LA SUNAMITA, LA VIRTUD DE LA HOSPITALIDAD, Por: Diego Teh.

LA SUNAMITA, LA VIRTUD DE LA HOSPITALIDAD.

2 Reyes 4:8-37; Hebreos 13:2

Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la iglesia “Peniel” de Mérida, Yucatán; el día lunes 08 de Mayo del 2017, a las 19:00 horas; como subtema de la semana del hogar cristiano, por invitación de la sociedad femenil Marta y María.

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INTRODUCCIÓN: Si en algún lugar no hubiese una persona con corazón generoso, servicial, u hospitalario, Dios puede disponer aun de sus criaturas las aves para alimentar a cualquier persona. Cuando Dios generó una sequía en Israel en la época de Elías, Dios le dijo a este profeta: “Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. / Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer” (1 Reyes 17:3,4), y cuando Elías fue a dicho lugar “Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde” (1 Reyes 17:6a).

Pero también Dios puede disponer hasta de la persona más pobre del mundo para ser la persona responsable de alimentar a otra. En otra ocasión al mismo profeta, Dios le dijo: “Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente” (1 Reyes 17:9). Otra mujer anónima, ni Dios le dice el nombre de la viuda a Elías, ni el escritor de la historia nos dice cómo se llamó esta señora viuda. Siguiendo la historia vemos que Elías llegó al lugar y a la viuda a quien Dios le envió. Lo primero que él le pidió a la viuda fue un vaso de agua, y se lo dieron (cf. 1 Reyes 17:10); pero luego seguramente que Elías tenía hambre y pidió que le dieran pan, pero la respuesta que recibió de aquella viuda fue: “Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir” (1 Reyes 17:12). Pero Elías tenía una buena noticia de parte de Dios para aquella mujer, a quien le dijo de nuevo: “No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. / Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra. / Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días. / Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías” (1 Reyes 17:13-16). Dios utilizó a una mujer que solo tenía para medio comer ella y su hijo por última vez en su vida, sin embargo, obedeciendo la instrucción del profeta no dudó sino con toda fe en la palabra de Dios, lo poquísimo que tenía decidió usarlo para preparar la pequeña torta que quería comer el profeta. Luego juntos experimentaron una abundancia de materia prima para comer por muchos días. ¡Qué formas de Dios para alimentar tanto a sus siervos, como a los necesitados! ¡Extraordinario! Y qué decisión de dar hasta lo último que tiene una persona en extrema necesidad para aliviar la necesidad de otro.

En este mensaje aprenderemos de un caso similar al de la viuda de Sarepta y Elías. Se trata ahora de una mujer de la cual también no sabemos su nombre, pues en la historia bíblica que hemos leído en 2 Reyes 4:8:37 es mencionada por el autor de la narración solamente como “de Sunem” y como “mujer importante” (2 Reyes 4:8). El escritor del caso aprovecha mencionar que Elíseo en tres ocasiones se refirió a ella como “esta sunamita” o “la sunamita” (cf. 2 Reyes 4:12, 25b, 36). Solamente que los detalles de esta mujer son todo lo contrario que los de la viuda de Sarepta. Primero, la sunamita no era viuda sino casada con un viejo, que muy probablemente tenía mucho dinero; y segundo, por lo tanto, no era pobre como la sareptense sino que tenía recursos económicos suficientes. La descripción que tenemos de ella en el v. 8 que dice que era “mujer importante”, era precisamente por su estabilidad económica, sin embargo hay otras cosas como su generosidad, su servicio, su fe, su espiritualidad, su contentamiento, su carácter pacífico, su armonía matrimonial, su hospitalidad, etc… lo que la hacía con más razón ser una “mujer importante”. Pues acerca de todas estas virtudes de esta “mujer importante” lo que voy a enfatizar en este mensaje es la virtud de su hospitalidad, por eso el mensaje se titula: LA SUNAMITA, LA VIRTUD DE LA HOSPITALIDAD. Su hospitalidad a favor del profeta Eliseo según la narración consistió esencialmente en dos aspectos. El primero, en que ella “le invitaba insistentemente a que comiese; y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer” (2 Reyes 4:8b,c), y el segundo en que habló con su esposo diciéndole: “Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él” (2 Reyes 4:10), lo cual posteriormente pero pronto, ocurrió.

Basado en tal historia, les voy a predicar que una familia puede ser hospitalaria tomando en cuenta diversas consideraciones importantes. / ¿Qué consideraciones importantes se deben tomar en cuenta para ser una familia hospitalaria? / De la historia de la sunamita podemos aprender algunas de las diversas consideraciones importantes que se deben tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad.

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La primera consideración importante que se debe tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad es:

I.- QUE HAY PERSONAS QUE NECESITAN NUESTRA HOSPITALIDAD.

Lo que observamos en la historia es que Eliseo vivía en el monte Carmelo (2 Reyes 4:25), pero como profeta tenía que moverse frecuentemente a diversos lugares lejanos. Quizá viajaba para ministrar personas o para dar clases en alguna escuela de profetas. Al parecer muchas veces tenía como ruta obligada pasar en la ciudad de Sunem una de las ciudades poseídas por la tribu de Isacar en Israel que estaba como a 30 o 35 kilómetros al norte del Carmelo. ¿Quién se va a preocupar por alguien desconocido que solo está de paso en una ciudad? No tantas personas sino una que otra que esté convencida de la importancia de ser hospitalario con la gente. La sunamita anónima de nuestra historia bíblica se había dado cuenta del paso frecuente de Eliseo, y su corazón fue movido a ser hospitalaria, por lo que ella “le invitaba insistentemente a que comiese; y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer” (2 Reyes 4:8b).

Amados hermanos, ¿con qué frecuencia como la sunamita, usted a insistido en invitar a alguien necesitado que vaya a casa de usted a comer? En nuestro entorno hay personas que necesitan una ayuda hospitalaria de nuestra parte. Observe usted entre las personas con las que cerca de su casa se topa cada día quién necesita una comida, un vaso de agua, o hasta un día o varios días de descanso u hospedaje en su casa. Piense usted en los hermanos que vienen de los pueblos a traer a sus enfermos en algún hospital y no tienen donde quedarse a dormir, y cuando dan de alta a sus pacientes se ven obligados a llevárselos a su pueblo y devolverlos pocos días después para su control, curación, o tratamiento. Usted va a descubrir que siempre hay por lo menos una persona a quien servir hospitalariamente en nombre de Dios. Invítelos a su hogar a un rico caldo calientito, a un cafecito con panes. Eso es ser hospitalario. Talvez usted se lleve la sorpresa de que no quieren ir a casa de usted, pero insístales como la sunamita, hasta que un día usted pueda tener el privilegio de recibirles en su hogar.

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La segunda consideración importante que se debe tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad es:

II.- QUE PUEDE UNIR A LA FAMILIA EN UN PROYECTO QUE VALE LA PENA.

En la historia de Josué cuando exhortó a los israelitas a que no vacilen en servir por un tiempo a Dios y en otro tiempo a ídolos paganos, leemos que les dijo: “…escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15); es evidente que estaba de acuerdo con su familia, de lo contrario no podría decir en público tales palabras, pues muy pronto lo descubrirían como mentiroso, como un líder que no tiene autoridad ni espiritual ni moral para dirigir en nombre de Dios a los israelitas que tenían la esperanza de llegar y establecerse en la tierra prometida a la que se dirigían.

En el caso de esta mujer sunamita, estando ella convencida de ser hospitalaria con aquel hombre, aunque extraño que acostumbraba pasar por la ciudad, pero que se notaba que necesitaba una ayuda humanitaria, dice el texto bíblico que: “ella dijo a su marido: …” (2 Reyes 4:9). No voy a hablar ahora de lo que le dijo a su marido, sino solamente voy a resaltar el hecho de que ella tomó en cuenta e involucró a su esposo para primero platicar con él la iniciativa que ella tenía. Como podemos observar fue un diálogo respetuoso para ponerse de acuerdo, no para que ella imponga por presión o condiciones lo que se proponía hacer. Su intención fue que unidos como familia, marido y mujer, hicieran juntos un plan para dedicar sus recursos al servicio de alguien que frecuentemente necesita un plato de comida, un lugar seguro para descansar mientras continúa, su camino. ¡Qué hermoso y satisfactorio es servir a Dios como familia en algún proyecto por los que más necesitan! No importa si se trata de un desconocido, pues para los cristianos en su instrucción al hermano llamado Gayo le dice el apóstol Juan “Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos” (3 Juan 1:5). Y esto de ponerse de acuerdo respetuosamente en la familia especialmente con el marido o en su caso con la esposa, también es importante.

El apóstol Pedro, dirigiéndose a las mujeres cristianas que son esposas, les dice: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, / considerando vuestra conducta casta y respetuosa. / Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, / sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. / Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; / como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1 Pedro 3:1-6). La sunamita demostró una conducta apropiada al grado que ganó el apoyo de su marido (cf. 1 Pedro 3:1). Ella fue sin duda una de “aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 Pedro 3:5)

Amados hermanos, cuando observen que alguien necesita un favor de usted o de toda su familia, platiquen respetuosamente el caso con los miembros de su familia, proponiéndose ayudar en nombre de Dios. No importa hacia quien ustedes destinen su hospitalidad, es apropiado platicarlo en familia. Quizá no siempre toda la familia responderá positivamente, pero vale la pena intentarlo, porque es un deber que toda persona y toda familia cristiana debe prestar desinteresadamente en nombre de Dios a quien necesite un acto de hospitalidad.

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La tercera consideración importante que se debe tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad es:

III.- QUE SE DEBE APOYAR A LOS QUE NECESITAN POR SERVIR A DIOS.

Como ya debieron haber notado en el texto bíblico, la razón principal por la que la sunamita se preocupaba en darle comida, hospedaje, y comodidades a Eliseo era porque se había dado cuenta de que se trataba de un “varón santo de Dios” (v. 9). El ministerio de todo profeta no era lucrativo como el negocio de un comerciante que genera ganancias en cada venta, sino que por lo general eran notorias las carencias de los profetas. Quizá fue eso lo que llamó la atención de la sunamita, por lo que muy pronto se cercioró que se trataba de un “varón santo de Dios” (v. 9). Eliseo antes de ser llamado por Dios para ser profeta era una persona dedicada al trabajo y no hay duda que tenía suficientes provisiones. Pero para el tiempo que la sunamita le conoció debió haberse notado en él alguna carencia. Lo único que al parecer conservaba era a uno de sus criados llamado Giezi, a quien tenía como fiel acompañante en sus incursiones proféticas, pero que ambos necesitaban cada día sus respectivos alimentos.

Nuestro mismo Salvador Jesucristo, durante su ministerio dependió por largos período de tiempo de la generosidad y hospitalidad de personas que valoraron su ministerio. San Lucas nos relata que: “Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, / y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, / Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes” (Lucas 8:1- 3). De los bienes que Dios nos da podemos destinar, aunque sea un poco, para servir a alguien que está dedicado a servir en el reino de Dios como pastor, como misionero, misionera, obrero, seminarista, etc…

Amados hermanos, en nuestro contexto les animo a tomar en cuenta por lo menos al pastor actual de ustedes, quien diferente al ministerio del antiguo profeta Eliseo, pero también siervo de Dios dedicado a ministrar personas con la palabra de Dios tanto desde el púlpito como en privado. ¿Suele usted invitarle a un desayuno, almuerzo, o cena durante los días de la semana que él está aquí con ustedes? Quizá diga usted: Si para eso le paga la iglesia. ¿Sabe usted cuánto apoyo económico le brinda esta amada y bendecida iglesia de Jesucristo, y que de esa cantidad todavía tiene que restarle el diezmo que entrega al presbiterio? ¿Cree usted que lo que le queda es lo suficiente para mantener a su familia, y al mismo tiempo dedicarse él y su familia a servir a la iglesia y aun a los que no son de la iglesia? ¿Sabe usted que quizá su familia no se aparece por acá porque cada viaje es costoso en pasajes y compra de alimentos que cuestan más que si uno lo hiciera en casa, y cada viaje disminuye lo que debería servirles para conseguir en su hogar el pan de cada día para sobrevivir? Lo que estoy tratando de decir es que no solo como iglesia, sino que usted y su familia se pueden poner de acuerdo para hacer algo más por él. Eso es hospitalidad con los siervos de Dios y sus familias.

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La cuarta consideración importante que se debe tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad es:

IV.- QUE LA HOSPITALIDAD DEBE SER LO MÁS COMPLETO POSIBLE.

Llama la atención que las primeras veces, la sunamita se limitó a invitarle insistentemente que fuera a la casa de ella a comer. Luego Elíseo “cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer” (2 Reyes 4:8c), pero hasta allí.  El trato era algo así como: ‘comes y te vas’. Pero en el diálogo de la sunamita, se nota su interés de ser hospitalaria no a medias, porque analizando ella la situación se da cuenta de que tienen manera de hacer algo más que solo dar de comer a una o dos personas (ya que se incluye al criado Giezi). Ella le dice a su marido: “He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios” (2 Reyes 4:9). Ya he explicado antes de lo importante, necesario, y conveniente de apoyar a las personas que por servir a Dios tienen alguna necesidad. Ella se dio cuenta que por lo menos Eliseo el “varón santo de Dios”, necesitaba más que comida. Darle solamente comida no era ser suficientemente hospitalario con él, por lo que ella planeó la manera de ser hospitalaria con él lo más completo posible.

Así que la petición que ella hizo a su marido fue: “Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él” (2 Reyes 4:10). La cama sin duda que era necesario para descansar mientras continúa el viaje. Pero llama la atención que ella se preocupó por que haya en el aposento una mesa, una silla, y hasta un candelero. La mesa y la silla quizá le sirva para sentarse cómodamente a comer, pero es probable que durante su viaje este profeta tenía que sacar rollos de Sagradas Escrituras para ponerse a estudiar, y si tenía que hacerlo qué mejor que tener un candelero que le iluminara, que a la vez en una noche fría le podría servir de calefacción. De verdad que esta mujer tenía un gran corazón hospitalario, consciente de servir no a medias sino lo más completo posible.

Amados hermanos, cuando Dios nos ponga frente a nosotros la oportunidad, más bien el privilegio de hacer un bien a alguien ya sea conocido o aun si es desconocido; ya sea si es un hermano en la fe o si no lo es; nuestra generosidad u hospitalidad procuremos que sea completa. Si le toca a usted recibir u hospedar a un enfermo en casa, no solamente le preste su cama o hamaca, dele también de comer. No solo le dé de comer sino ofrézcase a comprarle algún medicamento. Si el enfermo tiene alguna complicación ofrézcase a llevarle al doctor. Si está en sus posibilidades, sea usted quien pague el transporte o quien ponga de su dinero el combustible necesario de su vehículo que usará para llevarle. Eso es ser hospitalario no a medias sino lo más completo posible.

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La quinta consideración importante que se debe tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad es:

V.- QUE DEBE HACERSE SIN ESPERAR NINGÚN FAVOR A CAMBIO.

Generalmente las personas que reciben apoyo de otras suelen ser personas agradecidas, solamente algunas personas resultan ingratas. Elíseo y su siervo Giezi, quienes recibieron los beneficios de la hospitalidad de esta mujer y su familia se pusieron de acuerdo para agradecer y devolver de alguna manera el favor.  Giezi de parte de Eliseo le dijo a ella: “He aquí tú has estado solícita por nosotros con todo este esmero; ¿qué quieres que haga por ti? ¿Necesitas que hable por ti al rey, o al general del ejército? Y ella respondió: Yo habito en medio de mi pueblo” (2 Reyes 4:13).  Eliseo por su trabajo como profeta tenía como amigo al rey de Israel, al general del ejército. Tenía alguna influencia sobre ellos. Él pudo haber conseguido inmediatamente algún beneficio para ella y su marido, pero ella no quiso. Era una mujer que vivía contenta con lo que tenía, y se sentía satisfecha en servir a Eliseo e incluso a Giezi, como siervos de Dios. El que sirve no espera que le regresen el favor.

Jesús nuestro Señor, en una ocasión a una persona que le invitó a una cena, le dijo: “Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. / Mas cuando hagas banquete, flama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; / y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar” (Lucas 14:12-14b).

Amados hermanos, cuando tengan la oportunidad de invitar a comer a alguien, en vez de invitar a sus mejores amigos que es casi seguro que muy pronto le van a devolver a usted la cortesía, es mejor y es hasta bienaventurado si usted se atreve a invitar a personas que notoriamente necesitan que alguien les brinde un plato de comida, o les regale un par de zapatos, o una ropa no necesariamente nueva y aunque no sea de marca. Ellos quizá no se lo van a devolver, pero usted les habrá generado en su corazón una profunda gratitud, y usted también habrá hecho algo grandemente agradable a los ojos de Dios.

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La sexta consideración importante que se debe tomar en cuenta para practicar como familia la hospitalidad es:

VI.- QUE TODO ACTO DE HOSPITALIDAD ES TOMADO EN CUENTA POR DIOS.

Ya nos hemos dado cuenta que los muchos favores que aquella mujer hizo a favor del “varón santo de Dios” (2 Reyes 4:9), no fueron por interés alguno de por medio, pues a pesar de que le ofrecieron gestionar alguna ayuda de las más altas autoridades del reino, ella no quiso. Pero de manera extraordinaria que a nadie se nos hubiese ocurrido como manera de agradecer, Giezi observa y le comenta a Eliseo diciéndole: “He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo” (2 Reyes 4:14). Más bien le estaba sugiriendo a Elíseo que quizá si Elíseo oraba a Dios pidiendo un hijo para aquella mujer que no tenía un hijo, Dios se lo daría, y así ellos habrán hecho algo por ella.

No lo dice el texto bíblico, pero es obvio que ellos no podían tomar la decisión de prometer algo en nombre de Dios, si Dios no les había expresado su consentimiento. Entonces, Elíseo debió haber expuesto el caso a Dios en oración, y Dios le debió haber respondido que estaba de acuerdo. Así que Elíseo habló a la sunamita y le dijo: “El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva. / Mas la mujer concibió, y dio a luz un hijo el año siguiente, en el tiempo que Elíseo le había dicho” (2 Reyes 4:16,17). Finalmente, quien intervino en la situación es Dios quien tomando en cuenta la desinteresada hospitalidad de aquella mujer, le recompensó con el hijo que seguramente quería y no había podido tener.

Amados hermanos, no quiero decir que en todos los casos la recompensa de ser hospitalarios es que Dios le vaya a dar más hijos a usted, pero lo que es claro es que Dios no pasa desapercibido el bien que uno hace por sus semejantes que necesitan un poco de nuestro apoyo en sus necesidades, sino que Dios recompensa el bien que uno hace por los que ahora mismo lo están necesitando. Ella fue recompensada conforme a una necesidad que tenía de ser madre. El apóstol Pablo nos recuerda también: “hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en ia obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (2 Corintios 15:58). Cada acción que uno hace en nombre de Dios en la proclamación del evangelio, compartiendo incluso con los necesitados, aunque sea un poco de los recursos económicos que Dios ha confiado en nuestras manos, es tomado en cuenta por Dios, y si alguna vez necesitamos algo, Dios intervendrá para bendecirnos con lo que necesitamos.

CONCLUSIÓN: Amados hermanos, para terminar este mensaje recuerden también las palabras apostólicas que dicen: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9). Recuerden también que Jesús a los que recibirá en su reino celestial y eterno les dirá: “…tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; / estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:35,36), y refiriéndose a los hijos de Dios que hacen algo por la gente que necesita un acto de bondad, Jesús también dirá a los que somos sus discípulos hospitalarios: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Si alguien que llega a casa de usted necesita dos tacos, un vaso de agua, un techo para pasar la noche o varios días, una ropa o un par de zapatos, una pastilla o una caja de medicina, AYÚDELO, porque eso agrada a Dios. Recuerden también la observación del autor de la epístola a los Hebreos: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2). Abraham y Lot, recibieron y hospedaron ángeles que no eran simples ángeles sino manifestaciones visibles de Dios mismo en forma de ángeles con forma de varón. Así que cuando uno es hospitalario, y uno recibe en su casa a un hambriento, a un sediento, a un forastero, a uno que le falta ropa, a uno que necesita medicina, etc… usted recibe nada menos que a Dios, tal como dijo Jesús “a mí lo hicisteis”.

   

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