JESÚS, EL REY INIGUALABLE, Por: Diego Teh.

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JESÚS, EL REY INIGUALABLE

Colosenses 3:9-21; Lucas 19:28-44

 Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la cong. “Luz de Vida” de la col. Bojórquez, de Mérida, Yuc; el día domingo 13 de Abril del 2014; a las 18:00 horas.

 

 

 

   INTRODUCCIÓN: Cuando escuchamos los nombres: Sócrates, Aristóteles, o Platón, inmediatamente los categorizamos como destacados filósofos de la historia; cuando escuchamos los apellidos: Volibar, Hidalgo, Washington, los recordamos como los valientes libertadores de nuestras Américas; y cuando escuchamos de Cervantes, Mistral, o Nervo, los estimamos como distinguidos literatos o poetas; pero cuando escuchamos el nombre de JESUS ¿cómo lo clasificamos?.   Nuestra mente se limita muchas veces a pensar en él solamente como nuestro Salvador, pero él es mucho más que eso.   Él es la cabeza de los héroes.   Él es el líder de los legisladores.   Él es el supervisor de los vencedores. Él es el gobernador de los gobernadores.   Él es el príncipe de príncipes.   Él es el Rey de reyes.   Él es el Señor de señores (1 Timoteo 6:15; Apocalipsis 17:14).   Él es el Príncipe de los pastores (1 Pedro 5:4).  Así se cumple lo que dice el apóstol Pablo, que Él (Jesús) es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.   / Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. / Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;…” (Colosenses 1:15-18).   Jesús es preeminente en todo.  Él encabeza toda legítima institución humana por su derecho divino, por su derecho como Creador, por su derecho de ser eterno, por su derecho sobre la iglesia, por su derecho por haber resucitado.

   La historia de la última semana de Jesús antes de ir a la cruz, inicia con el episodio de su ministerio conocido como LA ENTRADA TRIUNFAL que nos presenta y recuerda que Jesús es realmente el Rey, no un rey; el Rey profetizado por Balaam cuando dijo: “se levantará cetro de Israel” (Números 24:17d); el rey buscado así por los magos del oriente cuando preguntaron a Herodes “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?” (Mateo 2:2); predicado así por Juan el bautista cuando refiriéndose al pronto inicio del ministerio de Jesús, decía “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2).

   En este mensaje aunque estaré mencionando la entrada triunfal de Jesús, el enfoque no estará en el evento de la entrada triunfal, sino que me enfocaré en Jesús el Rey que con sus actitudes muy peculiares destacó en aquella ocasión de una manera muy especial, convirtiéndolo en el rey con actitudes muy diferentes a las actitudes de cualquier otro rey, por lo que hablaré de él como: JESÚS, ES EL REY INIGUALABLE por sus actitudes muy peculiares.  //   ¿Cuáles son las actitudes peculiares que lo hacen ser el Rey inigualable?  //  En el desarrollo de este mensaje les iré explicando sus actitudes muy claras durante aquella bíblica entrada triunfal.

   La primera actitud peculiar por la que Jesús es el Rey inigualable, es:

I.- POR SU DEFINIDA HUMILDAD QUE NO BUSCA HONORES PERSONALES.

   La historia bíblica según San Lucas, se nos relata diciendo: “Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos,  30 diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo.   31 Y si alguien os preguntare: ¿Por qué lo desatáis? le responderéis así: Porque el Señor lo necesita.  32 Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les dijo.   33 Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino?   34 Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita.   35 Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima.   36 Y a su paso tendían sus mantos por el camino. 37 Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto,  38 diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo, y gloria en las alturas!  (Lucas 19:29-38).

   El evento conocido como “entrada triunfal” se celebraba entre los romanos para honrar a sus emperadores, reyes, y generales que llegaban de regreso triunfantes de una batalla[1].      Lo común de los generales, reyes, o emperadores de aquella época, era llegar a su capital en los caballos de las mejores razas, y carruajes de alta seguridad, como un honor que el senado les concedía para celebrar sus victorias en el campo de batalla.  Es más cuando llegaban de su triunfo, no entraban inmediatamente a la ciudad sino que junto con su ejército acampaban en el Campo de marte[2] en las afueras de la ciudad de Roma, mientras enviaban a una representación para solicitar por derecho al senado romano que les apruebe un presupuesto muy liberal para realizar desde un día hasta una semana de celebraciones.   Entonces se abría la puerta de la ciudad llamada: Porta Triumphalis[3], para hacer su entrada triunfal y ser recibidos con una gran pomposidad, algarabía, y honores de estado.

    Sin embargo, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén fue diferente a la misma celebración militar que los romanos realizaban, pues encontramos a Jesús, montado solamente de un debilucho y pobrecito asnillo o pollino, quien ni siquiera tenía adiestramiento para montarlo pues dice el relato que sus mismos discípulos “subieron a Jesús encima” (v. 35).   No buscó honores sino que estuvo dispuesto a demostrar humildad en medio de una cultura que estaba acostumbrada a vivir y ser reconocida solamente con honores.

    Amados hermanos, procuremos tomar el ejemplo de Jesús quien nos pide: Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descaso para vuestras almas” (Mateo 11:19).

   La segunda actitud peculiar por la que Jesús es el Rey inigualable, es:

II.- POR SU PROFUNDO DOLOR CUANDO ALGUIEN RECHAZA A DIOS.

   Durante aquella entrada triunfal, la historia nos relata que Jesús el Rey inigualable “…cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación” (Lucas19:41-44).

   Lo común de un rey de aquella y de todas las épocas, así como de los gobernantes, magistrados, diputados, y senadores de la actualidad, es propia su función de cumplir la ley de su país o imperio, y hacerla cumplir.   Nunca vas a ver ni oír de un rey o gobernante actual llorando por su propia gente.   Quizá llorará pero por que le vaya mal en alguna cosa que le afecte a él personalmente, pero no llora por el pueblo que gobierna.   Jesús lloró porque miró en los habitantes de Jerusalén: la ignorancia, la incredulidad, y el rechazo colectivo a Dios.   Sin embargo se compadecía de ellos deseando que se libraran de las consecuencias de hacer a un lado a Dios de sus vidas, pues eso les traería destrucción de su ciudad e incluso de sus familias como él les advierte diciéndoles y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti” (v. 44ª), cosa que le ocurrió a esta ciudad de Jerusalén cuando el emperador Tito la destruyó en el año 70 d.C[4].   Jesús tenía razón de lo que puede suceder cuando alguien rechaza o se olvida de Dios.

    Amados hermanos, esto tiene una doble aplicación para nosotros.   Primero, que cuando nuestras actitudes rechazan a Dios de nuestra vida, él siente dolor por nuestras actitudes equivocadas; y segundo, que como hijos de Dios debemos mirar como él miraba a las personas sintiendo compasión por ellas (Mateo 9:36).

    La tercera actitud peculiar por la que Jesús es el Rey inigualable, es:

III.- POR SU GLORIOSO PODER ENFOCADO A HACER DISCÍPULOS.

   Durante su entrada triunfal se nos dice que: Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto” (v. 37).   No juntó a los cananistas (insurrectos) de aquella época que eran opositores del gobierno romano y que podía combatir juntamente con ellos para expulsar a los romanos de Jerusalén.   Su entrada triunfal simplemente fue acompañada por “la multitud de los discípulos”.   San Juan nos relata que la entrada triunfal de Jesús se dio como un evento insólito, pues dice: Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho.  Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos.  Por lo cual también había venido la gente a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal.   Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él” (Juan 12:16-19).   Bastó que ellos se unieran a Jesús como ejército tras saber que en la vida de él se manifestaba no el poder del imperio romano, sino el poder de Dios para los enfermos e incluso para dar solución a la muerte como en el reciente caso de Lázaro a quien él había resucitado.  Eso hacía que la gente se convirtiera en discípulos, y eso era lo que Jesús buscaba: Discípulos.

    Hace 500 años en nuestro país y en otros países de nuestro continente, cuando llegaron los  conquistadores para imponer la religión cristiana, no siempre lo hicieron bajo una legítima evangelización para que el nativo comprenda la sublime gracia de Dios.  Los evangelizadores conquistadores sometieron a la gente bajo la amenaza de las armas a convertirse en cristianizada pero no en realmente convertida como discípulos de Cristo.   La herramienta de los cristianizadores fueron las armas.   Pero las armas de Jesús es el hacer discípulos que bien enseñados con el evangelio de Dios responderán a unirse al gran ejército de Dios que propaga el evangelio del reino.

    Amados hermanos, esto nos recuerda que usted y yo hemos sido reclutados en el ejército de Jesús quien extiende su reino e imperio por medio del hacer discípulos; y que debemos también hacer discípulos, recordando esa fue la actitud tan peculiar de nuestro Señor, además que su mandato final para los que ya somos sus discípulos es hacer más discípulos (Mateo 28:19,20).

    La cuarta actitud peculiar por la que Jesús es el Rey inigualable, es:

IV.- POR SU DESEADA ADORACIÓN DEDICADA AL DIOS VIVO Y VERDADERO.

   La celebración romana de la entrada triunfal tenía un protocolo definido que se llevaba a cabo de la siguiente manera: consistía en un desfile militar que recorría un itinerario previsto que comenzaba en el Campo de Marte. Para entrar en la ciudad pasaba por una puerta especial de las murallas llamada Porta Triumphalis; de allí al Velabrum, Foro Boarium y Circo Máximo, desde donde se dirigía al monte Capitolino a través de la Vía Sacra del Foro Romano, haciendo el triumphator el recorrido completo en una cuadriga acompañado por un esclavo, que sostiendo los laureles de la victoria sobre su cabeza le recordaba constantemente la fórmula: Respice post te, hominem te esse memento (“mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”). El cortejo se detenía al pie de la escalinata del templo de Júpiter Optimus Maximus. El general iba acompañado de sus lictores y con ellos entraba en dicho templo para ofrecer al dios sus laureles de victoria[5].   Lo que aquí quiero que observemos es que la entrada triunfal romana concluía en el templo de júpiter donde el triunfante ofrecía sus laureles de victoria.

    En el caso de la entrada triunfal de Jesús, ocurre algo similar pero con una contrastada diferencia, pues su ruta y meta, San Marcos la describe así: “Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce” (Marcos 11:11).   Igual que los romanos acudió a un templo, solamente que en este caso al templo del único Dios vivo y verdadero.   Jesús quiso entregar su adoración no a los dioses inventados por los romanos, ni a los dioses de los antiguos griegos, sino al único que lo merece y esperaba de él y de todo ser humano.

    Amados hermanos, esto nos enseña que en los triunfos y victorias que alcanzamos en la vida, debemos desear primeramente adorar a Dios.   Debemos pensar como el autor de nuestro precioso himno número dos[6]: Quiero vivir una vida que sea agradable sólo a él, y si ganare alguna fama, toda al Calvario llevaré”.   Que el ejemplo de nuestro Señor Jesús nos sirva para inspirarnos en llevar nuestra adoración al único que lo merece.

    CONCLUSIÓN: Amados hermanos, a manera de resumen, Jesús como Rey inigualable nos enseña con su ejemplo que debemos vivir con humildad en todas nuestras acciones; nos enseña con su ejemplo que debemos tener compasión por la gente que vive haciendo un lado a Dios de sus vidas al mismo tiempo que tanto lo necesitan para su bienestar temporal y eterno; nos enseña con su ejemplo que somos también instrumentos en las manos de Dios para hacer discípulos de su glorioso evangelio redentor; y nos enseña con su ejemplo que la finalidad de todo lo que hacemos debe ser para rendir nuestra adoración al único Dios vivo y verdadero.  Muchas gracias a Dios por este Rey que gobierna no en un trono terrenal sino en el corazón fomentando la humildad, la compasión, el discipulado, y la adoración como sus normas de gobierno.  Que usted que pertenece a su reino refleje estas actitudes muy necesarias en nuestra vida.


[1] Leer esta nota para una mayor comprensión de lo que se trataba una entrada triunfal. http://www.uv.es/alabau/gye/ent.htm

[6] Del Himnario Presbiteriano “Solo a Dios la Gloria”, de Publicaciones El Faro.

   

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