LOS MILAGROS DEL CALVARIO QUE CONFIRMAN LA REDENCIÓN, Por: Diego Teh.

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LOS MILAGROS DEL CALVARIO QUE CONFIRMAN LA REDENCIÓN.

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 Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la misión “Ebenezer” de la col. Leona Vicario, de Kanasín, Yuc; el día viernes santo 18 de Abril del 2014; a las 15:00 horas.

 

    INTRODUCCIÓN: Desde que era pequeño, hace como 35 años, en uno de los cajones de una mesa de la sastrería de mi señor padre, habían unos cuántos libros, uno de ellos escrito por Guillermo Nicholson, titulado: LOS SEIS MILAGROS DEL CALVARIO.   Apenas aprendí a leer, entre los 8 y 9 años, no me perdí la oportunidad de leer ese libro (fue el primer libro teológico que leí), y guardo en mi corazón las preciosas enseñanzas que leí de aquel buenísimo libro.   Hoy, aunque no sé dónde acabó aquel libro ni recuerdo los argumentos bíblicos que presentaba, he hecho mi propio estudio al respecto de tales milagros, y lo voy a compartir con usted, esperando que no solamente tomemos nota del dato, sino que a través de tales eventos propiciados por el mismo poder de Dios, nos sirva para confirmar en nuestras vidas el glorioso beneficio de la real e histórica muerte de Jesucristo.

    Dicho en pocas palabras, me propongo presentarles que los milagros ocurridos en el Calvario mientras se ejecutaba la crucifixión de Jesús son confirmaciones de Dios mismo de que la muerte de Su Hijo satisfacía las demandas de Su justicia para que el ser humano tenga acceso a Dios mismo.   //  ¿Cuáles son esos milagros del Calvario que confirman la satisfacción de Dios y que indican acceso a Dios mismo?   //   A través de los diversos textos ofrecidos por los escritores de los evangelios, identificaremos e interpretaremos cada uno de tales milagros del Calvario.

 

El primer milagro del Calvario es:

I.- EL MILAGRO DE LAS TINIEBLAS

   El primer milagro que ocurre durante el tiempo de la crucifixión de Jesús, consiste en lo que San Mateo describe de la siguiente manera: “Desde el mediodía y hasta los tres de la tarde, toda la tierra quedó en oscuridad” (Mateo 27:45).

    San Mateo, bien pudo haber escrito específicamente que hubo un eclipse solar, sin embargo no lo dice, tampoco Marcos ni Lucas que escriben acerca del tal oscuridad (Marcos 15:33; Lucas 23:44).   Y astronómicamente no pudo haber sido un eclipse, primero porque nunca un eclipse solar ha tenido tres horas de duración, pues lo máximo conocido y extraordinariamente solo ha tenido una duración de poco más de media hora, y lo normal es solamente de uno a siete minutos; y segundo porque durante los días de celebración de la pascua en Jerusalén, el 14 del mes de Nisán (o días cercanos), era anualmente la fecha de la luna llena, cuando entre la tierra y el sol no estaba la luna sino justo en el otro extremo, es decir la tierra queda en medio entre el sol y la luna[1] y por lo tanto el sol no puede ser eclipsado.

   La gente había tenido su momento de proferir injurias, meneo de cabeza, escarnecimientos (Mateo 27:39-41), pero ahora Dios toma el control haciendo llegar al escenario de la crucifixión de Jesús, unas tinieblas extraordinarias a pleno medio día hasta media tarde.   No es de extrañarse cuando el que ha intervenido es Dios.   Tenemos que recordar otra intervención extraordinaria de Dios cuando una densa oscuridad cubrió un determinado territorio durante tres días.  ¿Recuerdan la ocasión?   En el segundo libro de Moisés leemos que “Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe.   Y extendió Moisés su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas sobre toda la tierra de Egipto, por tres días.   Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones” (Exodo 10:21-23).   Esto ocurrió durante una de las 10 plagas hacia los egipcios, como un preámbulo a la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de mano de los egipcios.  Aquí vemos a Dios como Soberano sobre las mismas leyes de la naturaleza con la finalidad de castigar a los egipcios por su opresión en contra de los israelitas.

   Muchos siglos después de haber sido liberados los israelitas, las personas pudientes trataron con injusticia a su prójimo, pero Dios quien ama al pobre, al menesteroso, al huérfano, a la viuda, etc…, les dice a través del profeta Amós, que: “Acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro” (Amós 8:9).   Cuando Jesús nace, Dios hace surgir una estrella que resplandece misteriosamente para anunciar su nacimiento (Mateo 2:2,7,9,10), pero cuando Jesús estaba a punto de morir, Dios hizo que el sol misteriosamente oculte su poderosa luminosidad dejando al Calvario en tinieblas.   Este día anunciado por Dios mismo en la época de Amós, es el que se cumple durante las tres horas de tinieblas en el Calvario y precisamente al medio día como si el sol se hubiera puesto en su horizonte, desapareciendo de su cenit dominado por las densas tinieblas que testificaban que la muerte de Jesús estaba lleno de esperanza para todo miserable pecador.

   Amados hermanos, los fariseos y los saduceos le habían pedido a Jesús que “les mostrase señal del cielo” (Mateo 16:1ss; Marcos 8:11; Lucas 11:16); y he aquí las tres horas de tinieblas durante el preciso momento de la muerte de Jesucristo.   Con ello Dios mismo estaba interviniendo para dar señal y anunciar por medio del testimonio de la naturaleza, que tras la muerte de Jesús, el pecado de la humanidad quedaba totalmente castigado en él, quedando el pecador por medio de Cristo, libre de las garras del pecado, de la condenación, del infierno, y del diablo mismo.

El segundo milagro del Calvario es:

II.- EL MILAGRO DEL ROMPIMIENTO DEL VELO DEL TEMPLO.

   El segundo de los milagros que ocurren en el Calvario, simultáneamente con las tinieblas, lo describe San Mateo de la siguiente manera: “En aquel momento el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mateo 27:51).   El asunto se pone más misterioso, como terrorífico.  De repente la oscuridad, y a unos dos kilómetros, dentro de la ciudad en el templo, durante la densa obscuridad, seguramente en un ambiente de profundo silencioso, se puede mirar y muy posiblemente escuchar el rompimiento del velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo del templo.

    El lugar santísimo era un lugar similar a un quirófano donde posiblemente se encuentra un letrero que dice: “No entrar. Solo personal autorizado”.   Los únicos autorizados para entrar son los anestesistas, los cirujanos, los enfermeros, y otro personal seleccionado para esa área.  Deben estar limpios, vestidos con ropa color verde esterilizada, máscaras protectoras y con los pies cubiertos.   De manera muy similar en el lugar Santísimo se localizaba la manifestación de la presencia santísima de Dios y no podía entrar en él cualquier persona, salvo que haya sido designado para ese fin pero previamente sometido a un fuerte protocolo de normas de santidad.   Si este hombre no cumplía tales normas de santificación, al entrar caería muerto en el interior del lugar santísimo, por lo que se tuvo que implementar el detalle de amarrar una cuerda en el pie del sumo sacerdote para ser jalado hacia afuera por si al caso caía muerto.  Este lugar santísimo era cubierto con un velo o cortina que separaba a la gente pecadora manteniéndola solamente en el lugar santo, pero durante el proceso de la muerte física de Jesús, durante el tiempo de tinieblas, el velo “se rasgó en dos, de arriba abajo” .   Era un velo con __ metros de anchura, y __ metros de altura, con un grosor de __.   Ningún humano estaba en la parte de arriba para romperla, y además, aunque hubiese alguien arriba para romperla no tendría la fuerza suficiente para ello pues su grosor era tanto que no es posible rasgarlo ni con dos elefantes.   Una vez más tenemos a Dios actuando con su poder, notificando a los sacerdotes y a la multitud de los que ofrecían sacrificios que se encontraban en el templo, que ahora hay libertad para acercarse a Dios, sin velo pero por el mérito de quien en la cruz del Calvario estaba pagando la culpa de los seres humanos.

    Amados hermanos, al romperse este velo, las Sagradas Escrituras, especialmente en la epístola a los Hebreos nos dice lo siguiente: Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne,  y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19-22).   El milagro del rompimiento del velo del templo ocurrió como un mensaje de Dios de que el sacrificio de su Hijo Jesucristo era tan eficaz y suficiente, al grado que para acercarse a Dios ya no se necesita de la mediación de un hombre ceremonialmente constituido, y que ya no hay más impedimento de parte de la justicia de Dios para acercarse a Él sino que por Su misericordia desea permitir que aquel que desea acercarse a Él, lo pueda hacer por medio del creer en Jesucristo.

El tercer milagro del Calvario es:

III.- EL MILAGRO DE LOS CLAMORES DE JESÚS A GRAN VOZ.

   El tercero de los milagros ocurridos en el Calvario es el siguiente.   Se acercaba las tres de la tarde, las tinieblas todavía imperaban manifestando que el pecado era juzgado, y ya el velo del templo se había rasgado manifestando acceso a Dios ahora solamente por medio de Jesús.   Nos narra San Mateo que Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).  Y unos instantes más, nos dice San Mateo: “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mateo 27:50).   Dos veces en los últimos momentos de su vida “clamó a gran voz”.   Gritan los guerreros, gritan los que sienten dolor, gritan los que celebran con júbilo, gritan los que están desesperados, gritan los que están enojados, pero ningún moribundo puede clamar a gran voz repetidamente cuando las fuerzas le faltan por todos lados, y menos un crucificado, pero Jesús gritó (clamó a gran voz); por eso este detalle es conocido como el tercer milagro del Calvario, el cual tampoco es carente de significado, sino que nos informa también del valor redentor de la crucifixión de Jesús.

    En su primer grito expresaba el estar sintiendo el desamparo o abandono del Padre, quien en ese momento ‘ni sus luces’ para socorrerlo pues le era necesario soportar todo el castigo divino por los pecados de la humanidad.  Dios estaba allí pero no como en el momento de su bautizo (Mateo 3:17), no como en la ocasión de su transfiguración (Mateo 17:5), cuando siempre se había escuchado una voz del cielo que decía “Este es mi Hijo amado…”.   En este momento crucial del “Hijo amado” mientras estaba recibiendo el castigo de la humanidad, no se escuchó de nuevo la amorosa voz de Dios llamándole Hijo, sino que el Hijo repetidamente desde su primera súplica en la cruz tuvo que buscarle diciéndole: “Padre, perdónalos…” (Lucas 23:34), ahora dice: “Dios mío, Dios mío” (Mateo 27:46).   En su segundo y milagroso último grito más agonizante en la cruz sigue buscando al Ser que todos necesitamos, diciéndole “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).  En él se ve reflejada nuestra necesidad de buscar a Dios antes de enfrentar el final de nuestros días.

    Amados hermanos, leí acerca de una joven esposa estaba esperando su primer hijo, cuando le diagnosticaron un cáncer. Si se sometía inmediatamente a una quimioterapia, podría detener el tumor, pero le advirtieron que, lamentablemente, perdería con seguridad la niña. Sus familiares y la presión pública le presionaban para que salvase su vida, pero ella se mantuvo firme y se negó a hacerse el tratamiento.   Después de varios días dio a luz una preciosa niña, y una semana después murió.   Pues bien, con relación a la muerte de nuestro Salvador Jesucristo, nosotros como aquella niña, nacimos gracias a los dolorosos gritos mortales que él enfrentó por nosotros.   Merece de nuestra parte toda nuestra gratitud y servicio por tan invaluable muerte redentora.

  

El cuarto milagro del Calvario es:

IV.- EL MILAGRO DEL TERREMOTO.

   El cuarto de los milagros ocurridos en el Calvario lo describe San Mateo con las siguientes palabras: “La tierra tembló, las rocas se partieron”, (Mateo 27:51b).  Este fue un temblor de tierra muy diferente a todos los terremotos habidos y por haber.  Ningún edificio fue dañado, los muros de la ciudad cercanos al Calvario permanecieron inmóviles, el templo unos pocos metros dentro de la ciudad quedó intacto, y ninguna casa sufrió derrumbamiento o resquebrajamiento.  Solamente las rocas se partieron.   Allá en el Calvario en su lado oriente  hay una hendidura de unos veinticinco centímetros de longitud y como dos metros de profundidad que la corta transversalmente, desde el s. IV, ha sido considerado como efecto del temblor de tierra producido en la muerte de Jesús[2], pero en el momento de dicho temblor no se registra por ningún historiador contemporáneo ni escritor bíblico que hubiese alguna devastación.  Es un temblor sin duda que fuerte pero milagroso, debido a que la causa de ello mismo es Dios con un objetivo confirmador y redentor muy bien definido.

    Dado que los efectos del temblor de la tierra en el Calvario y sus alrededores no fue devastador, tiene que entenderse como un temblor milagroso, y dado el contexto de que ocurre al mismo tiempo que otros milagros mientras Jesús pendía en la cruz, no queda de otra que entender que se trata de una acción de Dios.   Regresando al pasado, como 1500 años atrás en el monte Sinaí, ocurrió lo siguiente: Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento.   Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y se detuvieron al pie del monte.    Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.   El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante” (Exodo 19:16-19).   Así, cuando Dios manifiesta su presencia localizada en algún punto específico como en el Sinaí o en el Calvario, el lugar tiene que estremecerse en gran manera.   Eso fue lo que ocurrió cuando la tierra tembló.  Cuando Dios localiza la manifestación de su presencia en determinado lugar, dice el Salmo 97 que la tierra se estremece y se derrite “como cera delante de Jehová, delante del Señor de toda la tierra” (Salmo 97:4,5).  El temblor del momento justo del sufrimiento de Jesús en la cruz es la manifestación de la presencia de Dios para satisfacer su justicia en la muerte de su propio Hijo.

    Amado hermano, si la naturaleza responde adecuadamente a la presencia de Dios, ahora usted y yo que vivimos delante de él dejemos que Él domine nuestros corazones, que se derritan de gratitud y adoración ante su majestad, pues gracias a Él quien junto con la aceptación del sacrificio de su Hijo, nos aceptó también a nosotros (Efesios 1:6).

 El quinto milagro del Calvario es:

V.- EL MILAGRO DE LAS TUMBAS QUE FUERON ABIERTAS

   El quinto de los milagros ocurrido en el Calvario mientras se perpetraba la crucifixión y muerte de nuestro Salvador y Señor Jesucristo, y que se manifiesta junto con el temblor de la tierra y el partimiento de las rocas, nos lo relata San Mateo diciendo: “Y los sepulcros se abrieron” (Mateo 27:52).    En este caso también podemos notar lo milagroso, porque como ya dije antes, el terremoto y la fuerza que partió las rocas no tuvo ningún efecto devastador más que abrir sepulcros.   La mayor parte de las tumbas eran un hoyo cavado en una roca, tapado con una gran piedra y un poco de tierra encima. El temblor de tierra produjo un espectáculo espeluznante y macabro al quedar las tumbas abiertas.

    Para entender el sentido milagroso de esta apertura de sepulcros, y entender que Dios estaba de por medio ejecutando sus designios en ese momento en el Calvario, tenemos que leer Ezequiel 37 donde escuchamos a Dios mismo decirle a su pueblo: “Yo voy a abrir vuestros sepulcros, os voy a sacar de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os voy a llevar a la tierra de Israel” (Ezequiel 37:12).  El sentido de estas palabras era que el pueblo cautivo en países paganos sería conducido de regreso a la tierra de Israel.  Sin embargo, San Mateo menciona este dato dando a entender que así como Dios prometió actuar a favor de su pueblo durante el exilio, es ese Dios mismo que estaba abriendo los sepulcros de la gente de su pueblo para demostrar que la muerte de su Hijo Jesucristo es la esperanza para su pueblo escogido.   El partimiento de las rocas fue una evidencia de la fuerza de la naturaleza y no había una profecía que indicara tal portento, en cambio la apertura de los sepulcros era un hecho profetizado desde Ezequiel y no fue necesaria la fuerza de la naturaleza sino con el solo designio específico de Dios fueron abiertos milagrosamente los sepulcros y solamente ellos sin afectar otro tipo de estructuras.

    Amados hermanos, esta acción divina nos recuerda que el sacrificio de Jesús tiene efecto aún después de la muerte de un ser humano que pertenece al pueblo de Dios.  Sus tumbas pueden ser abiertos por el poder de Dios para el día de la resurrección gloriosa, incluso tendrá que abrirse aunque sea para la resurrección vergonzosa para deshonra.   En un ocasión un ateo antes de morir pidió que su tumba fuese sellada toda con acero, por si acaso un día ocurriera la resurrección, él no quería ser parte de ella, sin embargo un día una semilla cayó junto a la tumba, germinó comenzó a crecer un arbusto, el arbusto se fue haciendo un árbol, hasta que un día el efecto del crecimiento del tallo y las raíces fue debilitando la estructura de acero y por fin la tumba se abrió.  Si solamente la naturaleza puede abrir la tumba mas herméticamente sellada, cuánto más el poder de Dios en una tumba común.  No es nada imposible.  En Dios tenemos esperanza, amados hermanos.

 El sexto milagro del Calvario es:

VI.- EL MILAGRO DE LA RESURRECCIÓN DE LOS SANTOS FALLECIDOS

   El sexto de los milagros ocurridos en el Calvario, entre la hora sexta y nona del día mientras Jesús estaba en la cruz, nos lo narra San Mateo diciendo: “…y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;  y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mateo 27:52b-53).   Esto sí que es un verdadero milagro y extraordinario.  Cosa nunca antes visto, más que en aquella ocasión cuando Eliseo resucita a un niño (2 Reyes 4:32-35), cuando Jesús resucita a una muchacha (Marco 5:38-42), y a Lázaro (Juan 11:38-44), pero una resurrección masiva es verdaderamente más milagrosa.   El punto que aquí quiero resaltar es que “se levantaron” de los sepulcros.   Eso quiere decir que volvieron a la vida cuando Jesús estaba muriendo en la cruz.  Eso indica que la muerte de Jesús es poderosa para dar vida.   No voy a hablar de las razones por las que no salieron de sus sepulcros sino hasta después de la resurrección, ni de la entrada de ellos a la ciudad de Jerusalén, ni de la aparición que hicieron a mucha gente.  Solamente hablaré del milagro de volver a vivir.

    Daniel es el primer profeta que habla de la resurrección de los creyentes en el futuro que sería al final de los tiempos.  Su mensaje estaba dirigido a los judíos que han perecido como mártires por diversas razones y se preguntaban qué sería de ellos.  Por lo que la respuesta divina a través del profeta fue: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2).   Es interesante notar que la descripción de Mateo coincide con la profecía de Daniel por lo menos en tres puntos.  Los cuerpos que se levantaron fueron “muchos” lo mismo que dice la profecía del tiempo del fin.  Los cuerpos de los santos dice Mateo que “habían dormido” lo mismo que dice Daniel “que duermen en el polvo de la tierra”.  Mateo dice que “se levantaron” de su sueño, lo mismo que dice Daniel de que “serán despertados”, pero lo que quiero resaltar es que quien haría eso al final de los tiempo es Dios.

    Amados hermanos, lo que San Mateo nos comunica con su relato de los muertos que se levantaron, es que quien fue la causa de ese levantamiento de los muertos ocurrido en el Calvario es nada menos que la obra de Dios mismo, quien da vida al que quiere porque su Hijo lo ganó para ellos.  No eran cualquier persona del montón que fueron levantados sino “de santos que habían dormido”, es decir, de aquellos que sin haberle visto ni conocido pusieron su esperanza en el prometido de Dios, cosa que ahora esperamos también en el día final los creyentes que hemos confiado en él para la salvación.  El apóstol Pablo a los Romanos se los enseña de esta manera: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11).

  CONCLUSIÓN: Amados hermanos, que quede claro que con este mensaje tuve el objetivo de proclamar que durante la muerte de Jesucristo en la cruz del Calvario, Dios no estaba inactivo.  Él estaba actuando para satisfacer su justicia en su Hijo Jesucristo castigando en él el pecado de la humanidad, usando a la totalidad de la naturaleza para comunicar que estaba satisfecho, y que aceptaba el acceso del pecador a su santísima presencia celestial por medio de su Hijo, y que para comprobar su propósito eterno demuestra a la humanidad que Él es poderoso para que instantáneamente pueda dar vida a todos aquellos que mantuvieron sus vidas a consagradas a Él.   ¡Vale la pena vivir creyendo y sirviendo a Jesucristo!.


[1] Ver artículo: Eclipse de crucifixión, http://es.wikipedia.org/wiki/Eclipse_de_crucifixi%C3%B3n

[2] FLORENTINO DÍEZ, Guía de Tierra Santa. Historia, arqueología y Biblia. Editorial Verbo Divino-Affinsa, Estella (Navarra), 1993, pág. 158.

   

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