestros enseñaban a la gente a esperar en Dios, pues ellos solían recordarle a la gente que Dios dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra” (Salmo 46:10). Hay momentos en los que los hijos de Dios no tenemos que hacer nada más que esperar que Dios intervenga. Cada madre presente en este momento sabe en su experiencia que esto es verdad. Ustedes han sido madres que aprendieron a no forzar ni intentar crear falsas soluciones, sino que dejaron y siguen dejando que Dios en su momento indicado Él de las soluciones para sus hijos. Jocabed así hizo, no buscó a padres egipcios que adoptaran al niño, ni se propuso huir con su esposo a un lugar más seguro, ni fue a pedir misericordia al Faraón, sino nada más confió y esperó el momento en que Dios tendría que intervenir.

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CONCLUSIÓN: Ser madre o padre es una gran responsabilidad. Es Dios poniendo a personas tiernas en nuestras manos a quienes tenemos que cuidar y guiarlos a Dios, y tenemos por ello que rendir cuentas a Dios. Una madre tiene que rendir cuentas a Dios acerca del desempeño de esta sublime vocación de ser madre, y solo podrá hacerlo satisfactoriamente si es una mujer llena de fe que confía en Dios. En la ocasión que Jesús estaba rindiendo a su Padre Celestial el informe final de su ministerio que realizó entre los discípulos, personas que Dios entregó a Jesús para su formación, como una madre se encarga de formar a sus hijos, Jesús le dijo a su Padre: “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:12). Que cada madre de la actualidad pueda también por sus hijos informarle a Dios: “los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió”.  Por eso rogamos a Dios que bendiga la obra que ustedes realizan como madres formando a sus hijos para sus respectivas profesiones u oficios para que mediante ellas sirvan al Dios que nos ha librado de la condenación y nos ha asegurado la salvación y vida eterna. Confiando en Dios, sigan luchando por sus hijos en este mundo lleno de adversidades. Él los usará para sus propósitos especiales.

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[1] http://www.iglesiatriunfante.com/sermon/sermon241.htm

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Reina de Saba

   

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