Sep 02

LA DISCIPLINA DEL TRABAJO, Por: Diego Teh.

LA DISCIPLINA DEL TRABAJO

Colosenses 3:22-25.

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Bosquejo elaborado por el Pbro. Diego Teh, para la predicación del domingo 2 de septiembre 2018, en diversas congregaciones de la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán.

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Este bosquejo corresponde al sermón # 11 de la serie: LAS DISCIPLINAS DEL HOMBRE PIADOSO.

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   INTRODUCCIÓN: Los cristianos, por entender la ética bíblica acerca del trabajo, debemos ser trabajadores ejemplares en donde sea que nos corresponda prestar nuestro servicio.  Sin embargo, hay cristianos que simplemente no quieren trabajar porque no les gusta el trabajo que se les ofrece, porque prefieren esperar uno mejor pagado que quizá nunca les va a llegar porque les falta las aptitudes o competencias para ello.  Simplemente no van a trabajar, aunque se les esté agotando el dinero para enfrentar los gastos de la semana o del día en curso.  Son de estas personas que Salomón las describe como perezosos, diciendo: “Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás de tu sueño? / Un poco de sueño, un poco de dormitar, y cruzar por un poco las manos para reposo; / Así vendrá tu necesidad como caminante, y tu pobreza como hombre armado” (Proverbios 6:9-11). Aunque no tengan para sobrevivir, prefieren no trabajar, no les da ganas, son desidiosos.  La desidia es la “falta de ganas, de interés o de cuidado al hacer una cosa”.  Pero, por otra parte, también están los que, por diversos motivos personales y circunstanciales, trabajan en exceso sacrificando el tiempo para su familia, recreación, amistades, y hasta para su iglesia tratándose de los que son cristianos.  Intencionalmente doblan turnos, se buscan un segundo empleo, o se llevan trabajo a la casa, etc…  De estos son a los que en el Salmos 127 se les dice: “Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño” (Salmo 127:2).  Tanto la desidia, como el exceso de trabajo son actitudes derivadas por errores de comprensión de una ética sana, bíblica, y cristiana acerca del trabajo.

   En el mensaje de hoy, voy a predicarles que para poder ejercer bien cualquier trabajo, es necesario hacerlo con las actitudes correctas que deben volverse disciplinas prácticas.  / ¿Cuáles son las actitudes correctas que deben volverse disciplinas prácticas para poder ejercer bien cualquier trabajo? /  Usando diversos textos bíblicos, les voy a compartir algunas de tales actitudes correctas.

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   La primera actitud correcta que debe volverse una disciplina práctica, que es necesaria para poder ejercer bien cualquier trabajo, es:

I.- TRABAJA CON TODAS TUS ENERGÍAS.

   Hay dos de los tantos proverbios bíblicos acerca de los perezosos, que dicen: El primero: “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama”.  Y el segundo: “Mete el perezoso su mano en el plato; se cansa de llevarla a su boca” (Proverbios 26:14,15).  El perezoso, es aquel que no le gusta o simplemente no quiere trabajar o hacer algo que requiera esfuerzo, porque considera que solamente es un desgaste de energía, por lo que hasta para moverse en su cama o hamaca lo hace con una lentitud increíble.  Y para comer, solamente el llevar su comida a la boca con o sin cuchara, siente por ello que está haciendo un sobre esfuerzo, y prefiere evitar seguir comiendo. En vez de decir: Ya me llené, dice: Ya me cansé.  Imagínese usted, una persona con esas características, ¿cómo llevará a cabo su trabajo? Igual de lento.  Con falta de energía. Es muy probable que no va a querer trabajar, o lo va a dejar a medias, o en caso de que lo haga, lo hará mal.

  ¿Recuerda usted el caso de un hombre que Jesús relató en su parábola de los talentos, a quien su amo posteriormente le llamó “siervo malo y negligente”? (Mateo 25:26).  ¿Qué hizo este hombre con el talento que le tocó? Nada. No hizo absolutamente nada. Solamente invirtió un poco de sus fuerzas para ir a cavar en algún lugar secreto para esconder la moneda que le dieron, y para volver otro día a cavar de nuevo para sacarla y devolverla a su patrón.  En cambio, los otros que recibieron, incluso hasta más talento, a uno le toco dos, y a otro hasta cinco, los cuales todos los días estuvieron prestos a invertir ese dinero para comprar y vender, y así obtener ganancias y duplicar cada uno de los talentos, para devolverle a su patrón el doble de talentos.  Estos sí usaron sus energías, trabajando lo necesario para beneficio de su patrón, e incluso, aunque la parábola no lo dice, pero lo sugiere, debieron haber trabajado más para tener ellos mismos para llevarle a sus familias.  Esos, sí que querían trabajar, y sin duda que usando sus energías de cada día.  En cambio, aquel “siervo malo y negligente”, que tenía las mismas oportunidades que los otros, prefirió descansar lo más que pueda, pues quizá pensó que finalmente el que sería beneficiado sería más el patrón y no él.

   Amados hermanos, cuando se nos haya encargado llevar a cabo algún trabajo, debe hacerse con toda la energía que uno pueda hacerlo.  Es como una expresión de amor, como el que Dios pide para sí mismo, diciendo Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:5). No a medias fuerzas, no sin ganas, sino “con todas tus fuerzas”, con energía, con ganas.  Una razón para trabajar con energía, es para que al final del turno o jornada de trabajo, uno entregue una producción suficiente que vaya de acuerdo con el pago que deseamos o esperamos recibir.  No desperdicies el tiempo de tu trabajo. Trabájalo. Te están pagando.

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   La segunda actitud correcta que debe volverse una disciplina práctica, que es necesaria para poder ejercer bien cualquier trabajo, es:

II.- TRABAJA CON TODO TU ENTUSIASMO.

  El apóstol Pablo, en su epístola a los Colosenses, les escribió: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23).  Ese todo, sin duda que incluye el trabajo.  Pero, una de las primeras indicaciones que da el apóstol es: “hacedlo de corazón”.  Esto de hacerlo de corazón, implica el hacerlo con entusiasmo.  El trabajar con energía, tiene que ver con las fuerzas físicas, pero el trabajar “de corazón” tiene que ver con la actitud emocional y espiritual, que se traduce en entusiasmo.  Es decir, con ganas evidentes que no proceden realmente de las fuerzas, sino del corazón.

   En cuanto a la manera de hacer toda labor de servicio tomando en cuenta que uno es de la fe en Cristo, el apóstol Pablo escribe a los romanos: “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;” (Romanos 12:11).  Uno de los detalles de cómo se debe hacer cualquier servicio que prestemos como lo es el trabajo, según el apóstol Pablo, debe ser hecho con la actitud de “fervientes en espíritu”.  Ningún trabajo o servicio que se haga, debería hacerse de manera triste, con ánimo decaído, etc… sino con entusiasmo que procede del interior del corazón.  Esto hace necesario que primeramente uno tenga sano su corazón espiritual, dejando que se Jesucristo el gobernante de tu corazón. Cuando Cristo está en el corazón de una persona, su presencia produce entusiasmo para hacer bien todas las cosas buenas que uno hace.

   Por ejemplo, de los que hacemos trabajo pastoral, dice el apóstol Pablo que con el apoyo de los demás creyentes, debemos hacerlo “con alegría, y no quejándose, porque esto no es provechoso” (Hebreos 13:17); es decir, con entusiasmo.  También a los ancianos de iglesia, el apóstol Pedro dice que su labor de apacentar la grey de Dios, lo deben hacer “con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2); es decir, también con entusiasmo.  E igualmente, cualquier otro trabajo que uno realice debe ser hecho con entusiasmo.

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   La tercera actitud correcta que debe volverse una disciplina práctica, que es necesaria para poder ejercer bien cualquier trabajo, es:

III.- TRABAJA COMO PARA CRISTO.

   En la explicación de la actitud anterior, les cité las palabras del apóstol Pablo a los romanos, diciéndoles: En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu”, pero concluye con una instrucción altamente esencial, diciendo: “sirviendo al Señor; (Romanos 12:11).  Todo lo que uno hace debe hacerse primeramente como un servicio al Señor, a Dios, a Jesucristo nuestro Señor y Salvador.  Solamente cuando un trabajo es hecho con esta mentalidad, es que puede hacerse con toda sinceridad para el bien de la persona, empresa, u organización humana que recibe el beneficio de nuestro trabajo.

   Este mismo principio de servicio al Señor, en todo lo que hacemos, especialmente en el área del trabajo, es también enseñado por el mismo apóstol a los Efesios, a quienes dice: “Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; / no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; / sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres” (Efesios 6:5-7).  De estas palabras se enfatiza primero que el trabajo que uno realiza debe ser hecho “como a Cristo / no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo” (vv. 5,6); y luego añade: “sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres” (v. 7).  Cuando uno lo hace con esta mentalidad de que al trabajar es también servir al Señor, uno puede con todo entusiasmo obedecer las instrucciones del patrón, y uno puede saber también que cualquiera que sea el trabajo que esté realizando, justamente el trabajador está “haciendo la voluntad de Dios”.

   Amados hermanos, cuando uno realiza su trabajo con la consciencia de que lo hace “como a Cristo”, uno hace su trabajo de manera muy responsable.  Uno, no le roba tiempo de trabajo al patrón, sino que completamente dedica todas sus horas de trabajo para sacar adelante el bienestar del patrón o su empresa.  Uno, no trabaja solamente cuando el patrón, su representante, o su supervisor comisionado está junto al trabajador viendo que cumpla su trabajo, porque antes que cualquier cosa, el trabajador cristiano está muy consciente de que Cristo el Señor, le está observando.  En otras palabras, para quien sea que estemos trabajando, debemos tener en mente que lo estamos haciendo “como a Cristo”, y entonces así, podemos ser más productivos, responsables, y ejemplares.

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   La cuarta actitud correcta que debe volverse una disciplina práctica, que es necesaria para poder ejercer bien cualquier trabajo, es:

IV.- TRABAJA CON EXCELENCIA.

   Un trabajo hecho por un cristiano debe ser un trabajo excelente, o sea, siempre bien hecho.  La razón por el que el cristiano debe trabajar con excelencia, proviene del carácter excelente de Dios quien creó al ser humano y depositó en él su imagen y semejanza.  Es decir, Dios es el primer trabajador por excelencia.  Tan solo el relato de Génesis 1 que nos describe que Dios hizo en un lapso de seis días todo lo que existe en el universo, especialmente en la tierra, lo convierte en un trabajador por naturaleza.  Luego, cuando Él contempla su obra de creación, Moisés el autor que relata tal contemplación de Dios, dice: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31a).  En otras palabras, su creación no había sido mezquina, sino excelente.  Su trabajo era y sigue siendo excelente.  Dios como trabajador en todos los sentidos es excelente.

   Luego, por el hecho de que Dios hizo al hombre “a su imagen” (Génesis 1:27), sin duda que puso en él, la virtud o capacidad de hacer todas las cosas con excelencia.  Aunque es verdad también que desde que el primer pecado alcanzó a Eva y a Adán, toda su descendencia que nos incluye a nosotros, quedamos incapaces de ser absolutamente excelentes, porque la imagen de la excelencia de Dios quedó empañada en la humanidad, también es verdad que los que ahora creemos en Cristo, somos restaurados en cuanto a la imagen de Dios, de tal manera que por la obra redentora de Cristo, todos y cada uno de los cristianos somos hechos ahora una “nueva criatura” (cf. 2 Corintios 5:17), como si fuésemos creados de nuevo y se nos haya infundido nuevamente la imagen de la excelencia de Dios.

   Amados hermanos, cualquiera que sea el trabajo que llevamos a cabo, debemos hacerlo con la excelencia de Dios que se refleja en nuestra vida restaurada.  Por eso, el apóstol Pablo a los mismos cristianos Efesios, les dice que ahora: “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).  En nuestra nueva creación de restauración, fuimos hechos nuevas criaturas, ¿para qué? “para buenas obras”.  Estas “buenas obras”, se logran cuando las hacemos intencionalmente con excelencia en el nombre de Cristo.   Así que, hermanos, somos las personas mejores calificadas para trabajar haciendo absolutamente todo con excelencia.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, ninguno de nosotros sea desidioso o desganado para el trabajo.  También ninguno trabaje en exceso por adicción, teniendo que descuidar por el trabajo, otras áreas de nuestra vida que requieren nuestro tiempo, como la familia, la iglesia, y Dios mismo, sobre todo.  Pero, cuando estemos en el trabajo, hagámoslo con estas cuatro actitudes que hoy les he compartido: 1) TRABAJA CON TODA TU ENERGÍA; 2) TRABAJA CON TODO TU ENTUSIASMO; 3) TRABAJA COMO PARA CRISTO; y 4) TRABAJA CON EXCELENCIA.  Todas estas actitudes son necesarias en todos nosotros los que somos cristianos.  En Cristo hemos sido restaurados para hacer nuestro trabajo como Dios lo esperó siempre desde el principio.

   Que Dios nos bendiga a todos en nuestros respectivos trabajos.

Ago 26

EL PRECIO DE SER DISCÍPULO, Por: Diego Teh.

EL PRECIO DE SER DISCÍPULO

Mateo 10:34-39.

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Predicado por el Pbro. Diego Teh, en la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán; el domingo 26 de agosto 2018, a las 18:00 horas.

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Corresponde al sermón # 8 de la serie: Llamados a hacer discípulos.

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   INTRODUCCIÓN: Ser discípulo de Jesús tiene su precio, aunque no se trata de dinero.  En una ocasión él dijo: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26).  Los que cuentan con la aprobación de su familia, y los que no tienen miedo a morir por ser discípulos de Jesús, no lo verán difícil, pero deberán estar dispuestos.  En la misma ocasión Jesús dijo también: ““Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:27).  El ser discípulo de Jesús en aquellos momentos que él dijo estas palabras, corrían el riesgo de no ser entendidos por las autoridades religiosas y civiles, que corrían el riesgo de ser considerados como sediciosos, insurrectos, y por ello ser condenados a crucifixión como le hicieron a Jesús haciéndole por un momento cargar su cruz teniendo que ser ayudado por el benévolo Simón de Cirene.  Lo mismo podría pasarle al que quería ser su discípulo.  Momentos después con el mismo tenor, Jesús les dijo a los mismos oyentes: “… cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33). Los que no tengan intereses personales que choquen con los requisitos de Jesús no tendrán problemas para aborrecer su propia vida.  Los que no tengan muchas posesiones no tendrán problemas si tienen que renunciar a lo poco que poseen, pero quienes lo tengan y no sepan administrarlo bien según las reglas del reino de Dios, tendrán problemas para poder ser discípulos.   Ese era el precio circunstancial que cada quien según su caso tenía que considerar si estaba dispuesto a pagar en el proceso de ser discípulo.  Y aquel precio circunstancial sigue vigente hasta el día de hoy.  Ser discípulo no es una decisión emocional pasajera o temporal, sino una decisión espiritual madura que tiene que ser sostenida de por vida.

  En nuestro texto para este mensaje basado en Mateo 10:34-39, también tenemos otras circunstancias que Jesús enfatiza que podrían ser el precio de ser su discípulo.   Los discípulos por primera vez estaban siendo comisionados para ir a distintos destinos a predicar el evangelio del reino de los cielos, que les estaba siendo enseñado por Jesús su Maestro, y muy pronto estarían enfrentando situaciones o circunstancias que quizá nunca se imaginaron enfrentar, y que pondría a prueba la veracidad de su discipulado.  Por eso, en el mensaje de hoy, voy a predicarles que un verdadero discípulo, podría pagar el precio circunstancial de su discipulado con experiencias involuntarias, indeseables, e inesperadas.  Es un precio circunstancial porque no es que Dios las esté cobrando, sino las condiciones que pueden ser desde personales hasta sociales o familiares que tengan atrapada a una persona, hacen que se vuelva un precio del ser discípulo.  Son experiencias involuntarias porque no es que uno las desee o quiera experimentar, sino que fuerzas externas a uno mismo hacen que indeseable e inesperadamente lleguen a ser nuestra experiencia. / Entonces, ¿cuáles podrían ser las experiencias involuntarias, indeseables, e inesperadas que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo?  / Basado en el texto bíblico de Mateo 10:34-39, les voy a compartir algunas de estas experiencias que Jesús explicó a sus doce discípulos justo cuando por primera vez los envió a predicar el evangelio del reino de los cielos.

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   La primera experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

I.- EL SER RECHAZADO POR EL EVANGELIO QUE PROCLAMA.

   Según San Mateo, Jesús dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34).  ¿A qué se estará refiriendo Jesús con la palabra espada? No se trata de una espada filosa de acero, la cual Jesús nunca usó durante toda su vida, ni jamás capacitó a alguien para que la usara.  Sin duda que fue una metáfora que él uso para referirse a la palabra de Dios que él había venido a revelar o en su caso reinterpretar mejor que como lo hacían los religiosos de su tiempo.  La palabra de Dios, desde que comenzó a revelarse a la humanidad, aun a los mismos de Israel su antiguo pueblo especial, nunca fue siempre palabras que halaguen a las personas, sino palabras que les confronte con su rebeldía y pecado, lo cual muchas veces rechazaban porque les incomodaba.  Aunque en el fondo, el mensaje de Jesús era realmente de paz para la vida espiritual, la gente no así lo recibiría.  Y el discípulo de Jesús que sabe que el evangelio que proclama es la palabra de Dios que transforma la vida de los que la oyen, la reciben y la ponen en acción, se sentirá de alguna manera dolido por el rechazo que la gente hace de la palabra de Dios.

   Amados hermanos, en nuestra comisión de ir y hacer discípulos, que de alguna manera no es nada difícil porque cuando uno va a hacer esa labor, automáticamente uno es auxiliado e investido por la gracia y el poder del Espíritu Santo para llevar a cabo de manera eficaz dicha labor, sin embargo, la gente que reacciona hostil hacia el evangelio, probablemente de paso despreciará incluso a quienes en nombre de Cristo vamos a llevarle el evangelio de la paz.  Es el evangelio de la paz, porque reconcilia al ser humano con Dios por medio de Cristo.  Pero, cuando la gente rechaza esa paz de Dios, incluso el discipulador se siente herido, despreciado, etc…  Es con respecto a esto que Jesús alerta a sus discípulos, de que en su labor de llevar el evangelio, podrían ser rechazados por la gente.  A usted mismo, le podrían cerrar la puerta, le podrían ofender por su fe.  Pero, no se desanime, es el precio de nuestro discipulado.  Tenemos que hacerlo.  En realidad, a quien desprecian no es a usted, sino a Jesucristo mismo.

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   La segunda experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

II.- EL SER DESPRECIADO POR LOS PROPIOS FAMILIARES.

   Siguiendo Jesús con su explicación del mismo tenor de que él no trajo paz sino espada, añadió también: “… Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; / y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:35-36).  Obviamente eran situaciones y reacciones que ellos iban a observar de la gente a quienes les estarían anunciando el evangelio del reino de Dios.  Quizá alguno de los primeros doce escogidos de Jesús para ser sus discípulos pasó por esta situación de parte de su propio padre o madre, de su propia esposa, o hasta de sus suegros, o quizá hasta de sus propios hijos o alguno de ellos.  Por causa de hacerse discípulo de Jesús, esta pudo haber sido una experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada de alguno de ellos, pues las biografías que tenemos en los evangelios, solamente son de algunos de ellos, y las que hay no son realmente biografías completas.  Pero, en su ministerio de hacer discípulos, ellos serían testigos de que tales reacciones serían frecuentes cuando personas que acepten el evangelio de Jesús, sean por ello, menospreciadas por sus propias familias.

   Amados hermanos, en nuestra experiencia personal, si alguna vez no contamos con el apoyo de algún familiar que comprenda el por qué aceptamos ser discípulo de Jesús, es probable que sí entendemos que no es nada fácil, porque se trata de nuestra propia familia; pero como decidimos que queremos ser firmes en nuestra decisión de seguir a Cristo, entonces, una y otra vez cuando nos recuerden su desacuerdo nos sentiremos lastimados y heridos por sus palabras, pero sin duda que la gracia de Dios fortalecerá nuestra capacidad de soportar todo desprecio y menosprecio de parte de ellos.  El problema real no la tendríamos nosotros los creyentes, sino ellos que para empezar no están de acuerdo con Dios, y que luego no encuentran que la vida cristiana tenga sentido para ellos porque les incomoda dejar de vivir sin Cristo y sin Dios en sus corazones.  Prefieren vivir alejados de Dios para hacer y deshacer de su vida como ellos quieran, y de paso perjudicar al que deberían considerar como su ser querido.  No se sorprenda usted estimado hermano o hermana, si alguna vez usted tiene que enfrentar una circunstancia de este tipo.  Será el precio circunstancial que uno tiene que pagar por ser discípulo de Jesús, discipulado que más vale la pena que cualquier otra cosa de esta vida terrenal.  Jesús tenía razón que cuando uno acepta y se compromete a ser discípulo de Jesús, en algunos casos (porque no así les acontece a todos): “los enemigos del hombre serán los de su casa”.

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   La tercera experiencia involuntaria, indeseable, e inesperada que una persona podría pagar como precio circunstancial de ser un verdadero discípulo de Jesús, podría ser:

III.- EL RECLAMO DE MÁS AMOR A LA FAMILIA EN VEZ DE AMAR A JESÚS.

    Durante la instrucción de Jesús a sus discípulos que estaban a punto de salir para su primera misión de hacer discípulos, también les dijo: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).  Quizá los doce que estaban escuchando estas palabras, ya entendían en experiencia propia que el discipulado con Jesús es altamente radical, y es tal cual como tenían que predicar el evangelio del reino de Dios, con la misma radicalidad de no amar más ni a papá ni a mamá, pero tenían que saber que el evangelio de Jesucristo no tiene descuentos para nadie en particular.  Jesús, siempre sería el personaje que debería recibir más amor aun sobre la familia misma, lo cual no quiere decir que tenemos que descuidar a la familia.  Jesús es clarísimo al decir: “El que ama a padre o madre más que a mí”, y luego es igual de clarísimo cuando lo aplica con el mismo sentido, pero en esta ocasión enfocado a los hijos diciendo: “el que ama a hijo o hija más que a mí”, y en ambos casos concluye enfatizando: “no es digno de mí”.  Si incluye a los padres, y a los hijos, sin duda que no excluye al cónyuge de uno mismo.  Es totalmente clarísimo que Jesús está indicando que el amor que un verdadero discípulo debe tener hacia Jesús no debe ser menor que el amor que uno tiene aún para con su propia familia, sino que dicho amor para él tiene que ser mayor.

   Amados hermanos, si un día nuestros padres, o nuestro cónyuge, o nuestros hijos, por amar más a Jesús como se lo merece, nos reclaman que ellos quieren que ya no seamos discípulos de Jesús para que ellos sean el centro de nuestra vida y afecto, entonces ha llegado el momento de pagar el precio circunstancial.  Sufriremos en el fondo de nuestra alma, tal incomprensión.  Pero, como cristianos no podemos dejar de amar al máximo sobre todas las cosas a Cristo Jesús.  Desde luego que no nos sentiremos cómodos con sus exigencias, porque ya hemos entendido la importancia de amar a Jesucristo más que a ellos mismos, y eso no es injusto.  No es nuestra culpa si ellos no quieren nada redentor con Jesucristo. Pero, todo el furor de sus vidas contrarias a la nuestra en sus maneras de ver la vida y la fe en Dios, se volcarán sobre nosotros para intentar debilitar nuestra fe y obediencia a Jesucristo y su evangelio.  Pero, como discípulos fieles y verdaderos, eso nunca ocurrirá.  Quizá tenemos que esforzarnos a demostrarles más amor, más tiempo, y más de otras cosas, pero nunca más que el amor que debemos expresar a Jesucristo.  Dios, bajo esas circunstancias nos capacitará para ser más atentos con la familia.  Él aprovechará la circunstancia para hacernos mejores hijos, mejores cónyuges, y mejores padres, con el objetivo de hacer más fácil y probable que nuestra propia familia termine también entregando su vida a Jesucristo.  Pero, si ellos nunca llegasen a rendir sus vidas a Jesucristo, entonces, Dios nos habrá capacitado para amarles también a ellos, sin duda como también se lo merecen.  Ser discípulo, no siempre será fácil, pero siempre seremos capacitados para ser fieles y verdaderos, y responsables con nuestra familia.

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   OBSERVACIÓN ADICIONAL: Nuestro texto bíblico en palabras de Jesús, añade otros precios que conlleva el ser discípulo de él.  Por ejemplo, el versículo 38 habla de precio de tomar la cruz, y el versículo 39 habla del perder la vida por causa de Jesús; pero acerca de esto ya lo he predicado en otra ocasión, por lo que hoy solamente les hablaré de estas tres experiencias que podrían ser el precio circunstancial que más de alguno de nosotros nos veremos en necesidad de pagar con nuestra experiencia.

   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, ser discípulos de Jesús, es un gran privilegio que reclama una gran responsabilidad, el nunca dejar de serlo bajo ninguna circunstancia.  Ese es el alto precio a pagar, no con dinero, sino con la experiencia. Si usted llega a ser rechazado por proclamar el evangelio de Jesucristo, no deje de ser por ello un discípulo fiel de Jesucristo.  Si su propia familia le desprecia por ser discípulo de Jesucristo, no deje usted por ello, el discípulo que Dios le ha llamado a ser.   Si alguien de su familia le exige abandonar su discipulado en Jesús, para centrar toda su atención en su familia, no por ello deje usted de ser discípulo.  Sea usted fiel a Jesús, y él hará lo que corresponde para hacerle libre de semejantes circunstancias, condiciones, y amenazas.

   Que Dios nos ayude a ser discípulos de su Hijo, y si tenemos que pagar el precio circunstancial por ser su discípulo, que él nos haga capaces de pagar el precio.

Ago 26

LOS DISCÍPULOS DEBEN MULTIPLICARSE, Por: Diego Teh.

LOS DISCÍPULOS DEBEN MULTIPLICARSE

Génesis 35:10,11; Marcos 16:14-18.

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Predicado por el Pbro. Diego Teh, en la iglesia “El Divino Salvador” de la col. Centro, de Mérida, Yucatán; el domingo 26 de agosto 2018, a las 11:00 horas.

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Corresponde al sermón # 7 de la serie: Llamados a hacer discípulos.

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   INTRODUCCIÓN: Cuando Dios inicia una obra o un proyecto, Dios por lo general lo hace con una visión de grandioso crecimiento.  Dios no piensa en términos de sumar de uno en uno, sino que Dios piensa en aumentar rápidamente a números mayores que bien pueda llamarse un crecimiento no por suma sino por multiplicación.  Cuando Dios creó al ser humano, hombre y mujer, les dio desde el principio, la capacidad de poder reproducirse. El plan original de Dios, sorprendentemente para nuestra cultura actual, no fue una encomienda de reproducción controlada y limitada, sino que después de recibir la bendición de Dios, recibieron el mandato: “Fructificad y multiplicaos” (Génesis 1:28a).  Después de que Dios tuvo que raer de la faz de la tierra la vida de casi todo ser viviente, preservando de su diluvio solamente a ocho personas, a Noé y a su esposa, y a sus tres hijos Sem, Cam, y Jafet, con sus respectivas esposas; Dios les bendijo, y para la propagación de la vida humana, les ordenó lo mismo: “Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra” (Génesis 9:1). La orden no significaba que Eva, o que la esposa y las nueras de Noé estaban configuradas para procrear gemelos, trillizos, quintillizos, sextillizos, o más cada vez; sino que el mandato era una expresión del anhelo de Dios de que su creación, específicamente la tierra no fuese un planeta vacío, sino como dice el profeta Isaías acerca de Dios y la tierra, que: “no la creó en vano, para que fuese habitada la creó” (Isaías 45:18); y el proceso tenía que darse por multiplicación.

   Cuando Dios llamó a Abraham para comenzar a crear a su pueblo amado, el Israel del Antiguo Testamento, Él le dijo a Abraham: “Y haré de ti una nación grande” (Génesis 12:2).  Dios pensó en grande, y después de tres generaciones, las de Abraham, Isaac, y Jacob, según la historia del Éxodo, aunque de Jacob nieto de Abraham se conoce de manera más distinguida doce de sus hijos, en realidad: “Todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta” (Éxodo 1:5a). En algún momento, Dios le dijo a Jacob: “Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos” (Génesis 35:11). La orden también fue: “crece y multiplícate”. Y en los siguientes 430 años, dice la historia que: “los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra” (Génesis 1:7), la tierra de Egipto donde efectivamente su crecimiento se dio por multiplicación, tal como lo expresa este versículo 7 que claramente dice que “se multiplicaron”. Entonces cuando llegó el día que Dios los sacó de Egipto, la cuenta de ellos según Moisés, era “como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños” (Éxodo 12:37), y desde luego que sin contar a las mujeres, lo cual haría que el número se duplique o triplique.  Quizá eran como dos millones en ese momento, sin contar las generaciones que debieron haber vivido y muerto durante los 430 años anteriores.  Dios usó su sistema de multiplicación para hacerlos crecer en número.

   Pero, la multiplicación aplicada a los proyectos y planes de Dios, no es un sistema que aplique solamente a la procreación humana, o a la formación de su antiguo pueblo de Israel, sino también al tema del ser y hacer discípulos que ahora es lo que nos interesa profundizar a los que asistimos a esta amada iglesia El Divino Salvador.  Jesús nuestro Señor y Salvador, comenzó a hacer discípulos, perpetuando esta práctica por medio de sus primeros discípulos y apóstoles, y en la actualidad por medio de su iglesia que sigue haciendo discípulos para él, los cuáles deben aumentar al ritmo de multiplicación.  Por eso el tema de esta mañana se ha titulado: LOS DISCÍPULOS DEBEN MULTIPLICARSE.  El concepto de este título lo tomamos del texto bíblico de la historia de los Hechos de los Apóstoles, donde con respecto al avance inicial de la predicación del evangelio y la integración de nuevos discípulos, leemos que ocurrió lo siguiente en la primera iglesia en Jerusalén: “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén… (Hechos 6:7).  Recuerden que tan solo en una primera ocasión más de 3,000 personas se convirtieron en discípulos, y en otra cercana ocasión más de 5,000 personas se convirtieron en discípulos.  Por eso el énfasis de la historia es que “el número de los discípulos se multiplicaba grandemente”.

   De manera específica, lo que hoy les voy a predicar es que el crecimiento y avance de una iglesia de Jesucristo aquí en la tierra debe ocurrir por medio de la multiplicación de discípulos. / ¿Cómo puede ocurrir la multiplicación de discípulos para el crecimiento de una iglesia de Jesucristo aquí en la tierra? / Me propongo compartirles brevemente cómo puede darse esta multiplicación de discípulos tan solo para el crecimiento de esta iglesia.

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   La primera manera de cómo puede darse esta multiplicación de discípulos para el avance de una iglesia de Jesucristo aquí en la tierra, es:

I.- CON UNA MENTALIDAD DE EXPANSIÓN.

   Mucho se dice que los cristianos o discípulos de la actualidad, tenemos la tendencia a programar todas nuestras actividades, en su mayoría para llevar a cabo siempre en nuestros templos, en nuestros departamentos educativos, en nuestros campamentos, generalmente enfocados solamente a nuestra propia edificación espiritual lo cual tampoco es incorrecto sino altamente provechoso para la vida personal.  Pero, esta buena iniciativa hace que nos limitemos a un solo lugar emocionados y satisfechos con una asistencia actual de 400 personas en una iglesia con 132 años de haber iniciado su bendita función de ser luz desde el centro de esta ciudad de Mérida; sin embargo, contamos con el potencial que Dios mismo nos ha dado de expandir su obra alcanzando nuevos discípulos.

   Jesús nuestro Señor y Salvador, transformó la mentalidad de sus primeros discípulos cuando les dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos” pero no les puso límites, sino que les amplió su área de expansión, diciéndoles que harían discípulos no solo en una colonia o fraccionamiento de la gran ciudad de Jerusalén, sino que los envió desde entonces, ¿a dónde? “a todas las naciones” (Mateo 28:19).  Esto debió ser para ellos una idea muy fuerte.  La mayoría de ellos eran procedentes de pequeñas poblaciones de la costa del mar de galilea, dedicados a la pesca.  Jesús los había llevado a un discipulado que les hizo recorrer toda palestina de norte a sur en muchas ocasiones; pero ahora, les estaba enviando más allá del territorio que habían explorado hasta ese momento.  Ahora, tenían que ir “a todas las naciones”, y así lo hicieron en lo sucesivo saliendo de Jerusalén donde se estableció la primera iglesia, luego a toda Judea, luego a Samaria, y luego toda palestina, luego por todo el imperio romano, y luego hasta lugares más lejanos de Asia, de Africa, etc…   En siglos posteriores, otras generaciones alcanzaron Europa, en los últimos siglos fue traído a nuestras América.  Todavía de manera más reciente, hace todavía 145 años, fue traído a nuestra patria el evangelio que sigue haciendo discípulos para Jesucristo.  Jesús ha estado inculcando una mentalidad de expansión.  Siempre hay un lugar más a dónde ir a hacer discípulos.

  Nosotros amados hermanos, nos hemos limitado aquí, pero tenemos que cambiar nuestra mentalidad.  Nuestros dirigentes y representantes en el H. Consistorio de esta iglesia han reflexionado acerca de esta mentalidad de expansión que debemos tener con fundamento en la gran comisión que Jesucristo nos ha entregado.  Se ha redactado nuestra actual declaración de visión lo cual dice que queremos: “Ser una iglesia en constante crecimiento y expansión, con miembros comprometidos, que ejerza influencia en nuestro entorno”.  Pero, amados hermanos, para ser una iglesia con discípulos que estemos multiplicándonos, es necesario cambiar nuestra mentalidad, estando convencidos que la gran comisión que Jesús nos encomendó requiere de una mentalidad de expansión.  Nuestra ciudad ha crecido en decenas de colonias, y nosotros ¿a dónde nos hemos expandido?

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   La segunda manera de cómo puede darse esta multiplicación de discípulos para el avance de una iglesia de Jesucristo aquí en la tierra, es:

II.- COMPARTIENDO EL EVANGELIO.

   Hacer discípulos no se hace solamente con saludar y sonreírle a una persona.  Esto lo hacen hasta personas sin conocimiento de Dios, y es agradable.  Hacer discípulos tampoco es tener una conversación amistosa de temas relevantes de la vida cotidiana.  Hacer discípulos consiste en comunicar el evangelio a las personas. Es lo que hoy hemos leído en la versión de la gran comisión según San Marcos, que dice: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).  Es con el evangelio que se hace discípulos, no con acompañarle al cine, no con invitarle a una comida, no con llevarlo a una fiesta.

   Amados hermanos, hagan la prueba.  Quiénes no han tenido la oportunidad de compartir el evangelio, la verdad de que Cristo murió por los pecadores para librar de la condenación eterna a los que creen en él.  Cuando una persona crea esta verdad, se está comenzando a formar como un buen y auténtico discípulo de Jesucristo.  Pero, para compartir el evangelio, se requiere conocer su contenido. Leer y estudiar la biblia es una manera de aprender bien el evangelio.  Integrarse a un estudio bíblico de la iglesia es otra manera de ocuparse en conocer bien el evangelio para poder compartirlo y hacer más y nuevos discípulos.

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   Y por último, la tercera manera de cómo puede darse esta multiplicación de discípulos para el avance de una iglesia de Jesucristo aquí en la tierra, es:

III.- ACERCÁNDONOS A LAS PERSONAS.

   El mandato de Jesús en la gran comisión según la versión que nos da san Marcos, al decir: Id por todo el mundo y predicad el evangelio”, añade con énfasis el complemento del mandato, diciendo y particularizándolo “a toda criatura” (Marcos 16:15).  Esto es una indicación en primer lugar que no se debe omitir a nadie en la labor de hacer discípulos.  Luego, es también una indicación de que los discípulos no surgen de la nada, sino del trabajo de los que ya somos discípulos.  Tercero, que se hace necesaria una interacción continua, no solamente con los que son nuevos, sino hasta con los que ya llevamos años en la fe.  Es por eso que la iglesia siempre tiene provisto pastores, maestros, consejeros, organizaciones que nos ayudan a crecer y multiplicarnos como discípulos de Jesús.

   Aunque también es verdad que Dios ha levantado y levanta discípulos que no fueron guiados al principio por algún discípulo, solamente son excepciones.  Lo normal es que es necesario que seamos nosotros quienes tengamos la iniciativa de ir y acercarnos a las personas.  Por ejemplo, esta semana tuvimos el privilegio de trabajar con niños en el parque del fraccionamiento ACIM II, pero mientras las mamás de los niños estaban esperando a sus hijos, nosotros aprovechamos acercarnos intencional y objetivamente para ofrecerles o intentar ofrecer el evangelio de Cristo.  Por lo menos, hubieron 6 personas que se mostraron receptivas al evangelio, a quienes el día de ayer visitamos inmediatamente.  De dos a cuatro de ellos hay posibilidad evidente de que se integren a la célula de estudios de ese lugar.  Pero fue necesario el acercamiento a ellos.  También hubo el día viernes, dos familias que no querían acercarse para nada al lugar donde estábamos.  Lo que hicimos fue que nosotros nos acercamos a ellos, y poco a poco se acercaron, se interesaron por lo que estábamos haciendo, y hasta permitieron que sus hijos se integren a la clase.  Cuando se retiraron ya se veían más cordiales con nosotros.  Pero, eso requirió acercamiento con ellos.

   Amados hermanos, en nuestro trabajo de hacer discípulos se requiere acercamiento con las personas.  No oirán el evangelio sino vamos a decírselos.  No vendrán a nuestras reuniones sino les acompañamos.  Nuestro mismo Señor y Salvador Jesucristo, cabeza de todos los discípulos, es el primero en acompañarnos de manera espiritual en nuestro caminar como discípulos.  Aunque físicamente no le vemos, él está con nosotros.  Él dijo a sus discípulos: “… he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).  Pero, también nosotros tenemos que acercarnos y acompañar a las personas para formarlas como discípulos de Jesucristo.  Usted y yo tenemos que invertir y pasar tiempo con ellas en nuestra labor de hacer y multiplicar discípulos para él.

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   CONCLUSIÓN: Amados hermanos, vamos a dar el primer paso.  De ahora en adelante, háblele de Cristo a cuantas personas pueda.  NO hay número limitado para ello.  Cuando usted vuelva a partir de la próxima semana, traiga a algún invitado suyo al culto o al estudio bíblico.  Si usted necesita ayuda de algún oficial de la iglesia para que le hable o posteriormente visite a su invitado, acérquese con nosotros.  Nos podemos apoyar mutuamente.  Tenemos que hacer discípulos por multiplicación.  Dios bendiga este mensaje de su palabra.