DIOS CON NOSOTROS, Por: Diego Teh.

Diosconnosotros

DIOS CON NOSOTROS

Mateo 1:18-25 (v. 23).

 Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Ebenezer” de la col. San José Tecoh, de Mérida, Yuc; el miércoles 24 de Diciembre del 2014, a las 21:00 horas (Noche buena).

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   INTRODUCCIÓN: Aproximadamente 700 años antes del nacimiento de Jesús, Dios, por medio de varios profetas, entre ellos Isaías, comunicó a los israelitas y judíos que si ellos y sus gobernantes persistían en desobedecerle, muy pronto Él los castigaría siendo llevados en cautividad hacia países lejanos donde prácticamente él no los acompañaría como había estado con ellos en su propia tierra, pero les anuncia también que después de los años de cautividad, He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14).  Esta promesa no se cumplió inmediatamente sino que tuvo su cumplimiento hasta el nacimiento de Jesús.   En la narración acerca del anuncio que el ángel hizo a José diciéndole que su novia estaba embarazada sobrenaturalmente del Espíritu Santo, y que tendría un hijo a quien le pondría por nombre Jesús, San Mateo explica que “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:  /  He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mateo 1:22,23).   De esta manera, entendemos que Jesús es el Emanuel profetizado.  En otras palabras el Jesús Hijo del Espíritu Santo que hoy recordamos su nacimiento, no es sino “Dios con nosotros”.

    Esta tarde, hace unos momentos, tuve la oportunidad de visitar a una hermana en el hospital Juárez, quien se encuentra en una etapa de cáncer terminal.  Su familia me informó que ella deseaba la visita de un pastor, por lo que no dudé en ir a visitarla.   Pude ver en su rostro la alegría que tenía por mi presencia, pero aproveché la ocasión para compartirle acerca de los beneficios que la presencia de Dios ha estado realizando en la vida de ella.   Pero si una persona puede alegrarse por la presencia de otra persona igualmente humana, cuánto más debemos alegrarnos por la presencia de Dios con nosotros.

    En el mensaje que hoy tuve el privilegio de estudiar y que voy a compartirles en esta noche, consiste en la enseñanza de que Dios tuvo razones suficientes para enviar a Jesús y de esta manera ser él la presencia de Dios con nosotros.  /  ¿Cuáles fueron las razones de Dios para hacer nacer a su Hijo Jesús como Dios con nosotros?  /  A través de este mensaje voy a compartirles algunas de las razones que son bíblicas y que ocurrieron en la historia de la humanidad, y que nos ayudarán a entender por qué Jesús fue desde su nacimiento, Dios con nosotros.

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    La primera razón de Dios por la que quiso que su Hijo fuese la manifestación de su presencia, y ser él “Dios con nosotros”, es:

I.- PORQUE NO QUIERE MÁS SEPARACIÓN CON EL PECADOR.

   Creo que todos estamos relacionados con la historia bíblica de la desobediencia tanto de Eva como de Adán, quienes comieron de un fruto que no debieron comer.  Eso fue suficiente para que Dios pusiera en funcionamiento sus facultades divinas de la justicia y la santidad.   En seguida emitió con toda justicia, sentencias en contra de la tierra misma, del hombre y la mujer, así como a la serpiente antigua que los tentó para desobedecer.   Pero Dios no es solamente perfectísimamente justo, sino también perfectísimamente santo, por lo que el hombre y la mujer desobedientes, infractores y pecadores, no podían estar más delante de la manifestación de su presencia en el huerto del Edén, por lo que mientras Dios quiso permanecer la manifestación de su presencia en el Edén, tuvo que sacar de allí tanto a Adán como a Eva, para que la santidad de Dios mismo no acabara con la vida de aquellos dos miserables pecadores.   Dice la Escritura que Dios: Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Génesis 3:24), pero, no solamente por el árbol de la vida, sino por la santísima presencia de Dios que no puede quedar pasiva ante la presencia de pecado pues la debería destruir junto con el mismo pecador, pues Dios todavía mantenía la manifestación de su santísima presencia en aquel lugar.  En otras palabras, el pecado de Adán y Eva causaron la separación del ser humano de la misma presencia de Dios.

    Pero cuando Dios anuncia el extraordinario nacimiento virginal de un niño a quien proféticamente le llamó “Emanuel”, con tal nombre lo que Dios estaba comunicando con el significado de tal nombre, era que aunque con todo derecho echó al hombre de la presencia de su santidad, en realidad Él estaba anunciando su propia humillación para hacerse como uno de nosotros sin dejar de ser Dios y así estar “con nosotros” como uno de nosotros.  Pero aunque se fue, como Emanuel “Dios con nosotros”, dijo: “vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3).  Ya no quiere más separación.

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    La segunda razón de Dios por la que quiso que su Hijo fuese la manifestación de su presencia, y ser él “Dios con nosotros”, es:

II.- PORQUE NO QUIERE MÁS ALEJAMIENTO DEL PECADOR.

   Luego de que Adán y Eva fueron echados del Edén, la vida siguió su curso, mientras ellos se dedicaron a trabajar la tierra, y también a tener y criar a sus propios hijos.  Mientras tanto, Dios siguió por más tiempo manifestando su presencia en el Edén.  También conocemos la historia de Caín quien injustamente mató a su hermano Abel, situación también por la que Caín no quedó libre de una justa sentencia de parte de la justicia de Dios, siendo también echado fuera más allá de los alrededores del Edén donde vivieron sus padres Adán y Eva.  Dios lo sentenció a ser “errante y extranjero” (Génesis 4:12), un grande castigo.   Así que un día Caín abandonó los alrededores del Edén, y se nos dice que “Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó tierra de Nod, al oriente de Edén” (Génesis 4:16).  Eso nos asegura que la manifestación de la presencia de Jehová todavía estaba localizada en el Edén, pues es claro que Caín salió “de delante de Jehová”.  En otras palabras su propio pecado y su propia maldad lo condenaron a alejarse primeramente de Dios así como también de la cercanía y comunión de sus padres y demás hermanos.

    En respuesta a la sentencia bien merecida que Dios le dio a Caín, este le dijo a Dios: “…de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra” (Génesis 4:14).  Si sus padres solamente pretendieron esconderse de Dios en el Edén, este no solamente decidió hacer lo mismo, sino que cada vez más se estaría alejando localmente de la presencia manifestada de Dios en el Edén.   Desde entonces, la vida de todo ser humano se ha convertido en un auténtico alejamiento de su presencia no localizada en el Edén, sino de la santísima presencia de Dios pero en el sentido de que el pecado presente en la vida humana es una constante causa de intentar o lograr alejarnos de Dios.   Pero la buena noticia que tenemos es que cuando más nos alejamos, es cuando Él quiso venir en la persona de Jesús, a ser el Emanuel, “Dios con nosotros”, viniendo de esta manera no solamente a estar “con nosotros” sino a “buscarnos” tal como un pastor busca a sus ovejas, y tal como en una ocasión dijo Jesús: “Porque el Hijo del Hombre, vino a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).  Y éramos nosotros los que andábamos perdidos alejados de su presencia por el pecado, pero ahora “Dios con nosotros” nos encontró y salvó.  Gracias a Dios por estar con nosotros.

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   La tercera razón de Dios por la que quiso que su Hijo fuese la manifestación de su presencia, y ser él “Dios con nosotros”, es:

III.- PORQUE NO QUIERE MÁS LA MUERTE DEL PECADOR.

   La ocasión cuando Dios descendió y manifestó su presencia en el monte Sinaí donde habló a los israelitas para darles personalmente los conocidos Diez Mandamientos, nos narra el profeta Moisés que “Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos.  /  Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” (Exodo 20:18,19).  De aquí podemos observar que solamente oír a Dios, puede ser suficiente para que cualquier persona humana pecadora terminara muerta ante la majestuosa santidad de Dios, por lo que la gente tenía razón de pedir que “no hable Dios con nosotros”.   Desde aquel entonces, Dios siguió revelando su voluntad por mediación de sus profetas con tal de que el ser humano no esté ante la santísima presencia de Dios y muera.  En esta decisión de Dios podemos observar que es ciertísimo que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que viva para tener la oportunidad y privilegio de obedecerle.

   Después de aquel evento divino pero mortal en el Sinaí, Dios ordenó la construcción de un tabernáculo (una especie de templo cercado con cortinas desarmables) que funcionó desde la época de Moisés hasta la época de Salomón, por un aproximado de 500 años.  Luego Dios aceptó la construcción de un templo fijo que se estableció en la ciudad de Jerusalén, y que funcionó por otros aproximadamente 400 años.   Tanto el tabernáculo como el templo eran algo así como el diseño de los templos de la actualidad, que contenían un espacio llamado lugar santísimo, como la plataforma que tenemos en nuestros templos actuales donde nos subimos a dirigir el culto y predicar la palabra de Dios, y donde había un mueble llamado “arca del pacto”.  En aquel espacio Dios manifestaba su presencia mediante una pequeña nube que emanaba una luz potentísima sobre el lugar santísimo, dando a entender de esta manera que Él estaba con Su pueblo.   Delante de ese lugar santísimo estaba el lugar santo donde ministraban los sacerdotes que ofrecían a Dios los sacrificios del pueblo, porque el pueblo no podía entrar donde se localizaba la santísima manifestación de la presencia de Dios, porque si alguien osaba entrar a aquel lugar porque piensa que tendrá una mejor o más cercana comunión con Dios, entonces tal persona caía muerta inmediatamente.  En aquel lugar, Dios solamente permitía que un sumo sacerdote entrara, pero incluso una sola vez cada año, y bajo estrictas normas de santidad y limpieza del cuerpo y vestiduras, porque si no, el mismo sumo sacerdote caía muerto.   Pero en el momento cuando Jesús agonizaba en la cruz, el velo de aquel templo, se rasgó en dos, y desde ese momento, entrar en aquel lugar santísimo ya no era mortal, lo cual dejaba a todo pecador el claro mensaje que Dios no quiere la muerte del pecador.   Esa es la razón por la que Dios vino en Jesús para ser “Dios con nosotros”, sin que su presencia nos cause la muerte, sino al contrario, nos proporcione la vida que es más allá de solo la existencia.

   Otro detalle que indica que acercarse a Dios es mortal, es lo ocurrido en una ocasión cuando en la época de David hubo necesidad de trasladar el arca del pacto desde un pueblo llamado Baala que estaba en casa de un tal Abinadab.  Cuando lo llevaban con destino a Jerusalén por dos responsables de su traslado Uza y Ahío hijos del mismo Abinadad, se nos relata que “Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; […].  /  Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios” (2 Samuel 6:6,7).  Aquel arca solamente era una representación de la presencia localizada de Dios, que se entendía como el lugar donde Dios mora, pero en realidad Dios no habita en casas hechas por humanos, y mucho menos en una cajita de menos de un metro cúbico de volumen; sin embargo, Dios había querido que con ese mueble cubierto por la santidad de la sola manifestación de la presencia de Dios (no porque tal mueble fuera Dios, ni porque allí estuviera contenido Dios), la gente supiera que Dios estaba con su pueblo, pero que por causa de la misma naturaleza pecaminosa del hombre, de ninguna manera este podía acercarse ni siquiera a un objeto que solamente identificara que Dios estaba presente, por lo que el hombre no puede de ninguna manera convivir con la presencia de Dios por el peligro que Dios representa para la vida humana.   Pero cuando Dios se manifiesta por medio de Jesús, siendo así “Dios con nosotros”, se puede ver su gracia que evidencia que ya no quiere más la muerte del pecador, sino que de una forma más cercana e identificadamente humana (sin dejar por ello de ser Dios) nace y vive con nosotros para darnos vida.

    Por eso, amados hermanos, el nacimiento de Jesús fue y sigue siendo muy valioso porque es la manifestación de la presencia de “Dios con nosotros”.  Por medio de Jesús, Dios nos trajo a los seres humanos pecadores la revelación de su palabra llena de gracia y de verdad, y no de muerte.  El día de hoy, sus palabras las tenemos consignadas en los evangelios.  Usted y yo podemos conocer su mensaje de salvación, y usted no estará en peligro de muerte como en el monte Sinaí, sino al contrario, en Jesús se halla la vida, pues el mismo dijo: “…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10b).  Dios no quiere más la muerte del pecador, porque Jesús ya murió por nosotros.

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   La cuarta razón de Dios por la que quiso que su Hijo fuese la manifestación de su presencia, y ser él “Dios con nosotros”, es:

IV.- PORQUE NO QUIERE MÁS CASTIGO PARA EL PECADOR.

   Como es conocido en toda la historia del Antiguo Testamento, Dios no escogió cualquier ciudad del mundo para manifestar su presencia, sino que escogió a la ciudad de Jerusalén para hacer las manifestaciones que revelaban su presencia en medio de su pueblo escogido.   Pero cuando Dios determinó que su pueblo escogido ya no debería estar más donde él manifestaba morar, sino que usando a imperios como el Asirio y luego al Babilonio, hizo que se llevaran a toda la gente principal hacia aquellos imperios, a otras ciudades lejanas de donde Él moraba.   Eso significaba que Dios ya no estaría en medio de su pueblo, sino que su pueblo quedaba castigado por causa de sus abundantes pecados en contra de Dios.   Es por eso que estando en aquellos lugares lejanos, hombres como Daniel se nos dice que allá en Babilonia “…abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (Daniel 6:10).  ¿Por qué oraba en posición hacia las ventanas que tenían orientación hacia Jerusalén?   Porque consideraban que allí moraba Dios, y no fuera de aquella ciudad santa.  Así que estar en el exilio, significaba que aunque Dios estaba pendiente de ellos, propiamente Dios ya no estaba morando en medio de ellos.  ¡Qué terrible realidad!

    Cuando leemos el salmo 137, podemos sentir la angustia de la gente que sabía que la manifestación de la presencia de Dios no moraba en medio de ellos, y entonces anhelaban el lugar escogido donde Dios manifestaba su presencia.  Los que vivieron tal experiencia en Babilonia, posteriormente testificaron lo siguiente: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sion.  /  Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas.  /  Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: Cantadnos algunos de los cánticos de Sion.  /  ¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?” (Salmo 137:1-4).  Eso era cierto, pues no podían cantar que Jehová estaba en medio de ellos, si estaban a aproximadamente mil quinientos kilómetros de distancia de la ciudad santa que Él había escogido como su morada o su trono, como a cinco meses enteros de viaje a pie[1].  Durante los últimos cinco siglos después del regreso de los cautivos a Jerusalén, ya la manifestación de la presencia de Dios no fue la misma, porque ya no estaba la nube de la gloria de Dios, el arca del pacto desde entonces como hasta el día de hoy nunca más a aparecido aunque se cree pudiera estar en algún lugar de Etiopía.

    Por eso mis amados hermanos, los israelitas y judíos que entendieron que el nacimiento de Jesús fue el nacimiento del Emanuel profetizado, o sea que primeramente para ellos era de nuevo la presencia de “Dios con nosotros”, debió tener un gran significado, pues significaba que Dios ha levantado el castigo que había sido impuesto a ellos como pueblo de Dios.  Significaba que Dios ya no quería más el castigo del pecador, pues a cambio, refiriéndose a Jesús el Divino Emanuel, dijo proféticamente el profeta Isaías que “el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).  ¡Qué buena noticia es también para nosotros el nacimiento de Jesús!

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos/oyentes que hoy nos reunimos durante esta noche buena, con este mensaje debió quedarnos claro que el nacimiento de Jesús hace veintiun siglos atrás, no solamente recordamos que fue Dios mismo el que vino a nacer para estar con nosotros, sino que su presencia tiene significados muy valiosos que hoy más que nunca debemos valorar.  Su presencia entre nosotros los seres humanos mortales vino a significar que Dios ya no quiere la separación del pecador, que ya no quiere el alejamiento del pecador, que ya no quiere la muerte del pecador, y que ya no quiere el castigo del pecador.  En su nacimiento e identificación con nuestra naturaleza humana, nos damos cuenta una vez más que Dios quiso manifestar su gracia a nuestro favor para que ahora podamos recibir el perdón, la vida, su comunión y su grato acompañamiento.

    En este momento, le invito a que usted acepte de todo corazón la presencia de Jesús no en aquel pesebre, no en aquel tabernáculo, templo, arca del pacto, ni en aquella ciudad histórica de Jerusalén, sino en lo más profundo de su corazón, pidiéndole que Jesús le conceda la salvación y la vida eterna que vino a traernos gratuitamente a los pecadores.

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[1] Por Esdras 7:9 sabemos que el viaje podía durar hasta cinco meses, un aproximado de 150 días.

   

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