ACUÉRDATE DE LOS POBRES, Por: Diego Teh.

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ACUÉRDATE DE LOS POBRES

Deuteronomio 15:1-11; 1 Juan 3:11-18

Predicado por 1a vez por el Pbro. Diego Teh Reyes, en la cong. “Roca de la Eternidad” de la col. Díaz Ordaz, de Mérida, Yuc; el día dom. 21/Jun/2015, a las 18:00 horas, como 3er sermón de la serie DIEZMA CON FIDELIDAD.

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   INTRODUCCIÓN: El mensaje de este momento no tiene que ver directamente con la serie DIEZMA CON FIDELIDAD que se ha estado enfatizando en las predicaciones anteriores de esta serie, pero sí está estrechamente relacionado con la administración del dinero y demás bienes que obtenemos como resultado del trabajo, que en el temor de Dios debemos ocupar para servir o ayudar a los que son verdaderamente pobres.

   Eliezer Wiesel, un escritor húngaro de nacionalidad rumana superviviente de los campos de concentración nazis, en su libro intitulado Celebración Jasídica, relata que “en una ocasión un hombre muy rico alardeó ante el rabino Dov-Ver de Mezeritch de la vida austera que llevaba. Tras escucharle durante un tiempo, el rabino le interrumpió.  -¿Qué comes?  El rico respondió: -Apenas un poco de pan duro y algo de agua.  -Eso está muy mal -dijo con severidad el rabino-. Te ordeno que comas pasteles y bebas vino.   Su interlocutor, confundido, no podía dar crédito a lo que oía. Finalmente se atrevió a preguntar: -Pero, ¿por qué?   Entonces, el rabino le explicó: -Si tú, siendo rico, te conformas con tan poco, se endurecerá tu corazón y acabarás creyendo que los pobres se alimentan de piedras. En cambio, si sigues mi consejo recordarás que al menos debes darles pan”[1].   Lo que suele suceder con nosotros, no es que seamos duros para gastar en nuestra comida como el rico de la historia de Wiesel, sino al contrario, por lo general solo pensamos en alimentarnos a nosotros mismos hasta más de tres veces al día, sin que pase por nuestro memoria que hay personas a quienes nosotros de manera personal deberíamos darles por lo menos un bocado de pan, y si fuere posible algo más que eso.

   El texto 1 Juan 3:11-18, que utilizamos como fundamento del mensaje de esta ocasión, es un mensaje universal para toda iglesia local, y para todo creyente de manera individual, indicándonos que por el amor de Dios que nos ha sido dado por medio de Jesús, debemos ser parte voluntaria en solventar las necesidades básicas de nuestros hermanos que viven en situación de pobreza.  /  ¿Qué es lo que debemos tomar en cuenta para ser parte voluntaria en solventar las necesidades básicas de nuestros hermanos que viven en situación de pobreza?  /  Observemos en el texto bíblico cuáles son las consideraciones que cada creyente debemos tener en cuenta.

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   La primera consideración que cada creyente debe tener en cuenta para ser voluntariamente partícipe en solventar las necesidades básicas de los que son nuestros hermanos en la fe, es que:

I.- ES UN DEBER EL AMAR A LOS QUE SON NUESTROS HERMANOS.

   Los apóstoles que anduvieron con Jesús guardaron en su corazón y memoria muchas enseñanzas fundamentales que escucharon de él, las cuales continuaron enseñando a los nuevos creyentes que surgían por todas partes.  En el texto que ahora estamos explorando, vemos que el apóstol Juan enfatiza una de las enseñanzas muy relevantes del ministerio de Jesús, cuando dice: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros” (1 Juan 3:11; cf. Juan 15:12,17).  Y luego agrega un recordatorio de lo que sucedió con un mal hermano de sangre en el pasado, de quien dice:  No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Juan 3:12).  Con este caso, el apóstol Juan concientiza a todo discípulo de Jesucristo que ninguna persona debe actuar mal en contra de su prójimo y con mayor razón si se trata de su hermano.  La razón que él explica acerca de la mala actitud de Caín que llegó al grado de matar a su propio hermano, fue porque él “era del maligno”, pero con ello está argumentando que los que somos creyentes en Jesucristo ya no somos del maligno, por lo que tenemos la responsabilidad y la capacidad de tratar con amor a toda persona, y de manera particular a los que pertenecemos a la hermandad en la fe en Jesucristo.  Este deber de amarse unos a otros, incluye tener en cuenta a nuestros hermanos que viven en una situación de pobreza.

   Desde que Dios constituyó a su pueblo en una nación autónoma y soberana, libre de la esclavitud en manos de los egipcios, les estableció por mandamiento la mejor manera de tratar a los pobres.  Basta con leer por lo menos Deuteronomio 15, para ver que Dios se preocupa por los pobres, responsabilizando a los más pudientes para que si fuera necesario, estos le den prestado o en empeño a los pobres lo que ellos necesiten.  El pobre, también no debería ser abusivo, sino que se obligaba y esforzaba a devolver todo lo que ha recibido ya sea en préstamo o en empeño; sin embargo, cada 7 años si un pobre a pesar de todo su esfuerzo no pudo devolver lo que le fue prestado, la persona que le dio el préstamo estaba obligada a perdonarle toda la deuda.  Era el año de la remisión.   La razón por la que Dios dio este mandato a su pueblo fue: Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra”, y el mandato en sí fue: “Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra” (Deuteronomio 15:11).  Es interesante que entre los israelitas, aun aquel que no es un hermano en la sangre, ni miembro de la misma familia, sino por el solo hecho de compartir la fe y la vida en la misma comunidad, es considerado como un hermano, a quien no hay que cerrarle la mano sino que hay que abrirla para ayudarle si se encuentra en una situación de pobreza.

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   La segunda consideración que cada creyente debe tener en cuenta para ser voluntariamente partícipe en solventar las necesidades básicas de los que son nuestros hermanos en la fe, es que:

II.- AMAR ES UNA EVIDENCIA DE NUESTRA CALIDAD DE VIDA ESPIRITUAL.

   Cuando el apóstol Juan dice que: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” (1 Juan 3:15), está explicando primeramente que amar es esencialmente el resultado natural de una existencia espiritual vivificada por medio de la obra de Dios en Jesucristo de pasar a una persona de la muerte espiritual y eterna a la vida espiritual y eterna.  Es el resultado de una obra que Dios hace en el corazón de una persona.   Cuando una persona está en la condición de muerto espiritualmente, es como el cuerpo de una persona muerta que precisamente por su condición de muerto no tiene la capacidad de moverse y menos de ejercer alguna acción, por lo que cuando una persona se encuentra en estado de muerte espiritual no tiene también la capacidad de ejercer alguna buena acción espiritual como el amar auténticamente a otra persona por más que esta sea aun sus seres queridos más cercanos, como sus padres, cónyuge, hijos, etc…   Pero cuando una persona ha sido vivificada espiritualmente, recibe de Dios la capacidad de amar genuinamente a sus seres queridos, y a cualquier otra persona, entre los que se incluyen a los que son sus hermanos en la fe en Jesucristo.  Por eso, el apóstol Juan recalca que: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos”.

   En la experiencia del apóstol Pablo (no de Juan), después de haber sido llamado a la fe cristiana y al ministerio cuando iba a Damasco, y luego que fue recibido por la comunión de los apóstoles que se encontraban en Jerusalén, en un testimonio que él mismo escribió a los Gálatas acerca del inicio de su ministerio, les dice que: “…reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión.  /   Solamente NOS PIDIERON QUE NOS ACORDÁSEMOS DE LOS POBRES; lo cual también procuré con diligencia hacer” (Gálatas 2:9,10).   Con la confianza de que su espiritualidad ya no estaba muerta como cuando perseguía a los creyentes, sino que ya tenía una espiritualidad viva por el llamamiento que personalmente recibió de Jesús mismo, fue recibido como miembro del cuerpo apostólico.   Por la evidencia de que su espiritualidad había sido vivificada por la mismísima obra de Dios, fue enviado desde Jerusalén hasta Antioquía como misionero evangelista junto con un tal Bernabé.  Pero como en Jerusalén había una gran cantidad de creyentes en condición de pobreza, a Pablo y a Bernabé, se les dio la encomienda de que se acordaran de los pobres que estaban en Jerusalén, encomienda que Pablo realizó con mucha diligencia.  Pablo, en otro tiempo antes de entregar su vida al servicio de Jesús, no hubiera realizado un ministerio de misericordia a favor de los pobres de Jerusalén, pero gracias a Dios que su espiritualidad había sido vivificada por la fe en Jesús, ahora podía coordinar un ministerio a favor de los pobres.  De la misma manera los creyentes de la actualidad debemos demostrar a nuestros hermanos en la fe, que los amamos y que estamos dispuestos a ser partícipes de manera voluntaria para ayudarlos a superar su problema de pobreza.

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   La tercera consideración que cada creyente debe tener en cuenta para ser voluntariamente partícipe en solventar las necesidades básicas de los que son nuestros hermanos en la fe, es que:

III.- ES DE MUCHO MÁS VALOR LA SALVACIÓN ETERNA QUE EL DINERO.

   Cuando el apóstol Juan dice que: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” (1 Juan 3:14), no solamente está explicando que amar es esencialmente el resultado natural de una existencia espiritual vivificada por medio de la obra de Dios en Jesucristo, sino que con estas palabras también da a entender que el pasar de muerte espiritual a vida, significa estar a salvo de la condenación eterna, lo que garantiza al mismo tiempo que a cambio tal persona tiene vida también eterna.  Tampoco está diciendo con tales palabras que uno tiene en sí mismo la capacidad de amar y que eso haya hecho mérito para que seamos pasados de muerte a vida, sino que está explicando que solamente la persona que al darse cuenta de que ha sido trasladada de la muerte espiritual y eterna a la vida espiritual y eterna, y que valora esa gracia divina que se encuentra operando en su vida, es capaz de amar a su prójimo, a sus padres, a su cónyuge, a sus hijos, y hasta a sus enemigos, y con más razón a sus hermanos en Cristo, y que en consecuencia no le es ningún problema hacer voluntariamente un bien económico o alimenticio a su hermano quien por su pobreza necesita ser ayudado.  Desprenderse de unas cuántas monedas o billetes, o de un plato de comida, no es ningún problema para una persona salvada de la condenación eterna que valora que la vida espiritual tiene más valor que todo eso; pero si una persona no valora que la vida espiritual y eterna vale más que el dinero o que un plato de comida, por eso es capaz también de cerrar su mano en contra de su hermano en la fe, como lo haría una persona quien todavía se encuentra en poder de la muerte espiritual.  Esta actitud negativa es la que el apóstol Juan busca evitar en aquellos que hemos aceptado el evangelio de amor de nuestro Señor Jesucristo.

   En la época de Jesús en una ocasión cuando una mujer arrepentida de su vida pecaminosa, y ya perdonada por Jesús, derramó un vaso de perfume caro sobre la cabeza de Jesús, sus discípulos se enojaron por eso alegando que pudo haber sido vendido y dado a los pobres.  Por lo menos esto, prueba de que en la época de Jesús, había pobres en donde Jesús realizó su ministerio, que por cierto fue uno de los segmentos de la población hacia quienes él enfocó su ministerio.  Pero en aquella ocasión, le respondió a sus discípulos que: siempre tendréis pobres con vosotros” (Mateo 26:11), dándoles a entender que aun cuando llegue el día que él ya no esté con sus discípulos porque se regresaría al cielo, ellos deberían dar a los pobres una atención especial juntamente con la proclamación del evangelio salvador de Dios.  Esta mujer, por valorar su perdón y sin duda que también su salvación, fue capaz de dar en especie no importando el valor del perfume, y estoy seguro que posteriormente ella se interesó también en servir a los pobres.  Por valorar la gracia de Jesucristo para con ella, no pensó dos veces el dar a un personaje divino que “se hizo pobre, siendo rico” (2 Corintios 8:9), y que puedo decir que fue uno de los pobres que al mismo tiempo representaba y servía dignamente a los pobres.  Así que aquella mujer no hizo mal en ungir a Jesús con aquel carísimo perfume.  Eso y más es lo que puede hacer una persona que valora que lo que Jesús ha hecho por su salvación eterna.  Tal persona sin ningún dolor en el corazón sino con toda alegría y satisfacción puede desprenderse de un plato de comida, de una caja de medicina, o de unas monedas con el que pueda satisfacer alguna de sus necesidades básicas, porque sabe que lo hace en nombre de Jesús.

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   La cuarta consideración que cada creyente debe tener en cuenta para ser voluntariamente partícipe en solventar las necesidades básicas de los que son nuestros hermanos en la fe, es que:

IV.- AL AYUDAR AL POBRE SE COMPARTE EL AMOR DE JESÚS.

   Cuando el apóstol Juan sigue argumentando acerca de la necesidad de amarse unos a otros, y que amar es el resultado de una restauración que Dios hace en la espiritualidad de una persona, añade que: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.  /  Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Juan 3:16,17).  De estas palabras encontramos que el asunto relevante y fundamental que el creyente debe tener siempre presente es que Jesús “puso su vida por nosotros”, y si él “puso su vida por nosotros”, “también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”.  Obviamente no está diciendo que deberíamos ser crucificados o procurar ser martirizados para beneficio de nuestros hermanos en la fe, sino está diciendo que como resultado de haber conocido el amor de Jesucristo quien fue capaz de poner su vida para la solución de nuestro gravísimo pecado que nos separaba de Dios y que nos tenía bajo condenación eterna; ahora, pues que ya gozamos del beneficio de haber sido salvados, no es nada tan grande en comparación con lo que Jesús hizo por nosotros, si pusiéramos nuestra vida no para muerte sino para servicio a los que son nuestros hermanos que enfrentan necesidades de pobreza.

   El apóstol Juan apela a la conciencia de los creyentes para que cada quien se de cuenta si en realidad ha conocido el amor de Dios en Jesús y si en realidad está dispuesto a reflejar el amor de Dios en su vida, pues dice: “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1Juan 3:17).  Una vez más el apóstol Juan insiste en que el blanco hacia quién el creyente debe reflejar el amor de Dios es el “hermano” que tiene alguna “necesidad” precisamente por causa de la pobreza.  Pero el que ha experimentado el amor de Dios en su propia vida, teniendo en su posesión “bienes de este mundo”, tal persona no debe cerrar su corazón en contra de su hermano en la fe, es decir, no debe ser egoísta con lo que tiene, sino que por medio de esos “bienes” que posee, debe compartirle a su hermano el amor de Dios.   Cuando un creyente en nombre de Jesús comparte lo que tiene a un hermano en la fe, e incluso a uno que no es su hermano en la fe, al mismo tiempo también está compartiendo el amor de Jesús, aunque mínimamente en comparación con que Jesús puso su vida.

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   La quinta consideración que cada creyente debe tener en cuenta para ser voluntariamente partícipe en solventar las necesidades básicas de los que son nuestros hermanos en la fe, es que:

V.- AYUDAR AL POBRE DEMUESTRA NUESTRO AMOR VERDADERO.

  Finalmente el apóstol Juan, sin imposición alguna, sino siempre apelando a la conciencia, y con una actitud de cariño paternal, dice: Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).  Esta es una buenísima indicación debido a que las personas solemos limitarnos al sentimentalismo hacia los pobres, y lo más que hacemos en muchas ocasiones es usar la palabra y la lengua para decir: “Pobre el hermano…, no le está yendo nada bien”, pero no hacemos nada para ayudarlo, y nos quedamos con la idea de que tenemos amor por nuestro hermano por habernos compadecido de él.   Pero el apóstol Juan, nos explica que hay que ir más allá del sentimiento, más allá de la palabra que sale de la lengua, pues hay que pasar al hecho, a la acción, lo que demuestra que en nosotros hay amor verdadero.

   Durante el ministerio del apóstol Pablo (otra vez, no de Juan), tiempo después de la encomienda que recibió de que se acordara de los pobres (Cf. Gálatas 2:10), la pobreza se agravó en Jerusalén, por lo que este apóstol promovió en todas las iglesias de la región de Macedonia, que se recogieran ofrendas de amor para enviar los hermanos necesitados por causa de la pobreza.  Cuando el apóstol Pablo, escribe su segunda epístola a los Corintios, les testifica acerca de la generosidad de los macedonios, contando de ellos que: “Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia;  /  que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad.  /  Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas,  /  pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos” (2 Corintios 8:1-14).  Lo impresionante del caso, es que los macedonios tampoco eran gente con riquezas, sino gente pobre al igual que los que estaban en mayor pobreza en Jerusalén, pero a pesar de su pobreza, dieron “conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas”.

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CONCLUSIÓN: Amados hermanos, el objetivo de este mensaje fue compartirles que Dios desea que administremos de manera responsable cada bendición material que recibamos de su mano, tomando en cuenta que no después de entregar el diezmo para la obra de Dios, no solamente debemos utilizar el noventa por ciento restante en cosas que nos beneficie solo a nosotros mismos, sino que cuando sea necesario debemos dar ofrendas voluntarias para los gastos corrientes de la congregación, así como también cuando sea necesario, abrir nuestra mano con generosidad a nuestro hermano en la fe si se encuentra en una situación de pobreza.  Si usted es rico en comparación con los demás hermanos, sea generoso con algún hermano necesitado; y si usted no es rico sino pobre pero tiene más que otro hermano que tiene más pobreza, sea generoso con él.  Es necesario que no pensemos solamente en nosotros mismos sino que cada quien o como congregación debemos servir con amor y en nombre de Jesús a nuestros hermanos que estén viviendo en la pobreza.

[1] http://www.anecdonet.com/2006/05/03/acuerdate-de-los-pobres/

   

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