ACTITUDES ADECUADAS ANTE LA REALIDAD DE LA RESURRECIÓN DE JESÚS, Por: Diego Teh.

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ACTITUDES ADECUADAS ANTE LA REALIDAD DE LA RESURRECIÓN DE JESÚS

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Varios textos.

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Predicado por primera vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la congregación “Luz de Vida” de la colonia Bojorquez, de Mérida, Yucatán; el día domingo 12 de Abril del 2015, a las 18:00 horas.

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   INTRODUCCIÓN: Creer en la resurrección de Jesús fue algo difícil incluso para sus discípulos a pesar de que fueron instruidos en las doctrinas fundamentales del reino de Dios.  Dos de ellos, a quienes Jesús encontró camino hacia una pequeña aldea llamada Emaús, sin darse cuenta que platicaban con Jesús mismo en el camino, le dijeron: “también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro;  /  y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive.  /  Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron” (Lucas 24:22-24).

   Las mujeres a las que se refirió Cleofas fueron María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé (Marcos 16:1ss), pues ellas también tuvieron dificultades para creer que Jesús resucitaría, pues el primer día de la semana, muy de mañana cuando ya hubo salido el sol, mientras iban al sepulcro de Jesús, fueron con la idea de ungirle con especies aromáticas que habían comprado (Marcos 16:1), e iban preguntándose “¿quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” (Marcos 16:3).  Todo eso lo hicieron porque realmente no estuvieron seguras de que Jesús resucitaría.

   Tomás, otro de los discípulos, determinantemente manifestó que no creía en la resurrección, a menos que tuviera pruebas de ello.   Lo bueno es que estaba tan seguro de que Jesús había muerto, por lo que condicionó ante los demás discípulos que Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).

   A todos ellos, no les fue fácil creer en la resurrección.  Eso dejó al descubierto una serie de actitudes inadecuadas que venían arrastrando tiempo atrás, o que se generó en ellos por su misma increencia en la resurrección.  Sobre estas actitudes inadecuadas ya he predicado cuatro de ellas en un sermón anterior que intitulé como ACTITUDES ADECUADAS ANTE LA REALIDAD DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS, por lo que en esta ocasión ya no hablaré más de las actitudes inadecuadas, sino que me enfocaré en exponer las actitudes adecuadas que también hubieron y que se pueden observar en los discípulos Cleofás y su compañero de viaje a Emaús, en el mismo grupo de los diez apóstoles, así como en el mismo apóstol Tomás al comprobar que Jesús estaba vivo otra vez.   /  ¿Cuáles fueron entonces las actitudes adecuadas que ellos tuvieron y que también debemos tener hacia Jesús tras haber resucitado?  /  En este mensaje, me propongo compartirles tres de tales actitudes adecuadas.

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   La primera actitud adecuada que debemos tener hacia Jesús resucitado, es:

I.- ANHELAR SU COMPAÑÍA.

   Sin que ellos se dieran cuenta de que era Jesús quien platicaba con ellos, Jesús les habló acerca del Jesús que fue crucificado (o sea, del él mismo), pero con fundamento en lo que ahora conocemos como los libros del Antiguo Testamento, libros que fueron escritos por Moisés, y luego por otros profetas.  Aquellos dos caminantes a Emaús (Cleofas y otro discípulo), luego de escuchar de aquel “desconocido” una explicación magistral o doctoral acerca de Jesús comenzando desde el primer libro de la Ley hasta el último libro de los profetas, se dieron cuenta por lo menos que no estaban caminando junto a cualquier persona ordinaria, entonces nos relata San Lucas que: “Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos” (Lucas 24:29).  Qué satisfacción saber que estaban con una persona extraordinaria, que sin embargo no era solamente una persona extraordinaria sino que era el mismísimo Hijo de Dios, aunque todavía no se daban cuenta.  Había algo en este sublime desconocido que les hizo arder el corazón mientras les hablaba con las Sagradas Escrituras.  Compartieron una cena más con él, donde el todavía desconocido “…tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio.  /  Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él desapareció de su vista” (Lucas 24:30,31).  Era Jesús, de quien anhelaron su divina compañía.

   Amados hermanos, en la vida presente debemos desear de la compañía de Jesús, deseando que él tome como morada nuestro corazón, y para la eternidad, debemos pensar como el apóstol Pablo le escribió a los Filipenses diciéndoles: “…para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.  /  Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.  /  Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor;  /  pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros” (Filipenses 1:21-24).  No es que el apóstol Pablo ya no quería vivir más sino que estaba comparando que tanto vivo en la tierra como muerto para la tierra pero vivo con Dios, ambas cosas tienen su propio valor, importancia, y momento; pero afirma que “estar con Cristo, […] es muchísimo mejor”.   Si usted cree que Jesús resucitó, en consecuencia debe usted anhelar de su divina compañía.

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   La segunda actitud adecuada que debemos tener hacia Jesús resucitado, es:

II.- TESTIFICAR SU RESURRECCIÓN.

   La noche cuando Jesús se apareció por primera vez a sus discípulos, juntos vivieron una experiencia extraordinaria en el que fueron bendecidos personalmente por Jesús.  Cuando se lo hicieron saber a Tomás quien no se encontraba en el momento que se presentó Jesús, dice San Juan que los demás apóstoles le dijeron que: “Al Señor hemos visto” (Juan 20:25).  ¡Qué descubrimiento más sublime de estos hombres!.  No fueron testigos presenciales del glorioso momento de su resurrección, pero tuvieron la bendición de mirarle ya resucitado.  Es muy probable que había algo especial y glorioso en el cuerpo resucitado de Jesús que tenía la propiedad de no ser identificado como era antes de su muerte, pues ni aquellos caminantes a Emaús reconocieron ni su rostro ni su voz, sino hasta mucho tiempo después de estar conviviendo con él.  Creo que hubo personas del público en general así como de los mismos que le siguieron alguna vez, que no le pudieron reconocer después de su resurrección, y no podían decir que le habían visto, pero para quienes le vieron fue una experiencia que no pudieron guardarse en el silencio, sino que inmediatamente lo contaban.  Marcos, nos dice que María Magdalena quien fue la primera en ver a Jesús resucitado, inmediatamente “lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando” (Marcos 16:10), aunque la reacción fue negativa, pues “ellos cuando oyeron que vivía, y que ha sido visto por ella, no le creyeron” (Marcos 16:11).  El mismo Marcos también dice que cuando aquellos caminantes a Emaús, Cleofas y otro discípulo reconocieron que Jesús había estado con ellos, “Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aún a ellos creyeron” (Marcos 11:13).  Pero, ahora que casi todos los apóstoles le vieron cuando se presentó en aquel aposento donde estaban reunidos, ya seguros de que era él quien había resucitado, no se quedan callados sino que van inmediatamente a decírselo a Tomás.

   Amados hermanos, la resurrección de Jesús es de mucha importancia para la iglesia debido a que desde la resurrección, primero los apóstoles así como hombres y mujeres piadosas que fueron discipulados por Jesús, comenzaron a reunirse cada primer día de la semana.  Luego, los que iban creyendo, siguieron reuniéndose cada primer día de la semana, proclamando con esta acción que creían que Jesús tras haber muerto por los pecados de los elegidos de Dios, resucitó de entre los muertos.  Así que desde entonces, la evidencia de que una persona cree que Jesús vive, separa el primer día de la semana para reunirse con otros creyentes, para proclamar a un Cristo vivo, e invitar a quienes no creen ni en su muerte expiatoria ni en su resurrección gloriosa, a que crean en él para que reciban también vida eterna.  Mis amados hermanos, testifiquemos por medio de nuestra asistencia a las reuniones de adoración de la iglesia, así como por medio de nuestras palabras, que Cristo vive para salvar de la condenación eterna a los pecadores que procedan al arrepentimiento.

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   La tercera actitud adecuada que debemos tener hacia Jesús resucitado, es:

III.- ADORAR SU DIVINIDAD.

   Finalmente, cuando Tomás en una segunda ocasión que Jesús se presenta ante sus discípulos, y comprueba que Jesús realmente ha resucitado, exclama las mejores palabras que pudieron haber salido de su boca: “¡Señor mío y Dios mío!” (Juan 20:28).  Estas palabras, no fueron palabras de sorpresa, ni de emoción, sino de una adoración que verdaderamente sale de un corazón convencido de que Jesús es el Hijo de Dios.  Estoy seguro que Tomás experimentó un crecimiento espiritual en ese y a partir de ese momento, pues es probable que antes solamente llamaba a Jesús como Maestro, pero ahora le estaba reconociendo con palabras más solemnes y sagradas.  Estaba reconociendo que no era un simple humano nada más, ni que fuera tampoco un simple señor, sino que era el Señor mismo, o sea el Dios único, vivo y verdadero, que tiene el control de todo como la propia vida.  En consecuencia también le dice “Dios”, reconociendo que Jesús no era solamente hombre sino también Dios al mismo tiempo, quien merece como lo hizo Tomás en ese momento, ser adorado como Divino y humano.

   Amados hermanos, el apóstol Pablo le explicó a los Filipenses que a Jesús “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,  /  para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;  /  y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).  Estas palabras apostólicas nos dejan bien claro que es la voluntad de Dios que todo ser humano doble sus rodillas ante Jesús reconociendo que él es el Señor que debe ser confesado y adorado.  Jesús es el Señor de la creación, es el Señor de la iglesia, y es el Señor de cada creyente en particular.  Doblemos nuestra rodilla cada día delante de él.  Como dice la revelación escrita por el apóstol Juan, “…El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5:12), “…por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 7:12).  Hoy, como cada día debemos adorar a Jesús como el Divino Salvador de nuestras almas.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, no hay nada mejor que anhelar la compañía divina de nuestro Salvador, testificar que él vive, y adorarle porque él es el Señor y Dios.  Debemos decirle a Jesús como el salmista Asaf le dijera a Dios siglos antes: ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmo 73:25).  Jesús es lo máximo que todos podemos desear que esté en nuestras vidas.  Debemos estar testificando que Jesús murió para pagar nuestros pecados y que resucitó como testimonio de que Dios aceptó como suficiente y eficaz el pago realizado, y deberíamos  como Job, testificar “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25), aunque nuestros ojos físicos no pueden mirar ahora a nuestro Salvador quien murió pero resucitó.  Debemos adorar a tiempo completo a Jesús quien es digno de recibir la adoración de todos aquellos quienes hemos recibido los sublimes beneficios por haber él muerto en la cruz, y por haber resucitado para ser exaltado no solamente por su Padre, sino también por cada uno de nosotros.

   

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