DIOS NOS ESPERA EN UNA CIUDAD CELESTIAL, Por: Diego Teh.

DIOS NOS ESPERA EN UNA CIUDAD CELESTIAL

Apocalipsis 21:1-7.

Bosquejo elaborado y predicado por el Pbro. Diego Teh, durante el velorio de su tía política doña María Mónica Tun Un, el día martes 08 de mayo 2018, en su domicilio conocido, de la pequeña comisaría de San Felipe Nuevo, de Tinum, Yucatán; estando presentes muchos vecinos, sus herman@s: Felipe de Xkopteil, y esposa; Paulina y esposo; Concepción; Victoria y esposo; y Artemio y esposa; todos estos de Mérida; su viudo don Javier Cen; sus hijos Víctor y Marcos, y sus respectivas esposas; su hija Guadalupe y esposo; sus consuegros; y hermanos de las iglesias presbiterianas de Pisté y de Kaua.

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   INTRODUCCIÓN: ¿A alguno de los presentes les gustaría ir a vivir a alguna ciudad, como Mérida, Valladolid, Tizimín, o hasta en la ciudad de México, etc…? Quizá a alguno, sí, ¿verdad?  Pero, hay a quienes también por nada del mundo irían a vivir en alguna ciudad.  En la actualidad mucha gente está abandonando los pueblos para ir a vivir a las ciudades, aunque algunas de ellas no se acostumbran y regresan a sus comunidades de origen, o por lo menos después de muchos años de estar en la ciudad deciden regresar a donde antes vivían.  Las ciudades siempre tienen oportunidades de superación en el estudio, en el trabajo, en la vivienda, en la inversión, y en otras muchas cosas, pero las costumbres diversas de las ciudades, influyen en la manera de pensar, en la conducta social, y hasta en la vida espiritual de las personas.  En la ciudad mucha gente no conoce más que de vista a sus vecinos, pues en muchos casos la gente ni siquiera conoce por nombre a su vecino de a lado. La gente la mayor de las veces ni se habla ni se saludan al verse en la calle, y hasta de repente uno deja de ver a sus vecinos para luego enterarse que hace tiempo que habían fallecido, y ni siquiera lo supimos. Por esto, y por más, a mucha gente sé que no le gustaría vivir en una ciudad. Es necesario tener un profundo interés por conservar las buenas costumbres y buenos hábitos, para que la ciudad no cambie nuestros buenos valores cristianos y sociales.  En la ciudad, los predios son lotes de pequeños metros cuadrados y son muy costosos, que no son nada comparables con los grandes solares que ustedes tienen por mecates y hasta por hectáreas como viviendas donde al mismo tiempo pueden sembrar y cosechar maíz, frijol, ive, sandía, melón, calabaza, árboles frutales, etc… lo que hace muy deseable vivir aquí y no en la ciudad.

   Sin embargo, la Biblia nos habla de un proyecto de Dios de llevar a todos los creyentes en Jesucristo a vivir a una ciudad celestial que en el libro del Apocalipsis capítulo 21 se describe por el apóstol Juan como “la nueva Jerusalén” (Apocalipsis 21:2), ciudad que debe ser deseada por todos por ser una ciudad totalmente distinta a toda ciudad conocida aquí en la tierra hasta el día de hoy, porque es una ciudad eterna, donde ocurren solamente cosas buenas que no ocurren en ninguna ciudad actual, ni en ninguna pequeña comunidad campesina como aquí donde hoy nos encontramos.  Pero, lo que voy a predicarles en este momento es que en la ciudad celestial de la nueva Jerusalén donde Dios espera a todos los creyentes ocurren realidades sublimes que nos convienen a todos. / ¿Cuáles son las realidades sublimes que ocurren en la ciudad celestial de la nueva Jerusalén donde Dios espera a todos los creyentes, y que son realidades que nos convienen a todos? / En el mensaje de este momento, les voy a compartir solamente tres de estas realidades sublimes.

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   La primera realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

I.- QUE ALLÍ DIOS SERÁ EL DIOS Y UNICO DIOS DE LOS HUMANOS SALVADOS POR SU HIJO JESUCRISTO.

   Cuando Juan apóstol, en su visión miró la ciudad de “la nueva Jerusalén”, al mismo tiempo escuchó “…una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).  Con estas palabras tanto al apóstol como a nosotros que leemos las palabras que él escuchó, nos queda claro que en aquella ciudad celestial donde Dios espera a los creyentes, Dios y solamente Él será el único Dios que estará presente.  Su presencia es mucho más plena que la que actualmente percibimos aquí en la tierra. ¿No es esto algo verdaderamente sublime?  Allí, el único que estará presente para todos los sentidos humanos es Él. Los hijos de Dios no podremos ni siquiera pensar en ninguno de los falsos dioses que equivocadamente en nuestra ignorancia, o rebeldía y pecado, alguna vez habremos honrado aquí en la tierra.

   Algo interesante de esta explicación que el apóstol Juan escuchó, fue: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos”. ¿Qué significa esta descripción que Juan escuchó? Permítanme explicarles que alrededor de 15 siglos antes de Jesús cuando Dios liberó de Egipto a los israelitas para llevarlos a la tierra prometida, desde que hubieron salido, inmediatamente Dios les ordenó que construyeran un tabernáculo, un espacio rectangular muy similar al templo que después de construyó en la ciudad de Jerusalén, y muy similar a nuestros templos actuales, los que tienen una forma rectangular.  Una característica de aquel tabernáculo es que era portátil. Cuando Dios les indicaba que tienen que acampar y establecerse en algún lugar del camino hacia la tierra prometida, lo tenían que armar.  Cuando partían hacia otro lugar, lo tenían que desarmar, y muy reverentemente tenían que transportar cada pieza y mobiliario del tabernáculo.

   Pero, algo que ocurría en aquel tabernáculo, es que Dios como señal de que estaba presente con su pueblo, Él manifestaba estar presente mediante una pequeña nube espesa que fue conocida por los israelitas como La Shekiná, o nube de la gloria de Dios, nube en la que eventualmente salía una luz potente que comunicaba la santidad del Dios que estaba presente con ellos. Esta presencia siempre estuvo sobre aquel tabernáculo durante todo el tiempo que existió el tabernáculo, casi 4 siglos.  Luego se construyó un templo ya no portátil, sino cimentado en la ciudad de Jerusalén, donde aquella presencia de Dios siguió manifestándose durante mucho tiempo, hasta que un día la nube se fue, o sea que Dios se fue por causa de que su pueblo se hizo cada vez más rebelde.  Por causa del pecado, el ser humano no es digno de estar donde Dios está.  Así ocurrió también al principio cuando Adán y Eva pecaron.  En aquellos tiempos la presencia de Dios se manifestaba y localizaba en el huerto del Edén, pero por la desobediencia de ellos, Dios los sacó de su presencia del Edén, y para que no se acerquen a Él nuevamente, Dios puso quién sabe cuántos “querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados” (Génesis 3:24).

  Así fue también cuando su pueblo especial se hizo extremadamente rebelde. Literalmente la manifestación de aquella presencia de Dios se fue. Fue hasta varios siglos después cuando en vez de aquella nube, Jesucristo vino a nacer en este mundo. Jesús era nada menos que “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15).  Dios volvió. Es una buena noticia.  Por eso uno de los nombres proféticos que Isaías y el ángel Gabriel anunciaron fue “Emanuel” (Isaías 7:14), “Dios con nosotros” (Mateo 1:23).  Dios volvió no solo para los judíos e israelitas, sino para los elegidos de entre toda la humanidad.  33 años después, Jesús se fue, 50 días después vino el Espíritu Santo cuya presencia y poder sigue vigente hasta el día de hoy, regenerando personas para entregar sus vidas a Jesucristo.  Todos los que por la obra del Espíritu Santo crean en Jesucristo, serán esperado en “la nueva Jerusalén”, donde se nos dice que Dios está allí, no de paso sino establecido allí por toda la eternidad, pues la voz que Juan escuchó dijo de Dios que: “él morará con ellos”, y “Dios mismo estará con ellos”. ¿No es esto verdaderamente sublime?

   Nuestra hermana y ser querido María Mónica, ya conoce al Dios no conocido, de quien los cristianos tanto hablamos aquí en la tierra.  Ella ya conoce en estos momentos eternos para ella, al Dios que la amó mucho para la eternidad y la eligió para capacitarla con la fe con la que ella creyó en Dios y su Hijo Jesucristo.  Además ya conoció en este momento a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de quien también tanto hablamos.  Ahora, ya no son solamente palabras, sino una realidad divina, eterna, y sublime para ella.  Ahora, nos toca a nosotros perseverar en la fe cristiana en Jesucristo para también ir a “la nueva Jerusalén” donde Dios nos está esperando, para ser eternamente nuestro Dios.

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   La segunda realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

II.- QUE ALLÍ HAY UNA VIDA DE CALIDAD CELESTIAL NUNCA ANTES CONOCIDA POR NUESTRA EXPERIENCIA ACTUAL.

   El día de ayer muchos yucatecos que usamos celular, y que estamos suscritos a cierto portal de noticias, habremos recibido como mensaje, una noticia que se titula: Mérida es la ciudad mejor administrada del país[1].  Esto lo dijo el actual presidente municipal de Mérida Mauricio Vila Dosal, obviamente ya que ahora también es candidato a la gubernatura de nuestro estado de Yucatán, pues tiene que decirlo así como un recurso para que se genere confianza y voto a su favor en las próximas elecciones del 1 de Julio.  Parte de lo que él dijo, fue: “No es casualidad que Mérida, durante mi gestión, haya sido la mejor ciudad para vivir de México; la más segura y la más transparente. La mejor carta de presentación que tengo es mi trabajo como Presidente Municipal”.  Obviamente, repito, es su recurso político para intentar obtener votos.

   Pero, aunque Vila Dosal tenga razón en decir que Mérida, durante su gestión, “haya sido la mejor ciudad para vivir de México”, y aunque deja abierta la opción de que en cada país siempre ha de haber una mejor ciudad dónde vivir, todo esto queda corto en comparación con la nueva Jerusalén como el mejor lugar para vivir no por unos cuántos años sino por toda la eternidad. Al respecto de la nueva Jerusalén, el apóstol Juan escuchó una gran voz del mismo cielo que decía no solamente que Dios estaría allí, sino que allí: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4). Cuando uno llega allí, recién salido de este mundo donde nunca nada fue fácil, uno lleva en el alma un cúmulo de dolores y sufrimientos, pero llegando allí, dice la voz que habló en nombre de Dios (cf. v. 3a), que: “enjugará Dios toda lágrima”.  Esto es una realidad sublime de la ciudad celestial de la nueva Jerusalén, que sin duda que todos necesitaremos por ser un gran gesto de Dios que sin duda nos colmará de paz para siempre.

   Pero, igualmente, hay más realidades sublimes que allí ocurren.  Por ejemplo, allí “ya no habrá muerte, ni habrá llanto, ni clamor, ni dolor”.  Todo esto son cosas que aquí en la tierra desde recién nacidos nos acompañan durante toda nuestra vida; realidades que no ocurren en ninguna de las mejores ciudades del mundo, ni en las mejores para vivir, ni en las mejores en tecnología, en servicios médicos, etc…; pero que sí ocurren en esa ciudad donde Dios nos espera.  Nuestra hermana, y ser querido María Mónica, ya está disfrutando ahora mismo desde anoche a las 7:00pm, estas sublimes realidades que también nos llenan de consuelo en medio de la tristeza que nos causa el ya no tenerla ahora entre nosotros.  Ahora nos corresponde desear y buscar en Jesucristo el único Hijo de Dios, estas sublimes realidades que sólo él puede hacerlas realidad también para nosotros.

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   La tercera realidad sublime que ocurre en la ciudad celestial donde Dios espera a todos los creyentes, y que nos conviene a todos, es:

II.- QUE ALLÍ JESUCRISTO ES QUIEN TIENE EL HONOR DE REINAR A FAVOR DE SUS REDIMIDOS.

   El apóstol Juan estuvo intensamente atento con sus oídos y con su mirada.  De repente dirige su mirada en un punto especial de “la nueva Jerusalén”, y nos dice: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. / Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin” (Apocalipsis 21:5, 6a).  Lo primero que notamos es que había alguien “que estaba sentado en el trono”, y es nada menos que Jesucristo.  Lo reconocemos así, porque él es el único que en todo el Apocalipsis se identifica como “el Alfa y la Omega, el principio y el fin”.  Pero, ¿qué hace en el trono? La respuesta es obvia y sencilla, pero muy importante en este contexto.  Está reinando, y valga la redundancia, en su reino, en la ciudad de sus santos, aquellos pecadores por quienes murió, y a quienes redimió del poder del pecado para trasladarlos a su reino.  Es el único que tiene ese honor en los cielos.  Es a esto que se refiere el apóstol Pablo cuando también dice de Jesús que después de haber resucitado de su muerte, “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, / para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; / y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). En “la nueva Jerusalén” celestial, estaremos para rendirle honor, gratitud, adoración al que nos salvó de la condenación eterna, a Jesús que esta “sentado en el trono” celestial.  ¿No es esto, algo que será sublime para nuestra experiencia humana redimida?

   La afirmación de este Rey eterno, Jesús, cuando dice: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”, tiene un sentido real e intenso para quienes lleguen a dicha ciudad.  Sabrán por experiencia plena, hasta ese momento que su vida habrá dado un giro de total transformación.  El pecador ya será un santo eterno, el mortal será uno que no morirá nuevamente, el antes idólatra ahora será en el cielo el mejor adorador de su salvador, el enfermo ya no padecerá ninguna enfermedad ni en lo más mínimo, el que siempre sintió dolores leves o intensos ya no sabrá nunca más que es eso.  El responsable de estas nuevas experiencias para los hijos de Dios, es nada menos que Jesucristo.  Hoy nuestra hermana María Mónica, ya comenzó a disfrutar estas novedades celestiales, y estoy seguro que no está arrepentida de estar allá, y estoy seguro que uno de sus deseos en este momento es que toda su familia se esté preparando para conocer ese precioso lugar, y a su Rey y Salvador Jesucristo en persona, en vivo y a todo color.

   Por último, quiero que noten las palabras de afirmación que Jesucristo mismo le dijo a Juan que escribiera porque tales palabras “son fieles y verdaderas”.  Están al principio del versículo seis.  Se trata de sus palabras: “Hecho está” (Apocalipsis 21:6a).  Estas palabras tienen el mismo sentido de las palabras que Jesús dijo en su sexta oración que expresó mientras estaba colgado en la cruz en las afueras de Jerusalén, cuando dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).  Ya todo lo que el Padre le encomendó aquí en la tierra, al morir ya todo estaba listo, terminado, pagado, logrado, etc…  El “Hecho está” es una afirmación de que el propósito eterno de Dios de tener un pueblo humano que eternamente viva para Él, ya está logrado por la obra de Jesucristo mismo.  De cierta manera, Jesús le comunica a Juan y a toda la iglesia lectora de esta revelación de que Jesús está satisfecho de haberle cumplido a su Padre celestial su principal proyecto al haber creado al ser humano.  “Hecho está”, es la revelación de que Jesús no solamente había cumplido aquí en la tierra, sino también allá en los cielos.  Toda la obra necesaria para que un pecador llegue a la ciudad celestial, ya “hecho está”. Nadie tiene que hacer algo que le haga merecer el estar y vivir para siempre en dicha ciudad celestial, pues Jesús ha hecho todo lo necesario.  Solamente tenemos que hacer uso de la fe en Jesús, y vivir con gratitud y servicio a él en congruencia con esa fe.

   Nuestra hermana María Mónica, no tuvo que pagar por sus pecados, Jesús lo pagó todo, no quedó debiendo ni el más mínimo pecado de ella, al igual que el de todos los que creen en él.  Ella se ha de sentir dichosa y agradecida en este momento, al darse cuenta de que su nueva ciudad que ya le gusta más que este San Felipe Nuevo, ha sido lo mejor que ha tenido en su existencia, gracias a Jesucristo.  Ella está ahora ante Jesús, quien es el Rey eterno que gobierna desde “la nueva Jerusalén” a favor de sus discípulos que de todas partes del mundo han llegado allí para vivir durante toda la eternidad.  Nosotros sigamos firmes en la fe en Jesucristo, esperando el momento de nuestro viaje para encontrarnos con él.

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   CONCLUSIÓN: Amados creyentes, familiares, vecino, y amistades de María Mónica, si usted muriera hoy, ¿está usted seguro(a) de que irá a la ciudad celestial, “la nueva Jerusalén” a vivir con Dios y su Hijo Jesucristo para siempre?  Si no está seguro, crea usted verdaderamente en Jesucristo como su único y suficiente salvador.  Este el requisito fundamental para estar con Dios, con Jesucristo su Hijo en la eternidad.

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[1] https://www.unotv.com/noticias/estados/yucatan/detalle/merida-es-la-ciudad-mejor-administrada-del-pais-vila-dosal-184211/

   

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