ACTÚA BIEN CUANDO TUS HIJOS QUIERAN GOBERNARTE, Por: Diego Teh.

ACTÚA BIEN CUANDO TUS HIJOS QUIERAN GOBERNARTE

Deuteronomio 3:23-27.

Lucas 15:11-32.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 20 de mayo 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 05 de la serie: SÚPER OCUPADOS.

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   INTRODUCCIÓN: Alejandra Stamateas, una escritora cristiana, con la intención de ayudar especialmente a mamás para que eduquen hijos que sean felices, ha escrito un libro titulado: “Mis hijos me vuelven loca”. ¿Alguna vez usted como madre, o usted como padre se ha sentido así?  No es mi intención recomendar el libro de Stamateas, sino solamente recordar esta frase popular que muchas madres en algún momento de su vida han expresado: “Mis hijos me vuelven loca”, sin descartar que también hay papás que también han sentido que sus hijos los está volviendo locos, y no saben qué hacer ante las reacciones inesperadas, e inapropiadas de sus hijos.    Una madre en busca de consejo comentó lo siguiente: Tengo una confesión que quiero hacerles: Mis dos hijos me están volviendo loca. A veces me parece que voy a explotar. Me vienen unas ganas de gritar muy fuerte o salir corriendo por las calles gritando: “¡No puedo más!”. Hasta me parece que mis vecinos piensan que estoy loca… y si eso piensan no creo que estén tan errados”[1].  Y eso conlleva a la pregunta: ¿Será que estoy siendo un mal padre o una mala madre en la educación de mis hijos?  Es que ya no puedo con ellos.  Una de las situaciones que se da en la vida familiar, y que trae dolor de cabeza a veces momentáneamente, pero a veces permanentemente, es que hay hijos que tienden a ser o se vuelven controladores de sus padres, y ocurre hasta en las mejores familias como las de los cristianos.  Hay muchas maneras cómo los hijos controlan a papá y mamá, y lo hacen tan sutilmente que muchos padres no se percatan sino demasiado tarde que los tenían bajo control.   Cuando se da esta situación, muchos padres y madres no saben qué hacer.  Kevin Deyoung, cristiano, autor del libro Súper Ocupados, llama a esta situación: Una cruel kindergarquía, es decir, los hijos fuera de orden gobiernan a sus padres quienes sufren por ello, sin saber que hacer al respecto.

   Una columnista argentina, escribió en La Nación, un diario argentino, que “el mal que afecta a las mujeres profesionales americanas ya bien entrado el siglo XXI no es el sexismo, sino algo que los grupos feministas que lo denuncian como algo igualmente peligroso, le llaman el “niñismo” (childism) o la “kindergarquía” (kindergarchy)”[2]. Esto no pasa solo en ciudades de Estados Unidos de América, ni solamente en Argentina, sino en quizá toda familia que exista sobre la faz de la tierra, y que afecta no solamente a madres sino también a padres, que aun antes de que sus hijos nazcan estos ya les están controlando, cuando estos todavía son bebés ya tienen el control de los padres, cuando son preescolares o escolares primarios ya tienen más control sobre sus padres quienes pasiva o conscientemente se dejan controlar, y qué decir de los adolescentes y jóvenes que con sutileza, artimañas, y hasta amenazas tienen a sus padres bajo moderado o absoluto control. ¿Qué hacer si usted se encuentra en esta situación familiar?

   Por eso, en este mensaje voy a predicarles que ante la actitud de los hijos que buscan gobernar a sus padres, los padres deben de procurar actuar con las mejores actitudes para el bien de sus hijos. / ¿Cuáles son las mejores actitudes con las que los padres deben procurar actuar ante la actitud de hijos que buscan gobernar a sus padres? / En este mensaje, basado en varios pasajes bíblicos, les voy a compartir algunas de estas actitudes.

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   La primera actitud con la que los padres deben actuar ante los hijos que buscan gobernar a sus padres, es:

I.- ACTUAR CON JUSTICIA CUANDO ALGUNO QUIERE TOMAR VENTAJA SOBRE SUS HERMANOS.

   En este punto les hablaré de un padre que Jesús presentó en sus parábolas como el padre de dos hijos que toda la vida quisieron controlarle. El caso de este padre va así: “Un hombre tenía dos hijos; / y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes” (Lucas 15:11,12).  ¿Dónde está el control de los hijos? Según la costumbre judía había dos formas de recibir una herencia; la primera era a través de un testamento después de la muerte del padre; y la segunda era por donación en vida, aunque en esta modalidad no se podían hacer uso de los bienes hasta que el padre muriera. Hacer uso de la herencia con el padre en vida era una gran afrenta al padre, pues lo tomaba por muerto o poco importante. Así pues, este hijo cometió una gran falta de respeto hacía su padre; pero lo curioso es que el padre accedió a su petición y pareció no darle importancia “…y les repartió sus bienes” (v. 12). Este joven hijo también abandonó a su padre, violando todas las reglas culturales y religiosas de su tiempo. Tampoco le importó despilfarrar lo que a su padre debió costarle mucho trabajo y sufrimiento (v. 13)[3].  Pero, no solo el menor hizo su exigencia pensando solamente en él mismo, sino que, de alguna manera, y todavía más sutil, el hermano mayor también estaba interesado antes de tiempo de obtener para él.  El menor estaba abogando que le tuvieran preferencia a él.

   Por el objetivo original de Jesús no se relatan todas las reacciones del hijo mayor, sin embargo, son obvias. Cuando su hermano menor pide su herencia, el padre de ellos no le dio solamente al menor, sino que claramente el texto dice en plural incluyendo al mayor, que “les repartió sus bienes”.  El hijo mayor, no consideró que por su parte él también estaría menospreciando a su padre en vida.  Si no lo dijo, seguramente que pensó: Si mi padre le da sus bienes a mi hermano menor, entonces que también me de lo que a mí me corresponde.  La descripción de Jesús, de que aquel padre “les repartió sus bienes”, a ambos, quizá es porque el mayor también pidió que le dieran su parte.  No se menciona así en la parábola porque su objetivo es resaltar la manera perdida como vivió el hijo menor, lo cual posteriormente causó compasión a su padre.  En caso de que el hijo mayor no haya también exigido su parte, ni pensado egoístamente que él también merecía que le dieran su parte, entonces, lo que vemos es a un padre justo que, si le va a dar a uno, también le dará al otro.  Sin embargo, en una sana reacción el mayor debió decirle a su padre que ese no era el momento de recibir lo que su padre le ofrecía, y no debió por ningún motivo aceptarlo, pues era una actitud de deshonor hacia un padre el tomar de él los bienes estando en vida, aunque no hay duda que lo dio con amor, aunque motivado por la exigencia del menor quien de manera más evidente quería controlar a su padre.  Pero, lo que quiero que observen es que el padre de ellos actuó con justicia, a la vez que con misericordia.

   Amados hermanos, ser padres justos, es una buena decisión cuando los hijos quieren gobernar a sus padres para ser favorecidos en lo personal, no tomando en cuenta que en la familia hay otros hermanos quienes también deben ser tratados con la misma justicia.  La parábola en sí es una representación del amor de Dios tan justo y misericordioso a la vez, que ilustra que así como hay personas que perdidamente van tras lo que es malo, igualmente no hay ser humano bueno aunque así lo parezca (como lo parecía el hermano mayor), pero Dios en la vida cotidiana “hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:35). Así debe actuar con bien y con justicia un padre para con sus hijos, tanto con el más rebelde como con el que parece más noble, pues en el corazón de cada quien está la misma naturaleza de un corazón donde el pecado siempre está a punto de dar una sorpresa desagradable.

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   La segunda actitud con la que los padres deben actuar ante los hijos que buscan gobernar a sus padres, es:

II.- ACTUAR CON FIRMEZA EN LAS DECISIONES A PESAR DE LA INSISTENCIA DE LOS HIJOS.

   Hay una historia bíblica en la que Moisés aquel libertador de los israelitas, un gran caudillo sin duda, que como buen hijo de Dios le sirvió durante los últimos 40 años de su vida.  Después de haber desobedecido una instrucción muy especial y precisa de Dios, de hablarle a una roca en el desierto para que de ella brotara agua para que los israelitas en su viaje se abastecieran de agua, Moisés en vez de hablar a la roca, lo que hizo fue golpear la roca dos veces (cf. Números 20:8-12). El resultado esperado de tener agua surgió inmediatamente, pero el resultado de obediencia no ocurrió, sino todo lo contrario.  Por ello, Dios le dijo a Moisés que no le permitiría entrar en la tierra prometida, que otro sería el que los metería en Canaán. Y así sucedió porque Dios fue firme en hacer que así ocurra, una vez que hubo dicho que tal cosa así ha de ser.  Pero leamos el testimonio del mismo Moisés que cuenta cómo Dios fue firme y no vacilante en su decisión.  Moisés, no quiso chantajear a Dios, pero hizo su lucha para ver si le daban chance de conocer presencialmente aquella tierra tan anhelada por todos los israelitas.  Moisés cuenta su experiencia así: “Y oré a Jehová en aquel tiempo, diciendo: / Señor Jehová, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza, y tu mano poderosa; porque ¿qué dios hay en el cielo ni en la tierra que haga obras y proezas como las tuyas? / Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano. / Pero Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo Jehová: Basta, no me hables más de este asunto. / Sube a la cumbre del Pisga y alza tus ojos al oeste, y al norte, y al sur, y al este, y mira con tus propios ojos; porque no pasarás el Jordán” (Deuteronomio 3:23-27).  Cuando Dios dijo que no, es que no, y no hay un posible sí.  Dios le tuvo que decir a Moisés: “Basta, no me hables más de este asunto”. Así funciona con Dios un no, aunque también cuando dice que sí, es que es un sí, ya sea total o condicional.

   En la experiencia de otro hijo de Dios, el apóstol Pablo, quien estando enfermo le insistió a Dios que le sanara, aunque esto es una gran necesidad humana, Dios le habló con firmeza diciéndole que no.  El mismo Pablo nos lo relata así: “tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. / Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:8,9).  Y Pablo, no murió por causa de esa enfermedad, pero murió sin haber sido sanado de esa enfermedad, pero con esa enfermedad aprendió a ser humilde y aceptar durante todo el resto de su vida que la gracia de Dios sea la que le haga fuerte en todo.  Cuando Dios dice no, con firmeza seguirá siendo un no, pero nadie se va a morir por ese no, al contrario, resultará en algo mejor.  Lo mismo ocurre cuando un padre con sabia firmeza dice un no y lo cumple, su hijo no perecerá por ello, sino que más adelante se verán los mejores resultados de un hijo feliz y satisfecho.

   Amados hermanos, la firmeza paternal en la educación y en el trato de los hijos es necesaria cuando un hijo quiere salirse con la suya, cuando quiere que sus padres cumplan sus caprichos.  Los padres tienen que actuar con firmeza, y el hijo aprenderá que él no tiene el control, si no lo aprende, de todas maneras, sabrá que su padre decidió lo que es correcto, aunque él no haya estado de acuerdo con su padre.  La firmeza combate el control que los hijos con sutileza y silenciosamente muchas veces planean aplicarles a sus padres.

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   La tercera actitud con la que los padres deben actuar ante los hijos que buscan gobernar a sus padres, es:

III.- ACTUAR CON AMOR RESTAURADOR A PESAR DE SUS EQUIVOCACIONES.

   En el caso del hijo pródigo, el hermano menor, es más fácil observar cómo el padre le trató con profundo amor a pesar de haberle fallado como hijo. El hijo menor, en su vivir perdidamente por mucho tiempo, recapacitó y regresó arrepentido a casa, por lo que su padre un día a lo lejos vio a una persona que venía seguramente todo mal vestido, greñudo, sucio, maloliente, etc… pero el padre conoce a su hijo y con toda seguridad, cuenta Jesús que “lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lucas 15:20).  A pesar de la conducta impropia de su hijo no le había descalificado como algún padre alguna vez ha hecho por algún hijo que le falló en algo.  Suficiente ha aprendido el hijo con los golpes que su vivir perdidamente le había dado, y ahora regresa arrepentido.  El padre no tiene ahora nada que reprocharle, sino lo único que ahora tiene qué hacer por él es amarle con un amor no consentidor sino restaurador.  De hecho, el haberle dado una parte de sus bienes no fue por consentirle, porque como padre tampoco estaba de acuerdo con su proceder, sino que con todo amor quería que su hijo aprendiera buenos valores por su propia experiencia lo que no había querido aprender por la educación y los consejos.  Ahora, que regresa todo derrotado por la vida sin Dios, como buen padre le expresa su amor restaurador. Su hijo a aprendido que el querer tener el control de su padre para que él le cumpla sus caprichos, no fue nada sabio.   El amor restaurador del padre hace que les ordene a los trabajadores de su hacienda: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. / Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; / porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lucas 15:22-24a,b).

   Ahora, observen como el hijo mayor aparentemente bueno, llega y hace su berrinche, y ahora él es quien quiere chantajear y controlar a su padre.  La fiesta por el hijo menor que era dado por muerto, pero que ahora estaba de nuevo en casa, estaba en pleno fervor y alegría, cuando de repente el hijo mayor que vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; / y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. / Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. / Entonces se enojó, y no quería entrar” (Lucas 15:25b-28a).  Si no era pródigo, pero era enojón y controlador.  Su papá se da cuenta, y Jesús cuenta que: “Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. / Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. / Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo” (Lucas 15:28b-30).  En realidad, este hermano mayor salió peor que el menor. La costumbre entre los hebreos, en casos de padres con dos hijos que reparten sus bienes en herencia a sus hijos, al menor le corresponde solamente una tercera parte de todo, o sea el 33%, y al mayor las otras dos terceras partes restantes, o sea el 66%.  Así que cuando su padre les repartió sus bienes, a este hijo mayor debió haberle tocado la mayor parte.  Su padre había sido justo en este sentido, pero ahora él no lo veía así. Le dice a su padre: “Nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos” (v. 29b).

   Ahora, también este hijo mayor necesita ser tratado con amor al mismo tiempo que ser restaurado en sus pensamientos.  Observen nada más el amor y la sabiduría con la que su padre le habla para tratar con su injustificado enojo.  Le dice: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. / Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, …” (Lucas 15:31,32a).  El haber estado con su padre no era poca cosa sino un gran privilegio que el menor había perdido por su propia decisión equivocada, por eso como padre le dice a su hijo mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo”.  El mayor debía estar satisfecho por estar con su padre, un privilegio bastante importante.  Y todavía, a pesar de que tiempo atrás su padre también le había dado a él una buena parte de sus bienes, su padre con mucho amor le dice y le recuerda en esta ocasión: “Hijo […] todas mis cosas son tuyas”. Ahora, bien si no había usado de este privilegio, quizá fue porque había en él cierto respeto por su padre, pero ahora tira en la basura todo su anterior respeto, y reclama lo que realmente no estaba ni en su tiempo ni derecho de recibir, aunque previamente ya había recibido una gran parte. Se ve que solamente quería controlar a su padre aprovechando su expresión amorosa, para sacarle más beneficio a su padre.

   Amados hermanos, qué difícil puede llegar a ser el guiar bien a más de un hijo, y en ocasiones hasta cuando solamente es un hijo nada más, y cuando el carácter que desarrollan es querer tenernos a los padres bajo control de ellos.  Hay que amarlos igual; hay que ser justos, misericordiosos y con gracia con todos a la vez; hay que ser restauradores las veces que sus actitudes no sean las apropiadas.  Son los hijos que Dios nos ha dado, que en sus errores, pecados, desaciertos, equivocaciones, etc… nosotros los padres somos los responsables de educarlos con la enseñanza de Dios y con un amor restaurador.

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   CONCLUSIÓN: Hermanos, a pesar del tenor no literal sino parabólico del caso del padre de estos dos hijos: el pródigo y el enojón, Jesús, implícitamente nos enseña cómo tratar a los hijos sobre todo cuando ellos se quieren imponer como si ellos fueran nuestra autoridad, y no nosotros la autoridad de ellos.  Junto con esta parábola de Jesús, y los testimonios de Moisés y de Pablo, hemos aprendido cómo actuar bien cuando nuestros hijos quieran que hagamos la voluntad de ellos.  Hay que actuar bien con justicia misericordiosamente al mismo tiempo; hay que actuar bien con firmeza cuando estamos seguros de que hemos decidido lo mejor para ellos; y hay que actuar bien con amor restaurador cuando y a pesar de que tomen decisiones equivocadas.

   Quiero aprovechar añadir que también es bueno orar por el mejoramiento de nuestros hijos en todos los aspectos de sus vidas.  Una mujer que cuenta la experiencia que tuvo con su madre una mujer cristiana, relata que “cuando era niña veía que su mamá, varias veces al día, entraba a su dormitorio y cerraba la puerta por un momento. Cuando mi amiga se hizo grande y se casó y tuvo hijos, cierto día preguntó a su mamá “Mamá, ¿cómo hiciste para criarnos a todos nosotros, atender a papá, hacer todas las cosas y mantenerte siempre tan serena?” La mamá le respondió: “Hija, cada vez que me sentía muy cansada o tenía algún problema, me encerraba unos minutitos en el dormitorio y oraba pidiéndole fuerzas y control a Dios. El Señor siempre me respondía, y me ayudó, y hoy le doy gracias a él porque pude criarlos a todos ustedes de una manera sana.  La hija le dijo: “Ahora entiendo mamá porque te encerrabas en tu cuarto por un momento quizás yo deba hacer lo mismo”[4].

   Dios quiera que todos los padres tengamos la sabiduría necesaria para guiar a nuestros hijos con oración, justicia, firmeza, y amor.  Cualquier indicio de que ellos quieran que hagamos su voluntad, es una alerta de que estamos en peligro de ceder nuestra autoridad de padres, por lo que hay que tomar el lugar de autoridad que nos corresponde aplicar con los hijos.

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[1] Mujeres de Esperanza; Mi hijos me vuelven loca; https://www.proyectoana.org/2006/01/mis-hijos-me-vuelven-loca.html

[2] Libedinsky, Juana; https://www.lanacion.com.ar/1462534-la-nueva-maternidad-que-desafia-al-feminismo

[3] Un padre tonto; http://www.bibliacristiana.com/sermones/Un_padre_tonto.html

[4] https://www.proyectoana.org/2006/01/mis-hijos-me-vuelven-loca.html

   

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